LOGIN—Kael, cuéntales lo que Mila dijo sobre la biblioteca —intervino Kai en algún momento, con una sonrisa que por primera vez esa noche pareció genuinamente entretenida, dirigiéndose a sus padres con un gesto que buscaba, deliberadamente, ponerme en el centro de la conversación una vez más—. Le pregunté qué le parecía la casa, y lo único que le importó mencionar fue la colección de libros.
—¿En serio? —preguntó Cordelia, encantada, girándose hacia mí con los ojos brillantes—. Qué maravilla. A mí también me apasiona la lectura, deberíamos organizar una tarde entera solo para hablar de libros, Mila. —Me encantaría —respondí, sintiendo que la risa se me escapaba con más soltura de la que había planeado, el vino ya suavizando cada una de mis palabras con un filo más ligero, casi coqueto—. Aunque debo confesar que apenas he podido descifrar los lomos en ruso. La mesa entera rió ante el comentario, y sentí el brazo de Kael rozarme apenas el hombro desde su lugar, un gesto pequeño pero deliberado que no pasó desapercibido para nadie presente. La cena se extendió durante horas entre risas, anécdotas y copas que jamás terminaban de vaciarse del todo, y yo, envuelta ya en una neblina cálida y peligrosa, dejé que la máscara se fundiera poco a poco con algo que empezaba a sentirse, aterradoramente, demasiado parecido a la comodidad real. Cuando Kalen y Cordelia se despidieron ya entrada la noche, con la promesa de volver pronto, me quedé a solas en la sala junto a los dos hermanos, con la cabeza dándome vueltas suaves y el cuerpo entero relajado de una forma que no había sentido desde antes del asesinato de mi madre. —Esto es solo el principio, querida —había dicho Cordelia al despedirse, sosteniéndome el rostro entre las manos con un cariño que me heló la sangre a pesar de la calidez de sus dedos—. Nos vemos muy pronto. El eco de esa frase todavía me flotaba en algún rincón de la mente cuando Kai se dejó caer a mi lado en el sofá, con la corbata ya aflojada y una sonrisa perezosa dibujada en los labios, mientras Kael se servía una última copa de vino desde la mesa auxiliar, observándonos a ambos con esa mirada azul que el alcohol tampoco había logrado suavizar del todo. —Sobreviviste a la cena —comentó Kai, riendo por lo bajo, acercándose un poco más sobre los cojines del sofá—. Y con creces, además. Mis padres quedaron encantados contigo, Mila. —Tenía miedo de arruinarlo todo —admití, dejando que la risa se me escapara con una soltura que ya no intentaba controlar del todo—. Tu madre es aterradora cuando decide que le agradas. —Es más aterradora cuando decide que no —replicó Kael desde su lugar junto a la mesa, con una media sonrisa torcida—. Deberías sentirte afortunada. Me reí de nuevo, girándome hacia él con una ligereza que el alcohol me regalaba sin esfuerzo, y por un instante, sentada ahí entre los dos, con la chimenea todavía crepitando, algo dentro de mí decidió, con una claridad extraña, que aquella era la oportunidad perfecta para terminar de sellar la actuación que llevaba días construyendo con tanto cuidado. Me incliné hacia Kai primero, dejando que mis dedos se posaran despacio sobre su mandíbula, y antes de que él pudiera decir nada al respecto, cerré la distancia entre los dos y presioné mis labios contra los suyos. Sentí su sorpresa inicial disolverse casi de inmediato en un suspiro cálido, sus manos subiendo a sostenerme el rostro con una devoción que no fingía en lo absoluto, mientras yo, por dentro, contaba cada segundo con una frialdad que nada tenía que ver con el calor de aquel beso. Me aparté apenas lo suficiente para girarme hacia Kael, encontrando sus ojos azules fijos en mí con una intensidad que no había visto antes. No le di tiempo a decidir nada. Me incliné también hacia él, y aunque por un instante breve sentí que dudaba, terminó cediendo, sujetándome la nuca con una firmeza que me arrancó el aire de los pulmones, besándome con una intensidad que borró, por unos segundos eternos, cualquier frontera clara entre lo que yo estaba fingiendo y lo que mi propio cuerpo, traicionero y confundido por el vino, había empezado a sentir de verdad. —Vaya —murmuró Kael cuando por fin nos separamos, con la voz un poco más ronca de lo habitual—. Eso sí que no lo esperaba esta noche. —El vino te sienta bien, bonita —susurró Kai a mi otro lado, todavía con la mano posada suavemente sobre mi mejilla. Sonreí, dejando que la risa ligera y coqueta que llevaba perfeccionando se me escapara entre los labios, aunque por dentro, debajo de la neblina cálida del alcohol, una parte fría de mí seguía contando cada movimiento, cada grieta nueva que acababa de abrir en la desconfianza de Kael. Subí a mi habitación poco después, con la cabeza todavía dándome vueltas. Kai insistió en acompañarme hasta la puerta, dejando un último beso suave sobre mi frente antes de despedirse, y en cuanto la madera se cerró detrás de él, dejando la habitación sumida en un silencio pesado, sentí que las piernas por fin cedían bajo el peso entero de la noche. Me deslicé hasta el suelo, con la espalda apoyada contra la puerta cerrada, y me llevé las manos temblorosas al rostro, dejando que el llanto silencioso que llevaba conteniendo desde hacía horas empezara a brotar sin ningún ruido que pudiera delatarme. Pensé en mi madre, en la firmeza con la que se había interpuesto entre el peligro y mi cuerpo la noche en que todo se rompió, y sentí que el pecho entero se me apretaba de vergüenza y de dolor a partes iguales. —Perdóname, mamá —susurré para mí misma, con la voz rota apenas audible entre mis propios sollozos, abrazándome las rodillas contra el pecho—. Perdóname por sonreírles. Por dejar que me toquen. Por besarlos como si de verdad quisiera hacerlo. Nadie respondió. Solo el silencio pesado de la habitación y el eco distante de mi propia culpa, mientras afuera, en algún rincón de esa casa enorme y ajena, Kael y Kai seguramente seguían hablando de mí, de la noche, del beso que acababa de sembrar entre los tres una semilla que yo misma, con toda la frialdad que pude reunir, había decidido plantar.—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila? —Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que
El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas







