LOGINDOMINGO 15 DE MARZO DE 2020.
Me despertó el sonido de la llave girando en la cerradura, y por un instante, mientras la neblina del sueño se disipaba, creí que estaba en mi cuarto de París y que mamá venía a avisarme de que el desayuno ya estaba listo; pero bastó con ver el techo para que el recuerdo me cayera encima, y el pecho se me cerró con tanta fuerza que tuve que quedarme quieta, respirando despacio, hasta que el dolor se hizo soportable. —Buenos días, señorita —dijo Daria, entrando con dos bolsas grandes de papel—. Perdone que la despierte, pero el señor Kael pidió que desayunara con ellos. —Dile al señor Kael que no tengo ganas de desayunar con nadie —respondí, hundiendo la cara en la almohada. —Dijo que usted respondería eso —contestó ella, sin perder la calma, mientras dejaba las bolsas sobre el sillón—, y también me pidió que le recordara que puede bajar caminando o que él mismo vendrá a buscarla. Sentí que la rabia me subía por la garganta al imaginar a Kael dictando aquel mensaje con tanta calma, como si bajar a desayunar con mis secuestradores fuera una invitación cualquiera, y me incorporé despacio, con el cuerpo entumecido y la boca seca. Entonces noté que la bandeja de la cena había desaparecido de la cómoda. Daria abrió las bolsas de papel y fue sacando las prendas una por una, y las extendió sobre la cama con el mismo cuidado con el que había doblado el camisón el día anterior: un crop top de punto color blanco roto, con el escote redondo y las costuras oscuras bordeando los contornos; un cárdigan corto del mismo tejido, de manga larga y cuello alto; un pantalón negro de tiro alto y pierna ancha, con pinzas marcadas en la cintura; y, al fondo de la última bolsa, una caja con unos tenis New Balance gruesos, en tonos crema y blanco. Yo las miré sin tocarlas, con los brazos cruzados. —No me voy a poner nada de eso. —Señorita, por favor —pidió, con una amabilidad que me desarmaba—. Los señores la esperan abajo, y prefiero que no tenga que subir nadie por usted. La miré de reojo y, al ver sus manos entrelazadas sobre el delantal y su expresión tranquila, me dio vergüenza descargar mi rabia con ella, porque Daria no me había arrancado de mi casa ni había apretado ningún gatillo. —Está bien —murmuré—. Bajaré. —Gracias, señorita. Hay agua caliente en el baño y toallas limpias —añadió, dirigiéndose a la puerta—. La espero afuera; tómese el tiempo que necesite. Cuando se fue, caminé hasta el baño con los pies un poco adoloridos, abrí la llave de la regadera, me quité la ropa y entré a la ducha dejando que el agua casi me quemara la piel, como si pudiera arrastrar con ella el miedo y todo el dolor que sentía. No lloré, aunque estuve cerca de hacerlo cuando recordé que mamá me pasaba los dedos por el cabello antes de peinarme cuando era una niña, y por un momento tuve que apoyar la frente contra los azulejos. Salí envuelta en una toalla y me senté frente al espejo del tocador, donde alguien había alineado con mucho cuidado un cepillo para el cabello, una crema, una liga y un perfume; de todo aquello solo tomé el cepillo, para desenredarme el cabello con paciencia, y la crema del cuerpo, que me extendí por los brazos y las piernas porque tenía la piel resecada por el frío del jardín. Después me puse el crop top, que me dejaba el estómago al descubierto, me abroché el cárdigan hasta la mitad y me subí el pantalón negro, que me quedaba perfecto, ni muy ajustado ni muy suelto, como si lo hubieran hecho a mi medida; me calcé los tenis y miré a la chica del espejo, que parecía lista para una cita cuando por dentro yo me sentía hecha pedazos, y aparté la vista. Daria esperaba en el pasillo, con las manos todavía entrelazadas, y me recorrió con una mirada rápida antes de asentir con una sonrisa. —Le queda muy bien, señorita. —No me importa cómo me quede —respondí. —Aun así se ve muy bien —dijo, sin ofenderse—. Venga, la acompaño al comedor. Bajamos las escaleras en silencio, yo con la espalda recta y los puños cerrados. Me pareció que las puertas dobles de la entrada estaban mucho más lejos que ayer, como si esos quince pasos se hubieran convertido en un kilómetro. El comedor era una sala amplia, de paredes verde oscuro y techo bajo con vigas de madera, con una mesa larga cubierta por un mantel blanco y tazas ya servidas; del fondo llegaba el olor a pan tostado, a café y a mantequilla. Kael estaba sentado a la cabecera, con una camisa gris perla y un periódico doblado junto al plato, y Kai ocupaba el asiento de su derecha, con los codos sobre el mantel y una taza entre las manos; los dos levantaron la vista cuando entré. —Buenos