Mag-log inCaster lo miró con desdén.
—¿Compensarme? —repitió, con un tono gélido—. ¿Puede usted devolverme el tiempo que he perdido? ¿Puede devolverme el momento en que esa mujer me miró con miedo y huyó de mí como si fuera un monstruo? El gerente tragó saliva. —¿Una... una mujer? —Sí, una mujer —gruñó Caster, pasándose una mano por el cabello— La mujer más importante que he conocido en toda mi maldita existencia. Y usted me tuvo aquí, encerrado en esta caja de cartón, mientras ella desaparecía. Así que no, no puede compensarme. Nadie puede. Los diez minutos siguientes fueron un ejercicio de tortura para Caster. Su lobo arañaba por dentro, aullando por salir a rastrear. Cada segundo era una eternidad. El gerente intentó balbucear más disculpas, ofrecerle agua, café, lo que fuera, pero un gruñido sordo de Caster lo silenció de inmediato. A los nueve minutos y cuarenta y cinco segundos, la puerta se abrió de golpe. El director regional, un hombre joven y pulcro, entraba secándose el sudor de la frente con un pañuelo. —Señor Thorne, es un honor, una disculpa inmensa por este... malentendido —farfulló, lanzando una mirada asesina al gerente—. No sabe cuánto lamentamos esta situación. Por favor, acepte nuestras más sinceras disculpas. —¿Sinceras? —Caster arqueó una ceja—. ¿Sabe lo que es sincero? El miedo que huelo en usted ahora mismo. Eso es sincero. La hipocresía, en cambio, tiene un aroma muy distinto. El director palideció aún más, si eso era posible. —Señor Thorne, le aseguro que tomaremos medidas. Lo que usted diga. El gerente será sancionado, por supuesto. —No me interesan sus sanciones —Caster se levantó, ignorando por completo al director—. Solo quiero irme. Tomó la caja del portátil de las manos temblorosas del gerente. —¿Ya puedo irme? —preguntó, su voz un susurro peligroso—. Tengo cosas mejores que hacer. —¡Por supuesto! Por favor, no se preocupe por nada. Esto no volverá a suceder —aseguró el director, haciéndose a un lado como si Caster fuera un rey. —Más les vale —murmuró Caster, caminando hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro al gerente, que parecía a punto de desmayarse. —Una última cosa —dijo, con una calma helada—. La próxima vez que alguien salga corriendo de su tienda, tal vez debería preguntarse por qué antes de asumir lo peor. A veces, las personas no huyen porque hayan hecho algo malo. Huyen porque tienen miedo. Y el miedo, amigo mío, es el peor de los ladrones. Roba más que cualquier portátil. Salió de la oficina sin mirar atrás, pero la victoria era ceniza en su boca. Había perdido un tiempo precioso. El rastro de ella estaría casi frío. La furia, contenida y perfectamente cocinada a fuego lento durante todo el suplicio, bullía dentro de él. Necesitaba descargarla. Sacó el teléfono y marcó otro número. Sonó dos veces antes de que una voz alegre y despreocupada contestara. —¡Hermano! ¿Conseguiste el portátil de mi preciosa esposa? Te debo una. —Liam —la voz de Caster era un trueno contenido—. Si tu mujer quiere un maldito portátil, puedes venir tú mismo a comprarlo. Y mientras estés aquí, puedes explicarle al nuevo gerente por qué es una pésima idea acusar a uno de los dueños de robar en su propia tienda. —Oh, vaya. ¿Pasó algo? —la voz de Liam perdió un ápice de su alegría, volviéndose más cautelosa—. ¿Estás bien? —¿Pasar algo? —Caster soltó un bufido, caminando a grandes zancadas por el aparcamiento ya más vacío, la caja bajo el brazo—. Pasar algo es quedarme sin vino. Esto fue una humillación grotesca e innecesaria. No entiendo por qué tenemos que pasar por estas... experiencias humanas de m****a, siendo quienes somos. Tenemos empleados para esto. Ejecutivos. ¡Gente a la que pagamos para que sude en los Black Fridays! Al otro lado de la línea, Liam suspiró, un sonido que Caster conocía demasiado bien: era el suspiro del "tengo que ser el hermano razonable". —Ya sabes por qué, Caster. Zoey... ella quiere que experimentemos. Que no nos perdamos en la burbuja del dinero y el poder. Que comprendamos la vida de los humanos con los que convivimos. Esa fue la chispa que incendió la pradera. Caster se detuvo en seco, y su voz bajó a un tono grave y peligroso, cargado de una verdad que rara vez verbalizaban. —Liam, escúchame