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El pacto
Capítulo 001
—Ah… De verdad extrañaba esto, Asia —susurró Lorenzo, bombeando con fuerza sobre el cuerpo tembloroso de ella. Cada movimiento era un vaivén poderoso, un latido salvaje que hacía vibrar cada fibra de su piel, mientras un gemido contenido se escapaba de los labios de Asia.
La delgada mano de ella se aferraba con desesperación a su espalda, hundiendo los dedos en la piel cálida y sudorosa, percibiendo la tensión de sus músculos firmes, como si fueran cuerdas a punto de romperse.
—Dilo —ordenó con voz ronca, sintiendo cómo el cuerpo de Asia se rendía al suyo, envolviéndose en una danza rítmica—. ¡Ah! ¡Maldita sea! Me encanta —jadeó, respirando entrecortado; sus ojos verdes brillaban con un deseo profundo.
—Sí, así, señor… Ah… Eres increíble —susurró ella.
La piel de Lorenzo, brillante por el sudor como si estuviera cubierta de aceite, se reflejaba bajo la luz tenue del pent-house; cada gota acentuaba la fuerza brutal de sus músculos.
El clímax llegó como una ola imparable, envolviéndolos en un silencio denso y pesado.
Lorenzo se apartó sin mirarla. Encendió un cigarrillo y caminó hacia el balcón con la misma arrogancia de siempre. Asia permaneció inmóvil, mirando el techo, mientras un dolor helado le oprimía el pecho.
Desde el balcón le llegó la voz de él, suave y afectuosa, mientras conversaba con su esposa.
—Sí, cariño. Yo también te extraño.
Cada palabra atravesó a Asia con una precisión cruel. Se cubrió el rostro con una mano y contuvo el sollozo que le subía por la garganta. No tenía derecho a llorar. Al menos, eso era lo que se repetía desde hacía dos años.
Pero aquella noche era distinta.
Aquella noche terminaba el trato.
El recuerdo de cómo había comenzado todo regresó con una claridad insoportable.
—Por favor, señor… No mate a mi hermano —rogó Asia, arrodillada frente al escritorio—. Haré lo que quiera. Lo que sea.
Lorenzo la observó desde su sillón de cuero. El humo del tabaco se arremolinaba entre ambos y hacía que su rostro pareciera todavía más distante.
—¿Qué puede ofrecerme una simple mesera?
Asia bajó la mirada.
En su bolso solo llevaba doscientos euros: la propina de una noche miserable. Su hermano debía trece mil euros en el casino donde ella trabajaba. Una deuda que Lorenzo podía cobrar de la forma que quisiera.
—No tengo dinero —susurró.
—Eso ya lo sé.
El silencio se volvió insoportable.
Asia apretó los dedos contra la tela de su falda. No quería pronunciarlo. Sabía que, después de hacerlo, no habría vuelta atrás.
—Puedo ofrecerle lo único que tengo de valor.
Lorenzo ladeó la cabeza.
—¿Y qué es eso?
Ella levantó los ojos, humillada y aterrorizada.
—Mi virginidad —dijo con voz suave, tanto que sonó como un susurro.
—Desnúdate —ordenó con voz seca, clavando en ella una mirada que no admitía réplica.
Lo que ocurrió después quedó enterrado bajo el olor a whisky, el humo y la vergüenza. Cuando terminó, Lorenzo ni siquiera pareció satisfecho. Asia se vistió en silencio, con las manos temblorosas, mientras él revisaba unos documentos sobre el escritorio.
—Tu virginidad no saldará la deuda de tu hermano —dijo finalmente—. Pero hoy me siento generoso.
Asia se quedó inmóvil.
—Dos años —continuó él—. Como mi puta, trabajarás gratis en mis casinos y acudirás a todos nuestros encuentros cuando yo te lo ordene. Si cumples, tu hermano vivirá.
Ella tragó saliva.
—¿Y después?
Lorenzo levantó la mirada.
—Después veremos.
Asia supo entonces que no estaba aceptando un trato. Estaba entrando en una jaula.
—Acepto —murmuró.
El recuerdo se desvaneció.
Asia regresó al presente con el corazón acelerado. Dos años. Había cumplido cada orden, soportado cada humillación y aprendido a no esperar nada.
Se vistió con manos temblorosas mientras Lorenzo permanecía en el balcón. Desde allí, su mirada voraz recorría cada centímetro de su cuerpo desnudo, como si ya le perteneciera incluso antes de tocarla.
Era hermoso. Demasiado hermoso.
Y ella había sido lo bastante estúpida como para soñar con un amor que él jamás le daría.