días, Mila —dijo Kai, poniéndose de pie con una sonrisa que me revolvió el estómago—. Te ves preciosa. —No empieces —le advertí. —Siéntate —indicó Kael, señalando con la barbilla la silla de su izquierda, justo frente a su hermano—. Gracias, Daria, puedes retirarte. Ella hizo una pequeña reverencia y salió cerrando la puerta. Me quedé de pie unos segundos, con las manos apretadas contra los costados, mirando la silla como si fuera una trampa; pensé en dar media vuelta, pero recordé a los hombres del portón, el muro altísimo y la nieve, y entendí que quedarme parada solo me haría parecer una niña berrinchuda, así que me senté. —¿Té o café? —preguntó Kael. —Nada. —Te serviré té —decidió Kai, ignorando mi respuesta, mientras levantaba una tetera de porcelana—. Con limón y una cucharada de miel, ¿verdad? Lo miré, helada. Esa era exactamente la manera en que yo tomaba el té, y ni mis padres lo sabían del todo, porque solo se lo había contado a Chloé un día de invierno, mientras estudiábamos en la biblioteca, así que no hacía falta preguntar quién se lo había dicho. Apreté los dedos contra el borde de la mesa mientras Kai me servía la taza con una calma tan natural que parecía estar atendiendo a su novia, y puso delante de mí un plato con tostadas, mantequilla, mermelada de fresa y fruta cortada, que yo miré sin tocar. —Tienes que comer algo —dijo Kael, doblando el periódico—. No te lo digo como una orden, sino porque llevas más de un día sin probar bocado y tu cuerpo va a empezar a pasarte la cuenta. —No me importa mi cuerpo. —A nosotros sí. —Qué conmovedor —solté, con toda la rabia que pude juntar—. Después de matar a mi madre, ahora les importa mi cuerpo. Kael apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos frente a su boca; me miró un largo rato, sin parpadear, y el silencio del comedor se volvió tan espeso que alcancé a oír el tintineo de la cuchara de Kai contra la taza. —Tienes derecho a odiarnos, y no voy a quitarte eso —dijo al fin, con su voz grave y pausada—. Pero ni mi hermano ni yo dimos esa orden, y Chloé nunca debió tocar a tu madre. —Eso no me la va a devolver. —No, no te la va a devolver —admitió, sin apartar la mirada—. Por eso no te pido que me perdones; solo te pido que comas. Bajé la vista hacia el plato, donde las tostadas estaban doradas, con la mantequilla derritiéndose en los bordes. El estómago se me retorció, y entendí que Kael tenía razón, porque mi cuerpo iba a fallarme si no le daba nada, y yo no pensaba desmayarme delante de ellos. Tomé una tostada y le di un mordisco pequeño, mirando la pared; estaba tibia y crujiente, con ese sabor a pan casero que me recordó las mañanas en que mamá las preparaba, y me ardieron tanto los ojos que tuve que apretar los párpados un segundo para no llorar. —Bien —murmuró Kael—. Así está mejor. Comí despacio, sin mirarlos, mientras ellos retomaban su desayuno en silencio, y después probé el té, que estaba exactamente como me gustaba, con el limón y la miel justos, y ese detalle me dolió más que cualquier otra cosa en aquel comedor, porque me recordó que esa gente había tenido tres años para aprender cómo era yo. Dejé la taza sobre el platillo sin hacer ruido, con las manos temblándome apenas, y me quedé mirando el vapor que subía despacio.Y sobre un pintor que Cordelia había conocido en su juventud y que ahora exponía en alguna galería europea. Chloé se levantó poco después, despidiéndose con un gesto ligero hacia la mesa entera. —Que disfrutes tu día de pintura —me dijo, deteniéndose un instante a mi lado antes de salir—. Espero ver algo bueno cuando termines. —Gracias, Chloé —respondí, dejando que la cordialidad saliera sin ningún esfuerzo adicional, mientras ella se alejaba con ese paso tranquilo tan suyo hacia el resto de la casa. Terminamos de desayunar poco después, y Kai se puso de pie, tendiéndome la mano con una sonrisa impaciente. —¿Lista para irnos? —preguntó, sin soltarme los dedos. —Lista —respondí, poniéndome de pie también. Salimos juntos hacia la entrada principal, donde Kai tomó las llaves de mi auto nuevo del cuenco sobre la credenza antes de que pudiera adelantármele. —¿Manejas tú o manejo yo? —preguntó, con una ceja alzada y una sonrisa traviesa. —Manejo yo —respondí, arrebatándole las llave
