Mag-log inLa huida
Capítulo 002
Una risa breve y sin humor escapó de sus labios.
—¿Quieres conocer la peor parte del escorpión?
Asia sintió que el miedo le subía por la espalda.
—Ya conozco la peor parte de usted.
La expresión de él se volvió letal.
—No, solo conoces la parte que te he permitido ver —se inclinó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. Soy cruel, Asia. Muy cruel. Tan letal como el veneno de un Escorpión, Y esto termina cuando yo quiera.
Ella sostuvo su mirada, aunque el corazón le golpeaba con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo.
¿Más cruel que durante esos dos años?
No había mostrado interés por ella. No la había tratado como a una mujer, mucho menos como a alguien importante. Asia había cumplido cada condición del acuerdo. Había soportado sus ausencias, sus humillaciones y aquella relación sin nombre.
Hoy era su último día.—No puede obligarme a quedarme.
Los ojos de Lorenzo destellaron.
—¿Quieres comprobarlo?
Asia se quedó sola, con la respiración entrecortada y el corazón a punto de estallar.
La puerta se había cerrado detrás de Lorenzo, pero su presencia seguía allí: en el aire, en el silencio de la habitación y en la marca ardiente que sus dedos habían dejado bajo su barbilla.
Había escapado de él. O eso quería creer.
Lorenzo Costello, conocido como «El Escorpión», poseía unos rasgos perfectos, casi esculpidos por un artista: una mirada penetrante y un porte imponente que inspiraban respeto y temor. Era dueño de los casinos más lujosos de Italia y, de cara al mundo, un exitoso empresario.
Pero, tras aquella imagen impecable, se ocultaba un poder brutal, antiguo y silencioso.
A los treinta años, después de la emboscada en la que asesinaron a su padre, Lorenzo se convirtió en el don del clan de la Cosa Nostra. Recientemente se había casado con la hija de un criminal ruso para fortalecer su dominio y consolidar una alianza que podía cambiar el equilibrio del poder en Sicilia.
Su frialdad, arrogancia y crueldad eran legendarias. Quienes lo conocían lo describían como un monstruo con el corazón sellado; un hombre cuyo veneno no necesitaba tocar la piel para hacer daño.
Apenas puso un pie fuera del edificio, el celular vibró en su mano.
El sonido la hizo detenerse. Durante un segundo, creyó que era Lorenzo, que la llamaría para ordenarle que regresara de inmediato.
Pero era Rita, su mejor amiga. Contestó de inmediato.
—¿Lista para empezar una vida en Roma? —La voz de Rita estaba cargada de emoción, aunque no logró ocultar la preocupación—. Te espero en el aeropuerto. Tengo tu maleta lista.
—Llego en quince minutos.
Subió al auto que la esperaba y cerró la puerta con manos temblorosas. Solo entonces se atrevió a mirar por la ventana.
El edificio donde tantas veces se había encontrado con Lorenzo se alzaba frente a ella, oscuro e imponente. Había entrado allí creyendo que podría controlar el trato. Había salido convertida en una mujer que ya no sabía distinguir entre el deseo y la dependencia.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
¿Qué pasaría si mañana no llegaba? La pregunta se instaló en su cabeza con una claridad aterradora.
No sabía si el vacío que sentía en el pecho era miedo, tristeza por no volver a verlo o dolor por haber desperdiciado dos años con el hombre equivocado. Tal vez era todo al mismo tiempo.
Lo único importante era que estaba a punto de empezar de nuevo, lejos de Sicilia y de las reglas de Lorenzo.
Había ganado una beca para cursar un posgrado en Gerencia Internacional en Roma. Era su oportunidad de recuperar la vida que había dejado en pausa. Y, aunque su amante se hubiera negado a soltar sus cadenas, ella no pensaba pedirle permiso. Huiría.
Cuando llegó al aeropuerto, Rita corrió hacia ella con las maletas. Apenas la vio, su sonrisa desapareció.
—Asia… —la llamó, observando su rostro pálido—. ¿Se negó?
No respondió. No hacía falta.
Rita soltó una maldición y tomó una de sus maletas.
—Malditos mafiosos. ¿Qué te dijo?
