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Es hora de irme
Es hora de irme
Autor: Raquel Valenzuela

Capítulo 1

Autor: Raquel Valenzuela
«¿Cómo está tu papá?».

El mensaje de Juan llegó un poco tarde. Estaba sentada en la banca afuera de emergencias, sosteniendo todavía el bolígrafo con el que iba a firmar el formulario de consentimiento. Había partido la tapa sin darme cuenta y el borde afilado del plástico se me clavaba en la palma de la mano.

La enfermera abrió la puerta y se me acercó.

—Señorita Thomas —dijo en voz baja—, el paciente está estable por ahora, pero debemos mantenerlo bajo observación.

Asentí. El teléfono vibró nuevamente; era Juan, quien me había enviado un segundo mensaje: «Whitney ya está estable. Voy para allá».

Me quedé mirando la pantalla durante un buen rato y contesté con solo dos palabras: «Está bien».

Me llamó casi al instante, pero no atendí. Para cuando trasladaron a mi padre a la Unidad de Cuidados Intensivos, ya había amanecido. Lo vi tras el cristal, acostado en la cama del hospital con una máscara de oxígeno en el rostro.

De repente, recordé la noche de nuestra fiesta de compromiso, cuando Juan me rozó el nudillo mientras me ponía el anillo de compromiso.

—Vivian, a partir de ahora, ven a buscarme siempre que pase algo —prometió, solemne.

Los aplausos debajo del escenario resonaban con tanta fuerza en ese momento... Y pensar que de verdad le creí.

A las ocho de la mañana, Juan llegó por fin al hospital. Llevaba el abrigo gris oscuro de la noche anterior, con el cuello ligeramente arrugado, y olía a desinfectante mezclado con perfume de mujer. Al verme, se detuvo.

—¿Por qué no atendiste mis llamadas?

—Tenía miedo de despertar a Whitney —respondí apoyándome contra la pared, con la voz ronca.

Frunció levemente el ceño.

—Vivian, ¿en serio tienes que hablarme así?

No levanté la cabeza.

—¿Y cómo quieres que te hable? ¿Quieres que te agradezca por hacer un espacio en tu ocupadísima agenda para venir a ver a mi papá?

Juan guardó silencio un momento antes de tomarme de la muñeca. Su tacto era suave, como el de un médico que intenta consolar a un paciente.

—Lo de anoche fue una emergencia. Whitney tiene una crisis de ansiedad severa y no puede alterarse de ninguna forma.

Me solté de su agarre.

—Mi papá se estaba muriendo.

—Lo sé —dijo Juan, suavizando el tono—, pero tu papá ya estaba en el hospital. Había médicos y procedimientos. Whitney solo me tenía a mí.

«Solo me tenía a mí». Solté una risa amarga al escuchar esas palabras. Juan me miró con un atisbo de molestia en sus ojos.

—Deja de hacer un drama; ya estoy aquí.

Siempre había pensado que presentarse equivalía a remediar las cosas. Un abrazo que llegaba demasiado tarde, una explicación que llegaba demasiado tarde, una preocupación que llegaba demasiado tarde… Mientras él estuviera dispuesto a darlo, se suponía que yo debía aceptarlo sin quejarme.

El médico salió del consultorio y me entregó un montón de facturas junto con el plan de tratamiento de seguimiento. Apenas estiré la mano cuando Juan los agarró primero.

—Yo me encargo —dijo, pasando los dedos por las hojas con calma—. Pediré que revisen la propuesta de la cirugía. No te pongas tan nerviosa.

Si esto hubiera ocurrido tiempo atrás, me habría bastado para conmoverme hasta hacerme llorar; ahora, sin embargo, lo único que sentía era un profundo desánimo.

En ese instante sonó su teléfono. Juan bajó la mirada y su expresión se suavizó. En la pantalla aparecía el nombre de Whitney. Él se limitó a rechazar la llamada, pero un momento después, ella le envió un mensaje.

«Ya desperté. La habitación está muy vacía . Tengo un poco de miedo».

Juan apretó los papeles con más fuerza. Lo noté. Él también supo que me había percatado. Todo pareció quedarse en absoluto silencio por unos segundos, hasta que levantó la vista.

—Primero pagaré la cuenta de tu papá y luego iré a verla —dijo, aún con la voz firme.

Observé las hojas en sus manos.

—Está bien.

Juan volvió a fruncir el ceño.

—Vivian, este no es el momento de hacer berrinches.

Le quité los papeles de las manos y los acomodé uno a uno.

—No es un berrinche. Me encargaré yo misma de los cuidados de mi papá.

Se quedó observándome, como si tratara de adivinar si mi silencio era otra forma de obligarlo a ceder. Simplemente me di media vuelta y caminé hacia la ventanilla de pagos.

A mis espaldas, el teléfono volvió a sonar; era otra llamada de Whitney. Esta vez, Juan contestó.

—No tengas miedo —le dijo en voz baja—. Volveré pronto.

No me detuve. Había mucha gente en la fila y la luz de la ventanilla parpadeaba. Bajé la cabeza para mirar el anillo en mi dedo, cuyo diamante seguía brillando con la misma intensidad y, sin embargo, de pronto sentí que él ya no podría encontrarme. Nunca más.

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    —Todas las noches pensaba en cómo estuviste sola en emergencias. Me llamaste, pero te dije que no exageraras —admitió antes de quedarse en silencio por un segundo—. Vivian, no vine a pedirte que volvamos.Levanté la vista por fin. Tenía los ojos enrojecidos, pero se esforzaba por mantener la compostura.—Vine a disculparme. Lo siento, de verdad.Había esperado esas palabras durante muchísimo tiempo. Tanto, que terminaron perdiendo todo su sentido. Ya no me servían de nada. Por eso, me limité a asentir.—Lo entiendo.Mi comentario pareció afectarlo profundamente. Sacó una cajita de su abrigo y la dejó junto a la cerca.—Mandé a modificar el anillo y le quité el grabado interior. Si no lo quieres, puedes tirarlo.—Juan, deja de darme cosas —respondí, sin aceptarlo. Sus dedos se tensaron—. Todo lo que haces ahora es solo un intento por llenar el vacío del pasado, pero yo ya no estoy ahí.La brisa soplaba a través del jardín. Resultaba raro ver tanto sol en Puerto Bruma. Mi padre acababa d

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