Desperté envuelta en un brazo pesado y un aroma que reconocí de inmediato, limpio y ligeramente dulce, inconfundiblemente de Kai. Sentí su respiración pausada contra mi nuca antes incluso de abrir los ojos del todo, su brazo todavía cruzado sobre mi cintura con esa pesadez tibia de quien duerme profundo y sin ninguna prisa por soltar lo que tiene cerca. Me quedé quieta un momento, disfrutando de ese calor que me envolvía entera, escuchando el murmullo lejano del agua corriendo en el baño contiguo. Me giré despacio entre las sábanas, cuidando de no despertarlo todavía, y me encontré de frente con su rostro relajado, los labios apenas entreabiertos y un mechón de cabello oscuro cayéndole sobre la frente. Alcé la mano con cuidado y se lo aparté, dejando que mis dedos se demoraran un instante sobre su piel tibia. —Mmm —murmuró él, sin abrir los ojos del todo, atrapando mi mano contra su mejilla con una sonrisa perezosa dibujándosele en los labios—. Si sigues haciendo eso, no voy a quer
Sentía la tensión acumulándose de forma insoportable en cada rincón de mi cuerpo, una marea febril que amenazaba con desbordarse en cualquier momento mientras las curvas cerradas del camino hacían que nuestros cuerpos se acoplaran todavía más en una entrega total que desafiaba la lógica y las normas del mundo exterior. Cuando el auto finalmente cruzó las pesadas puertas de hierro forjado de la residencia y se detuvo con suavidad frente a la escalinata de mármol blanco, el silencio majestuoso y severo de la mansión nos envolvió como una promesa oscura. El contraste entre el frío exterior de la madrugada moscovita y el calor denso y febril acumulado en el vehículo se desvaneció por completo en cuanto las puertas se abrieron y el aire silencioso de la propiedad nos recibió, recordándonos que habíamos vuelto a nuestra jaula de oro. Kai descendió primero del vehículo con una agilidad felina, abriendo la puerta trasera con una calma absoluta y una sonrisa socarrona para ayudarnos a baja
El eco apagado de la música y los destellos de neón del club clandestino quedaron definitivamente atrás en cuanto cruzamos las puertas hacia la fría y solitaria madrugada de Moscú. El contraste con el calor denso del interior fue inmediato, un golpe de aire helado que me hizo estremecer apenas una fracción de segundo antes de que la presencia imponente de los gemelos volviera a atraparme por completo, aislándome del resto del mundo. Caminamos los tres en absoluta sincronía hacia el auto que aguardaba estacionado junto a la acera desierta. En cuanto nos acercamos lo suficiente, Kai se tomó su tiempo con una calma deliberada y exasperante, regalándome una mirada cargada de promesas mudas antes de abrir la puerta del conductor y acomodarse al volante. Relajó los hombros con la confianza absoluta de quien sabe perfectamente el descontrol que va a provocar, mientras Kael, con un movimiento seco y autoritario, me abría la puerta trasera para que subiera y él subió detrás de mí. Antes d
—Esto es precioso —dije, girándome hacia Kael con una sonrisa sincera—. ¿Cómo encontraron un lugar así? —Mi padre lo conoce desde hace años —respondió él, sirviendo el champán en tres copas altas—. Solo entran quienes tienen una invitación directa. Pensamos que sería el lugar perfecto para empezar la noche. Un mesero apareció apenas unos segundos después, dejando sobre la mesa una bandeja pequeña con bocadillos delicados: blinis con caviar, tartaletas diminutas de salmón ahumado y copas pequeñas rellenas de algo cremoso y dulce que no supe identificar del todo, aunque el primer bocado me dejó un sabor a miel y a algo parecido al pistacho flotando en el paladar. Probé un poco de cada cosa entre risas ligeras, disfrutando de la música que se colaba amortiguada desde el otro lado de la cortina, entre alguna anécdota de Kai sobre un cuadro que había arruinado sin querer de niño y alguna corrección seca pero cariñosa de Kael sobre los detalles exactos de aquella historia. —Gracias por e
El aire frío me golpeó el rostro apenas Kai apartó las manos de mis ojos, y por un segundo entero no supe qué hacer con lo que tenía enfrente. Un auto descapotable, de un rojo profundo que brillaba bajo las luces del jardín, esperaba estacionado justo al pie de la escalinata, con un lazo dorado enorme atado alrededor del capó como si fuera un regalo envuelto a última hora. —¿Esto es...? —empecé, sin terminar la frase, girándome hacia los dos con los ojos bien abiertos. —Es tuyo, Mila —dijo Kai, con una sonrisa que le desbordaba el rostro entero, dando un paso adelante para apoyar la mano sobre el techo del auto con un orgullo que no intentaba disimular—. Completamente tuyo. Nadie más lo ha tocado. Kael se acercó por mi otro costado, sacando de su bolsillo un juego de llaves atado con una cinta pequeña, y me las colocó despacio sobre la palma, cerrándome los dedos alrededor de ellas con una calidez que contrastaba con la seriedad habitual de su rostro. —Feliz cumpleaños, otra vez







