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Capítulo 3

작가: Yolanda Beltrán
El yo que era a los dieciocho años preguntó: "Si todo es como dices, ¿de verdad no notaste nada durante esos diez años?"

Me quedé mirando aquellas palabras y sentí un dolor sordo en el pecho.

"Sí lo noté... Pero en ese momento fui demasiado ingenua y no quise aceptarlo."

Apreté el bolígrafo entre los dedos y seguí escribiendo despacio: "En mi tercer año de universidad, mi madre enfermó y tuvieron que hospitalizarla. Regresé esa misma noche. Antes de salir me di cuenta de que había olvidado las llaves, así que volví a buscarlas. Fue entonces cuando escuché risas dentro de la habitación."

"No era una sola persona. Eran dos. Miré por la rendija de la puerta y vi un par de zapatos. Eran de Daniela."

"Toqué la puerta. Santiago abrió visiblemente nervioso, mientras todavía terminaba de vestirse. Sonrió y me dijo que Daniela solo había ido a recoger unos documentos."

"Le creí. Incluso terminé culpándome a mí misma por haber sospechado de ellos. Pensé: son hermanos, ¿cómo puedo imaginar algo así?"

Me detuve un momento y apreté los dedos alrededor del bolígrafo.

"Hubo otra vez en que Daniela se resfrió. Yo estaba en casa con fiebre, pero Santiago salió en plena noche para llevarle medicinas."

"Le pregunté si estaba con Daniela y se puso a gritarme. Dijo que yo no confiaba en él y que solo la veía como a una hermana."

"Lloré toda la noche. Y al día siguiente todavía me levanté temprano para prepararle el desayuno y tratar de que se le pasara el enojo."

Cerré los ojos por un instante. Las lágrimas cayeron en silencio sobre la página.

"No es que nunca me diera cuenta. Tenía miedo de estar imaginando cosas y de acusarlos injustamente cuando yo todavía creía que entre ellos solo había cariño de hermanos."

"Valentina, no seas como yo. No esperes diez años para aprender a dejar de buscar excusas por los demás."

Durante un buen rato no apareció ninguna respuesta.

"Me cuesta aceptar que ese pueda ser mi futuro, si de verdad todo esto es cierto."

Escribí: "Yo tampoco podía creer que todo pudiera terminar así."

"El día que me casé con Santiago, estaba convencida de que sería feliz con él toda la vida."

"Nunca imaginé que esos diez años terminarían siendo una farsa."

"Ánimo con el examen, Valentina. Sé de lo que eres capaz y esto no va a hacer que te vaya mal."

***

Esa noche recogí mis cosas y le dije a Santiago que quería divorciarme.

Diez años de engaños, humillaciones y traiciones estallaron de golpe dentro de mí. Ya no podía seguir viviendo así.

—¿Divorciarte? ¿Quién te crees para pedirme el divorcio? —reaccionó Santiago, visiblemente irritado.

—Valentina, ya te lo dije. Por los diez años que llevamos juntos, no voy a dejarte tirada.

Lo miré sin poder creerlo, como si acabara de escuchar el chiste más absurdo del mundo.

—¿Todavía tienes la cara de hablar de esos diez años? ¡Todo este tiempo no fue más que una trampa que Daniela y tú prepararon para tenerme engañada!

—¿Y qué si fue así? Has vivido todos estos años sin preocuparte por nada. ¿De qué te quejas?

Lo miré fijamente mientras apretaba los dedos cada vez más.

Toda la entereza con la que había soportado aquellos diez años terminó por romperse.

—Santiago, ¿de verdad te atreves a decirme eso?

—Renuncié a mi cupo en la Universidad Nacional de Santa Aurelia para irme contigo a una universidad que casi nadie conocía. Mi padre estuvo varias noches sin dormir del enojo, y solo aceptó porque se lo supliqué llorando.

—Como nunca conseguías sacar mejores notas que yo, me quedaba estudiando contigo hasta las tres de la mañana. Cuando dijiste que querías iniciar tu propio negocio, pero no tenías experiencia, invertí el primer fondo que me había dado mi padre y hasta firmé como tu aval. Cuando dijiste que Daniela no tenía dónde quedarse, me aguanté y acepté que se mudara con nosotros. ¿Y para qué?

Lo señalé. Me temblaba todo el cuerpo.

—¿Así me pagaste todo? El día que la empresa de mi padre salió a bolsa, lo arrastraste a todo este desastre. Y el día de mi cumpleaños, metiste a Daniela en nuestra propia cama.

Santiago frunció el ceño y respondió con absoluta frialdad:

—La empresa de tu padre iba a terminar teniendo problemas tarde o temprano. Yo solo me adelanté.

—Te das demasiada importancia, Valentina. Si te aguanté todos estos años fue porque quise darte ese gusto. ¿O de verdad crees que habrías podido seguir siendo mi esposa si yo no lo hubiera permitido?

Me temblaba todo el cuerpo de rabia. Sentía una presión dolorosa en el pecho, un dolor sordo que no dejaba de crecer.

Entonces, de repente, un dolor intenso me atravesó el abdomen, como si algo se desgarrara por dentro.

—¡Ah...!

Me doblé sobre mí misma y caí de rodillas con fuerza. El sudor frío me brotó de golpe en la frente y el dolor hizo que mi respiración se volviera entrecortada.

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