Asia cerró el último botón de su blusa y respiró hondo. El aire no parecía llegarle a los pulmones.
—Debo terminar con esto hoy —se susurró, intentando que la voz no la traicionara—. ¿Lo aceptará?
No confiaba en la respuesta. Lorenzo nunca aceptaba perder el control.
Él regresó del balcón sin prisa. Tomó su vaso de whisky y se acercó con esa determinación fría e implacable que siempre conseguía ponerla en alerta. Sus ojos verdes brillaban con una malicia que le heló el alma.
—Señor, hoy se cumplen dos años del trato que hicimos —dijo—. Hasta hoy vengo a su pent-house. Hasta hoy trabajo en sus casinos.
Su voz tembló, pero no se quebró.
Lorenzo arqueó una ceja y bebió un sorbo de whisky.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—No me digas… —Una sonrisa burlona apareció en sus labios—. ¿Y qué se supone que significa eso?
Asia apretó las manos a los costados para impedir que notara cuánto le temblaban.
—Que el acuerdo termina hoy.
La sonrisa de Lorenzo desapareció.
Durante un instante, solo se escuchó el leve tintineo del hielo contra el cristal. Después, dejó el vaso sobre la mesa y se acercó un paso más.
—Desde hace dos años eres mía —dijo con una voz baja y peligrosa—. Un objeto para jugar, para follar y para hacer lo que me plazca.
Cada palabra le golpeó el pecho como un puñal. Asia sintió que se le cerraba la garganta, pero mantuvo la mirada fija en él.
—Tú me perteneces en cuerpo y alma —añadió Lorenzo, inclinándose hacia ella—. ¿De verdad creíste que podías decidir cuándo terminaba esto?
Asia trago saliva.
—Usted acaba de regresar de su luna de miel.
No sabía por qué había dicho aquello. Tal vez porque necesitaba recordarse que él tenía una esposa. Tal vez porque los celos le quemaban el pecho y ya no podía seguir fingiendo que no existían.
Los ojos de Lorenzo se estrecharon.
—¿Estás celosa?
Antes de que pudiera responder, él la tomó bruscamente de la barbilla y la obligó a mirarlo.
—Aquí no hay amor —sus dedos se cerraron con más fuerza—. Solo eres una zorra que me da placer.
El insulto dolió más de lo que debería.¿Celosa? ¿Cómo podría estar celosa de un hombre que solo la utilizaba? Lorenzo jamás le había prometido cariño. Nunca había mostrado interés por su vida ni le había ofrecido un gesto de ternura. Solo exigía, ordenaba y tomaba.
Y, aun así, ella había esperado.
Había esperado que aquellos dos años significaran algo.
Ella apartó la mirada con vergüenza.
—No. ¿Cómo podría enamorarme de usted? —mintió—. Sé cuál es mi lugar. Sé que estoy aquí para complacerlo, pero… han pasado dos años.
—¿Y?
—Cumplí mi parte del trato. Usted también debe cumplir la suya.
Capítulo 047Carretera sangrienta.Los días en la casa de los acantilados habían sido un paréntesis de paz que ninguno de los dos sabía que necesitaba.Las camionetas blindadas avanzaban por las carreteras costeras de regreso a la villa.En la parte trasera, abrazados, se encontraban los esposos. Asia tenía la cabeza recostada en el hombro de Vicenzo, jugueteando con los dedos de él, mientras Vicenzo le acariciaba la oreja con el pulgar.—Si fuéramos una pareja normal, estaríamos pensando en comprarnos una casa en el campo —murmuró ella con los ojos cerrados.—Si fuéramos normales, estaríamos bebiendo vino en la Toscana —contestó él—. Pero si quieres, podemos mirar casas de campo.—¿De verdad? —preguntó Asia emocionada, aferrándose con más fuerza al torso de su esposo.—Mi amor, te compraré las estrellas si eso te hace feliz.Vicenzo le tomó la barbilla con delicadeza y plantó un beso tierno en su frente.—Te amo, piccola.Un destello metálico cruzó el parabrisas a toda velocidad.El
Capítulo 046La sombra del Diablo.El trayecto hacia la costa de la Campania se realizó entre diez camionetas blindadas y lanchas patrullando por el mar.La casa de la playa era una mansión imponente de color blanco sobre los acantilados, con el sonido de las olas rompiendo abajo.En el perímetro exterior, escondidos estratégicamente entre las rocas, los hombres de Gael establecieron el cerco de protección del Don y su esposa.Asia observaba desde la terraza la belleza del paisaje en absoluto silencio; solo se escuchaba el murmullo de las olas rompiendo contra el acantilado.—¿Te gusta?Los brazos de Vicenzo la rodearon por la espalda, acariciando su cintura mientras besaba su cuello.—Es hermoso… —admitió Asia con un hilo de voz, contemplando la inmensidad del mar—. Parece un paraíso, muy distinto a nuestro mundo.—Lo es —repuso él, subiendo el beso hasta el lóbulo de la oreja, donde dio un leve mordisco—. Y por los próximos días será nuestro paraíso, un mundo donde solo existiremos
