LOGINVi que era de mañana y que mi maravilloso sueño había terminado; mi pesadilla era real. La sirvienta entró con dos vestidos muy elegantes y joyería, y los puso en el tocador. Luego entró otra con fragancias para la ducha. Me levanté de la cama y me metí a bañar. En cuanto salí, la sirvienta me señaló los vestidos.
—Señora Montenegro, esto los escogió el señor. Dijo que escogiera uno de los dos y también que se pusiera la joyería. Miré el collar que brillaba; era tan hermoso, pero no tranquilizaba mi corazón. Me puse el vestido y el collar, me vi en el espejo y no me sentía yo misma. Las sirvientas se retiraron y salí afuera, donde el chofer ya me esperaba. Respiré hondo y me subí al auto. "Tengo que ser fuerte, no llorar, aprender sus reglas para poder sobrevivir", me decía a mí misma. Llegamos a la mansión Montenegro. Era más grande que la mansión de Damián. Se respiraba un aire mucho más pesado y frío. El chofer se estacionó y me abrió la puerta del auto; me bajé y un mayordomo me recibió. —Buenos días, señora. La esperan en la sala de estar. El mayordomo me guio hacia la sala. Cuando entré me sentí tan pequeña. Era inmenso el lugar; los techos eran altísimos y el suelo brillaba tanto que podía ver mi reflejo. En el centro había sofás grandes de terciopelo color vino que rodeaban una mesa de mármol. Entre ellos, unas ventanas grandes con cortinas gruesas de seda. Olía a madera fina, pero no a un hogar. Luego, el mayordomo me sacó de mis pensamientos: —Señora, puede sentarse en el sofá. El señor y la señora pronto vendrán. Luego se marchó. Era extraño, ya que me había dicho que ya estaban aquí. Al poco tiempo, los padres de Damián llegaron; yo me levanté rápido y los saludé: —Hola, señora y señor Montenegro. La madre de Damián me observó y el padre se acomodó en el sofá. Yo me quedé aún parada y con la cabeza baja. Luego, la señora me habló con arrogancia: —Ahórrate el saludo. ¿Por qué no ha llegado Damián? —No sé, señora. Él me dijo que estaría aquí cuando yo llegara. —¿Ah, sí? Pero no lo veo. Luego, la puerta de la sala se abrió de golpe. Era Damián. —Aquí estoy, madre. No tienes por qué gritar. —Damián, tu padre y yo te estábamos esperando. ¿Por qué llegas tarde? A él no le gusta la impuntualidad y tú lo sabes. —Lo sé, madre. Tuve un contratiempo. Luego, el señor Montenegro se levantó de forma muy elegante y se acomodó el traje. —Damián, que no vuelva a pasar, ¿entendido? Vamos al comedor. Entramos al comedor, donde había una gran mesa rodeada de sirvientas. Nos sentamos y empezaron a servir la comida. Luego, la señora Montenegro dirigió la vista hacia mí y me empezó a hablar: —Querida, se nota que estás tensa, pero no lo estés. Aprende a comportarte como una verdadera Montenegro y, además, no nos decepciones. Como hoy, no te presentes así en mi hogar. Si no vienes con Damián, recuerda que ahora vales solo por el apellido que llevas. Me hablaba con una sonrisa dibujada en su rostro, como si lo que me decía fuera el mejor consejo de mi vida, mientras me culpaba sin razón. ¿Por qué me reprochaba no llegar con él, si Damián mismo me había avisado que ya me esperaría allá? Lo que decía no tenía ningún sentido. Y para empeorar todo, insistía en que no valía nada; lanzaba esas palabras crueles delante de su hijo, pero él no abría la boca para defenderme. Ni siquiera le importaba cómo me trataba su propia madre. Bajé la mirada y apreté los puños bajo la mesa. Sentía cómo mi corazón se rompía. En mi mente solo pensaba: "¿Esto es lo que tengo que pagar por este maldito apellido?". Solo me quedaba escuchar a esa señora... —Por cierto, Valeria y Damián, necesitamos que para el fin de año ya venga en camino el nuevo heredero. De repente, el señor Montenegro soltó esas palabras. —¿Qué dices, Federico? ¿Aún tienen poco casados? —intervino la madre de Damián. —¿Y qué? Ya es hora. Además, mientras ellos estén casados, los medios y los inversionistas querrán pruebas de este matrimonio, y por lo que veo, no parece que se amen. —¿Cómo quieres que le tenga amor a esta mujer? —habló de repente Damián, interrumpiendo a su padre. —Damián, sabes bien que no me gusta que me interrumpan. Y ya lo dije: necesito que para este fin de año generen un heredero. No me interesa si hay amor o no. La comida acaba de terminar. Luego se levantó de su asiento y el desayuno concluyó. Quedé paralizada de solo pensar que debía tener un hijo con él. Damián y yo nos dirigimos a la sala de estar y la señora Cecilia Montenegro nos acompañó. Luego se detuvo y me tomó de la mano: —Valeria, necesitamos ese heredero. Para eso estás casada con Damián, para ser la imagen perfecta y cumplir tu deber de esposa. No lo olvides nunca, que quede claro. La miré a los ojos y retiré mi mano de la suya, ya que me la apretaba con fuerza, como demostrándome que si no cumplía con dar un heredero no me iría nada bien. Luego, Damián se acercó a nosotras al darse cuenta de que la tensión se empezaba a salir de control, ya que yo no estaba soportando más. —Valeria, ya hay que irnos, el chofer nos espera. Me retiré sin despedirme de esa mujer; lo único que quería era irme de ese lugar. Me metí al auto y luego entró Damián. Acomodándose el traje, me soltó una advertencia tras notar la tensión con su madre: —Valeria, compórtate bien. Aquí la única regla es obedecer. —¿Pero es que no escuchaste todo lo que me dijo tu madre? —le respondí con voz quebrada. —Ya sabes cómo funciona todo: calla, cumple lo que dice el contrato y no me des problemas. No tengo paciencia para quejas. Actúa como corresponde a tu apellido, ¿queda claro? Esas fueron las palabras de Damián. No lo podía creer. Lo peor que tenía que aceptar era que tendría que concebir un hijo con ese hombre que no tenía corazón. No lo amaba; era injusto para mí tener que pagar el precio de un apellido que ni siquiera quería.Al verlo, no podía creer que él estuviera aquí y además con una mujer. La atención que le daba… era distinta a como me trataba. . Pero bueno, era hora de marcharme antes de que Damián se diera cuenta de que yo estaba ahí. La suerte no estaba de mi lado, como siempre. Para mi desgracia, Damián volvió la mirada hacia donde yo estaba; la sonrisa de su rostro desapareció en cuanto sus ojos se clavaron directamente en mí. Quería irme lo más rápido posible de ese lugar, pero al levantarme, Damián venía hacia mí, acomodándose el traje con elegancia. —Vaya, vaya Valeria… pensé que querías quedarte encerrada para siempre en la mansión —dijo al llegar a mi asiento, con una risa burlona en su rostro. —Deseaba salir, pero veo que fue mala idea. —¿Ah sí? ¿Por qué? Además, no sabía que la tarjeta que te di sabía el camino a este restaurante que frecuento. —No fue porque yo quisiera venir aquí; fue tu chofer quien me trajo. Si yo hubiera sabido que estabas tú, ni siquiera se me habría pasado
Me miré en el espejo y luego vi la tarjeta negra que tenía en la mano; la tomé con fuerza. —Así que quieres que sea la esposa perfecta y que haga como si nada pasara, aunque esté bajo tus malditas amenazas… está bien. Pero lo haré todo por mí. Estoy decidida a resistir. Me metí en la ducha, luego me vestí, me maquillé y le mandé avisar con una sirvienta al chófer que saldría. Cuando salí de la habitación, Damián ya no estaba. En cuanto llegué al patio, el chófer me esperaba en el estacionamiento: un hombre mayor, vestido con un uniforme impecable y guantes oscuros. Rápido me di cuenta de que no era solo el chófer de Damián, sino también su mano derecha. Sabía que no me dejaría libre ni un instante. El hombre dio unos pasos hacia mí y, con la mirada baja, dijo: —Buenos días, señora. El señor Damián me dio instrucciones de estar a su disposición. —Muchas gracias —le respondí, aunque sabía que en realidad estaba ahí para vigilarme. Luego me abrió la puerta del coche, sosteniéndol
