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Estoy parada frente al espejo de mi diminuto baño, en ese apartamento apretado de Camden Town que comparto con dos compañeras ruidosas. Mis manos tiemblan un poco mientras me ajusto el cuello de la camisa blanca, planchada a la perfección. Hoy es el gran día. El día en que todo cambia. O al menos, eso es lo que me repito desde hace semanas.
Amanda Hayes, 24 años, recién graduada de la London Business School con matrícula de honor en finanzas y management. Mi currículum es impecable: prácticas en startups fintech, voluntariado en una ONG de educación financiera, y hasta un artículo publicado en una revista académica sobre el impacto de las criptomonedas en los mercados emergentes. Me partí el lomo para llegar hasta aquí. Noches en vela estudiando, trabajos de m****a para pagar la matrícula: camarera en un pub hasta arriba de gente, tutora de niños ricos que no necesitaban ni una clase. Mis padres, profesores humildes en un pueblo de Yorkshire, siempre me empujaron a apuntar alto. "El mundo es tuyo, cariño", me decía mi madre mientras me abrazaba antes de que me fuera a Londres.
Pero hoy es la prueba de verdad. Black Industries. El imperio de Cameron Black, ese nombre que hace temblar a las salas de mercado de la City. Una multinacional que lo domina todo: tecnología, inmobiliaria de lujo, inversiones privadas. Dicen que Black construyó su fortuna desde cero, arrancando en un garaje en Manchester hasta convertirse en uno de los multimillonarios más enigmáticos de Europa. Sin fotos de farándula, sin escándalos, solo una reputación de hielo. "The Shadow King", le dicen los tabloides, porque opera desde las sombras, aplastando a la competencia sin decir una palabra.
Mi entrevista, hace dos semanas, fue como un sueño. Una de Recursos Humanos muy educada, preguntas técnicas que respondí sin fallar, y esa frase final: "Usted es exactamente lo que buscamos, señorita Hayes." Las prácticas de seis meses en el departamento de estrategia, con opción a contrato fijo. Sueldo decente, beneficios increíbles: gimnasio privado, comedor con estrella Michelin, y acceso a una red que podría lanzar mi carrera a la estratósfera.
Agarro mi bolso —un Chanel falso que encontré en un mercadillo— y me reviso en el espejo una última vez. Pelo castaño recogido en un moño estricto, maquillaje discreto, falda lápiz negra que cae justo por encima de las rodillas, tacones razonables. Profesional. Segura. Lista para conquistar.
El metro va hasta el culo, como siempre a las 8 de la mañana. Me abro paso hasta Canary Wharf, el corazón financiero de Londres, donde las torres de vidrio y acero perforan el cielo gris. La Black Tower lo domina todo: 70 pisos de mármol negro y cristales tintados, un monolito que parece absorber la luz en vez de reflejarla. He leído artículos sobre su arquitectura, diseñada por un sueco obsesionado con el minimalismo brutal. "Un edificio que inspira miedo y respeto", dijo Black en una de sus raras entrevistas.
En la entrada, un guardia escanea mi pase temporal. "Bienvenida a Black Industries, señorita Hayes. Ascensor 12, piso 67." El corazón me va a mil mientras subo. Las puertas se abren a un vestíbulo impecable: suelos de mármol pulido, paredes blancas con cuadros abstractos que probablemente valen más que todo mi apartamento. Un olor sutil a café recién molido y cuero nuevo flota en el aire.
Una mujer de unos cuarenta, traje gris impecable, me recibe con una sonrisa profesional. "¿Amanda? Soy Elena, tu supervisora durante las prácticas. Sígueme." Me guía por un open space high-tech: pantallas curvas, sillas ergonómicas, empleados con trajes a medida tecleando como locos. Nada de charla inútil, nada de risas, solo eficiencia clínica.
Mi escritorio es un rinconcito junto a una ventana panorámica. Vistas al Támesis, a los rascacielos vecinos. "Empiezas analizando estos informes sobre nuestras inversiones en Asia", explica Elena mientras me pasa una pila de carpetas. "Sé precisa. El señor Black odia los errores." Me deja con un guiño de ánimo, y me pongo a trabajar.
