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Capítulo 6

작가: Anatory
last update 게시일: 2026-10-01 06:25:58

Me quedo paralizada frente a la carpeta confidencial, con el corazón latiéndome a mil. Las páginas ligeramente entreabiertas me provocan, prometiendo respuestas a mis preguntas arremolinadas: ¿quién es realmente Cameron Black? ¿Qué sombras se esconden detrás de Black Industries? Una parte de mí la curiosa, la instintiva me empuja a hojearlas, a recoger aunque sea un indicio para entender esta trampa en la que he caído. Pero la razón se impone. Demasiado arriesgado. Podrían sorprenderme en cualquier momento: Cameron podría aparecer de repente, o Elena, o cualquier empleado celoso. ¿Y entonces? ¿Un castigo? ¿Algo peor? Niego con la cabeza, retrocediendo un paso como si la carpeta fuera una bomba de relojería. No, mejor ser prudente. Vuelvo a mi mesa, sumergiéndome de nuevo en mis tareas banales: revisar tablas de Excel sobre inversiones asiáticas, redactar un memo sobre tendencias del mercado inmobiliario. Cifras frías, tranquilizadoras en su normalidad aparente.

Y hago bien. Apenas cinco minutos después, la puerta se abre sin hacer ruido. Elena entra, con su traje gris impecable como siempre, pero su mirada es distinta esta vez suspicaz, escrutadora, como si hubiera recibido la orden discreta de echar un vistazo. Me fija un instante, con los ojos entrecerrados, antes de dirigirse directa al escritorio de Cameron. Sin una palabra, recoge la carpeta que había dejado antes, deslizándola bajo el brazo con eficacia clínica. Luego se vuelve hacia mí, con una ceja arqueada.

«¿Algún problema?»

Mi pulso se acelera, pero fuerzo una sonrisa neutra, con las manos inmóviles sobre el teclado. «No, ninguno.»

Asiente, pero su mirada se demora un poco demasiado, como si evaluara mi respuesta. Luego sale, llevándose la carpeta consigo. La puerta se cierra suavemente, y exhalo largo, con los hombros desplomándose. Uf. Por poco. Si hubiera cedido a la tentación, si hubiera pasado aunque fuera una página... ¿qué habría pasado? ¿Una confrontación? ¿Un castigo más severo que el «test» de anoche? ¿O peor, una desaparición discreta, como esos «accidentes» de los que oí hablar por inadvertencia? La idea me hiela la sangre. Me obligo a reconcentrarme en la pantalla, tecleando frenéticamente para ahuyentar la angustia. Las horas pasan en una niebla de rutina: clasificar informes, responder a correos anodinos, ignorar el vacío opresivo del despacho sin Cameron.

La mañana se estira en una monotonía opresiva. Termino mis informes, respondo a correos anodinos, ignoro el hambre que me atenaza. Hacia el mediodía, mi teléfono personal vibra una llamada de mi madre. Echo un vistazo hacia la puerta, dudo, luego descuelgo bajando la voz.

«¿Mamá?»

«¡Amanda, cariño! Qué alegría oír tu voz.» Su voz es cálida, pero teñida de esa soledad que siempre intenta disimular. Soy hija única, su único pilar desde que mi padre desapareció hace tres años. Se quedó sola en esa casita de Yorkshire, con sus recuerdos y su pena. Yo hice todo por apoyarla: llamadas diarias al principio, visitas regulares. Pero desde que me mudé a Londres hace un mes por esa «oportunidad increíble» que resultó ser una trampa envenenada, las distancias se agrandan.

«Te echo de menos, ¿sabes? La casa está tan silenciosa... demasiado silenciosa.» Suspira. «Sin ti, y sin tu padre...»

La mención de él me aprieta el corazón. Mi padre: ese hombre fuerte, positivo, siempre dispuesto a animarme, a contarme sus viajes de negocios con una sonrisa. Y luego, de un día para otro, nada. Una llamada panicada a mi madre, palabras incoherentes sobre «peligros», y el silencio. Lo intenté todo: denuncias a la policía, detectives privados, noches en vela rebuscando en foros. Nada. En el fondo, me niego a creerlo. No está muerto. Está en algún sitio, quizá huyendo. Todavía tengo esperanza.

«Lo sé, mamá. Yo también te echo de menos. Escucha, este fin de semana voy a verte. Iré a comprar un gatito antes una bolita de pelo bien suave, como hablábamos. Para hacerte compañía, para llenar un poco el vacío.»

Se ríe suavemente, emocionada. «Ay, mi niña... sería maravilloso. Gracias.»

Hablamos unos minutos más de todo y de nada, para evitar los temas dolorosos. Cuando cuelgo, un vacío más grande me invade. Estoy sola aquí, realmente sola, en esta torre que parece tragarse la luz.

Hacia las 12:30, mientras recojo mis cosas para ir a comer, la puerta se abre bruscamente. Esta vez no es Elena. Es Cameron.

Entra con paso decidido, con aire tenso pero controlado. La sien la tiene vendada limpiamente, los nudillos aún rojos, pero se ha cambiado de ropa: camisa negra impecable, chaqueta al hombro. Me fija de inmediato, cruzando la sala en unas zancadas. «Coja sus cosas, Amanda. Por hoy se acabó el día.»

Frunco el ceño, sorprendida por su tono directo. «¿Ya? Pero... ¿adónde vamos?»

Se acerca más, demasiado cerca, hasta que siento el calor de su cuerpo y su perfume familiar madera oscura, almizcle, peligro. Sus ojos verdes se hunden en los míos, y por primera vez hay algo nuevo en ellos: una inquietud sincera, casi dulce, que suaviza los rasgos duros de su cara.

«Sígame. Tengo que llevarla a un sitio.»

«¿Por qué?», insisto, con la voz temblorosa a pesar de mí. «¿Qué está pasando?»

Posa una mano ligera sobre mi brazo un gesto firme pero no brutal, casi protector. Se inclina ligeramente, con la voz bajando a un murmullo grave, casi tierno. «Confía en mí, Amanda. Es por tu bien. No lo haría si no fuera por tu bien.»

Estas palabras me dejan helada. Él, el hombre frío, implacable, que habla de pruebas y contratos de obediencia... ¿inquieto? ¿dulce? La inquietud en sus ojos parece real, como si escondiera un miedo que no muestra a nadie más. Mi instinto me grita que haga más preguntas, que resista. Pero algo en su mirada esa vulnerabilidad fugaz me desarma. Ya no me hago más preguntas. No ahora.

Agarro mi bolso, mi abrigo, y lo sigo sin una palabra más. Abre la puerta, echa un vistazo circular al pasillo vacío, luego me guía hacia el ascensor privado. El descenso transcurre en silencio, pero su presencia a mi lado es distinta: protectora, casi tranquilizadora a pesar de todo.

¿Adónde me lleva? ¿Y por qué ahora?

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