bien. Somos cambiaformas. Nuestra sangre es antigua, nuestra naturaleza es otra. Zoey puede ser tu compañera, puede ser humana, y la protegeremos con nuestra vida. Pero debe entender, y tú debes recordarlo, que por mucho que convivamos, por mucho que nos disfracemos de hombres de negocio en trajes caros... no somos humanos. Nuestras reglas son diferentes. Nuestros instintos son más fuertes. Y lo que para ella es una «experiencia», para mí hoy fue un obstáculo que pudo costarme algo... algo irreemplazable. El silencio al otro lado fue pesado. Finalmente, Liam habló, su voz ahora seria, reconociendo la gravedad bajo la furia de su hermano. —Lo sé, Caster. Lo sé. ¿Y... pasó algo más? Suenas... alterado. Más de lo normal. Caster apretó el teléfono con tanta fuerza que la carcasa crujió. El recuerdo de unos ojos aterrorizados detrás de unas gafas, de un aroma que lo poseía, le quemó la garganta. —Sí —admitió, la palabra saliendo como un rugido ahogado—. Pasó algo. Encontré a alguien. Mi compañera. Estaba allí, en medio de esa maldita multitud, y yo... yo la asusté. Salió corriendo de mí, Liam. Corrió como si yo fuera un monstruo. —¿Tu compañera? —la voz de Liam se elevó, sorprendida—. ¿Estás seguro? ¿Cómo...? —La olí —lo interrumpió Caster, con una mezcla de reverencia y desesperación en la voz—. La olí y supe que era ella. No hay duda. Pero ahora no sé dónde está. No sé su nombre. No sé nada, excepto que la perdí por culpa de un gerente con complejo de autoridad y una alarma de seguridad. —Joder, Caster... —Liam soltó un silbido—. Eso es... eso es mucho. ¿Qué vas a hacer? —Encontrarla —dijo Caster, con una determinación férrea—. Voy a encontrarla. Y necesito resolverlo. Ahora. Cuida de tu mujer, Liam. Y hazme el favor de recordarle nuestro lugar en este mundo, antes de que su próximo capricho «humano» le cueste a alguien más que un momento de incomodidad. —Caster, espera— Cortó la llamada. Se quedó solo en la fría noche del aparcamiento, el olor a asfalto y gasolina reemplazando al dulce aroma que anhelaba. Su lobo, ahora en calma pero no satisfecho, observaba. Caster alzó la nariz al viento, desesperado por captar una última nota, un hilo que seguir. —¿Dónde estás? —susurró al viento, como si la noche pudiera responderle— ¿Quién eres? Había perdido tiempo. Había tenido que rebajarse. Había tenido que recordarle a su propio hermano quiénes eran en realidad. Pero una cosa era clara: la caza, la verdadera, apenas acababa de comenzar.Zoey soltó una carcajada.—Eso no se lo contó Caster a los chicos...—dijo— Bueno no así. Dice que eres la humana más valiente que ha conocido. Que no te rendiste. Que luchaste hasta el final.Faith se sonrojó.—No me sentí valiente —murmuró—. Me sentí aterrada.—Eso es lo mismo —dijo Zoey, con una sonrisa suave—. El valor no es no tener miedo. Es tener miedo y seguir adelante de todos modos.Faith la miró, y en sus ojos grises brilló una comprensión profunda.—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tuviste miedo? ¿Cuando supiste que Liam era tu compañero?Zoey asintió, y su sonrisa se volvió más melancólica.—Mucho. Pero no fue el vínculo lo que me asustó. Fue lo que significaba. Dejar mi vida atrás. Dejar mi familia. Dejar todo lo que conocía. Y luego… —hizo una pausa, acariciándose la barriga— … el embarazo. Eso me aterró de verdad.Faith la miró, y en sus ojos grises brilló una mezcla de curiosidad y aprensión.—¿Por qué? —preguntó, con un hilo de voz.Zoey suspiró.—Porque no fue una elección —adm
Entonces, Zoey soltó un ruido.—¿En serio? —dijo, con una voz que mezclaba exasperación y diversión—. ¿Vais a quedaros todo el día en vuestro reto de miradas? Porque yo tengo cosas mejores que hacer. Como conocer a mi cuñada.Se apartó de los hombres y caminó hacia Faith con paso decidido, a pesar de su barriga. Le sonrió, una sonrisa cálida y genuina, y le tendió la mano.—Hola —dijo—. Soy Zoey. La mujer de Liam. La que te ha estado esperando desde que Caster llamó a mi marido anoche.Faith tomó su mano, sorprendida por la calidez.—Faith —dijo—. Encantada.Zoey la miró de arriba abajo, y su sonrisa se ensanchó.—Eres preciosa —dijo —Aunque eso ya lo sabía. Caster no ha parado de hablar de ti desde que te encontró. Y yo la verdad me alegro no ser la única humana ahora.Faith se sonrojó, apartando la mirada.—No sé si eso es bueno o malo —murmuró.Zoey soltó una carcajada.—Bueno . Muy bueno. Créeme. Nunca le había visto así. Ni siquiera cuando… —hizo una pausa, y su expresión se volv