Las horas pasan. Me sumerjo en los números: fusiones y adquisiciones, proyecciones de crecimiento, riesgos geopolíticos. Es fascinante. Casi me olvido de la hora del almuerzo, mordisqueando un sándwich en mi escritorio. Por la tarde, Elena me invita a una reunión de equipo. "Solo para observar", dice. "Pero toma notas."
La sala de reuniones 66B es una burbuja de cristal en medio del piso. Una decena de personas alrededor de una mesa ovalada: analistas, managers, todos con más experiencia que yo. Me siento al fondo, bloc de notas en mano. La discusión va sobre un acuerdo importante: la adquisición de una startup de IA con sede en Singapur. Lo que está en juego es enorme: miles de millones.
Luego, hacia las 17h, la reunión termina. Recojo mis cosas, pero mi teléfono se ha resbalado bajo la mesa. Me agacho para recogerlo, y es ahí cuando oigo unas voces. Bajas, susurradas, viniendo del otro lado de un tabique fino. Dos hombres, quizá en la sala de al lado.
"...la transferencia tiene que estar limpia. Sin rastro."
"¿Y si los polis siguen la pista?""No van a seguir nada. Black tiene amigos en todas partes. El cartel mexicano ya pagó la mitad. El resto llega vía Caimán."La sangre se me hiela. ¿Cartel? ¿Transferencia? Eso no tiene nada que ver con inversiones legales. Me quedo paralizada, con el corazón a mil.
"Entrega en dos semanas. Asegúrate de que el almacén de Docklands esté seguro. Y lo del testigo en Manchester... resuélvelo con discreción."
Un silencio. Luego una risa fría. "¿Como la última vez?"
"Sí. Accidente de coche. Limpio."Me incorporo despacio, teléfono en mano, y salgo de la sala de puntillas. La cabeza me da vueltas. ¿Black Industries metida en blanqueo? ¿En tráfico? ¿Cameron Black, el CEO intocable, en el centro de todo esto? Seguro que oí mal. O quizá es un malentendido. Pero las palabras resuenan: "cartel", "testigo", "accidente".
De vuelta en mi escritorio, finjo que trabajo, pero las manos me tiemblan sobre el teclado. Elena se pasa a verme: "¿Todo bien, Amanda? Estás pálida." Fuerzo una sonrisa. "Solo cansada. Primer día." Ella asiente y me deja ir a las 18h.
En el ascensor, exhalo largo. Olvídalo. No es mi problema. Solo soy una becaria. Mañana todo irá bien.
Pero a la mañana siguiente, todo se viene abajo.
Llego a las 8 en punto, pase en mano. Elena me espera con cara grave. "Amanda, el señor Black quiere verte. Inmediatamente. Ascensor privado, piso 67."
El estómago se me cierra. ¿El CEO en persona? ¿Para una becaria? Esto no huele bien.
El ascensor sube en silencio, música ambiental suave que contrasta con mi pulso disparado. Las puertas se abren directas a su despacho. Enorme. Minimalista. Paredes de cristal con vistas de 360° sobre Londres. Escritorio de ónix negro, sillones de cuero italiano.
Y él. Cameron Black.
Está de pie junto a la ventana, de espaldas, hablando por teléfono en ruso ¿o será serbio? Su voz es grave, autoritaria. Cuelga y se da la vuelta.
1,93 de pura intimidación. Traje de tres piezas antracita a medida, camisa blanca abierta en el cuello que deja ver un tatuaje discreto: una sombra estilizada, quizá un cuervo. Pelo negro corto, barba de tres días, ojos verdes penetrantes como cuchillas. Ni una sonrisa. Solo una mirada que me clava en el sitio.
"Siéntese, señorita Hayes."
Obedezco, con las piernas temblando. Él se sienta enfrente, entrelaza los dedos.
"Tiene un perfil excelente. Inteligente. Ambiciosa." Hace una pausa. "Pero curiosa."
