LOGINCeder fue una agonía. Permitió que los guardias lo llevaran de vuelta al local, retrocediendo paso a paso, cada uno una derrota. Pero no podía apartar la mirada del punto donde ella había desaparecido. Necesitó emplear toda su fuerza, cada gramo de voluntad, para no soltarse y salir corriendo tras ella, para no tomarla, morderla y marcar su piel hasta que nadie dudara quién era su dueño.
Un temblor violento lo recorrió, causado por la distancia física que se abría como un abismo entre ellos. Respiró hondo, y su aroma aún impregnaba el aire a su alrededor, persistiendo en su piel, consumiéndolo. Sabía, por experiencia amarga, que esa locura no lo abandonaría. Era peor esta vez. Más intensa, más visceral. Las únicas cosas que lo retenían eran su humanidad y una emoción igual de poderosa: el miedo. El miedo era un gran motivador. El problema era que no solo su lobo la deseaba. Él, Caster, cada célula de su cuerpo de hombre, la anhelaba, dolía por ella. Y no estaba seguro de que solo el miedo pudiera ganar esa guerra interna. Apretó los párpados y miró fijamente el pasillo vacío por donde ella había huido, desesperado por conservar al menos una imagen, algo que aplacara la tempestad en su interior. Pero tan rápido como había irrumpido en su vida, volcándolo del revés en cuestión de segundos, ella se había esfumado. —Esto no ha terminado —susurró para sí mismo, con una determinación feroz—. Te encontraré. Y en algún lugar de la ciudad, sin saberlo, ella podía estar temblado bajo las mantas de un pequeño apartamento, preguntándose por qué el destino le había enviado un milagro con ojos de tormenta y sonrisa de depredador. La oficina del gerente era una caja de plástico y falsa madera que olía a ansiedad y café barato. Dos guardias flanqueaban la puerta, y el propio gerente, un hombre cincuentón con bigote y una corbata mal anudada, se pavoneaba detrás de su escritorio, sosteniendo la caja del portátil como si fuera un trofeo. —Lo siento, señor, pero las políticas de la tienda son claras —dijo con una falsa condescendencia que hizo que el lobo de Caster gruñera en lo más profundo de su pecho—. Salir sin pasar por caja, con mercancía de alto valor... son acciones típicas de un ladrón. Tendremos que llamar a la policía. Ladrón. La palabra resonó en el aire cargado. Caster sintió las garras de su bestia rascando por salir, deseando destrozar la arrogancia de ese humano, reducir su oficina a astillas y enseñarle lo que era el verdadero poder. Pero las Reglas eran claras, grabadas a fuego en cada cambiaforma de su manada: No revelarse. No causar escándalos. No cazar en territorio humano sin causa mayor. Romperlas significaba el exilio. Respiró, contando hasta diez en su mente mientras el olor a miedo de los guardias y la satisfacción barata del gerente le taladraban los sentidos. —No soy un ladrón —pronunció cada palabra con una calma tensa como un alambre a punto de romperse—. Fue un malentendido. Estaba... distraído. —¡Distraído! ¡Un malentendido! —el gerente soltó una risa corta y seca—. Eso lo dirán todos. ¿Tiene el recibo? ¿Alguna prueba de pago? Caster cerró los ojos un instante. El aroma de ella, su compañera, aún se aferraba a su piel, un recordatorio punzante de lo que había perdido por culpa de esta farsa. Había jurado nunca, nunca, recurrir a esto. Rebajarse. Pero la necesidad de salir de allí, de perseguir ese rastro que se enfriaba por segundo, era más fuerte que su orgullo. —Escúcheme bien —dijo, abriendo los ojos, que brillaban con un destello ámbar peligroso—. No tengo el recibo porque tuve que salir corriendo detrás de alguien. Alguien importante. ¿Entiende lo que le digo? El gerente parpadeó, desconcertado. —¿Importante? ¿Y eso qué tiene que ver con— —Tiene que ver con que no tengo tiempo para esto —lo interrumpió Caster, con un gruñido contenido—. Así que le sugiero que reconsideremos esta situación. Ahora. El gerente se irguió, intentando recuperar su autoridad perdida. —Las reglas son las reglas, señor... Thorne, ¿verdad? No importa quién sea usted. Aquí todos somos iguales. Caster soltó una risa amarga. —¿Iguales? Qué