공유

Capítulo 2

작가: Anatory
last update 게시일: 2026-10-01 06:15:01

Me tiemblan tanto las manos que el bolígrafo casi se me resbala entre los dedos. El despacho de Cameron Black parece de repente demasiado grande, demasiado frío, como si las paredes de cristal se cerraran sobre mí. Su mirada verde, implacable, me atraviesa. No se mueve, ni siquiera parpadea. Espera. Y cada segundo que pasa hace que el aire pese más, más sofocante.

«Yo... yo firmo», murmuro por fin, con la voz ronca, apenas audible. No es una elección. Es supervivencia. El miedo me aprieta las tripas: miedo de lo que podría hacerme si rechazo, miedo de desaparecer como esos "testigos" de los que oí hablar por accidente. Mi mente repasa en bucle las palabras de la conversación robada: cartel, accidente, limpio. No, no puedo arriesgarme a eso. Ni por unas prácticas. Ni por mi vida.

Cameron asiente, un movimiento casi imperceptible, pero sus labios se estiran en una sonrisa fría que no llega a sus ojos. «Sabia decisión, Amanda.» Se incorpora ligeramente, dominando el espacio con su presencia masiva. Siento su perfume una mezcla de madera oscura y almizcle invadirme las narinas, pero no me hace estremecer de placer. Todavía no. Solo me dan ganas de retroceder, de poner distancia entre ese hombre y yo, que ya me trata como una posesión.

Agarro el bolígrafo, con el corazón latiéndome a mil. El primer contrato, el NDA, es fácil: rúbrico cada página sin siquiera releer las cláusulas. Multas astronómicas, cárcel potencial si hablo. Es lo estándar para una empresa como esta, me digo para tranquilizarme. Pero el segundo... Mis ojos resbalan sobre las palabras: "obediencia total", "disponibilidad inmediata", "satisfacer todas las necesidades". Es una trampa. Un contrato que me ata a él como una cadena invisible. Mis dedos dudan sobre la línea de firma.

«¿Problema?», pregunta con voz suave, casi burlona. Se inclina hacia delante, los antebrazos apoyados en el escritorio, dejando ver más de ese tatuaje oscuro que serpentea bajo su manga. Un cuervo, quizá, o una sombra estilizada. ¿Símbolo de qué? ¿De muerte? ¿De poder?

«No», miento, y firmo. Amanda Hayes. Mi nombre, trazado con mano temblorosa, sella mi destino. Empujo los documentos hacia él, evitando su mirada.

Los recoge despacio, los examina como si saboreara mi capitulación. «Bien. A partir de ahora, eres mi asistente personal. Sin medias tintas. Respondes a mis llamadas a cualquier hora. Anticipas mis necesidades. Y si fallas...» Deja la frase en el aire, pero el subtexto es claro. El miedo me aprieta la garganta.

Se levanta, rodea el escritorio con una gracia felina que contrasta con su tamaño imponente. Yo sigo sentada, paralizada, mientras se acerca. Demasiado cerca. Siento el calor de su cuerpo irradiar contra el mío. «De pie», ordena con calma.

Mis piernas obedecen antes de que mi cerebro tenga tiempo de protestar. Me levanto, con las rodillas débiles, y me encuentro a unos centímetros de él. Me domina con toda su altura, y por primera vez me fijo en los detalles: las cicatrices discretas en los nudillos, como si hubiera pasado noches golpeando sombras; las venas marcadas en las manos, fuertes, capaces de romper o de acariciar pero por ahora, la idea me aterra más de lo que me intriga.

«Mírame», dice. Obedezco, alzando los ojos hacia los suyos. Verde esmeralda, fríos como un lago helado. «Tienes miedo. Es normal. Pero el miedo es una herramienta. Te mantendrá viva... y leal.»

Extiende la mano, me roza la barbilla con un dedo un contacto breve, casi eléctrico, que me hace sobresaltar. No es placer, solo un choque de terror mezclado con algo indefinible. Una tensión. Me inclina la cara hacia arriba, obligándome a sostener su mirada. «Tu primer deber: cancela todos tus planes para esta noche. Vienes conmigo.»

«¿Con usted? ¿Adónde?», balbuceo, con la voz temblorosa.

