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Capítulo 4

Auteur: Mónica Herrera
Empujé a Beatriz de golpe.

Por instinto quise rascarme la cara, pero apenas la toqué, un dolor insoportable me atravesó.

Tosí varias veces.

—Me arde la cara… ¿Qué era eso?

Nicolás corrió hacia nosotras y me sujetó la mano. Su voz sonó furiosa.

—¿No dijiste que era desmaquillante? ¿Por qué se le irritó toda la cara?

Beatriz se puso roja.

—Yo no sabía. Lo tomé al azar. Estaba en un frasco sin etiqueta, junto al lavabo, y pensé que era desmaquillante. Además, ella siempre se maquilla para competir conmigo. ¡Eso no me gusta! Tú también dijiste que así no se veía bien, por eso aceptaste que le hiciera la broma.

Todo mi cuerpo temblaba. Sentía los brazos y las piernas entumecidos, y me costaba respirar.

—Yo sabía que no ibas a hacer que Beatriz me pidiera perdón de verdad. Nicolás… tú ni siquiera mereces que terminemos en paz.

Dicho eso, aguanté el dolor y avancé tambaleándome hacia el baño para lavarme la cara.

Pero apenas di un paso, la vista se me nubló de golpe.

—¡Auri, no me asustes!

Cuando volví a despertar, ya era de noche.

El dolor en la mejilla seguía siendo intenso.

Al incorporarme, desperté a Nicolás, que estaba sentado a mi lado.

—Auri, por fin despertaste. Me asustaste muchísimo. El médico dijo que sufriste una dermatitis de contacto grave y una reacción alérgica por el desinfectante. Ella de verdad quería disculparse contigo. Solo que ya sabes cómo es, demasiado orgullosa. Algunas cosas se le pueden ir de las manos, pero no lo hizo a propósito. No te enojes, ¿sí?

En su tono urgente no había ni una pizca de preocupación por las marcas que podrían quedarme en la cara.

Solo había excusas para ella.

Miré ese rostro que había amado durante tantos años y que ahora me resultaba tan extraño.

Las lágrimas me cayeron de golpe.

—No estoy enojada. Solo me arrepiento. Nunca debí estar contigo.

Su cuerpo se puso rígido. Estaba por decir algo cuando la pantalla de su celular se iluminó.

Nicolás intentó disimular de inmediato su emoción.

—Voy a salir un momento. Descansa. Vuelvo enseguida.

Se fue con pasos apresurados. La escalera de emergencia estaba a pocos pasos de la habitación y, sin saber por qué, lo seguí apoyándome en la pared, todavía mareada.

Por la rendija de la puerta de la escalera de emergencia del hospital, lo vi sentado junto a Beatriz.

—Ya, no te culpes. Ella no se va a enojar. ¿Cuándo no se le ha pasado?

Beatriz le dio un golpe en el brazo.

—Si con esto ya no aguantó, imagínate si se entera de que al principio te acercaste a ella porque perdiste una apuesta con nosotros, y que hasta el lugar donde le pediste que fuera tu novia lo elegimos nosotros a propósito. ¡Ahí sí explota!

En ese instante, sentí como si algo me estallara en los oídos.

Solo me quedó un zumbido constante, pero aun así alcancé a oír la voz baja de Nicolás.

Él le tapó la boca y miró alrededor.

—¡Shh! Eso pasó hace años. Déjalo enterrado y no lo vuelvas a sacar.

Las piernas se me aflojaron. Sentí como si me hubieran dejado sin fuerzas y ya no pudiera mantenerme de pie.

Todas las dudas que llevaba tanto tiempo arrastrando por fin tuvieron respuesta: por qué, cada vez que tenía que elegir entre las dos, yo nunca era la elegida; por qué Nicolás, aunque decía amarme, siempre permitía que ella me lastimara.

Yo, como una tonta, creí que de verdad le importaba esa amistad. Nunca pensé que todo lo que me había dado era falso.

Incluso aquel acercamiento que yo había visto como una salvación terminó manchado por una mentira.

Resultó que, para ellos, yo nunca fui la novia de Nicolás, solo era una payasa a la que podían usar para divertirse.

En ese momento, toda mi dignidad quedó hecha pedazos.

Me tapé la boca con fuerza para contener el temblor.

Tenía que irme de toda esa falsedad asfixiante.

Tomé un taxi hasta el hotel, recogí mi maleta y fui directo a la terminal de autobuses. Aunque ya tenía un vuelo reservado para la tarde siguiente, a esa hora ya no había vuelos disponibles. Así que compré un boleto para la salida más cercana; en ese momento, era la forma más rápida de irme de ahí.

Antes de subir, apareció un mensaje de Nicolás en el celular:

"El médico dijo que lo mejor era que te quedaras unas horas más en observación. No andes por ahí. ¿Dónde estás? Voy a buscarte."

Al ver esa falsa preocupación, solté una risa entre lágrimas.

No respondí.

Bloqueé su número y borré su contacto, junto con los de todos sus amigos.

No iba a seguirles el juego.

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