El corazón me salta un latido. "¿Perdón?"
"Ayer, 17:12. Sala 66B. Escuchó una conversación privada."
¿Cómo lo sabe? ¿Cámaras? ¿Micrófonos? Balbuceo: "Yo... buscaba mi teléfono. No oí nada de..."
"No mienta." Su voz corta el aire, fría como el acero. "Lo oyó todo. Y ahora, es un riesgo."
El pánico sube. "Juro que no diré nada. Solo quiero hacer mis prácticas."
Se inclina hacia delante, sus ojos en los míos. "Lo sé. Por eso le ofrezco una oportunidad." Empuja dos documentos hacia mí. "Firme esto."
El primero: un acuerdo de confidencialidad estándar, blindado con cláusulas penales.
El segundo... se me corta la respiración.
Contrato de asistencia personal exclusiva
Entre el señor Cameron Black (en adelante "el Propietario")Y la señorita Amanda Hayes (en adelante "la Asistente")Los términos: me convierto en su asistente personal 24/7. Obediencia total. Disponibilidad inmediata. A cambio, protección, sueldo triplicado, y borrado de todo "riesgo".
Pero entre líneas: "La Asistente se compromete a satisfacer todas las necesidades del Propietario, sin límite ni negativa."
Es un contrato de esclavitud moderna. Sexual. Psicológica. Total.
"Tiene dos opciones, Amanda." Su voz es un susurro peligroso. "Rechace, y desaparece. Acepte... y me pertenece."
Pone un bolígrafo delante de mí. "Decida."
Su cara baja hacia la mía. No cierra los ojos. Me mira, fijamente, mientras roza mis labios con los suyos. Un contacto apenas presente, un suplicio. Luego captura mi boca.No es un beso. Es una declaración de guerra contra mi último bastión de control.Su boca es cálida, experta, implacablemente lenta. Explora los contornos de mis labios con la lengua, saboreando, evaluando, antes de hundirse más profundamente. Es un beso metódico, devastador de precisión. Me saborea como una fruta que ha elegido devorar, y yo respondo, a pesar de mí, con mi lengua mezclándose con la suya en una danza desesperada. Las piernas me flaquean, pero su brazo alrededor de mi cintura es un torniquete, manteniéndome de pie contra él. El mundo exterior la lluvia, el pasillo, la razón se disuelve en la niebla. Ya solo hay el calor de su boca, la presión de sus manos, el latido loco de mi corazón contra el suyo.Rompe el beso para bajar a mi cuello. Sus labios trazan un camino ardiente a lo largo de mi yugular,
«Gracias por esta noche», murmuro, sincera a pesar de todo.Me mira. Largamente. Intensamente. La luz del pasillo ilumina su cara a contraluz: la cicatriz discreta en la sien, las sombras bajo los ojos, la línea dura de su mandíbula. No dice nada durante largos segundos. Luego su voz, baja, casi ronca:«¿A ti te pasa eso de flirtear? ¿De ligar en el trabajo?»Parpadeo, sorprendida por la pregunta. Sale de la nada, pero entiendo de inmediato a qué se refiere. El hombre de la velada. El que me ligó abiertamente, que me tocó, que me hizo sentir incómoda.«No», respondo suavemente. «No soy yo. Es él el que... Y de todas formas, ni siquiera es mi estilo.»Da un paso hacia delante. Muy cerca. Su aliento roza mi cara, cálido a pesar de la noche fría. Siento su perfume, ese que me envuelve desde hace semanas, ese que me persigue incluso en mis sueños. Ladea la cabeza, con los ojos hundidos en los míos.«¿No es tu estilo?», repite despacio. «¿Cuál es tu estilo?»Hace una pausa, con los labios