Caster le mostró el pueblo con calma, sin prisa. Caminaron por senderos de tierra rodeados de árboles, pasaron junto al parque donde los niños jugaban, y se detuvieron frente a la escuela, un edificio de líneas modernas con ventanales enormes y un patio lleno de flores.—Aquí aprenden los más pequeños —explicó Caster—. No solo las materias humanas. También nuestra historia. Nuestras tradiciones. Lo que significa ser un cambiaforma.Faith asintió, mirando el edificio con curiosidad.—¿Y los adultos? —preguntó—. ¿También aprenden?Caster sonrió.—Siempre se aprende algo —dijo—. Pero los adultos ya han vivido lo suficiente para saber quiénes son. Los niños… los niños son el futuro. Ellos son los que mantendrán viva nuestra especie.Faith lo miró, y en sus ojos grises brilló una comprensión profunda.—Por eso te importa tanto el embarazo —dijo, con un hilo de voz—. No es solo tu deseo. Es tu deber. Con tu especie. Con tu manada.Caster la miró, y en sus ojos azules brilló una mezcla de gr
Se giró hacia la niña de las trenzas, que la miraba con los ojos abiertos como platos.—¿Me prestas tu caña? —pidió, con una voz suave.La niña asintió, sin decir palabra, y le tendió la caña. Faith la tomó, sintiendo su peso, su textura. Era una caña sencilla, de madera y sedal, pero bien hecha. Sonrió, recordando las tardes junto al arroyo de su abuela.—Lo primero —dijo, en voz alta, para que todos los niños la oyeran— es desenrollar el lío del sedal. No puede haber nudos. Si hay nudos, el pez lo nota. Y se va.Los niños se acercaron, curiosos, olvidando por un momento la burla y el conflicto. Faith desenrolló el sedal con cuidado, mostrándoles cómo hacerlo.—Luego —continuó— hay que buscar una buena carnada. Algo que huela bien. Algo que atraiga al pez. No vale cualquier cosa. Hay que pensar como un pez. ¿Qué le gustaría comer?Los más pequeños se apiñaron a su alrededor, con los ojos brillantes.—¿Qué usas tú? —preguntó uno de ellos, un niño de unos seis años con el pelo rizado.
Caster se quedó hablando con el anciano, y Faith, sintiéndose un poco fuera de lugar entre tantas miradas curiosas, se alejó lentamente hacia el río. Necesitaba un momento para respirar, para procesar todo lo que estaba pasando. El valle, el pueblo, la manada, las palabras de Caster sobre el embarazo… era demasiado. Demasiado para un solo día.Caminó sin rumbo hasta que llegó a la orilla del río, donde un grupo de niños estaba pescando. Eran ocho en total: cinco niños y tres niñas. Los más pequeños parecían tener unos seis o siete años; los mayores, quizás once o doce. Estaban apiñados alrededor de unas cañas rudimentarias, riendo y gritando, compitiendo por ver quién sacaba el pez más grande.Faith sonrió. Le recordaba a su propia infancia, cuando pasaba horas junto a un arroyo cerca de la casa de su abuela, intentando pescar truchas con una caña improvisada. Nunca pescaba nada, pero no importaba. Lo importante era la paz, el silencio, la conexión con la naturaleza.Se acercó un poco
Faith cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo, el aroma que la envolvía, el latido de su corazón contra el suyo. Todo era demasiado. Demasiado intenso. Demasiado real. Demasiado hermoso.—Está bien —susurró, con la voz temblando—. Vamos.Caster la miró, y en sus ojos azules brilló una luz que no era de este mundo.—¿Estás segura? —preguntó, con una cautela que le resultó entrañable.Faith asintió, con una sonrisa pequeña y frágil.—Sí . Quiero conocer a tu manada. Quiero ver tu mundo. Quiero… —hizo una pausa, y su voz se volvió más firme— … quiero intentarlo.Caster sonrió, una sonrisa lenta y luminosa que le iluminó todo el rostro.—Entonces empecemos —dijo, con una voz cargada de emoción—. Pero primero… —hizo una pausa, y su expresión se volvió más seria— … hay algo que necesito decirte.Faith arqueó una ceja.—¿Más? —preguntó, con una sonrisa cansada—. ¿No crees que ya me has dicho suficiente por hoy?Caster soltó una risa suave.—Solo una cosa más —dijo—. Y es importante.







