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Capítulo 3

Author: Mónica Herrera
Beatriz llegó tambaleándose y, apenas estuvo frente a mí, levantó la mano y me soltó una bofetada.

—¿Quién te crees que eres? ¿Quién te dio permiso de tratar así a Nicolás? Si terminan, terminan. Hay muchas mujeres mejores que tú allá afuera. ¿Tú qué te crees?

La mejilla me ardía con un dolor punzante.

Con los ojos enrojecidos, levanté la mano para devolverle la bofetada, pero Nicolás me sujetó la muñeca con fuerza y me empujó.

Me golpeé la cintura contra la manija de la puerta, y el dolor me recorrió todo el cuerpo.

Él se interpuso para proteger a Beatriz, con una expresión de fastidio.

—Está borracha. ¿Vas a rebajarte a pelear con una borracha? Ya, sal un rato a calmarte. Lo que sea, lo hablamos mañana.

Lo miré sin poder creer su indiferencia, como si yo no fuera más que alguien sin importancia.

Pero él ya no volvió a mirarme. Solo bajó la voz para consolar a Beatriz, que seguía armando su drama de borracha.

Le dejó toda su ternura a ella.

Me clavé las uñas en la palma de la mano, agarré mis maletas y me fui.

Después de instalarme en la habitación que había reservado en un hotel cercano, casi no pude conciliar el sueño hasta que amaneció.

Al despertar, tenía el celular lleno de mensajes.

Además de las burlas que habían mandado en el chat de amigos, había muchos más de compañeros y conocidos que todavía no sabían que me habían autorizado el día libre, preguntándome por qué no había ido a trabajar y si acaso tenía alguna buena noticia que contar.

Sentí una punzada sorda en el pecho.

Respondí de prisa que había terminado con él. Estaba demasiado cansada.

Las notificaciones siguieron sonando.

Algunos pensaban que estaba bromeando. Otros decían que era imposible. Incluso hubo quien me pidió que no hiciera berrinche solo porque no me había pedido matrimonio.

Después de todo, a ojos de todos, Nicolás era tierno, maduro y siempre sabía hacerse cargo de todo. Un hombre así no se encontraba fácilmente.

Pero ellos no sabían que ese mismo hombre, en nuestro cuarto aniversario, montó toda una escena de propuesta solo para hacerme bajar la guardia y dejar que Beatriz me asustara con una serpiente viva.

Y en nuestro quinto aniversario, me pidió matrimonio con un anillo de utilería con mecanismo que Beatriz había comprado, y que se trabó hasta hacerme pasar el día entre la estación de bomberos y el hospital. El dedo casi se me necrosó.

Sí, él sabía hacerse cargo, pero nunca de mí.

Antes, yo siempre hacía la vista gorda ante todo lo malo y me repetía una y otra vez que, fuera de todo lo relacionado con Beatriz, él de verdad era muy bueno conmigo.

Solo cuando salí de esa ilusión empecé a entender poco a poco que una relación así no iba a llegar a ningún lado, aunque hubiera una propuesta de matrimonio.

Sonreí con amargura y, por costumbre, abrí las redes sociales.

Entre tantas publicaciones sobre la broma, lo que más llamaba la atención era el carrusel de fotos de Beatriz.

Nicolás la había acompañado al cine y a una sala de juegos.

Aunque antes él siempre celebraba primero con Beatriz y luego venía a verme a mí por nuestro aniversario, nunca me había llevado a hacer cosas así.

Siempre decía que esas cosas eran de adolescentes, que eran una pérdida de tiempo y no tenían gracia. Que era mucho más significativo hacer algo hecho a mano o ver una película en casa.

Yo creí que eso era una muestra de madurez, así que reprimí todas las ilusiones ingenuas de mi primera relación.

Pero ahora, al ver su sonrisa tan relajada en esas fotos, por fin entendí que no era que esas cosas no tuvieran gracia.

Era que hacerlas conmigo no le nacía.

La sección de comentarios estaba llena de mensajes diciendo que hacían bonita pareja.

Todos nuestros amigos en común le habían dado me gusta, incluso más que a la publicación con la que nosotros habíamos hecho oficial nuestra relación.

Justo cuando estaba por guardar el celular, apareció un mensaje.

Era de Nicolás.

"No malinterpretes. La llevé a despejarse un rato. Vuelve cuando puedas. Dice que quiere pedirte perdón".

Fruncí el ceño y estaba por responderle que no hacía falta, cuando me llegó un aviso de entrega.

Al abrir el aviso, vi que se trataba del regalo de aniversario que había comprado antes.

La dirección seguía siendo la de aquel departamento.

Lo pensé un momento. Debía dejar las cosas claras y también devolverle las llaves.

Al menos podíamos terminar en paz.

Me arreglé como pude y fui de prisa.

Pero apenas entré, un líquido de olor penetrante me empapó por completo.

La cara empezó a arderme.

—¡Sorpresa!

Antes de que pudiera abrir bien los ojos, Beatriz se lanzó hacia mí.

Traía una toallita empapada en aquel líquido y empezó a frotarme la cara una y otra vez, hasta rasparme la piel.

El ardor se volvió cada vez más fuerte, mezclado con una comezón intensa, como si algo me estuviera mordiendo. Luego sentí un dolor aún más intenso, como si me estuvieran arrancando la piel.

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