El trayecto de vuelta transcurre en un silencio que ya no tiene nada de hostil. No es el silencio glacial de los primeros días, cuando cada kilómetro parecía cavar una zanja entre nosotros. Es otra cosa: un silencio cargado, casi íntimo, como si las palabras superfluas se hubieran vuelto inútiles. Cameron conduce él mismo esta noche sin Alfred, sin cristal de separación, sin barrera. Solo él al volante del Mercedes negro, con las manos puestas con seguridad sobre el cuero del volante, y yo a su lado, con las piernas cruzadas, el vestido negro subido ligeramente sobre los muslos por la postura sentada. La lluvia ha vuelto, fina pero persistente, y los limpiaparabrisas baten un ritmo regular, casi hipnótico.Miro desfilar las calles de Mayfair por la ventanilla tintada. Las farolas proyectan reflejos dorados sobre el asfalto mojado, los escaparates de las tiendas de lujo ya están apagados, pero sus rótulos iluminados siguen parpadeando como promesas nocturnas. El habitáculo está calient
Asiento con la cabeza, pero la tensión no desaparece.Estoy nerviosa.Tengo miedo de que sea como la última vez: hombres trajeados hablando de «entregas seguras» y de «accidentes limpios».Pero cuando llegamos al restaurante un lugar exclusivo en Mayfair, con una fachada discreta y un portero de librea, el ambiente es completamente diferente.Luces tenues.Jazz de fondo.Camareros vestidos de esmoquin que se deslizan entre las mesas como sombras elegantes.Mujeres con vestidos de diseñador.Hombres con esmoquin o tuxedos impecables.Reconozco inmediatamente varios rostros: un actor conocido por sus papeles de villano carismático, una estrella del pop que aparece constantemente en las revistas y un multimillonario del sector tecnológico cuyo nombre está por todas partes.No hay miradas sospechosas.No hay tensión en el ambiente.Solo lujo.Poder.Dinero.Cameron apoya suavemente una mano en la parte baja de mi espalda para guiarme al interior.El contacto me hace estremecer a pesar de
El final de la jornada en la oficina se alarga como un hilo tenso a punto de romperse.Sigo sentada en mi puesto, con los dedos crispados sobre el teclado, pero mi mente está en otra parte.Las cifras del expediente bailan ante mis ojos sin que realmente consiga verlas. Cada línea me devuelve al sótano prohibido, a los gritos ahogados, a la sangre sobre el hormigón, a Cameron junto al escritorio con aquella mujer rubia, sus manos en su cabello, su cuerpo moviéndose con una violencia contenida.Todavía siento aquel calor traicionero que me invadió mientras miraba.Aquella vergüenza que me quema las mejillas solo con recordarlo.¿Cómo pude sentir placer ante aquello?¿Ante él?Sacudo la cabeza y obligo a mi atención a volver a la pantalla.Elena pasa una vez por mi lado y me pregunta si todo está bien.Respondo que sí con voz mecánica.No insiste.A las 18:30 en punto, mi teléfono vibra.Un mensaje de Cameron:«Alfred te espera abajo a las 18:45. Ropa de noche. No llegues tarde.»Ni un
«¡Amanda, cariño! ¿Cómo ha ido tu día?»Su voz es cálida, familiar, un bálsamo para mis nervios de punta. Fuerzo una sonrisa, aunque ella no pueda verla.«Bien, mamá. Solo… estoy ocupada. ¿Y tú? ¿Cómo está Luna?»Ella ríe suavemente, un sonido que me transporta de vuelta a casa, al acogedor salón con la chimenea encendida y el aroma del té de bergamota.«¡Oh, es adorable! Ya se ha ganado a todo el vecindario. No para de maullar para que la abracen y le encanta trepar por las cortinas. Gracias otra vez, cariño. Era justo lo que necesitaba para llenar ese vacío.»La escucho, dejando que su voz me calme.Hablamos del gatito: de cómo la ha instalado, de las travesuras que ya hace, de las croquetas que prefiere.Después llegan las preguntas habituales: mi trabajo, mi apartamento, si estoy comiendo bien.Respondo vagamente, evitando los detalles.«Todo va bien, mamá. De verdad.»Mentira.Pero no puedo contárselo.No sobre el nivel -2.No sobre la tortura.No sobre Cameron.La conversación d







