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CAPÍTULO 2

Author: Stella C
last update publish date: 2026-09-15 19:30:26

Nicolás llegó a casa a las once y cuarenta y siete.

Valeria lo sabía porque llevaba casi una hora sentada en la mesa del comedor con el computador abierto y la misma página inmóvil frente a ella. No había conseguido trabajar. Tampoco había conseguido llorar, lo cual le habría parecido una victoria si no se sintiera tan vacía.

Oyó la puerta principal, el sonido de las llaves y los pasos conocidos sobre el piso de madera.

Durante siete años de matrimonio había aprendido a distinguir el estado de ánimo de Nicolás antes de verlo. La velocidad con que dejaba el teléfono. Si aflojaba la corbata en el pasillo o esperaba a llegar al dormitorio. Si iba primero a la cocina o al despacho.

Aquella noche entró al comedor con la corbata todavía puesta. Venía preparado para una conversación.

—Pensé que estarías dormida.

—No formalmente.

Él dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó frente a ella.

—Bien. Hablemos.

Valeria casi sonrió. Esa era la versión más pura de Nicolás Ferrer: incluso una crisis matrimonial podía convertirse en una reunión si él encontraba una mesa suficientemente grande.

—¿Desde cuándo sabías que Renata sería directora de estrategia?

—Desde hace unas tres semanas. La negociación final tomó más tiempo.

—Hace dos semanas cenamos juntos y me dijiste que ella estaba regresando a Aurelia.

—Sí.

—No mencionaste que estabas negociando con ella.

Nicolás se apoyó contra el respaldo.

—No pensé que fuera relevante hasta que estuviera cerrado.

La frase se quedó entre los dos. Valeria lo miró con tanta atención que él frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada. Sigue.

—No hay mucho más. Necesitábamos a alguien con experiencia internacional y Renata venía de liderar expansión para Delacroix. Tomás la recomendó, Elena apoyó la candidatura y yo tomé la decisión final.

—¿Y el área?

—¿Qué pasa con el área?

—El área que va a dirigir. La estrategia que presentaron hoy.

Él exhaló.

—Otra vez esto.

La decepción llegó con una nitidez que le quitó cualquier duda.

—¿Otra vez?

—Valeria, nadie te está quitando nada. Tú me diste ideas, sí. Hablamos de esto muchas veces. También participaron marketing, operaciones, revenue, experiencia de cliente. No es un proyecto personal tuyo.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces no entiendo el problema.

Ella cerró el computador con calma.

—Ese es el problema.

Nicolás apretó la boca.

—No hagamos esto más complicado de lo que es.

—¿Qué parte exactamente estoy complicando?

—Que Renata trabajó conmigo hace años no significa nada. Si eso te molesta, puedo entenderlo, pero profesionalmente es la mejor persona para el puesto.

Valeria lo observó unos segundos.

—Crees que esto es por ella.

—No veo qué otra cosa podría ser.

Ahí estaba. Una solución suficientemente simple para que Nicolás pudiera manejarla: celos. Una esposa incómoda por el regreso de una ex. Algo que podía resolverse con seguridad, una explicación razonable y quizá una cena durante el fin de semana.

Era mucho más conveniente que mirar el resto.

—¿Sabes cuándo fue la última vez que recibí un pago por trabajo que hice para Ferrer?

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Una pregunta sencilla.

—Tú no trabajas para Ferrer.

—Exacto.

—Valeria, si quieres volver a trabajar formalmente, podemos hablar de eso.

La palabra podemos le provocó una punzada de rabia.

—No te estoy pidiendo empleo.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ella estuvo a punto de responder y se detuvo.

¿Cuántas veces había intentado decirlo sin decirlo? Con comentarios casuales. Con propuestas. Con esa frase repetida de «me gustaría volver a tener algo mío» que Nicolás escuchaba, besaba su frente y respondía que no había prisa.

No había prisa para él. La vida que estaba en pausa no era la suya.

—Quería que vieras lo que estaba haciendo —dijo al fin—. Quería que, si ibas a construir un departamento con ideas que desarrollamos juntos, me preguntaras si quería participar. Quería enterarme de que tu ex iba a dirigirlo antes de estar sentada frente a periodistas viendo su nombre sobre mi trabajo.

—No era tu trabajo exclusivamente.

—Otra vez.