«Una cena de negocios. En Mayfair. Estarás a mi lado. Observadora. Silenciosa. Y... presentable.» Su mirada baja por mi atuendo falda lápiz, camisa blanca y siento una ola de vulnerabilidad invadirme. No hay nada sexual en su voz, todavía no, pero la implicación está ahí, latente, como una amenaza velada.

Por fin retrocede, rompiendo el contacto, y pulsa un botón de su escritorio. Una puerta lateral se abre, y entra Elena, con un bolso en la mano. «¿Señor Black?», pregunta, profesional como siempre.

«Llévela al salón. Vestido negro, corto. Maquillaje discreto. Y... el collar.» Elena asiente sin pestañear, como si fuera lo normal.

¿El collar? Mi mente se dispara. ¿Qué significa eso? Pero no me atrevo a hacer la pregunta. Elena me guía fuera del despacho, hacia un ascensor privado que baja a un piso subterráneo. Un salón de belleza privado, con peluquera, maquilladora y un armario lleno de ropa de alta costura. «No te preocupes, cariño», dice Elena con una sonrisa compasiva. «Es el trabajo. Es exigente, pero recompensa bien.»

Exigente. Eso es un eufemismo. Mientras la maquilladora se afana en mi cara, fijo mi reflejo. Mis ojos están agrandados por el miedo, no por la emoción. Mi pulso no se acelera por deseo; se dispara porque me siento atrapada. El vestido que me tienden es negro, ajustado, con un escote pronunciado que me hace sonrojarme. Demasiado corto. Demasiado revelador. Me lo pongo en una cabina, sintiendo el tejido sedoso contra mi piel, pero no me hace sentir sexy solo expuesta, vulnerable.

Luego, el collar. Elena me lo tiende: una cadena fina de oro blanco, con un colgante discreto un pequeño candado estilizado. «Es su signo», explica mientras me lo abrocha alrededor del cuello. El metal frío contra mi piel me pone la carne de gallina. ¿Un símbolo de propiedad? El estómago se me cierra.

De vuelta en el piso 67, Cameron me espera. Me escanea de arriba abajo, despacio, metódicamente. «Perfecta», murmura. No es un cumplido. Es una evaluación. Posa una mano en el hueco de mi espalda para guiarme hacia el ascensor un tacto firme, posesivo, que me hace estremecer. No es un escalofrío de anticipación. Solo miedo, puro y simple.

El coche es un Bentley negro, con chófer incluido. Rodamos hacia Mayfair en silencio. Cameron trabaja en su teléfono, ignorando mi presencia, pero siento su mirada resbalar sobre mí de vez en cuando. La tensión sube, eléctrica, pero para mí es angustia. ¿Qué espera realmente? ¿Qué "necesidades" voy a tener que satisfacer?

El restaurante es exclusivo: Le Gavroche, mesas separadas, velas vacilantes. Nos conducen a una mesa privada al fondo, donde ya esperan dos hombres. Uno es un inversor ruso, corpulento, con un acento espeso; el otro, un abogado británico, nervioso. La cena empieza: conversaciones sobre acuerdos, cifras astronómicas. Yo permanezco en silencio, como me ordenaron, sorbiendo un vino tinto que Cameron eligió para mí.

Pero bajo la mesa, algo cambia. Cameron posa su mano en mi rodilla, un gesto casual, como si ajustara su servilleta. Me pongo rígida, con el corazón golpeándome. Sus dedos se quedan ahí, inmóviles, pero la presión está una reivindicación sutil. Los hombres hablan de "entregas seguras" y "socios discretos", eufemismos para lo que sospecho que es ilegal. ¿Mafia? ¿Blanqueo? No me atrevo a moverme, ni siquiera para apartar su mano. El miedo me paraliza.

De repente, un giro: el ruso se inclina hacia delante, con los ojos entrecerrados. «¿Y ella? ¿Quién es?», pregunta señalándome con un gesto de la barbilla.

Cameron me aprieta ligeramente la rodilla una advertencia. «Mi asistente. Fiable. Discreta.» Pero su tono está tenso, y siento una vibración en el aire. El abogado británico palidece de golpe, lanzando una mirada nerviosa hacia la salida.

«¿Fiable? ¿Como lo era su último... socio?», replica el ruso con una sonrisa depredadora.

