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El dolor en la nuca era lo único que le recordaba que seguía viva, aunque a veces deseaba no hacerlo. Cada bache del viejo camino rural se traducía en una punzada eléctrica justo donde solía estar su marca, ahora reducida a una cicatriz rugosa, violácea y mal cicatrizada. Con la mirada perdida tras el cristal empañado del autobús, contemplaba cómo la densa niebla devoraba los pinos del valle. Su propio aroma, que alguna vez había sido dulce y vibrante, apenas si existía; era un rastro fantasmal, marchito por el miedo, los dias de huida y la agonía silenciosa de un lazo roto a la fuerza.
A ella no la habían enlazado por amor, ni siquiera por instinto; la habían encadenado en un matrimonio forzado por puro poder político y estatus. Su alfa jamás la quiso, y el día que decidió que ella ya no le era útil, rompió el vínculo sin piedad, empujándola al borde de la locura. El desgarro psíquico había sido brutal. No solo le quitaron su estatus, sino que le arrebataron la voz de su loba, dejándola en un vacío existencial donde su propia naturaleza se sentía como una intrusa. Ella no había huido para salvarse; había escapado con la esperanza de que el invierno de la montaña acelerara lo inevitable. Buscaba un lugar donde dejar ir a su loba, silenciar los últimos vestigios de aquel instinto que aún le pedía luchar, y finalmente entregar su patética vida a la tierra fría. Cuando el transporte se detuvo en la entrada de aquel recóndito sendero, un escalofrío la recorrió. Nadie en la ruidosa ciudad sabía que estaba allí, tampoco nadie la buscaba. El mapa apenas si registraba este lugar. Solo habia oido rumores sobre este lugar, algunos decian que existe una comunidad aislada, otros hablan de un santuario en medio de la nada protegido con fiereza por dos alfas que le habían dado la espalda a las leyes de la sociedad, poco le importaba si aquellos rumores eran ciertos o no. Al bajar los escalones del autobús, el aire frío de la montaña le llenó los pulmones, pero lo que realmente la hizo detenerse fue la atmósfera del lugar. No había feromonas agresivas, ni el caos ensordecedor del que venía. Solo el olor a tierra mojada, madera de pino y una extraña, casi dolorosa, sensación de paz. Caminó con paso vacilante por el sendero. Sus botas gastadas, se hundían en la hojarasca húmeda. Cada paso era un esfuerzo titánico; sentía su cuerpo como un cristal a punto de estallar. Quería llegar al corazón del bosque, lejos de cualquier rastro de civilización, para acostarse bajo el dosel de los pinos y esperar a que su loba, débil y moribunda, se apagara definitivamente. Sin embargo, el bosque no parecía querer dejarla avanzar hacia el olvido. A medida que se internaba, el aire comenzó a cambiar. Ya no era solo naturaleza; era una presencia imponente. El silencio del lugar no era ausencia de vida, sino una vigilancia absoluta. De pronto, se oyo ruido y voces, la maleza se apartó frente a ella, revelando a dos hombres, imponentes, cuya presencia no recordaba en absoluto a la crueldad de su antiguo alfa. Se encontraban trozando leña, No irradiaban la soberbia del poder político, sino una fuerza telúrica, antigua y profundamente arraigada. De pronto sus miradas cayeron en ella aunque alertas, no buscaban dominarla. —No es el lugar para andar de paseo —dijo uno de ellos, con una voz que vibró en el pecho de ella como una nota grave y cálida. Era un alfa de primer nivel, pero su aura no buscaba aplastarla, sino, extrañamente, sostenerla. Al verla —tan frágil, casi transparente, con la marca de su nuca palpitando como una herida abierta— los dos se detuvieron en seco. No hubo gruñidos, ni una orden de sumisión. Hubo algo mucho más desconcertante: reconocimiento. Ella intentó hablar, pero un espasmo de dolor le bloqueó la garganta. Sus piernas cedieron. Había caminado cientos de kilómetros para morir sola, para dejar que la nieve cubriera su cuerpo y borrara su existencia, pero ante la mirada de esos dos extraños, su loba —aquella entidad que ella creía casi muerta— dio un latido sordo, casi agónico, contra las paredes de su alma. No era un latido de miedo, sino un suspiro de rendición ante algo que se sentía, por primera vez en años, como un refugio. —Tranquila, dejate caer —murmuró el segundo alfa, acercándose con una lentitud respetuosa que ella jamás había experimentado. Cuando se desplomó, no encontró la tierra fría del bosque. Encontró el calor de unos brazos que no pedían, ni exigían, ni poseían. Mientras su conciencia se desvanecía en la penumbra del cansancio absoluto, una parte de ella, muy en el fondo, comprendió con terror y alivio que su plan de morir había fallado estrepitosamente. Aquellos alfas no estaban allí para dejarla ir; estaban allí para recoger los pedazos de lo que ella se había convencido de que ya no tenía arreglo.La tranquilidad de la residencia se rompió cuando un guardia entró apresuradamente en la sala donde Maia se encontraba con Aiden y Silas. Su expresión era seria, y antes de hablar dirigió una mirada inquieta hacia los dos gemelos. —Alfa, hay alguien que exige hablar con usted. Dice que se trata de un asunto relacionado con una omega bajo su protección. Aiden dejó el documento que estaba leyendo sobre la mesa. —¿Quién es? El guardia vaciló un instante antes de responder. —Dice ser El alfa Estefan del imperio crital de la ciudad. El nombre que pronunció después hizo que Maia se quedara completamente inmóvil. Por un momento, el ruido de la habitación pareció desaparecer. Su respiración se volvió irregular y sus dedos se cerraron alrededor de la tela de su ropa, mientras un recuerdo que había intentado mantener enterrado comenzaba a abrirse paso en su mente. Un rostro, una voz cargada de desprecio y la certeza de que, para aquel hombre, ella nunca había sido alguien a quien valiera
