로그인«Desvístete.»
Las palabras caen como una sentencia en el silencio pesado de la suite. Me quedo paralizada en el marco de la puerta del baño, con el camisón de seda todavía doblado sobre el brazo. El corazón me golpea tan fuerte que lo oigo en las sienes. No. No puedo. Así no. Esta noche no. Con él no.
«¿Qué... yo...? No», murmuro por fin, con la voz temblorosa pero clara. Retrocedo un paso, apretando la tela contra mí como un escudo ridículo. «Yo... no puedo.»
Cameron, sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo e imponente, me mira largamente. Espero rabia, una explosión, un castigo inmediato. Pero en vez de eso, ladea ligeramente la cabeza, y una sonrisa lenta, casi divertida, le estira los labios.
«Así que resistes», dice con voz baja, casi satisfecha. Se levanta con una lentitud calculada, se acerca sin tocarme y se detiene a un metro de mí. «De todas formas, era solo para probarte. Nunca te habría dejado hacerlo... al menos, todavía no.»
El «todavía no» me hiela la sangre. Me promete un futuro en el que ya no tendré elección, en el que la resistencia se volverá imposible. Pero por ahora, retrocede y señala una puerta discreta en la pared opuesta. «Aquí está tu suite. La mía está justo enfrente. Procura estar lista mañana a las 9. Nos espera un día largo.»
Da media vuelta, se pone una camisa negra sin abrocharla del todo y desaparece en su habitación sin una palabra más. Me quedo plantada ahí unos segundos, con el aliento corto, antes de refugiarme en la suite que me ha indicado. Echo el pestillo aunque sé que no serviría de nada y me derrumbo en la cama, todavía vestida. El sueño llega a trozos, acechado por su mirada y por el peso del collar alrededor de mi cuello.
A la mañana siguiente, a las 8:45, estoy lista. Traje de pantalón gris antracita, camisa blanca impecable, pelo recogido en un moño estricto. Apenas he dormido, pero me niego a que él lo note. A las 9 en punto, Cameron llama a mi puerta con dos golpes secos. Ya está en modo trabajo: traje oscuro, pero hoy ha dejado la chaqueta en el respaldo de su sillón y lleva solo una camisa negra ajustada y una camiseta gris oscuro debajo. Más informal. Más peligroso.
«Ven», dice simplemente.
El trayecto en Bentley es silencioso. Fijo la ventanilla tintada, evitando su reflejo. Una vez en la Black Tower, no me lleva a un despacho separado. No. Me instala directamente en su enorme despacho abierto, en una mesa contigua a la suya. Escritorio compartido. Sin mampara. Sin intimidad. Estoy a tres metros de él, permanentemente en su campo de visión.
«Tu puesto», anuncia señalando la pantalla ya encendida. «Gestionas mis correos prioritarios, preparas las síntesis de los informes, anticipas. Y te quedas ahí.»
El día empieza. Tareas banales, en apariencia: clasificar cientos de correos, redactar notas sobre inversiones, verificar cifras. Pero la proximidad es insoportable. Siento su mirada sobre mí a intervalos regulares intensa, escrutadora, como si estudiara cada microexpresión de mi cara. Varias veces levanto los ojos y caigo directamente en sus pupilas verdes. Aparto la mirada al instante, con las mejillas ardiendo, un malestar visceral en el fondo del vientre.
Hacia las 11, se quita la camisa del traje y se queda en una camiseta gris ajustada que se ciñe perfectamente a sus hombros anchos y su torso musculado. Intento no mirar. De verdad. Pero mi mirada resbala a pesar de mí por los tatuajes que asoman de las mangas cortas: líneas negras geométricas, símbolos ortodoxos, un cuervo estilizado en el antebrazo izquierdo. Me quedo helada.
Ese cuervo. Lo reconozco. Exactamente el mismo que mi padre tenía en el antebrazo derecho. El mismo dibujo, los mismos trazos nítidos. Mi padre, desaparecido sin dejar rastro hace tres años. No he vuelto a saber nada desde esa noche en que me llamó, con la voz temblorosa, para decirme que «tuviera cuidado» antes de cortar bruscamente. La herida se reabre de golpe, viva, dolorosa. Se me empañan los ojos sin que pueda controlarlo.
Cameron nota mi turbación. Deja el bolígrafo, se levanta despacio y se acerca a mi mesa. Bajo la cabeza, finjo concentrarme en la pantalla.
«Estabas mirando», dice con voz baja, divertida. Se apoya contra mi escritorio, con los brazos cruzados, dominándome con toda su altura. «¿Te interesan mis tatuajes?»
Niego con la cabeza, demasiado rápido. «No, yo... no es nada.»