Cameron no parpadea, pero su mano sube imperceptiblemente por mi muslo, bajo el vestido. No para acariciarme para controlarme, para recordarme quién lleva las riendas. Se me corta el aliento. No es excitación; solo un pánico sordo. «Mi último socio cometió un error», responde Cameron con calma. «Habló. Y ahora ya no habla.»

El ruso ríe, pero el ambiente pesa. La cena continúa, pero siento que algo no cuadra. A mitad de la comida, el abogado recibe una llamada y se disculpa, alegando una urgencia. Cameron lo ve marchar, con las mandíbulas apretadas.

De vuelta en el coche, el silencio es opresivo. «¿Qué ha pasado?», me atrevo a preguntar, con la voz débil.

Por fin me mira. «Un traidor. Intentó engañarnos.» Su mano, la que estaba en mi muslo, se posa ahora en mi nuca, rozando el collar. «Pero tú, Amanda... tú has sido perfecta. Por ahora.»

El coche se detiene frente a un hotel de lujo no en mi casa. «¿Qué? ¿No vuelvo a casa?»

«No», dice simplemente. «Tu contrato estipula 24/7. Esta noche, te quedas aquí. Conmigo.»

Mi corazón se dispara. La puerta de la suite se abre a un penthouse suntuoso: vistas al Támesis, cama king-size, bar privado. Él se quita la chaqueta, se remanga la camisa, dejando ver más tatuajes. «Desvístete», ordena con voz neutra.

«¿Qué? Yo...»

이 작품을 무료로 읽으실 수 있습니다
QR 코드를 스캔하여 앱을 다운로드하세요

최신 챕터

  • El diablo en traije   Capítulo 26

    Su cara baja hacia la mía. No cierra los ojos. Me mira, fijamente, mientras roza mis labios con los suyos. Un contacto apenas presente, un suplicio. Luego captura mi boca.No es un beso. Es una declaración de guerra contra mi último bastión de control.Su boca es cálida, experta, implacablemente lenta. Explora los contornos de mis labios con la lengua, saboreando, evaluando, antes de hundirse más profundamente. Es un beso metódico, devastador de precisión. Me saborea como una fruta que ha elegido devorar, y yo respondo, a pesar de mí, con mi lengua mezclándose con la suya en una danza desesperada. Las piernas me flaquean, pero su brazo alrededor de mi cintura es un torniquete, manteniéndome de pie contra él. El mundo exterior la lluvia, el pasillo, la razón se disuelve en la niebla. Ya solo hay el calor de su boca, la presión de sus manos, el latido loco de mi corazón contra el suyo.Rompe el beso para bajar a mi cuello. Sus labios trazan un camino ardiente a lo largo de mi yugular,

  • El diablo en traije   Capítulo 25

    «Gracias por esta noche», murmuro, sincera a pesar de todo.Me mira. Largamente. Intensamente. La luz del pasillo ilumina su cara a contraluz: la cicatriz discreta en la sien, las sombras bajo los ojos, la línea dura de su mandíbula. No dice nada durante largos segundos. Luego su voz, baja, casi ronca:«¿A ti te pasa eso de flirtear? ¿De ligar en el trabajo?»Parpadeo, sorprendida por la pregunta. Sale de la nada, pero entiendo de inmediato a qué se refiere. El hombre de la velada. El que me ligó abiertamente, que me tocó, que me hizo sentir incómoda.«No», respondo suavemente. «No soy yo. Es él el que... Y de todas formas, ni siquiera es mi estilo.»Da un paso hacia delante. Muy cerca. Su aliento roza mi cara, cálido a pesar de la noche fría. Siento su perfume, ese que me envuelve desde hace semanas, ese que me persigue incluso en mis sueños. Ladea la cabeza, con los ojos hundidos en los míos.«¿No es tu estilo?», repite despacio. «¿Cuál es tu estilo?»Hace una pausa, con los labios

  • El diablo en traije   Capítulo 24

    El trayecto de vuelta transcurre en un silencio que ya no tiene nada de hostil. No es el silencio glacial de los primeros días, cuando cada kilómetro parecía cavar una zanja entre nosotros. Es otra cosa: un silencio cargado, casi íntimo, como si las palabras superfluas se hubieran vuelto inútiles. Cameron conduce él mismo esta noche sin Alfred, sin cristal de separación, sin barrera. Solo él al volante del Mercedes negro, con las manos puestas con seguridad sobre el cuero del volante, y yo a su lado, con las piernas cruzadas, el vestido negro subido ligeramente sobre los muslos por la postura sentada. La lluvia ha vuelto, fina pero persistente, y los limpiaparabrisas baten un ritmo regular, casi hipnótico.Miro desfilar las calles de Mayfair por la ventanilla tintada. Las farolas proyectan reflejos dorados sobre el asfalto mojado, los escaparates de las tiendas de lujo ya están apagados, pero sus rótulos iluminados siguen parpadeando como promesas nocturnas. El habitáculo está calient

