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Capítulo 002

Author: Agatha
last update publish date: 2026-09-13 09:14:16

La huida

Capítulo 002

Una risa breve y sin humor escapó de sus labios.

—¿Quieres conocer la peor parte del escorpión?

Asia sintió que el miedo le subía por la espalda.

—Ya conozco la peor parte de usted.

La expresión de él se volvió letal.

—No, solo conoces la parte que te he permitido ver —se inclinó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. Soy cruel, Asia. Muy cruel. Tan letal  como el veneno de un Escorpión,  Y esto termina cuando yo quiera.

Ella sostuvo su mirada, aunque el corazón le golpeaba con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo.

¿Más cruel que durante esos dos años?

No había mostrado interés por ella. No la había tratado como a una mujer, mucho menos como a alguien importante. Asia había cumplido cada condición del acuerdo. Había soportado sus ausencias, sus humillaciones y aquella relación sin nombre.

Hoy era su último día.

—No puede obligarme a quedarme.

Los ojos de Lorenzo destellaron.

—¿Quieres comprobarlo?

Asia se quedó sola, con la respiración entrecortada y el corazón a punto de estallar.

La puerta se había cerrado detrás de Lorenzo, pero su presencia seguía allí: en el aire, en el silencio de la habitación y en la marca ardiente que sus dedos habían dejado bajo su barbilla.

Había escapado de él. O eso quería creer.

Lorenzo Costello, conocido como «El Escorpión», poseía unos rasgos perfectos, casi esculpidos por un artista: una mirada penetrante y un porte imponente que inspiraban respeto y temor. Era dueño de los casinos más lujosos de Italia y, de cara al mundo, un exitoso empresario.

Pero, tras aquella imagen impecable, se ocultaba un poder brutal, antiguo y silencioso.

A los treinta años, después de la emboscada en la que asesinaron a su padre, Lorenzo se convirtió en el don del clan de la Cosa Nostra. Recientemente se había casado con la hija de un criminal ruso para fortalecer su dominio y consolidar una alianza que podía cambiar el equilibrio del poder en Sicilia.

Su frialdad, arrogancia y crueldad eran legendarias. Quienes lo conocían lo describían como un monstruo con el corazón sellado; un hombre cuyo veneno no necesitaba tocar la piel para hacer daño.

Apenas puso un pie fuera del edificio, el celular vibró en su mano.

El sonido la hizo detenerse. Durante un segundo, creyó que era Lorenzo, que la llamaría para ordenarle que regresara de inmediato.

Pero era Rita, su mejor amiga. Contestó de inmediato.

—¿Lista para empezar una vida en Roma? —La voz de Rita estaba cargada de emoción, aunque no logró ocultar la preocupación—. Te espero en el aeropuerto. Tengo tu maleta lista.

—Llego en quince minutos.

Subió al auto que la esperaba y cerró la puerta con manos temblorosas. Solo entonces se atrevió a mirar por la ventana.

El edificio donde tantas veces se había encontrado con Lorenzo se alzaba frente a ella, oscuro e imponente. Había entrado allí creyendo que podría controlar el trato. Había salido convertida en una mujer que ya no sabía distinguir entre el deseo y la dependencia.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

¿Qué pasaría si mañana no llegaba? La pregunta se instaló en su cabeza con una claridad aterradora.

No sabía si el vacío que sentía en el pecho era miedo, tristeza por no volver a verlo o dolor por haber desperdiciado dos años con el hombre equivocado. Tal vez era todo al mismo tiempo.

Lo único importante era que estaba a punto de empezar de nuevo, lejos de Sicilia y de las reglas de Lorenzo.

Había ganado una beca para cursar un posgrado en Gerencia Internacional en Roma. Era su oportunidad de recuperar la vida que había dejado en pausa. Y, aunque su amante se hubiera negado a soltar sus cadenas, ella no pensaba pedirle permiso. Huiría.

Cuando llegó al aeropuerto, Rita corrió hacia ella con las maletas. Apenas la vio, su sonrisa desapareció.

—Asia… —la llamó, observando su rostro pálido—. ¿Se negó?

No respondió. No hacía falta.

Rita soltó una maldición y tomó una de sus maletas.

—Malditos mafiosos. ¿Qué te dijo?

—Que el trato termina cuando él quiera.

—Ese hombre está enfermo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes —Rita la obligó a detenerse—. Lo sabes con la cabeza, pero no con el corazón.

Asia apartó la mirada. Rita la conocía demasiado bien. Era la única persona a la que no podía engañar durante mucho tiempo.

—Cumplí el tiempo estipulado —dijo, intentando que su voz sonara firme—. No tengo por qué seguir atada a su mundo criminal.

—Entonces, ¿por qué te duele tanto decir que te vas?

Asia apretó los labios. Rita la observó con una mezcla de rabia y tristeza.

—Te enamoraste de ese monstruo, aunque no quieras admitirlo.

—No —la negación salió demasiado rápido.

—Asia…

—Sé perfectamente lo que significaba para él —se abrazó a sí misma—. Solo le importaba lo que podía obtener de mí.

—Exactamente. Te llamaba cuando quería sexo y desaparecía cuando dejabas de serle útil.

Cada palabra se clavaba en una herida abierta.

—Me da miedo cómo reaccionará si no aparezco mañana.

—Probablemente busque a otra para follar y ya —dijo, con voz amarga, pero cargada de verdad.

Su amiga tenía razón. Lorenzo la reemplazaría sin dudar. Lo más seguro era que ni siquiera se diera cuenta de su ausencia, que no la extraña, que no la llamara, que se olvidara de su existencia.

Asia lloró mucho después de aceptar sus sentimientos, justo después de que Lorenzo se casara.

No había llorado frente a él. Nunca le había dado ese placer. Había esperado hasta quedarse sola, encerrada en el pequeño apartamento que alquilaba con Rita cerca del casino.

Lloró por las noches en las que había esperado una palabra amable. Por cada mirada que confundió con deseo y por cada gesto de posesión que quiso interpretar como amor. Lloró por la versión de sí misma que había entregado a un hombre incapaz de quererla.

Pero esa noche, mientras el avión despegaba rumbo a Roma, Asia decidió que no volvería a mirar atrás.

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