FAZER LOGINVIERNES 17, ABRIL, 2020.
Desperté con el sonido de la lluvia golpeando suave contra el cristal de la ventana, un repiqueteo constante que se mezclaba, poco a poco, con los latidos apresurados de mi propio corazón. Me quedé quieta un momento, mirando las sombras grises que la mañana lanzaba sobre el techo, y me pregunté si aquel cielo encapotado sería un mal augurio para la boda del día siguiente o, simplemente, el capricho pasajero de un abril que todavía no terminaba de decidirse entre el frío y la primavera. Me levanté despacio, y caminé hacia el baño dejando que el agua tibia de la ducha me devolviera algo de la calma que había perdido durante la noche. Me lavé el cuerpo y el cabello con cuidado, intentando ordenar en mi cabeza todo lo que Cordelia había mencionado la noche anterior sobre los preparativos; aunque, en realidad, apenas lograba recordar la mitad de los detalles entre tanta emoción ajena que había tenido que fingir y compartir durante horas. Salí envuelta en la toalla y me senté frente al espejo del tocador para secarme el cabello con la secadora y después, pasé el cepillo mechón por mechón hasta que el rubio recuperó ese brillo natural que tanto me gustaba. Abrí el armario buscando algo que me diera, aunque fuera un poco, la sensación de sostener las riendas de mi propia apariencia en un día que presentía largo y cargado de decisiones que no me pertenecían del todo. Comencé por un top ajustado sin mangas, de cuello alto tipo tortuga, en un tono marrón oscuro, con unos detalles fruncidos a los costados que dibujaban mi silueta sin resultar exagerados. Después me puse un pantalón de vestir de tiro alto y corte ancho, en un color marfil que contrastaba suavemente con la parte superior, con unas pinzas delanteras discretas que le daban una caída impecable a cada paso. Me ceñí un cinturón delgado de piel café oscuro, con una hebilla dorada que acentuaba mi cintura, y calcé unos zapatos de tacón de aguja en charol marrón chocolate, brillantes y estilizados. Por último, tomé el saco sastre en color marrón chocolate, de corte fluido y solapas de muesca clásicas, y me lo acomodé sobre los hombros, remangando apenas las mangas hacia el antebrazo antes de ajustarlo al cuerpo entero. Me maquillé con manos firmes, aplicando lo justo para verme despierta sin sobrecargar el rostro, y dejé mi cabello caer liso sobre los hombros. Tomé el bolso de mano en cuero café, de líneas rectas y herrajes dorados, y me coloqué un reloj de caja rectangular junto con unos aretes redondos de botón en oro. Me miré una última vez en el espejo, respiré hondo, y bajé hacia el comedor, donde ya me esperaba el aroma cálido del café recién hecho. Kai era el primero en la mesa esa mañana, con el ceño levemente fruncido mientras revisaba algo en su teléfono, un gesto poco habitual en él que me hizo detenerme un instante en el umbral. Me acerqué despacio, y antes de sentarme, incliné el cuerpo para dejarle un beso suave en la coronilla, deslizando los dedos por su cabello oscuro con un cariño que ya no me costaba fingir del todo. —Buenos días —murmuré contra su cabello. Kai levantó la vista de inmediato, guardando el teléfono con una sonrisa que le suavizó por completo el rostro serio de hacía apenas un segundo. —Buenos días, bonita —respondió, tomándome de la cintura para hacerme sentar en la silla junto a la suya, con un gesto suave y firme a la vez—. Justo lo que necesitaba para empezar bien el día. —¿Todo bien? —pregunté, acomodándome a su lado y apoyando la mano sobre su brazo—. Tenías el ceño fruncido cuando entré. —Mi madre quiere que pasemos el día entero en la casa principal, hasta la boda de mañana —respondió él, entrelazando sus dedos con los míos sobre la mesa—. Dice que hay demasiados detalles de última hora como para andar cruzando el camino entre las dos casas todo el día. —No suena tan mal —dije, apretándole la mano con suavidad—. Al menos así no perdemos tiempo yendo y viniendo, y podemos estar juntos todo el día. Kael entró poco después, ya vestido, con las llaves del auto entre los dedos, revisando algo en el reloj antes de sentarse en la cabecera. Me levanté un instante para acercarme también