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CAPÍTULO 4: EL PESO DE MI DESTINO

last update Data de publicação: 2026-09-17 17:24:20

Al llegar a la mansión, me bajé del auto. Damián venía detrás de mí, pero lo que más deseaba era entrar a mi habitación y meterme a bañar. Me sentía tan cansada, ya que escuchar esas palabras de Damián y su madre me hacían comprender que todo esto era una locura; además, tendría que obedecerlos. No lo podía creer, me dolía la cabeza con solo pensarlo. Entré a la ducha para relajarme y por fin me quité todo lo que me estorbaba. Estaba en la tina cuando, sin aviso, la puerta del baño se abrió de golpe. Era Damián.

—Valeria, te necesito en la sala ahora mismo.

—¡Estás loco! —grité asustada—. Oye, me estoy bañando, ¿podrías tocar antes de entrar?

—Claro que no. ¿Por qué tendría que pedir permiso? Todo me pertenece y tú estás en mi casa.

—Lo sé, pero estás violando mi privacidad.

—¿Tu privacidad? Por favor, Valeria, no me hagas reír, inventa otra cosa. Conmigo no tienes nada que sea solo tuyo; mientras lleves mi apellido, no tienes derecho a guardarte nada para ti. Además, no te preocupes, no me interesa ver tu cuerpo, ya que no me llama la atención para nada. No despiertas nada en mí, ni el menor interés, ni deseo alguno. Así que apúrate, no tengo todo el tiempo.

Me aventó la toalla en la cara y me dio la espalda. Yo no lo podía creer; que no pudiera tener privacidad era una locura. Me vestí lo más rápido posible y me dirigí a la sala. Él me esperaba sentado en el sillón, ya sin su chaqueta y con la camisa desabrochada, con una copa de vino en su mano.

—Siéntate, Valeria —me señaló el asiento enfrente de él—. Solo quiero dejarte en claro unas cosas que no quedaron claras en la comida con mis padres.

—Sí, de eso mismo venía a decirte. Damián, te lo confieso ahora: yo no quiero tener un hijo contigo. De repente me salieron todas esas palabras sin pensarlo dos veces; además, tú lo dijiste…

—¡Claro, justo ahora que entraste en la ducha!

Él levantó su mano para detenerme ante la oleada de palabras que le solté sin pensar.

—No quiero que vuelvas a interrumpirme. Recuerda que no tienes derecho a decidir, y mucho menos a decir lo que yo decida o necesite para mi vida, Valeria. Te diré algo: no me gustas, eso es cierto, pero no me queda otro camino, pues necesito un heredero. Si mi deber es tenerlo, lo tendré; no me importa si eres tú u otra mujer. Eso sí, métete bien en la cabeza: solo pensar que tendré intimidad contigo me da asco, aunque me repugne, no hay forma de evitarlo. Antes que nada, dejamos firmados los términos desde que formalizamos este contrato.

En ese momento mis lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Solo pensar que no tenía salida me causaba una carga que nunca imaginé que tendría que soportar; el peso de mi destino me dolía hasta el alma. Si alguna vez creí que el matrimonio era algo maravilloso, estaba muy equivocada, porque este lugar era el infierno mismo. Con la voz entrecortada logré decir apenas unas palabras:

—Yo no quiero…

—Eso no me interesa —habló Damián con una voz mucho más firme y severa—. Pero te dejo algo bien claro: esto jamás significa que vaya a haber amor, no te confundas con ideas que no existen. Vamos a poner reglas exactas: por ejemplo, será hoy, luego volveremos a intentarlo dentro de quince días… y así seguiremos hasta lograrlo. Y en cuanto termine, te vas directo a tu habitación. ¿Quedó bien claro, Valeria? No te acostumbres a nada, y mucho menos te hagas ilusiones de algo que nunca, jamás, va a existir entre nosotros.

—Nunca pensaré eso, Damián. Te odio con todo mi corazón, jamás me fijaré en alguien como tú. Como esposo, eres un verdadero monstruo.

—Bienvenida a la realidad, Valeria. Ya te habías tardado; apresúrate y vete a tu cuarto a prepararte. Te esperaré en mi alcoba.

Él dibujó una sonrisa burlona en el rostro mientras veía cómo me alejaba lo más rápido posible hacia mi refugio. Lo único que anhelaba en ese momento era quedarme sola, llorar y sacar todo lo que llevaba dentro de una vez. No podía creer que mi destino fuera tan terrible. Entré a la habitación de un portazo y me dejé caer al suelo, recargada justo detrás de la puerta. Me acurruqué abrazando mis rodillas y empecé a llorar con todas mis fuerzas; las lágrimas brotaban sin parar.

No podía soportar más; todo esto era profundamente injusto. ¿Por qué tengo que ser yo quien pague todo esto? ¿Por algo que nunca pedí, que nunca quise para mí? ¿Por qué me toca a mí? ¡Dios mío, es tan injusto! No quiero tener un hijo con ese hombre, no lo amo… ¿por qué no es capaz de verlo? Siento que, por el resto de mis días, nadie llegará a comprender jamás que el peso de mi destino sería insoportable.

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