로그인—La boda se celebrará este sábado dieciocho de abril —anunció Kalen, con una sonrisa amplia dibujándosele despacio en los labios—. Aquí mismo, en los jardines de esta casa, con una ceremonia privada. Mila se casará con los dos, como corresponde a nuestra familia, y desde ese día llevará el apellido Sokolov junto al suyo propio.
Cordelia soltó un pequeño grito de emoción, girándose hacia mí con los ojos con lágrimas contenidas. —¿Este mismo sábado? —repetí, sin poder evitar que la sorpresa se filtrara en mi propia voz—. Eso es en dos días. —El tiempo justo y necesario —respondió Kalen, con una calma inquebrantable—. Ya llevamos semanas preparando todo. Solo faltaba anunciarlo en voz alta. Cordelia se acercó y me tomó ambas manos entre las suyas, apretándolas con una emoción genuina hasta el último gesto. —Llevaba días esperando que mi esposo por fin lo dijera —murmuró, con la voz quebrada por la emoción—. Vas a ser la novia más hermosa que esta familia haya tenido jamás, querida. Y mañana mismo vamos a empezar con todo para la boda perfecta. —Gracias —dije, dejando que la palabra saliera envuelta en la misma emoción que Cordelia mostraba sin ningún esfuerzo, y me obligué a sonreír con los ojos también, no solo con los labios. Chloé alzó su copa desde el sofá, con esa sonrisa burlona tan suya, disfrazada apenas de felicitación. —Qué rápido se mueven las cosas en esta familia —comentó, aunque nadie más pareció darle mucha importancia al comentario. Kai ya se había puesto de pie, tirando de mi mano para levantarme también del sofá, con una sonrisa tan amplia y tan sincera que por un segundo entero olvidé cualquier otra cosa que no fuera el calor de sus dedos entrelazados con los míos. —Vas a ser mi esposa —dijo, casi en un susurro, acercando su frente a la mía sin ningún cuidado por quién pudiera estar observando—. Señora Sokolov, no sabes las ganas que tengo de que llegue el sábado, Mila. —Yo también estoy feliz —respondí, y dejé que mis brazos subieran hasta rodearle el cuello, apoyando la mejilla contra su pecho un momento, dejándome envolver por ese abrazo cálido que, aunque naciera de una mentira que yo misma sostenía con cuidado, se sentía como el único refugio disponible en medio de todo esto. Kael se acercó por detrás, apoyando una mano cálida sobre mi hombro, y cuando me giré hacia él, encontré una expresión distinta en su rostro, algo más suave de lo habitual, casi tierno bajo esa fachada suya que rara vez bajaba la guardia del todo. —Dos días —dijo, tomándome del mentón con delicadeza para que lo mirara de frente—. Espero que estés lista para convertirte en mi esposa, Mila. —Voy a estarlo —le aseguré, y me puse de puntillas para dejarle un beso corto en los labios, un gesto que pareció sorprenderlo lo suficiente como para que, por un instante breve, la media sonrisa torcida que siempre llevaba puesta se transformara en algo mucho más parecido a una sonrisa de verdad. —Brindemos —propuso Cordelia, ya con una copa nueva en la mano, extendiendo otra hacia mí con un gesto ansioso—. Por Mila, por la boda, y por esta familia que por fin va a estar completa. Tomé la copa que me ofrecía y la alcé junto con los demás, sintiendo el peso del cristal frío entre los dedos mientras Kalen, Cordelia, Kai y Kael levantaban las suyas propias, formando un círculo cálido alrededor de mí. —Por Mila —dijo Kalen, con solemnidad—. Por la nueva hija de esta familia. —Por Mila —repitieron todos al unísono, y el sonido del cristal chocando contra cristal se quedó flotando en el aire de la sala, mezclado con el crepitar suave del fuego y con la risa ligera de Cordelia, que ya empezaba a hablar de flores, de invitados y del hermoso vestido blanco que yo usaría. Bebí un sorbo largo, dejando que el calor del vino me bajara despacio por la garganta, mientras Cordelia seguía enumerando detalles de la ceremonia con una emoción que no parecía tener fondo: el arco de flores blancas que mandaría a construir