conmovedor. ¿Sabe una cosa? Admiro su dedicación. De verdad que sí. Es un hombre de principios. —Se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz bajando a un susurro que era más amenazante que cualquier grito—. Pero sus principios acaban de costarme algo que no tiene precio. Y eso, amigo mío, es un error que no pienso perdonar. Con un movimiento deliberadamente lento, sacó su billetera. No era la de diario, sino la de piel negra y opaca que solo usaba para transacciones con humanos que necesitaban una lección de humildad. Sacó una tarjeta. No una de crédito cualquiera, sino una de platino opaco, sin números visibles, solo un nombre grabado en letras plateadas: Caster Thorne. Y, en la esquina inferior, un pequeño logotipo en relieve: el emblema de la corporación propietaria de esa cadena de tiendas y de medio centenar más. La deslizó por el escritorio. El gerente la tomó con escepticismo, pero al leer el nombre y reconocer el logo, su rostro palideció varios tonos. La arrogancia se le desinfló como un globo pinchado. —Señor... Thorne... yo... no sabía... —Claro que no sabía —dijo Caster, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Nadie sabe nunca nada hasta que es demasiado tarde. Esa es la historia de la humanidad, ¿no cree? Ya había sacado su teléfono y marcado un número memorizado desde hacía décadas. Sonó dos veces antes de que una voz profesional y alerta contestara al otro lado. —Oficina del director ejecutivo, ¿en qué puedo ayudarle? —Soy Caster Thorne ...—dijo, sin apartar la mirada de hierro del gerente, que empezaba a sudar—. Estoy en la oficina del gerente de la sucursal del centro comercial. Quiero al director regional aquí, en persona, en diez minutos. O su contrato de arrendamiento con nuestra corporación será reevaluado mañana a primera hora. —¿El director regional? Señor, son casi las diez de la noche, quizás mañana podríamos— —Diez minutos —repitió Caster, cortando la llamada sin más. El silencio en la habitación era absoluto, roto solo por el tictac de un reloj de pared y la respiración entrecortada del gerente. —Señor Thorne, yo... si hubiera sabido... —balbuceó el hombre, retorciéndose las manos—. Permítame compensarle de alguna manera. Lo que sea. Por favor.CarterEl olor a limpieza industrial y miedo humano de la oficina del gerente aún le colgaba de la ropa, pero debajo, persistente como un latido fiel, estaba su aroma. El de ella. Un hilo dorado en la oscuridad del aparcamiento, una sinfonía de vainilla silvestre, lluvia en tierra seca y algo único, inconfundiblemente suyo, que le llamaba con una fuerza que le hacía temblar los músculos.Caster caminaba con movimientos fluidos y silenciosos, una sombra entre los coches, siguiendo ese rastro. No debería estar haciendo esto. Cada paso era una traición a la promesa que se hizo a sí mismo hacía décadas. No quería una compañera. No quería ese dolor desgarrador, esa vulnerabilidad que te ataba el alma a otra persona solo para que pudieran romperla.Su mente intentó, como siempre, sepultar esos recuerdos. Los había empujado a lo más profundo y oscuro de su psique, a una bóveda sellada donde ni siquiera su hermano Liam, ni su mejor amigo Ethan, habían podido llegar. Eran suyos. Su cruz, su ci
Y lo haría. Después de recoger los pedazos de su futuro, cuidadosamente planeado y brutalmente destrozado.—No me rendiré —murmuró, con una determinación que nacía de la pura desesperación—. No voy a dejar que él gane. No voy a dejar que ningún hombre vuelva a destruirme.Pero eso significaba cuatro años más. Dos de investigación, dos de escritura. Y mientras tanto, algún hijo de puta estaría disfrutando del trabajo que era suyo por derecho, del futuro que le había robado.Con un suspiro que salió como un gemido, Faith sacó por fin las llaves. La oscuridad del aparcamiento las hacía invisibles, y maldijo en silencio. Haber perdido ese ordenador era un golpe brutal. No solo lo quería; lo necesitaba con una urgencia que le dolía en el pecho. Para buscar trabajo, para escribir, para reconstruir su vida desde los cimientos. La oferta del Black Friday había sido su única tabla de salvación. Y se le había escurrido entre los dedos.—¡Maldita sea! —masculló, golpeando el techo del coche con