Se ríe por lo bajo. «Mentirosa.» Se sube la manga izquierda de la camiseta, revelando más del cuervo y otros símbolos: una catedral en miniatura, estrellas de ocho puntas, cifras en cirílico.
«Cada dibujo tiene una historia. El cuervo... es por la memoria. Por los que hemos perdido, pero nunca olvidamos. Las estrellas son el rango. La catedral... la fe que uno conserva incluso cuando todo lo demás se va al infierno.»
Su voz es calmada, casi introspectiva. Intento mantenerme neutra, no dejar que se me note nada, pero mi mirada se queda enganchada en ese cuervo. Él sigue mi mirada, frunce ligeramente el ceño como si percibiera algo, pero no dice nada. Se limita a mirarme un largo momento, con una sonrisa de medio lado.
«Puedes mirar todo lo que quieras, Amanda. No muerdo... salvo si me lo pides.»
Durante todo el día, alterna entre órdenes secas y miradas prolongadas, entre silencios pesados y frases de doble sentido. Me siento observada, diseccionada, como una presa que aún no sabe que ya está atrapada.
Hacia las 17h.
Su teléfono vibra. Descuélga, pone el altavoz por descuido ¿o a propósito? Una voz distorsionada, ronca, resuena en el despacho:
«Cameron... ¿te crees que puedes engañarnos y salirte con la tuya así? Tu tiempo se acabó. Voy a encontrarte. Voy a hacerte suplicar. Y después, te mataré lentamente.»
Cameron aprieta el teléfono con tal fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Sus ojos se vuelven negros, fríos, letales. «Inténtalo», responde con voz gélida. «Te espero.»
Cuelga bruscamente, se levanta de un salto, agarra la chaqueta. Yo me levanto automáticamente, por reflejo, con el corazón latiéndome.
«No», corta de inmediato al verme moverme. Se detiene en seco frente a mí, posa una mano firme en mi hombro el primer contacto voluntario desde ayer. «Tú te vas a casa, es demasiado peligroso por ahora. Pídele a Alfred que te lleve a la suite del hotel. Te quedas ahí hasta nuevo aviso.»
Su tono no admite discusión. Me mira un segundo más, como si quisiera añadir algo, y luego da media vuelta y sale como una exhalación, con la puerta cerrándose de golpe tras él.
Me quedo sola en el inmenso despacho vacío, con el silencio cayendo como una losa de plomo. Alfred ya me espera abajo. El trayecto hasta el hotel transcurre en una niebla. Una vez en la suite, echo el pestillo, me siento en la cama y mil preguntas me dan vueltas en la cabeza.
¿Quién estaba al teléfono? ¿Por qué ha dicho «demasiado peligroso para ti»? Y sobre todo... ¿por qué ese cuervo en su brazo es exactamente el mismo que el de mi padre desaparecido?
Fijo el vacío, con el collar pesando más que nunca alrededor de mi cuello. Estoy atrapada. Y empiezo a preguntarme cómo puedo escapar.
Su cara baja hacia la mía. No cierra los ojos. Me mira, fijamente, mientras roza mis labios con los suyos. Un contacto apenas presente, un suplicio. Luego captura mi boca.No es un beso. Es una declaración de guerra contra mi último bastión de control.Su boca es cálida, experta, implacablemente lenta. Explora los contornos de mis labios con la lengua, saboreando, evaluando, antes de hundirse más profundamente. Es un beso metódico, devastador de precisión. Me saborea como una fruta que ha elegido devorar, y yo respondo, a pesar de mí, con mi lengua mezclándose con la suya en una danza desesperada. Las piernas me flaquean, pero su brazo alrededor de mi cintura es un torniquete, manteniéndome de pie contra él. El mundo exterior la lluvia, el pasillo, la razón se disuelve en la niebla. Ya solo hay el calor de su boca, la presión de sus manos, el latido loco de mi corazón contra el suyo.Rompe el beso para bajar a mi cuello. Sus labios trazan un camino ardiente a lo largo de mi yugular,
«Gracias por esta noche», murmuro, sincera a pesar de todo.Me mira. Largamente. Intensamente. La luz del pasillo ilumina su cara a contraluz: la cicatriz discreta en la sien, las sombras bajo los ojos, la línea dura de su mandíbula. No dice nada durante largos segundos. Luego su voz, baja, casi ronca:«¿A ti te pasa eso de flirtear? ¿De ligar en el trabajo?»Parpadeo, sorprendida por la pregunta. Sale de la nada, pero entiendo de inmediato a qué se refiere. El hombre de la velada. El que me ligó abiertamente, que me tocó, que me hizo sentir incómoda.«No», respondo suavemente. «No soy yo. Es él el que... Y de todas formas, ni siquiera es mi estilo.»Da un paso hacia delante. Muy cerca. Su aliento roza mi cara, cálido a pesar de la noche fría. Siento su perfume, ese que me envuelve desde hace semanas, ese que me persigue incluso en mis sueños. Ladea la cabeza, con los ojos hundidos en los míos.«¿No es tu estilo?», repite despacio. «¿Cuál es tu estilo?»Hace una pausa, con los labios
