ANMELDENEl tono claro del bulevar costero parecía absorber el calor del mediodía, devolviendo un brillo radiante que me obligó a acomodarme de nuevo las gafas de sol. Apenas habíamos avanzado unos metros desde la zona de aparcacoches cuando sentí la mano de Kael posarse de nuevo sobre la curva de mi cintura, un gesto firme, pesado y constante que no dejaba ningún espacio para la distancia. A mi otro lado, Kai caminaba con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, aunque sin despegar su hombro del mío ni un solo segundo, manteniendo esa cercanía cálida que volvía casi imposible no rozarnos a cada paso.
—Por aquí, bonita —murmuró Kai, señalando con la barbilla hacia una hilera de arcadas de piedra donde las firmas más exclusivas del continente exhibían sus colecciones tras cristales impecables—. Reservé un par de salones privados para que no tengamos que lidiar con la gente y podamos recorrer todo con calma. —Te dije que no hacía falta tanto alboroto —dije, dejando escapar una risa suave mientras el aire salado de la marina me revolvía las puntas del cabello—. Solo quería caminar un poco antes de que la tarde se ponga más pesada. —En esta familia nada se hace a medias, Mila —intervino Kael, inclinándose hacia mi oído con esa voz grave que siempre me erizaba la piel—. Y menos cuando se trata de consentir a nuestra esposa en su primer día de bodas. La palabra volvió a resonar en mi cabeza con el peso de una sentencia recién dictada: esposa. No importaba cuántas veces la pronunciaran entre bromas o con esa devoción descarada que ambos desplegaban sin pudor; cada vez que salía de sus bocas, sentía un temblor lejano en la boca del estómago, un recordatorio helado en lo que me había metido para obtener mi libertad. Entramos en la primera boutique, una casa de alta costura francesa que ocupaba una esquina privilegiada del bulevar. Un empleado de guantes blancos nos recibió en el vestíbulo con una inclinación perfecta de cabeza, dirigiéndonos de inmediato hacia un salón privado en la planta alta donde la luz del sol entraba tamizada por visillos de seda. La atención fue inmediata, casi sofocante; dos empleadas jóvenes aparecieron al instante ofreciendo copas de champán y bandejas de cristalería fina con aperitivos pequeños, mientras la encargada de la tienda se acercaba a Kai con una carpeta de piel entre las manos. —Señor Sokolov, las prendas que solicitó desde Moscú ya están preparadas en el vestidor —dijo la mujer con una sonrisa ensayada, dirigiéndome una mirada rápida que intentaba disimular la curiosidad que le producía mi presencia entre los gemelos. —Excelente —respondió Kai sin devolverle la sonrisa, limitándose a hacer un gesto vago con la mano—. Mila, entra y pruébate lo que te guste. Nos quedaremos aquí afuera. Kael se acomodó en uno de los sillones de terciopelo del salón, estirando las piernas largas con esa holgura relajada que le pertenecía de forma natural, mientras Kai se quedaba de pie junto al ventanal que daba a la marina, observando el movimiento de los yates con la copa en la mano. Entré al vestidor principal, un espacio amplio rodeado de espejos altos y luces cálidas que resaltaban los tonos suavemente amarillos de mi vestido. Sobre un riel pulido colgaban al menos una docena de conjuntos seleccionados personalmente por Kai antes del viaje: vestidos fluidos de seda para la noche, lencería de encaje diminuta en tonos marfil y negro, blusas de corte impecable y un par de sacos sastre en tonos pastel que parecían diseñados a la medida para mí. Paseé los dedos por las telas, sintiendo la suavidad del raso y el peso de las costuras hechas a mano. Elegí primero un vestido largo de seda en color verde esmeralda, de escote cruzado en la espalda y una caída fluida que rozaba apenas el piso. Me despojé del vestido amarillo pastel despacio, sintiendo otra vez esa ligera rigidez entre las piernas que me hizo soltar un suspiro corto frente al espejo. Me deslicé dentro de la prenda verde, ajusté la tira fina sobre la nuca y dejé que la seda fría me acariciara la piel. Cuando salí del vestidor, el silencio en el salón exterior se instaló de inmediato. Kai dejó la copa sobre la mesa de centro y se puso de pie en un movimiento fluido, recortando la distancia entre los dos sin apartar los ojos de mi figura. Sus pupilas azules brillaban con una intensidad desbocada, cargada de una devoción que no intentaba ocultar. —Dios santo, Mila... —murmuró Kai, deteniéndose a solo unos centímetros de mí para pasar sus manos por mis caderas con delicadeza, ciñendo la seda del vestido contra mi cuerpo—. Te ves absolutamente irreal. —¿Te gusta? —pregunté, alzando la cabeza para sostenerle la mirada mientras una sonrisa leve se me dibujaba en los labios. —Me vuelve completamente loco —corrigió él, inclinándose para dejarme un beso tierno en la mejilla antes de tomar mi mano con devoción—. Te llevas este y todo lo que está en ese riel. A unos pasos, Kael no tardó en unirse al momento; dejó su copa a un lado y se acercó por detrás, rodeándome el torso con un brazo firme que me pegó suavemente a su pecho, admirando el reflejo en el espejo. —Ese vestido se queda, definitivamente —declaró Kael contra mi oreja, su aliento tibio acariciándome la piel mientras deslizaba su otra mano por mi cintura por encima de la tela—. Y no solo este. Vamos a empacar la colección entera. Salimos de la primera tienda y la ruta apenas comenzaba. Los chicos estaban decididos a transformar la mañana en un despliegue constante de regalos. Entramos a una joyería de alta gama ubicada a pocos metros de la marina, donde el encargado nos recibió a puerta cerrada. Nos acomodaron en un espacio privado con sillones de cuero donde nos sirvieron agua con gas y limonada fresca. Kael se sentó a mi lado y me tomó de la mano, mientras la empleada desplegaba sobre un paño de terciopelo negro una serie de piezas exclusivas de alta joyería. Entre los destellos de diamantes y zafiros, los ojos de Kael se fijaron en un collar de oro blanco con un dije de esmeralda de corte lágrima que combinaba exactamente con el vestido verde que acabábamos de comprar. —Pruébate este —pidió Kael con voz suave, tomando la joya entre sus dedos. Me giré un poco y dejé que él mismo me abrochara el collar por detrás de la nuca. El metal frío al contacto con mi piel me sacó un leve estremecimiento. Kael rozó mis hombros con sus dedos y luego se inclinó hacia mi oído. —Es perfecto para ti —murmuró, observando cómo la piedra resaltaba en mi escote—. Nos lo llevamos también. Kai, por su parte, no quiso quedarse atrás. Mientras Kael cerraba los detalles del collar, Kai tomó un brazalete articulado de diamantes que destellaba con cada movimiento de la luz. Se acercó a mí, me tomó la muñeca izquierda con extrema ternura y deslicé la joya sobre mi piel antes de cerrar el broche de seguridad. —Este es mío para ti, bonita —dijo Kai, llevándose mi mano a los labios para besar el dorso con devoción—. Para que recuerdes este día cada vez que te mires la mano. —Chicos, es demasiado... —intenté protestar, abrumada por la velocidad con la que las bolsas y las cajas de joyería comenzaban a acumularse a nombre de los Sokolov. —Nunca es demasiado para ti, Mila —sentenció Kael, firmando la orden de compra sin mirar siquiera la suma total.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