  • El diablo en traije   Capítulo 23

    Asiento con la cabeza, pero la tensión no desaparece.Estoy nerviosa.Tengo miedo de que sea como la última vez: hombres trajeados hablando de «entregas seguras» y de «accidentes limpios».Pero cuando llegamos al restaurante un lugar exclusivo en Mayfair, con una fachada discreta y un portero de librea, el ambiente es completamente diferente.Luces tenues.Jazz de fondo.Camareros vestidos de esmoquin que se deslizan entre las mesas como sombras elegantes.Mujeres con vestidos de diseñador.Hombres con esmoquin o tuxedos impecables.Reconozco inmediatamente varios rostros: un actor conocido por sus papeles de villano carismático, una estrella del pop que aparece constantemente en las revistas y un multimillonario del sector tecnológico cuyo nombre está por todas partes.No hay miradas sospechosas.No hay tensión en el ambiente.Solo lujo.Poder.Dinero.Cameron apoya suavemente una mano en la parte baja de mi espalda para guiarme al interior.El contacto me hace estremecer a pesar de

  • El diablo en traije   Capítulo 22

    El final de la jornada en la oficina se alarga como un hilo tenso a punto de romperse.Sigo sentada en mi puesto, con los dedos crispados sobre el teclado, pero mi mente está en otra parte.Las cifras del expediente bailan ante mis ojos sin que realmente consiga verlas. Cada línea me devuelve al sótano prohibido, a los gritos ahogados, a la sangre sobre el hormigón, a Cameron junto al escritorio con aquella mujer rubia, sus manos en su cabello, su cuerpo moviéndose con una violencia contenida.Todavía siento aquel calor traicionero que me invadió mientras miraba.Aquella vergüenza que me quema las mejillas solo con recordarlo.¿Cómo pude sentir placer ante aquello?¿Ante él?Sacudo la cabeza y obligo a mi atención a volver a la pantalla.Elena pasa una vez por mi lado y me pregunta si todo está bien.Respondo que sí con voz mecánica.No insiste.A las 18:30 en punto, mi teléfono vibra.Un mensaje de Cameron:«Alfred te espera abajo a las 18:45. Ropa de noche. No llegues tarde.»Ni un

  • El diablo en traije   Capítulo 21

    «¡Amanda, cariño! ¿Cómo ha ido tu día?»Su voz es cálida, familiar, un bálsamo para mis nervios de punta. Fuerzo una sonrisa, aunque ella no pueda verla.«Bien, mamá. Solo… estoy ocupada. ¿Y tú? ¿Cómo está Luna?»Ella ríe suavemente, un sonido que me transporta de vuelta a casa, al acogedor salón con la chimenea encendida y el aroma del té de bergamota.«¡Oh, es adorable! Ya se ha ganado a todo el vecindario. No para de maullar para que la abracen y le encanta trepar por las cortinas. Gracias otra vez, cariño. Era justo lo que necesitaba para llenar ese vacío.»La escucho, dejando que su voz me calme.Hablamos del gatito: de cómo la ha instalado, de las travesuras que ya hace, de las croquetas que prefiere.Después llegan las preguntas habituales: mi trabajo, mi apartamento, si estoy comiendo bien.Respondo vagamente, evitando los detalles.«Todo va bien, mamá. De verdad.»Mentira.Pero no puedo contárselo.No sobre el nivel -2.No sobre la tortura.No sobre Cameron.La conversación d

더보기
좋은 소설을 무료로 찾아 읽어보세요
GoodNovel 앱에서 수많은 인기 소설을 무료로 즐기세요! 마음에 드는 작품을 다운로드하고, 언제 어디서나 편하게 읽을 수 있습니다
앱에서 작품을 무료로 읽어보세요
앱에서 읽으려면 QR 코드를 스캔하세요.
DMCA.com Protection Status