—Que el trato termina cuando él quiera.
—Ese hombre está enfermo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —Rita la obligó a detenerse—. Lo sabes con la cabeza, pero no con el corazón.
Asia apartó la mirada. Rita la conocía demasiado bien. Era la única persona a la que no podía engañar durante mucho tiempo.
—Cumplí el tiempo estipulado —dijo, intentando que su voz sonara firme—. No tengo por qué seguir atada a su mundo criminal.
—Entonces, ¿por qué te duele tanto decir que te vas?
Asia apretó los labios. Rita la observó con una mezcla de rabia y tristeza.
—Te enamoraste de ese monstruo, aunque no quieras admitirlo.
—No —la negación salió demasiado rápido.
—Asia…
—Sé perfectamente lo que significaba para él —se abrazó a sí misma—. Solo le importaba lo que podía obtener de mí.
—Exactamente. Te llamaba cuando quería sexo y desaparecía cuando dejabas de serle útil.
Cada palabra se clavaba en una herida abierta.
—Me da miedo cómo reaccionará si no aparezco mañana.
—Probablemente busque a otra para follar y ya —dijo, con voz amarga, pero cargada de verdad.
Su amiga tenía razón. Lorenzo la reemplazaría sin dudar. Lo más seguro era que ni siquiera se diera cuenta de su ausencia, que no la extraña, que no la llamara, que se olvidara de su existencia.
Asia lloró mucho después de aceptar sus sentimientos, justo después de que Lorenzo se casara.
No había llorado frente a él. Nunca le había dado ese placer. Había esperado hasta quedarse sola, encerrada en el pequeño apartamento que alquilaba con Rita cerca del casino.
Lloró por las noches en las que había esperado una palabra amable. Por cada mirada que confundió con deseo y por cada gesto de posesión que quiso interpretar como amor. Lloró por la versión de sí misma que había entregado a un hombre incapaz de quererla.
Pero esa noche, mientras el avión despegaba rumbo a Roma, Asia decidió que no volvería a mirar atrás.
Capítulo 047Carretera sangrienta.Los días en la casa de los acantilados habían sido un paréntesis de paz que ninguno de los dos sabía que necesitaba.Las camionetas blindadas avanzaban por las carreteras costeras de regreso a la villa.En la parte trasera, abrazados, se encontraban los esposos. Asia tenía la cabeza recostada en el hombro de Vicenzo, jugueteando con los dedos de él, mientras Vicenzo le acariciaba la oreja con el pulgar.—Si fuéramos una pareja normal, estaríamos pensando en comprarnos una casa en el campo —murmuró ella con los ojos cerrados.—Si fuéramos normales, estaríamos bebiendo vino en la Toscana —contestó él—. Pero si quieres, podemos mirar casas de campo.—¿De verdad? —preguntó Asia emocionada, aferrándose con más fuerza al torso de su esposo.—Mi amor, te compraré las estrellas si eso te hace feliz.Vicenzo le tomó la barbilla con delicadeza y plantó un beso tierno en su frente.—Te amo, piccola.Un destello metálico cruzó el parabrisas a toda velocidad.El
Capítulo 046La sombra del Diablo.El trayecto hacia la costa de la Campania se realizó entre diez camionetas blindadas y lanchas patrullando por el mar.La casa de la playa era una mansión imponente de color blanco sobre los acantilados, con el sonido de las olas rompiendo abajo.En el perímetro exterior, escondidos estratégicamente entre las rocas, los hombres de Gael establecieron el cerco de protección del Don y su esposa.Asia observaba desde la terraza la belleza del paisaje en absoluto silencio; solo se escuchaba el murmullo de las olas rompiendo contra el acantilado.—¿Te gusta?Los brazos de Vicenzo la rodearon por la espalda, acariciando su cintura mientras besaba su cuello.—Es hermoso… —admitió Asia con un hilo de voz, contemplando la inmensidad del mar—. Parece un paraíso, muy distinto a nuestro mundo.—Lo es —repuso él, subiendo el beso hasta el lóbulo de la oreja, donde dio un leve mordisco—. Y por los próximos días será nuestro paraíso, un mundo donde solo existiremos
