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CAPÍTULO 6: YA NO SOY LA MISMA

last update publish date: 2026-09-17 17:49:59

Salí de la ducha; mis manos se veían arrugadas de haber estado tanto tiempo bajo el agua. Me miré en el espejo: tenía los ojos hinchados de tanto llorar, me sentía vacía por dentro y completamente atrapada. Aun así, suspiré hondo y sequé una pequeña lágrima que se me quería escapar. Tengo que ser fuerte, me dije. Tengo que salir adelante, cueste lo que cueste. Debo dejar de ser tan débil y de pasarme la vida llorando. Y esto, al menos, nadie me lo podrá prohibir… ni siquiera con sus estúpidas reglas.

Me puse el camisón y me recosté en la cama. Lo único que quería era borrar de mi mente lo que acababa de pasar, pensar que solo había sido una pesadilla y nada más. Poco a poco, el cansancio me venció y quedé profundamente dormida.

A la mañana siguiente, la luz del sol brillaba con fuerza a través de la ventana. Me levanté, corrí las cortinas y me asomé hacia afuera. Ahí estaba Damián, recibiendo a un grupo de hombres vestidos con trajes muy elegantes y con documentos en las manos. Al verlo, sentí que se me apretaba el pecho. Seguía aquí, encerrada en esta mansión, y lo que menos deseaba en el mundo era toparme con él, ni siquiera verle la cara. Pero el hambre me ganaba: ayer no había cenado nada y el cuerpo me pedía alimento.

Esperé un rato, con la esperanza de que ya se hubiera marchado. Mientras tanto, me cambié de ropa y traté de disimular lo mejor posible mis ojos hinchados de tanto llorar. Tras esperar casi una hora, por fin salí de mi habitación y me dirigí despacio hacia el comedor.

Pero para mi desgracia, él ya estaba ahí, sentado frente a su taza de café. Al verlo, quise dar media vuelta y volver corriendo a mi cuarto, pero justo cuando me giré, él levantó la vista, me miró fijamente y habló con su voz fría de siempre:

—Valeria, ¿a dónde vas tan apurada?

—A… a mi habitación —respondí nerviosa—, es que se me había olvidado algo importante.

—¿No tienes hambre? Ya mandé preparar el desayuno —dijo sin cambiar su expresión—. Veo que te hacen falta fuerzas. Y te lo digo claro: no quiero que nadie piense que no te doy de comer, ni que andes por ahí con esa cara tan demacrada que llevas.

Lo miré y me cubrí el rostro con las manos, avergonzada y dolida. Él seguía igual: arrogante, frío, sin mostrar ni un poco de compasión… como si nada hubiera pasado entre nosotros anoche, como si no me hubiera destrozado el alma.

Me senté en silencio, y en cuanto me acomodé, las sirvientas empezaron a servir la comida con rapidez. Entonces él dejó su taza sobre la mesa, apartó unos documentos que tenía enfrente y puso también una tarjeta negra brillante sobre el mantel.

—Valeria, toma —dijo empujándola hacia mí—. Esta tarjeta tiene dinero ilimitado. Dejaré al chofer a tu entera disposición para cuando quieras salir: ve de compras, pasea, haz lo que quieras… pero con una sola condición: compórtate siempre como una verdadera Montenegro. Y recuerda bien: no hago esto porque me importes, sino porque no quiero que nadie diga que te tengo encerrada aquí. Los medios nos vigilan todo el tiempo, y nuestra imagen es lo primero.

—No la necesito, gracias —se me salieron las palabras de golpe.

Sabía muy bien que esa era una oportunidad para salir aunque fuera un rato de este infierno… pero también entendía la verdad detrás de todo: solo quería tapar lo que en realidad era, para que la gente que cree que es un hombre honorable nunca supiera quién es en verdad.

De pronto, su voz, cargada de molestia, me sacó de mis pensamientos:

—Mira, Valeria: tú no estás aquí para decidir qué hacer. Ya te dije lo que vas a hacer, y punto.

—Ya te dije que no la quiero —respondí con firmeza—. ¿O qué me vas a hacer? ¿Me encerrarás? ¿Me pegarás? ¿Me matarás? ¿O me mandarás lejos para siempre?

Damián soltó una carcajada fuerte, tan fuerte que su sonido rebotó por todos los rincones de la mansión. Luego caminó hacia mí, acercándose tanto que pude sentir el calor de su rostro muy cerca del mío. Sin darme tiempo a nada, me tomó de la barbilla con brusquedad y me obligó a levantar la cara para mirarlo fijamente.

—Veo que ya no tienes miedo a morir… y además veo que no te ha quedado nada claro. Escúchame bien: si no te comportas como debes, tus padres pagarán las consecuencias.

Al mencionar a mis padres, de inmediato me vinieron a la mente los recuerdos: el día que me entregaron a este monstruo, sin importarles nada de lo que yo sentía o sufriría. Y en ese instante, me dije a mí misma con toda frialdad: ¿Por qué debería importarme lo que les pase? Ellos mismos me vendieron.

—No me interesa —le respondí con voz firme—. Ellos me entregaron a ti sin importarles nada, así que no esperes que me importe su suerte.

—Ya veo que no te importan… —dijo él, sonriendo con malicia—. Pero tú piensas que solo les quitaré el dinero y todo lo que yo les he dado… ¿verdad? Pues eso ya no me importa. Si yo quiero, ellos lo pagarán con su propia vida. Y los traeré aquí, para que tú misma veas cómo mueren. ¿Qué te parece, Valeria? ¿Quieres verlos morir? ¿Quieres sentir su sangre hasta en tus propias manos?

Me soltó de golpe y volvió a sentarse con calma, como si acabara de decir cualquier cosa sin importancia. Yo me quedé helada, sin poder creer lo que acababa de escuchar… y lo lejos que era capaz de llegar con tal de tener todo bajo su control.

—¡Damián, no les hagas daño! —grité, sin poder contenerme más.

—Lo sabía —respondió satisfecho—. Al fin entraste en razón. Si no quieres que les ocurra nada malo, ya sabes lo que tienes que hacer: compórtate, obedece y no me desafíes. ¿Verdad que tampoco quieres saber quién soy en realidad, lo que realmente escondo? Entonces toma esa tarjeta, sal y haz lo que se espera de ti: actúa como la esposa perfecta y maravillosa que debes ser. Y recuerda muy bien: donde quiera que vayas, siempre con una sonrisa. Si alguien te pregunta, dirás que nuestro matrimonio es un sueño hecho realidad.

Lo miré con tanta rabia que en ese momento sentí ganas de lanzarle encima todo lo que tenía enfrente. Pero con esas amenazas terribles pesando sobre mí, no sabía qué camino tomar. Con manos temblorosas tomé la tarjeta negra y me fui de inmediato hacia mi habitación, sin querer verlo ni un segundo más. Al darme la vuelta, alcancé a ver su sonrisa burlona y triunfante… y sentí que el coraje me quemaba por dentro.

En cuanto estuve sola por fin, me dejé caer contra la puerta. No podía creer todo lo que Damián era capaz de hacer. Pero entonces, en medio de todo ese dolor, una sola cosa me quedó muy clara: ya no volveré a llorar. Me haré fuerte, de verdad fuerte. Ya no soy la misma débil que llegó aquí llorando por todo. Cambiaré, me endureceré… y sobreviviré a esto, cueste lo que cueste.

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