Maia apenas había conseguido dormir aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba a la montaña y escuchaba la voz de su madre llamándola desde el otro lado de la puerta. Sin embargo, ahora había otra imagen que se repetía en su mente: Aiden y Silas de pie a su lado, tan distintos en sus maneras de actuar, pero unidos por una conexión que parecía extenderse también hacia ella. No sabía si la explicación de la curandera era suficiente para comprender lo que estaba sintiendo, aunque había una certeza que no podía ignorar: cuando estaba cerca de los gemelos, su loba se tranquilizaba y aquella sensación de estar incompleta parecía disminuir. A la mañana siguiente, Maia encontró a Aiden en el jardín, sentado junto a uno de los árboles que rodeaban la residencia. Él levantó la mirada cuando la vio acercarse y le hizo un gesto para que se sentara a su lado. —¿Pudiste descansar? —preguntó. —Un poco, Aunque creo que tengo demasiadas cosas en la cabeza para dormir bien. Aiden d
El regreso a la residencia fue más silencioso de lo que Maia esperaba. Aunque había conseguido alejarse de la puerta de piedra, una parte de ella parecía haberse quedado en aquella montaña, junto a la voz que la había llamado desde el otro lado. No podía dejar de pensar en su madre, en la llave que necesitaban para abrir la entrada y en la extraña sensación que había experimentado cuando tocó los símbolos. Sin embargo, había algo más que la inquietaba: desde que habían abandonado el bosque, podía sentir a Aiden y Silas de una manera diferente, como si la distancia entre ellos se hubiera reducido hasta volverse casi inexistente. Cuando Aiden le ofreció su mano para ayudarla a subir los escalones de la residencia, Maia aceptó sin pensarlo. El contacto fue breve, pero una sensación cálida se extendió por su pecho, acompañada de una tranquilidad que no había sentido desde que sus recuerdos comenzaron a despertar. Lo extraño fue que, cuando Silas se acercó para preguntarle si se encontrab
El silencio de la montaña parecía haberse vuelto más profundo después de que Maia escuchara aquella voz. Permanecía frente a la antigua puerta de piedra, con una mano apoyada contra su pecho y los ojos fijos en los símbolos que habían brillado unos segundos antes. No sabía cómo explicarlo, pero aquella voz había despertado algo dentro de ella, un recuerdo que no conseguía alcanzar y que, al mismo tiempo, le provocaba una tristeza que no podía comprender. —Maia, tenemos que regresar —dijo Aiden, acercándose con cautela —No sabemos qué hay detrás de esa puerta ni qué podría ocurrirte si intentas abrirla. Ella negó lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada de la piedra. —La escuché Aiden. Era ella, estoy segura. No sé cómo puedo recordarla si apenas tengo recuerdos de mi infancia, pero era la voz de mi madre. Silas observó los símbolos grabados en la entrada y después miró a su hermano. Había algo extraño en aquel lugar, una sensación que no podía atribuir únicamente a la magia
La mañana transcurrió con una tranquilidad poco habitual en la residencia, aunque Maia sabía que aquella calma no duraría demasiado. Después de lo ocurrido la noche anterior, la curandera le había recomendado descansar y evitar cualquier situación que pudiera alterar nuevamente a su loba, pero había algo que no conseguía quitarse de la cabeza: la puerta de piedra.Cada vez que cerraba los ojos, la imagen regresaba con mayor claridad. Podía distinguir los árboles que rodeaban el lugar, la nieve cubriendo el suelo y aquella silueta femenina que parecía esperarla al otro lado. No sabía si se trataba de un recuerdo verdadero o de una visión creada por su loba, pero necesitaba descubrirlo.Cuando Aiden y Silas entraron en su habitación, la encontraron sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en la montaña.—Antes de que digas algo, quiero que sepas que me encuentro bien —dijo Maia, anticipándose a cualquier pregunta.Silas arqueó una ceja.—Todavía no hemos dicho nada.—Pero estab
La mañana llegó lentamente a la residencia. Después de una noche que había parecido interminable, finalmente todo había vuelto a la calma. Maia continuaba descansando en su habitación, mientras la curandera había insistido en que nadie la molestara durante varias horas. Aiden y Silas tampoco habían dormido, pero ahora cada uno se encontrban en sus respectivos cuartos. Después de haber permanecido junto a Maia durante tanto tiempo, ambos se encontraban agotados. Habían conseguido estabilizarla, pero la curandera había sido clara: todavía debían observarla durante los próximos días. La noticia no tardó en recorrer la residencia. No todos conocían los detalles de lo ocurrido, pero sí sabían que los dos alfas habían permanecido durante horas junto a una omega que había llegado a la manada completamente debilitada. Y las conversaciones comenzaron. En uno de los corredores, dos omegas hablaban en voz baja. —¿Es verdad que estuvieron toda la noche con ella? —Eso dicen, y yo pude ver