en el jardín, el número exacto de invitados que llegarían desde distintas partes de Europa, el fotógrafo que ya había contratado para inmortalizar cada instante. Asentí en los momentos justos y dejé escapar alguna risa breve cuando la ocasión lo pedía, y una parte de mí, pequeña pero insistente, se preguntó si algún día dejaría de sentir que actuaba un papel y empezaría, sin darme cuenta, a vivirlo de verdad. Chloé se puso de pie poco después, alegando cansancio, y se despidió con un gesto breve de la mano que no me dirigió a mí en ningún momento, desapareciendo escaleras arriba con esa elegancia calculada que la acompañaba siempre. Sentí el alivio recorrerme el cuerpo entero apenas la perdí de vista, un peso menos sobre los hombros en una noche que ya cargaba demasiadas emociones distintas al mismo tiempo. —Deberíamos dejar que Mila descanse —dijo Kael en algún momento, con la vista fija en mí, notando quizás el cansancio que empezaba a asomárseme detrás de los ojos—. Han sido demasiadas noticias para un solo día, y quiero que llegue al sábado con toda la energía del mundo. —Tienes razón —concedió Cordelia, aunque no sin antes tomarme el rostro entre las manos una vez más, con la misma devoción de siempre—. Descansa, querida. Mañana vamos a empezar con el vestido, y quiero que tengas toda la energía del mundo para las pruebas. Me despedí de Kalen con una inclinación breve de cabeza, y de Cordelia con un abrazo que ella prolongó más de lo necesario, susurrándome al oído lo feliz que la hacía verme convertida, por fin, en parte de la familia. Salimos los tres juntos hacia el vestíbulo, y el mismo hombre de traje que nos había recibido apareció con nuestros abrigos entre las manos, sosteniendo la puerta abierta mientras la noche fría de Moscú nos golpeaba el rostro apenas cruzamos el umbral. El auto ya esperaba en el camino de grava, con el motor encendido, y me acomodé en el asiento trasero entre Kai y Kael, sintiendo el calor de sus cuerpos a cada lado del mío mientras el vehículo empezaba a avanzar de regreso hacia la casa. Kai no soltó mi mano en ningún momento del trayecto, entrelazando los dedos con los míos con una ternura que no fingía en lo absoluto, y apoyó la cabeza contra mi hombro con un suspiro satisfecho. —Dos días —murmuró, casi para sí mismo, con una sonrisa que se le adivinaba en la voz—. Todavía no puedo creer que en dos días vayas a ser mi esposa. —Nuestra esposa —corrigió Kael desde el otro lado, con un tono que sonaba, esta vez, mucho más a broma cariñosa que a advertencia. —Nuestra esposa —repitió Kai, riendo por lo bajo, dejando un beso suave sobre mi sien mientras el auto seguía avanzando por el camino oscuro que separaba ambas propiedades. Apoyé la cabeza contra el hombro de Kael y dejé que mi mano libre buscara la suya, entrelazando nuestros dedos sobre el asiento entre los dos, y por un instante, viendo pasar las sombras de los árboles desnudos contra el cielo negro de la noche, me permití sostener esa calidez sin cuestionarla demasiado, aunque muy en el fondo, debajo de cada sonrisa y cada gesto tierno que había repartido esa noche, siguiera latiendo un miedo pequeño y frío que no terminaba de apagarse del todo, un nudo apretado que llevaba el nombre de mi madre y que, por más que sonriera, jamás lograba deshacer por completo. —Va a ser la boda más hermosa que Moscú haya visto jamás —dijo Kai, apretándome la mano una última vez antes de que el auto se detuviera frente a la casa. —Estoy segura de que sí —respondí, y dejé que la sonrisa se quedara en mi rostro incluso después de que las luces del vestíbulo se apagaran esa noche, incluso después de que la puerta de mi habitación se cerrara a mi espalda y me quedara, por fin, a solas con todo lo que no había podido decir en voz alta.—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila? —Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que
El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas







