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CAPÍTULO 5: ATADA A SU VOLUNTAD

last update Veröffentlichungsdatum: 17.09.2026 17:38:20

Yo estaba en el suelo, abrazando mis rodillas, con las lágrimas ya resecas en mis mejillas y los ojos hinchados; pero en mi mente aún se repetían las palabras de Damián: que no me quedaba más camino que ir a su alcoba. Me levanté con las rodillas entumecidas. Me miré en el espejo y no podía creer que ya ni siquiera de mi propio cuerpo fuera dueña. No podía huir ni salir corriendo de este lugar, porque Damián se aseguraría de atraparme antes de que llegara siquiera a la esquina. Así que no tenía otra salida: no negarme a nada, porque para mi desgracia, no contaba con nadie en esta vida.

Miré la hora y sentí que mi corazón se partía en dos; cada segundo que pasaba parecía atarme más a ese hombre. De repente entraron dos sirvientas con prendas íntimas muy atrevidas y las dejaron sobre la cama.

—Señora Montenegro, hemos venido a prepararla para su noche de bodas.

Esas palabras sonaban como una burla cruel. Ya llevábamos dos días casados, y además… ¿amor? Eso era algo imposible de creer, algo que nunca existió. Que además estuviera obligada a ceder solo para darle un heredero, era algo todavía más absurdo de aceptar. Miré la ropa sobre la cama y solo verla me dio asco: sabía que tendría que ponérmela para complacer a un monstruo.

Y lo que más me daba asco era pensar que ese hombre me tocara; yo no quería que se me acercara, ni que me mirara, ni que me tuviera cerca.

Entonces una de las sirvientas me habló, sacándome de esos pensamientos:

—Señora, la maquillaremos y luego la ayudaremos a ponerse la ropa interior.

Me senté en el asiento del tocador, y la mujer empezó a aplicarme base para cubrir mis ojos hinchados. Después tomó la prenda con cuidado: el roce suave de la seda y el encaje blanco sobre mi piel hizo que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza.

Luego me pusieron una bata de felpa gruesa, suave como una nube, que caía hasta mis pies con mangas largas y anchas; ocultaba hasta el último detalle de lo que llevaba debajo, nada se traslucía, nada se adivinaba.

Después me echaron demasiado perfume; sentía que el aroma me envolvía con fuerza, brillaba en mi piel y a la vez me ahogaba.

Abrí la puerta de mi habitación y caminé con pasos lentos en dirección a su alcoba. El pasillo se sentía demasiado corto, como si el camino se hubiera hecho pequeño para no darme tiempo de huir; ya se alcanzaba a ver la luz dorada que se filtraba por las rendijas de su puerta. Mi cuerpo temblaba entero, las manos me sudaban, y las piernas me fallaban tanto que llegué a pensar que no podría dar ni un paso más.

…y salir corriendo así hasta mi cuarto, encerrarme con llave… o mejor aún: desaparecer, irme a donde nadie me pudiera encontrar jamás.

Antes de que me diera cuenta, ya estaba de pie frente a su puerta. Además, se escuchaba un murmullo de su voz al otro lado de la madera; parecía que Damián estaba hablando por teléfono. Toqué suavemente y él colgó la llamada al instante. Al momento se escuchó su voz, arrogante y fría como siempre:

—Adelante.

Empujé la puerta y entré. Lo vi sentado al borde de la cama, con la camisa desabrochada cayendo sobre sus hombros, dejando ver su torso tatuado y la piel todavía húmeda; gotas de agua corrían por su pecho, señal clara de que acababa de salir de la ducha. En una mano sostenía una copa de licor, a medio terminar.

Me recorrió con la mirada despacio, cargada de fastidio… como si solo con tenerme enfrente, mi presencia le resultara molesta. Pero cuando sus ojos bajaron lentamente hasta la bata de felpa y adivinó lo que llevaba escondido debajo, tomó la copa, se la llevó a los labios y se la bebió de un solo trago.

—No te hubieras molestado en ponerte ese disfraz.

—Claro que no quería ponérmelo. ¿Crees que me agrada la idea de vestirme así para un monstruo como tú? Lo hice porque me la llevaron a mi habitación, pensando que tú la habías mandado.

—Claro que no. Ni siquiera con ese traje logras despertar en mí el más mínimo deseo.

—¿Para qué me obligan a usar esto entonces? No entiendo ¿por qué ordenaste traerme esta ropa maldita?

—Basta, Valeria. No estás aquí para escuchar tus reclamos.

Damián seguía sentado al borde de la cama, sirviéndose más licor y bebiéndoselo de un trago, como si fuera agua común y corriente.

—Quítate esa bata.

Escupió esas palabras de golpe, bruscas, sin el más mínimo rastro de sentimiento. Me fui quitando la prenda muy despacio, como si cada movimiento me costara el alma, como si no quisiera dejarla caer… hasta que quedó a la vista mi conjunto de encaje blanco, que marcaba cada curva de mi cuerpo y dejaba el escote casi al descubierto. Sus ojos se clavaron lentamente en mí; dejó caer la copa sobre la mesa de noche, sin apartar la mirada ni un segundo.

Se puso de pie, se acercó a mí y me tomó por los hombros; pero no pronunció ni una sola palabra. Sentía cómo se me erizaba la piel entera, y por unos instantes, una idea absurda cruzó mi mente: pensé que tal vez, solo tal vez, el hombre que tenía enfrente sentía algo por mí… pero estaba profundamente equivocada.

Sus manos subieron hasta mi cuello, rodearon mi garganta y ejercieron una presión suave pero firme, obligándome a inclinar el rostro hacia él y sostenerle la mirada.

—Te voy a demostrar muchas cosas hoy… y te aseguro que ninguna de ellas será amor.

Me acostó sobre la cama y empezó a quitarme la ropa interior como si fuera un simple objeto, algo sin valor. En unos momentos me dejó completamente desnuda. Él también se despojó de su camisa y sus pantalones, con la misma indiferencia absoluta. Ni un beso, ni una caricia, ni el menor rastro de deseo verdadero. Me tomó con fuerza por la cadera y, sin compasión alguna, se apoderó de mi cuerpo.

Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas sin detenerse. Jamás en mi vida me había imaginado que mi primera vez sería así: sin amor, sin ternura, solo obligación y dolor. Mientras él seguía, con la respiración acelerada, sus manos apretando mis costillas para mantenerme pegada a su cuerpo, su boca presionada contra mi cuello… después de un acto intenso y brutal, se apartó de mí de golpe, con la piel empapada en sudor, como si nada hubiera pasado.

Apretó los puños contra las sábanas para incorporarse por completo, con el rostro lleno de fastidio por todo lo que acababa de ocurrir. Tomó su copa de licor y se la bebió de un solo trago.

—Te puedes marchar. Esto ha concluido.

Lo miré con odio; un odio profundo, helado y absoluto. Agarré mi bata y me cubrí lo más rápido que pude. Lo único que quería era salir de ahí, alejarme de él. Lo odiaba con toda mi alma. Abrí la puerta y la cerré de un portazo, caminando directo hacia mi habitación.

Me metí en la ducha; lo que más deseaba era borrar de mi piel, de mi cuerpo, cada rastro, cada huella de lo que acababa de pasar. Me puse a llorar desconsoladamente; me dolía hasta el alma solo de pensar que estaba totalmente atada a su voluntad… y que no tenía poder, ni forma, ni salida para cambiar nada.

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