a él, y le dejé un beso breve en la mejilla antes de volver a mi lugar; un gesto que pareció tomarlo por sorpresa lo suficiente como para que sus dedos se detuvieran un segundo sobre la taza de café que acababa de servirse. —Buenos días para ti también —le dije, sonriendo. —Vaya recibimiento —comentó él, con esa media sonrisa torcida asomándole en los labios—. Debería llegar tarde más seguido, si esto es lo que consigo a cambio. Desayunamos entre comentarios ligeros sobre la lluvia que golpeaba las ventanas y sobre el trayecto que nos esperaba hacia la casa principal. Apenas comí un par de bocados de pan con mantequilla, sintiendo el estómago demasiado apretado como para pedirle más de lo que estaba dispuesto a darme esa mañana; pero, antes de levantarme de la mesa, apoyé la cabeza un instante contra el hombro de Kael, dejando que el calor de su cuerpo me sostuviera un momento más antes de que el día entero cayera sobre los tres. —Vamos entonces —dijo Kael, dejando la taza vacía sobre la mesa y ofreciéndome el brazo con una elegancia que ya no me tomaba desprevenida—. Cuanto antes lleguemos, más rápido podremos descansar antes de mañana. El trayecto se hizo bajo la lluvia, con las gotas resbalando sobre el cristal de las ventanillas y el limpiaparabrisas marcando un ritmo constante que terminó por calmarme un poco los nervios. Kai no soltó mi mano en ningún momento del camino, dibujando círculos suaves con el pulgar sobre mis nudillos, mientras yo apoyaba la cabeza contra su hombro y dejaba que Kael, desde el asiento del conductor, nos observara de reojo, con una expresión que no intentaba disimular del todo la ternura que le cruzaba el rostro. Al llegar, encontramos el vestíbulo lleno de actividad, con trabajadores entrando y saliendo, cargando cajas selladas, y el aroma de las flores frescas mezclándose con el olor húmedo que la lluvia había dejado sobre la piedra de la entrada. Cordelia nos recibió con una sombrilla todavía en la mano, recién llegada de supervisar algo en el jardín, y su rostro se iluminó apenas nos vio cruzar la puerta. —Justo a tiempo —dijo, dejando la sombrilla junto a la entrada—. La lluvia nos ha complicado un poco el montaje de afuera, pero los pronósticos dicen que mañana va a despejar. De todas formas, quiero mostrarte algo, Mila. Ven conmigo. Me guio hacia un salón lateral que no conocía, más pequeño que los demás, con las paredes cubiertas de fotografías enmarcadas en distintos tonos de sepia y blanco y negro. Me detuve frente a una de ellas, donde aparecía una joven vestida de novia, con un velo largo cayéndole hasta el suelo y una sonrisa tímida asomándose bajo la tela. —Esa soy yo —dijo Cordelia, con una voz suave que no le había escuchado antes, deteniéndose a mi lado—. El día de mi propia boda, hace ya más de treinta años. —Se ve preciosa —comenté, observando con atención cada detalle de la fotografía, notando algo parecido a la tristeza escondida detrás de esa sonrisa juvenil, aunque no supe si me lo estaba imaginando o no. —Todas las novias de esta familia se ven preciosas el día de su boda —respondió ella, con una risa breve que no terminó de sonar del todo alegre—. Es lo que se espera de nosotras. Mañana tú también vas a lucir exactamente así, Mila. Y algún día, si Dios quiere, otra muchacha va a mirar tu fotografía colgada en esta misma pared, preguntándose qué pensabas tú detrás de esa sonrisa. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda ante esas palabras, una mezcla extraña entre la advertencia y la confesión; pero, antes de que pudiera preguntar nada más al respecto, una voz conocida interrumpió el momento desde la puerta del salón. —Vaya, qué escena tan sentimental —dijo Chloé, apareciendo con una carpeta entre los brazos —. Espero no interrumpir nada importante. —Chloé, querida, pasa —la llamó Cordelia, apartándose de la fotografía con una sonrisa que recuperó de inmediato su calidez habitual—. Justo a tiempo para ayudarnos con los últimos detalles de mañana.—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila? —Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que
El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas







