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Capítulo 3

Author: Yin U.
last update publish date: 2026-09-16 01:59:46

Mi teléfono vibró y casi me rasgo el bolsillo al sacarlo.

Lo miré fijamente. Marcus Sullivan, mi guardián, mi prisionero. El hombre que mi mente recordaba en el rostro de ese cabrón.

Era el primer lunes del trimestre. Sabía cómo iba la cosa.

Llevábamos siete años haciéndolo. No necesitaba recordatorios, pero él me los enviaba de todos modos.

Quería ir a verlo inmediatamente. Así de irritada estaba. Quería que hiciera lo que tan bien sabía hacer: follarme hasta dejarme ciega, sorda y muda.

El hombre era una bestia, tanto en la cama como fuera de ella. Jefe de la mafia, cinco años seguidos. Había estado esperando a que alguien lo eliminara, que me liberara de su control, pero en ese momento, lo quería dentro de mí.

Mi teléfono chirrió en mi mano y aflojé el agarre, exhalando larga y lentamente por la nariz mientras me apoyaba en mi coche con una mano.

No es que no pudiera alejarme del cliente y de sus hijos, pero necesitaba salir del agujero que me había cavado hace trece años.

¡Trece!

Había llevado la cuenta, había llevado el recuento, trece jodidos años luchando por recuperar lo que siempre debería haber sido mío, pero que había tirado por la borda por culpa de un cabrón de aspecto elegante y labia suave.

Un hombre al que había descartado en mi camino de penitencia. Olvidado cuando fui rescatado por otro. Ni siquiera lo tuve en cuenta cuando me convertí en el hombre de mi salvador.

Bueno, no exactamente «mantenido», pero casi.

Le debía millones a Marcus, y pagaba cada mes. Siempre que quedaba algún saldo, le prestaba mis servicios, una vez al trimestre, se añadían los intereses y el ciclo continuaba.

Algunos meses, pagaba menos de lo que podía permitirme. Pagaba menos para mantener esa puerta abierta. Una puerta que me daba miedo cerrar.

Porque si la cerraba, ¿qué sería de mí? ¿Quién sería?

Tenía que ocuparme del negocio de mi familia, pero, aparte de eso, era un cascarón vacío.

No me apetecía nada, ni nadie.

No iba al cine ni a eventos deportivos.

Iba a clubes de sexo y discotecas. A bares de moda y a fiestas hedonistas exclusivas. Por una sola cosa y solo por eso: el placer. El único tipo de placer que me gustaba.

No consumía drogas, y pasarme la vida bebiendo no era una opción: ya lo había intentado, no era para mí.

El sexo, sin embargo, era justo lo que necesitaba. El equilibrio perfecto. Pero no era de las que se acostaban con cualquier hombre que se cruzara en mi camino. Tenía algunos habituales, otros que no lo eran tanto y algunos de una sola noche.

Pero Marcus se había convertido en una constante. Y en una fiable, además. Una buena, si quería ser sincera.

Y si pagaba rápido, si lo dejaba marchar. ¿En qué me convertiría?

Con el nuevo pago del señor mayor, podría liberarme del yugo de Marcus antes de que acabara el año.

Si hubiera cogido esos 500, hoy ya estaría libre. Pero si hubiera cogido esos 500, Leon habría encontrado la manera de hacerme arrepentirme.

No podía darle esa oportunidad.

Mi mente expulsó a ese cabrón y Marcus se coló en ella. Con sus 2,06 metros y 129 kilos. Mi mente se enfrió y mi cuerpo se calentó.

Yo tampoco soy ningún peso ligero. Con 1,98 metros y 113 kilos, no soy pequeño, pero para Marcus… pocos estaban a su altura.

Podía sentirlo mientras cerraba los ojos, luchando por despejar mi mente, por concentrarme mientras pensaba en lo que me esperaba en este jodido proyecto.

Esta noche, reflexioné. Iré esta noche, según lo previsto. No puedo permitir que Marcus se meta conmigo porque haya acudido a él antes de tiempo.

¡Joder!

Abrí la puerta de un tirón, me metí dentro y salí derrapando del aparcamiento.

Mi mente daba vueltas con recuerdos largamente olvidados, enterrados, pero que ahora amenazaban con consumirme, tomándome por sorpresa de la nada.

==========

Conocí a Leon en mi tercer año de la uni. Él era de último curso y estudiaba Derecho. Yo estudiaba Arquitectura. Una reunión de la fraternidad, una cerveza de más, y caí rendida ante su sonrisa, sus ojos, su audacia.

Cosas que no tenía a mi alrededor en mi pequeño y cauteloso mundo.

Cosas que no sabía de mí mismo, Leon las sacó a la luz y luego me encendió, en cuerpo y alma. Me atrajo hacia él, me alejó de todos y de todo lo que conocía, controlándome, utilizándome, y luego me escupió, expuesto, humillado, solo.

Mi padre me repudió. Mi madre sufrió un derrame cerebral. Mi hermano mayor, el drogadicto, se burló de mí, el buen hijo, y mi hermana… mejor no hablar de Rina.

Después de dos años de libertinaje y de malgastar el dinero de mis padres en clases a las que apenas asistía, para luego abandonar los estudios y convertirme en la perra a tiempo completo de Leon, solo para acabar siendo su puta cuando me vendía a cualquiera que tan solo me echara un vistazo, huí.

Me fui de la ciudad, me fui del país. Cogí el último dinero que me quedaba, el efectivo que había sacado vendiendo los tres relojes que le había robado a Leon, y me subí al primer autobús que llegó a la estación.

Crucé la frontera, sin ningún destino en mente. Sin plan. Solo escapar.

Encontré trabajo en clubes y bares, en varias provincias canadienses, pasando de uno a otro, sirviendo bebidas y, a veces, prestando otros servicios que había dominado bajo la tutela muy precisa de Leon. Tenía veinte años y vagaba sin rumbo.

Era mayor que la mayoría en el gremio, así que me limité a servir bebidas o a trabajar en la barra. Al cabo de un año, era estrictamente camarera o anfitriona que bebía con los clientes, y me había establecido en Toronto.

Un día, un cliente especialmente grosero me puso las manos encima y perdí los estribos. Nadie me tocaba sin mi consentimiento. Se había convertido en un punto sensible para mí, y no estaba dispuesta a tolerarlo.

Se pegó a mí, con sus amigos sentados a su alrededor. Todos se reían.

¿Por qué los depredadores siempre se ríen? Ese fue el pensamiento que me pasó por la cabeza mientras me levantaba, decidida a marcharme. Llevaba casi nueve meses en ese club y no iba a tirar por la borda todo mi esfuerzo por culpa de unos borrachos idiotas.

Di un paso atrás, desconcertada, cuando el cliente se levantó para seguirme, intentando agarrarme en el proceso. Un hombre corpulento, con más músculos de los necesarios para cualquier ser humano normal y corriente.

Ya fuera por sorpresa o por miedo, o tal vez por ira o irritación, hacia todos, hacia todo, hacia mí misma por estar nerviosa, hacia la mirada en sus ojos que presentaba una imagen con la que estaba demasiado familiarizada.

Una mirada que había visto antes en demasiados hombres cachondos, en demasiados clientes agresivos, una mirada ligada a demasiada vergüenza de mi pasado, le rompí una botella de vino en la cabeza.

Sus amigos dejaron de reírse.

Me di la vuelta para irme, y él me agarró por el cuello, rasgándome la camisa de seda; los botones saltaron al romperse el cuello. Me giré hacia él, cogí otra botella y la rompí contra la mesa baja mientras caía de espaldas sobre la comida y otras bebidas que a nadie le importaban o que nadie fue lo suficientemente rápido para apartar.

Mientras me tiraba del cinturón para arrancarme los pantalones, le apuñalé justo debajo de la clavícula.

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