Faith Scott salió de la tienda como si las paredes ardieran tras ella. No caminaba, huía. Un pánico irracional, una urgencia primitiva, aceleraba sus pasos y le hacía el corazón golpear contra las costillas. No sabía exactamente por qué, pero algo dentro de ella gritaba que se alejara.Temblaba, y no por el frío nocturno del aparcamiento, sino por una anticipación visceral que le erizaba la piel. Sacudió la cabeza, tratando de despejar el caos de su mente mientras sus ojos escudriñaban la oscuridad buscando su destartalado coche. Pero no podía borrar la imagen que se le había grabado a fuego: Él.Ojos de un azul zafiro que parecían perforarla. Pelo negro como la noche, cortado con una elegancia rebelde que encajaba a la perfección con un rostro esculpido por los dioses. Y ese cuerpo… ancho, poderoso, hecho para el pecado y para dominar cualquier espacio. Vestido con un traje impecable (aunque sin corbata, un detalle de rebelde descuido que resultaba absurdamente atractivo) había sido…
Caster lo miró con desdén.—¿Compensarme? —repitió, con un tono gélido—. ¿Puede usted devolverme el tiempo que he perdido? ¿Puede devolverme el momento en que esa mujer me miró con miedo y huyó de mí como si fuera un monstruo?El gerente tragó saliva.—¿Una... una mujer?—Sí, una mujer —gruñó Caster, pasándose una mano por el cabello— La mujer más importante que he conocido en toda mi maldita existencia. Y usted me tuvo aquí, encerrado en esta caja de cartón, mientras ella desaparecía. Así que no, no puede compensarme. Nadie puede.Los diez minutos siguientes fueron un ejercicio de tortura para Caster. Su lobo arañaba por dentro, aullando por salir a rastrear. Cada segundo era una eternidad. El gerente intentó balbucear más disculpas, ofrecerle agua, café, lo que fuera, pero un gruñido sordo de Caster lo silenció de inmediato.A los nueve minutos y cuarenta y cinco segundos, la puerta se abrió de golpe. El director regional, un hombre joven y pulcro, entraba secándose el sudor de la f
Ceder fue una agonía. Permitió que los guardias lo llevaran de vuelta al local, retrocediendo paso a paso, cada uno una derrota. Pero no podía apartar la mirada del punto donde ella había desaparecido. Necesitó emplear toda su fuerza, cada gramo de voluntad, para no soltarse y salir corriendo tras ella, para no tomarla, morderla y marcar su piel hasta que nadie dudara quién era su dueño.Un temblor violento lo recorrió, causado por la distancia física que se abría como un abismo entre ellos. Respiró hondo, y su aroma aún impregnaba el aire a su alrededor, persistiendo en su piel, consumiéndolo. Sabía, por experiencia amarga, que esa locura no lo abandonaría. Era peor esta vez. Más intensa, más visceral.Las únicas cosas que lo retenían eran su humanidad y una emoción igual de poderosa: el miedo. El miedo era un gran motivador. El problema era que no solo su lobo la deseaba. Él, Caster, cada célula de su cuerpo de hombre, la anhelaba, dolía por ella. Y no estaba seguro de que solo el m
Caster odiaba la Navidad.No era un simple desagrado por la temporada, ni siquiera esa ambivalencia cortés que mostraban algunos. No. Era una aversión total, una repugnancia absoluta hacia todo lo rojo, verde o con forma de muérdago. Si dependiera de él, hibernaría desde finales de octubre hasta que el calendario confirmara, con alivio, que era 2 de enero. Gracias a Dios, después del primero, el mundo volvía a su gloriosa normalidad: gente egoísta, calculadora y grosera, tal y como la prefería. Nada de sonrisas falsas ni villancicos por doquier.Sus hermanos y su mejor amigo, Ethan, lo llamaban "el Grinch" o "el Oso Gruñón" durante estas fechas. Él no quería amargarles la fiesta (bueno, no mucho); solo deseaba que terminara. Por desgracia, apenas era noviembre, el día después de Acción de Gracias. Black Friday. El día en que esa misma gente, "llena del espíritu navideño", se pisotaba por un televisor con descuento. ¿Qué demonios tenía de especial esa tortura anual? Jamás lo entendería







