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Capitulo 2

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-09-15 22:11:21

Ceder fue una agonía. Permitió que los guardias lo llevaran de vuelta al local, retrocediendo paso a paso, cada uno una derrota. Pero no podía apartar la mirada del punto donde ella había desaparecido. Necesitó emplear toda su fuerza, cada gramo de voluntad, para no soltarse y salir corriendo tras ella, para no tomarla, morderla y marcar su piel hasta que nadie dudara quién era su dueño.

Un temblor violento lo recorrió, causado por la distancia física que se abría como un abismo entre ellos. Respiró hondo, y su aroma aún impregnaba el aire a su alrededor, persistiendo en su piel, consumiéndolo. Sabía, por experiencia amarga, que esa locura no lo abandonaría. Era peor esta vez. Más intensa, más visceral.

Las únicas cosas que lo retenían eran su humanidad y una emoción igual de poderosa: el miedo. El miedo era un gran motivador. El problema era que no solo su lobo la deseaba. Él, Caster, cada célula de su cuerpo de hombre, la anhelaba, dolía por ella. Y no estaba seguro de que solo el miedo pudiera ganar esa guerra interna.

Apretó los párpados y miró fijamente el pasillo vacío por donde ella había huido, desesperado por conservar al menos una imagen, algo que aplacara la tempestad en su interior. Pero tan rápido como había irrumpido en su vida, volcándolo del revés en cuestión de segundos, ella se había esfumado.

—Esto no ha terminado —susurró para sí mismo, con una determinación feroz—. Te encontraré.

Y en algún lugar de la ciudad, sin saberlo, ella podía estar temblado bajo las mantas de un pequeño apartamento, preguntándose por qué el destino le había enviado un milagro con ojos de tormenta y sonrisa de depredador.

La oficina del gerente era una caja de plástico y falsa madera que olía a ansiedad y café barato. Dos guardias flanqueaban la puerta, y el propio gerente, un hombre cincuentón con bigote y una corbata mal anudada, se pavoneaba detrás de su escritorio, sosteniendo la caja del portátil como si fuera un trofeo.

—Lo siento, señor, pero las políticas de la tienda son claras —dijo con una falsa condescendencia que hizo que el lobo de Caster gruñera en lo más profundo de su pecho—. Salir sin pasar por caja, con mercancía de alto valor... son acciones típicas de un ladrón. Tendremos que llamar a la policía.

Ladrón. La palabra resonó en el aire cargado. Caster sintió las garras de su bestia rascando por salir, deseando destrozar la arrogancia de ese humano, reducir su oficina a astillas y enseñarle lo que era el verdadero poder. Pero las Reglas eran claras, grabadas a fuego en cada cambiaforma de su manada: No revelarse. No causar escándalos. No cazar en territorio humano sin causa mayor. Romperlas significaba el exilio.

Respiró, contando hasta diez en su mente mientras el olor a miedo de los guardias y la satisfacción barata del gerente le taladraban los sentidos.

—No soy un ladrón —pronunció cada palabra con una calma tensa como un alambre a punto de romperse—. Fue un malentendido. Estaba... distraído.

—¡Distraído! ¡Un malentendido! —el gerente soltó una risa corta y seca—. Eso lo dirán todos. ¿Tiene el recibo? ¿Alguna prueba de pago?

Caster cerró los ojos un instante. El aroma de ella, su compañera, aún se aferraba a su piel, un recordatorio punzante de lo que había perdido por culpa de esta farsa. Había jurado nunca, nunca, recurrir a esto. Rebajarse. Pero la necesidad de salir de allí, de perseguir ese rastro que se enfriaba por segundo, era más fuerte que su orgullo.

—Escúcheme bien —dijo, abriendo los ojos, que brillaban con un destello ámbar peligroso—. No tengo el recibo porque tuve que salir corriendo detrás de alguien. Alguien importante. ¿Entiende lo que le digo?

El gerente parpadeó, desconcertado.

—¿Importante? ¿Y eso qué tiene que ver con—

—Tiene que ver con que no tengo tiempo para esto —lo interrumpió Caster, con un gruñido contenido—. Así que le sugiero que reconsideremos esta situación. Ahora.

El gerente se irguió, intentando recuperar su autoridad perdida.

—Las reglas son las reglas, señor... Thorne, ¿verdad? No importa quién sea usted. Aquí todos somos iguales.

Caster soltó una risa amarga.

—¿Iguales? Qué conmovedor. ¿Sabe una cosa? Admiro su dedicación. De verdad que sí. Es un hombre de principios. —Se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz bajando a un susurro que era más amenazante que cualquier grito—. Pero sus principios acaban de costarme algo que no tiene precio. Y eso, amigo mío, es un error que no pienso perdonar.

Con un movimiento deliberadamente lento, sacó su billetera. No era la de diario, sino la de piel negra y opaca que solo usaba para transacciones con humanos que necesitaban una lección de humildad. Sacó una tarjeta. No una de crédito cualquiera, sino una de platino opaco, sin números visibles, solo un nombre grabado en letras plateadas: Caster Thorne. Y, en la esquina inferior, un pequeño logotipo en relieve: el emblema de la corporación propietaria de esa cadena de tiendas y de medio centenar más.

La deslizó por el escritorio. El gerente la tomó con escepticismo, pero al leer el nombre y reconocer el logo, su rostro palideció varios tonos. La arrogancia se le desinfló como un globo pinchado.

—Señor... Thorne... yo... no sabía...

—Claro que no sabía —dijo Caster, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Nadie sabe nunca nada hasta que es demasiado tarde. Esa es la historia de la humanidad, ¿no cree?

Ya había sacado su teléfono y marcado un número memorizado desde hacía décadas. Sonó dos veces antes de que una voz profesional y alerta contestara al otro lado.

—Oficina del director ejecutivo, ¿en qué puedo ayudarle?

—Soy Caster Thorne ...—dijo, sin apartar la mirada de hierro del gerente, que empezaba a sudar—. Estoy en la oficina del gerente de la sucursal del centro comercial. Quiero al director regional aquí, en persona, en diez minutos. O su contrato de arrendamiento con nuestra corporación será reevaluado mañana a primera hora.

—¿El director regional? Señor, son casi las diez de la noche, quizás mañana podríamos—

—Diez minutos —repitió Caster, cortando la llamada sin más.

El silencio en la habitación era absoluto, roto solo por el tictac de un reloj de pared y la respiración entrecortada del gerente.

—Señor Thorne, yo... si hubiera sabido... —balbuceó el hombre, retorciéndose las manos—. Permítame compensarle de alguna manera. Lo que sea. Por favor.

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