Capítulo 045Luna de MielLa mirada de Vicenzo sobre la pantalla del teléfono estaba inyectada en sangre. Las venas de las sienes palpitaban violentamente mientras repasaba, una a una, las amenazas enviadas por Lorenzo durante los últimos tres meses.—Contéstame, Asia. ¿Cuánto tiempo tiene este malnacido acosándote?El teléfono le temblaba entre la mano, apretándolo con una rabia descomunal.—No te preocupes… son solo correos —respondió ella en un hilo de voz tembloroso, evitando su mirada—. Son solo textos en una pantalla. Por favor… solo quiero estar sola. Necesito dormir un rato.Vicenzo le hizo una seña a Gael para que saliera de la suite.Asia se lanzó sobre la enorme cama y se escondió bajo las sábanas. Encogiéndose en posición fetal, estalló en un llanto desgarrador cargado de miedo y culpa, sollozando mientras maldecía su propia existencia.—Mi amor… —dijo él con el corazón roto de ver a su esposa en esa posición—. Respira profundo —acariciando el cabello de su esposa con una
Capítulo 044La paciencia del DonVicenzo no insistió. Sabía perfectamente que cualquier palabra pronunciada bajo el peso de la culpa sonaría a lástima para su esposa. En lugar de alargar la discusión, se alejó varios pasos de ella, la miró en silencio durante unos segundos eternos y salió de la suite sin armar escándalos que empeoraran su situación.A la mañana siguiente, el ritmo de la villa cambió drásticamente.Cuando Gael entró al centro de mando a primera hora con la carpeta de informes sobre el bloqueo marítimo de Sicilia, encontró la mesa del Don vacía. Vicenzo estaba de pie frente al ventanal con una taza de café en la mano, vistiendo una camisa de lino abierta en el cuello y sin la armadura que normalmente tenía de Don en combate.—Cancélame todas las reuniones presenciales de esta semana —ordenó Vicenzo sin girarse—. La cúpula de la red puede comunicarse contigo. Tú tomarás las decisiones de logística y firmarás los despachos del puerto.Gael frunció el ceño, sorprendido
Capítulo 043Un golpe de hieloVicenzo retrocedió un par de pasos, abrumado por la realidad de ver a su esposa en esas condiciones. Se quedó de pie en medio de la suite principal, con la mirada fija en el suelo y los puños apretados a ambos lados del cuerpo. La culpa, fría e implacable, le oprimía el pecho con la fuerza de un disparo a quemaropa. Su orgullo de Don, esa coraza que había mantenido intacta durante tres largos meses para castigarla por sus palabras, se derrumbó en pedazos.Unos segundos después, el sonido del picaporte anunció la salida de Asia.Ella cruzó la puerta ajustándose la gabardina de terciopelo, intentando proyectar una postura erguida que le exigía un esfuerzo sobrehumano. Tenía el cabello recogido en un moño desenfadado y las mejillas pálidas.Al ver a Vicenzo parado en el centro de la estancia, mirándola con una intensidad desgarradora, Asia frunció levemente el ceño. Adoptó un tono de voz deliberadamente casual, ligero, buscando a toda costa maquillar el m
Capítulo 042El espejoTres meses habían transcurrido desde la noche de la acalorada discusión con su esposo.Asia apenas comía. Una manzana por la mañana, un par de bocados de ensalada al almuerzo que solo mareaba con el tenedor para disimular ante la servidumbre y evitar que alguien hiciera preguntas incómodas. La comida le sabía amarga. Su cuerpo, sometido a un estrés continuo durante el último año, comenzó a facturarle cada golpe, cada susto y cada lágrima derramada.A ese tormento silencioso se sumaban los fantasmas que la acechaban desde la pantalla de su teléfono. Había recibido correos electrónicos anónimos desde direcciones encriptadas. No necesitaba una firma ni una confirmación para saber de quién venían: era Lorenzo desde las colinas de Sicilia.El primero era una sentencia directa, fría y despiadada: «La próxima vez que te tenga de frente, no habrá catedrales, ni señuelos, ni guardias de Nápoles que te salven. Te voy a matar con mis propias manos».El segundo, recibido d