Salí de la ducha; mis manos se veían arrugadas de haber estado tanto tiempo bajo el agua. Me miré en el espejo: tenía los ojos hinchados de tanto llorar, me sentía vacía por dentro y completamente atrapada. Aun así, suspiré hondo y sequé una pequeña lágrima que se me quería escapar. Tengo que ser fuerte, me dije. Tengo que salir adelante, cueste lo que cueste. Debo dejar de ser tan débil y de pasarme la vida llorando. Y esto, al menos, nadie me lo podrá prohibir… ni siquiera con sus estúpidas reglas. Me puse el camisón y me recosté en la cama. Lo único que quería era borrar de mi mente lo que acababa de pasar, pensar que solo había sido una pesadilla y nada más. Poco a poco, el cansancio me venció y quedé profundamente dormida. A la mañana siguiente, la luz del sol brillaba con fuerza a través de la ventana. Me levanté, corrí las cortinas y me asomé hacia afuera. Ahí estaba Damián, recibiendo a un grupo de hombres vestidos con trajes muy elegantes y con documentos en las manos. Al
Yo estaba en el suelo, abrazando mis rodillas, con las lágrimas ya resecas en mis mejillas y los ojos hinchados; pero en mi mente aún se repetían las palabras de Damián: que no me quedaba más camino que ir a su alcoba. Me levanté con las rodillas entumecidas. Me miré en el espejo y no podía creer que ya ni siquiera de mi propio cuerpo fuera dueña. No podía huir ni salir corriendo de este lugar, porque Damián se aseguraría de atraparme antes de que llegara siquiera a la esquina. Así que no tenía otra salida: no negarme a nada, porque para mi desgracia, no contaba con nadie en esta vida. Miré la hora y sentí que mi corazón se partía en dos; cada segundo que pasaba parecía atarme más a ese hombre. De repente entraron dos sirvientas con prendas íntimas muy atrevidas y las dejaron sobre la cama. —Señora Montenegro, hemos venido a prepararla para su noche de bodas. Esas palabras sonaban como una burla cruel. Ya llevábamos dos días casados, y además… ¿amor? Eso era algo imposible de cree
Al llegar a la mansión, me bajé del auto. Damián venía detrás de mí, pero lo que más deseaba era entrar a mi habitación y meterme a bañar. Me sentía tan cansada, ya que escuchar esas palabras de Damián y su madre me hacían comprender que todo esto era una locura; además, tendría que obedecerlos. No lo podía creer, me dolía la cabeza con solo pensarlo. Entré a la ducha para relajarme y por fin me quité todo lo que me estorbaba. Estaba en la tina cuando, sin aviso, la puerta del baño se abrió de golpe. Era Damián. —Valeria, te necesito en la sala ahora mismo. —¡Estás loco! —grité asustada—. Oye, me estoy bañando, ¿podrías tocar antes de entrar? —Claro que no. ¿Por qué tendría que pedir permiso? Todo me pertenece y tú estás en mi casa. —Lo sé, pero estás violando mi privacidad. —¿Tu privacidad? Por favor, Valeria, no me hagas reír, inventa otra cosa. Conmigo no tienes nada que sea solo tuyo; mientras lleves mi apellido, no tienes derecho a guardarte nada para ti. Además, no te preo
Vi que era de mañana y que mi maravilloso sueño había terminado; mi pesadilla era real. La sirvienta entró con dos vestidos muy elegantes y joyería, y los puso en el tocador. Luego entró otra con fragancias para la ducha. Me levanté de la cama y me metí a bañar. En cuanto salí, la sirvienta me señaló los vestidos. —Señora Montenegro, esto los escogió el señor. Dijo que escogiera uno de los dos y también que se pusiera la joyería. Miré el collar que brillaba; era tan hermoso, pero no tranquilizaba mi corazón. Me puse el vestido y el collar, me vi en el espejo y no me sentía yo misma. Las sirvientas se retiraron y salí afuera, donde el chofer ya me esperaba. Respiré hondo y me subí al auto. "Tengo que ser fuerte, no llorar, aprender sus reglas para poder sobrevivir", me decía a mí misma. Llegamos a la mansión Montenegro. Era más grande que la mansión de Damián. Se respiraba un aire mucho más pesado y frío. El chofer se estacionó y me abrió la puerta del auto; me bajé y un mayordomo m