El trayecto de vuelta transcurre en un silencio que ya no tiene nada de hostil. No es el silencio glacial de los primeros días, cuando cada kilómetro parecía cavar una zanja entre nosotros. Es otra cosa: un silencio cargado, casi íntimo, como si las palabras superfluas se hubieran vuelto inútiles. Cameron conduce él mismo esta noche sin Alfred, sin cristal de separación, sin barrera. Solo él al volante del Mercedes negro, con las manos puestas con seguridad sobre el cuero del volante, y yo a su lado, con las piernas cruzadas, el vestido negro subido ligeramente sobre los muslos por la postura sentada. La lluvia ha vuelto, fina pero persistente, y los limpiaparabrisas baten un ritmo regular, casi hipnótico.Miro desfilar las calles de Mayfair por la ventanilla tintada. Las farolas proyectan reflejos dorados sobre el asfalto mojado, los escaparates de las tiendas de lujo ya están apagados, pero sus rótulos iluminados siguen parpadeando como promesas nocturnas. El habitáculo está calient
Asiento con la cabeza, pero la tensión no desaparece.Estoy nerviosa.Tengo miedo de que sea como la última vez: hombres trajeados hablando de «entregas seguras» y de «accidentes limpios».Pero cuando llegamos al restaurante un lugar exclusivo en Mayfair, con una fachada discreta y un portero de librea, el ambiente es completamente diferente.Luces tenues.Jazz de fondo.Camareros vestidos de esmoquin que se deslizan entre las mesas como sombras elegantes.Mujeres con vestidos de diseñador.Hombres con esmoquin o tuxedos impecables.Reconozco inmediatamente varios rostros: un actor conocido por sus papeles de villano carismático, una estrella del pop que aparece constantemente en las revistas y un multimillonario del sector tecnológico cuyo nombre está por todas partes.No hay miradas sospechosas.No hay tensión en el ambiente.Solo lujo.Poder.Dinero.Cameron apoya suavemente una mano en la parte baja de mi espalda para guiarme al interior.El contacto me hace estremecer a pesar de
El final de la jornada en la oficina se alarga como un hilo tenso a punto de romperse.Sigo sentada en mi puesto, con los dedos crispados sobre el teclado, pero mi mente está en otra parte.Las cifras del expediente bailan ante mis ojos sin que realmente consiga verlas. Cada línea me devuelve al sótano prohibido, a los gritos ahogados, a la sangre sobre el hormigón, a Cameron junto al escritorio con aquella mujer rubia, sus manos en su cabello, su cuerpo moviéndose con una violencia contenida.Todavía siento aquel calor traicionero que me invadió mientras miraba.Aquella vergüenza que me quema las mejillas solo con recordarlo.¿Cómo pude sentir placer ante aquello?¿Ante él?Sacudo la cabeza y obligo a mi atención a volver a la pantalla.Elena pasa una vez por mi lado y me pregunta si todo está bien.Respondo que sí con voz mecánica.No insiste.A las 18:30 en punto, mi teléfono vibra.Un mensaje de Cameron:«Alfred te espera abajo a las 18:45. Ropa de noche. No llegues tarde.»Ni un
«¡Amanda, cariño! ¿Cómo ha ido tu día?»Su voz es cálida, familiar, un bálsamo para mis nervios de punta. Fuerzo una sonrisa, aunque ella no pueda verla.«Bien, mamá. Solo… estoy ocupada. ¿Y tú? ¿Cómo está Luna?»Ella ríe suavemente, un sonido que me transporta de vuelta a casa, al acogedor salón con la chimenea encendida y el aroma del té de bergamota.«¡Oh, es adorable! Ya se ha ganado a todo el vecindario. No para de maullar para que la abracen y le encanta trepar por las cortinas. Gracias otra vez, cariño. Era justo lo que necesitaba para llenar ese vacío.»La escucho, dejando que su voz me calme.Hablamos del gatito: de cómo la ha instalado, de las travesuras que ya hace, de las croquetas que prefiere.Después llegan las preguntas habituales: mi trabajo, mi apartamento, si estoy comiendo bien.Respondo vagamente, evitando los detalles.«Todo va bien, mamá. De verdad.»Mentira.Pero no puedo contárselo.No sobre el nivel -2.No sobre la tortura.No sobre Cameron.La conversación d