—Porque es cierto.

—Y también es cierto que no se te ocurrió que podía querer un lugar ahí.

Nicolás guardó silencio. Ese silencio hizo más daño que una respuesta defensiva. Valeria abrió de nuevo el computador y giró la pantalla hacia él.

Había encontrado el documento treinta minutos antes, dentro de una carpeta compartida que Nicolás nunca había dejado de sincronizar con el equipo doméstico. No era confidencial; el acceso estaba allí porque durante años él le enviaba borradores para que opinara.

En la esquina superior figuraba: Comité Ejecutivo. Estructura Horizonte Ferrer. Versión aprobada.

La fecha era de doce días antes.

—Mira la página ocho.

Nicolás no tocó el computador.

—¿Qué hay en la página ocho?

—Los tres ejes estratégicos. Los mismos que te envié en enero, después de que me pidieras revisar la experiencia de los hoteles urbanos.

—Eso no significa…

—No he dicho que me robaras nada.

—Suena exactamente así.

—No. Si creyera que me robaste, esto sería más sencillo.

Él la miró por fin sin la seguridad de hacía diez minutos.

—Entonces explícame qué es.

Valeria apoyó las manos sobre la mesa.

—Te acostumbraste.

—¿A qué?

—A que yo estuviera disponible. A que leyera tus documentos a medianoche, a que te dijera qué campaña iba a fallar antes de lanzarla, a que recordara los nombres de tus inversionistas, a que pensara contigo. Te acostumbraste tanto que dejaste de considerarlo trabajo.

—Eres mi esposa. Hablamos de nuestras cosas.

La frase cayó exactamente donde no debía. Valeria sintió una quietud extraña.

—¿Nuestras?

Nicolás pareció darse cuenta demasiado tarde.

—No quise decir…

—Tus hoteles, tus reuniones, tus problemas. ¿Cuál fue la última vez que hablamos de algo que yo quería construir?

—Podemos hacerlo ahora.

—No.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿No qué?

—No quiero que esta conversación se convierta en una oferta de trabajo porque te incomoda que esté molesta.

—No estoy intentando comprarte un puesto.

—Ni siquiera entiendes por qué sonaría así.

Nicolás se levantó de la silla y caminó hasta el ventanal. Aurelia brillaba abajo, ordenada y distante.

—Creo que estás mezclando muchas cosas.

—Yo creo que llevo años separándolas para que tú no tengas que mirarlas juntas.

Él se volvió.

—¿Años?

Valeria lo miró y supo que esa era la última oportunidad de convertir la noche en otra discusión que terminaría con una tregua. Podía explicarse mejor. Podía tranquilizarlo. Podía aceptar que Renata no importaba, dormir en la misma cama y despertar mañana con la sensación de haber exagerado.

Había hecho versiones de eso demasiadas veces.

—Sí —dijo—. Años.

Nicolás negó con la cabeza, incrédulo.

—Si estabas tan insatisfecha, podrías haberme dicho algo.

La rabia regresó, pero esta vez no la levantó de la silla. La volvió precisa.

—Te lo dije.

—No de esta manera.

—No. No te di una presentación con indicadores y un plan de mitigación.

Él endureció la expresión.

—No tienes que burlarte.

—Tienes razón.

Valeria cerró el computador otra vez.

—Tengo que dejar de explicarte lo que ya deberías haber querido saber.

Se puso de pie.

—¿Adónde vas?

—A dormir.

—Valeria.

Se detuvo en la puerta.

—Mañana tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

La pregunta habría sido normal cualquier otro día. Esa noche sonó como la confirmación de algo mucho más grande.

Valeria sostuvo su mirada.

—Cosas mías.

Subió las escaleras sin esperar respuesta.

En el dormitorio, abrió el cajón inferior de la cómoda y sacó una tarjeta que llevaba meses allí. Inés Valdés, abogada de familia y su mejor amiga desde la universidad.

No necesitaba el número. Lo sabía de memoria.

Aun así, sostuvo la tarjeta entre los dedos antes de escribirle un mensaje. ¿Puedes verme mañana temprano? La respuesta llegó menos de un minuto después.

Sí. ¿Pasó algo?

Valeria miró la puerta cerrada del dormitorio. Esa vez no buscó una frase que hiciera la verdad menos incómoda. Sí.

Creo que voy a pedir el divorcio.

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