Capítulo 045Luna de MielLa mirada de Vicenzo sobre la pantalla del teléfono estaba inyectada en sangre. Las venas de las sienes palpitaban violentamente mientras repasaba, una a una, las amenazas enviadas por Lorenzo durante los últimos tres meses.—Contéstame, Asia. ¿Cuánto tiempo tiene este malnacido acosándote?El teléfono le temblaba entre la mano, apretándolo con una rabia descomunal.—No te preocupes… son solo correos —respondió ella en un hilo de voz tembloroso, evitando su mirada—. Son solo textos en una pantalla. Por favor… solo quiero estar sola. Necesito dormir un rato.Vicenzo le hizo una seña a Gael para que saliera de la suite.Asia se lanzó sobre la enorme cama y se escondió bajo las sábanas. Encogiéndose en posición fetal, estalló en un llanto desgarrador cargado de miedo y culpa, sollozando mientras maldecía su propia existencia.—Mi amor… —dijo él con el corazón roto de ver a su esposa en esa posición—. Respira profundo —acariciando el cabello de su esposa con una
Capítulo 044La paciencia del DonVicenzo no insistió. Sabía perfectamente que cualquier palabra pronunciada bajo el peso de la culpa sonaría a lástima para su esposa. En lugar de alargar la discusión, se alejó varios pasos de ella, la miró en silencio durante unos segundos eternos y salió de la suite sin armar escándalos que empeoraran su situación.A la mañana siguiente, el ritmo de la villa cambió drásticamente.Cuando Gael entró al centro de mando a primera hora con la carpeta de informes sobre el bloqueo marítimo de Sicilia, encontró la mesa del Don vacía. Vicenzo estaba de pie frente al ventanal con una taza de café en la mano, vistiendo una camisa de lino abierta en el cuello y sin la armadura que normalmente tenía de Don en combate.—Cancélame todas las reuniones presenciales de esta semana —ordenó Vicenzo sin girarse—. La cúpula de la red puede comunicarse contigo. Tú tomarás las decisiones de logística y firmarás los despachos del puerto.Gael frunció el ceño, sorprendido
Capítulo 043Un golpe de hieloVicenzo retrocedió un par de pasos, abrumado por la realidad de ver a su esposa en esas condiciones. Se quedó de pie en medio de la suite principal, con la mirada fija en el suelo y los puños apretados a ambos lados del cuerpo. La culpa, fría e implacable, le oprimía el pecho con la fuerza de un disparo a quemaropa. Su orgullo de Don, esa coraza que había mantenido intacta durante tres largos meses para castigarla por sus palabras, se derrumbó en pedazos.Unos segundos después, el sonido del picaporte anunció la salida de Asia.Ella cruzó la puerta ajustándose la gabardina de terciopelo, intentando proyectar una postura erguida que le exigía un esfuerzo sobrehumano. Tenía el cabello recogido en un moño desenfadado y las mejillas pálidas.Al ver a Vicenzo parado en el centro de la estancia, mirándola con una intensidad desgarradora, Asia frunció levemente el ceño. Adoptó un tono de voz deliberadamente casual, ligero, buscando a toda costa maquillar el m
Capítulo 042El espejoTres meses habían transcurrido desde la noche de la acalorada discusión con su esposo.Asia apenas comía. Una manzana por la mañana, un par de bocados de ensalada al almuerzo que solo mareaba con el tenedor para disimular ante la servidumbre y evitar que alguien hiciera preguntas incómodas. La comida le sabía amarga. Su cuerpo, sometido a un estrés continuo durante el último año, comenzó a facturarle cada golpe, cada susto y cada lágrima derramada.A ese tormento silencioso se sumaban los fantasmas que la acechaban desde la pantalla de su teléfono. Había recibido correos electrónicos anónimos desde direcciones encriptadas. No necesitaba una firma ni una confirmación para saber de quién venían: era Lorenzo desde las colinas de Sicilia.El primero era una sentencia directa, fría y despiadada: «La próxima vez que te tenga de frente, no habrá catedrales, ni señuelos, ni guardias de Nápoles que te salven. Te voy a matar con mis propias manos».El segundo, recibido d







