LOGINLa sorpresa.
Capítulo 003
A través de la ventanilla del avión Asia observo como Sicilia se convertía poco a poco en una sucesión de sombras y reflejos. Había vivido allí durante años, pero nunca había sentido que aquel lugar le perteneciera. Todos parecía estar bajo el control de Lorenzo: los edificios, los negocios, los hombres que vigilaban cada esquina. Todo le pertenecía a él.
Lorenzo Costello tenia una forma de entrar en la vida de los demás sin pedir permiso. Su presencia llenaba cualquier habitación. Su voz podía convertir una orden sencilla en una amenaza. Y sus ojos… sus ojos parecían descubrir todo aquello que ella intentaba ocultar.
—¿Estas segura de que no quieres apagar el teléfono? —preguntó Rita, sentada a su lado.
Asia observo la pantalla. No había mensajes de Lorenzo. Ni una llamada perdida. Nada.
Durante unos segundos se quedo contemplando el fondo oscuro del celular, como si pudiera encontrar una respuesta. Tal ves una señal de que había notado su ausencia. Tal ves una orden. Tal ves, simplemente, una pregunta.
Pero el teléfono permaneció en silencio.´
Apretó los labios para contener el temblor que le recorría el cuerpo y deslizo el dedo en la pantalla antes de apagarlo.
Por eso tenia que marcharse.
—Ni cuenta se habría dado de mi ausencia en el casino.
Rita lanzo una mirada rápida hacia ella. La conocía demasiado bien para no reconocer el dolor escondido detrás de aquellas palabras.
—No subestimes a un hombre como él.
—No lo subestimo—respondió, guardando el celular en el bolso —. Por eso me voy.
—En Roma nadie sabrá quien eres —continuo Rita, intentando tranquilizarla—. Nadie conocerá tus secretos. Podrás empezar de cero.
Asia apoyo la cabeza contra el respaldo y cerro los ojos. Aquellas palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar.
Empezar de cero.
La frase sonaba hermosa, casi imposible. En Roma no tendría que caminar mirando por encima del hombro. No tendría que preguntarse quien estaba siguiendo sus pasos o si alguno de los empleados del casino informaba a Lorenzo sobre cada uno de sus movimientos. Podría buscar un trabajo normal, terminar sus estudios y construir una vida que no dependiera de las decisiones de un hombre poderoso.
Podría volver a ser Asia.
No la chica que trabajaba para Lorenzo. No la mujer que esperaba sus mensajes. No la persona que conocía sus secretos y que, a pesar de todo, había permitido que él se colara en su corazón, como un veneno letal que la avenenaba lentamente.
—¿Tienes miedo? —pregunto Rita.
—Si.
La sinceridad de su respuesta hizo que Rita guardara silencio.
—Pero tengo mas miedo de quedarme.
Rita tomo su mano y la apretó con fuerza.
—No vas a estar sola.
Asia bajo la mirada hacia sus dedos entrelazados. Quería creerle. Necesitaba hacerlo. Aun así, una parte de ella sabia que escapar de Lorenzo no seria tan sencillo como subir a un avión. El tenia contactos, dinero, y una influencia que se extendía mucho mas allá de Sicilia. Si descubría que ella se había ido, no tardaría en encontrarla.
—¿Quieres volver? —preguntó Rita en voz baja.
Asia pensó en Lorenzo.
En su voz.
En sus manos.
En la manera en que la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta.
Después negó con la cabeza.
—Espero no volverlo a ver —dijo, con un dolor insoportable.
El avión aterrizó poco después del amanecer. A través de la ventanilla, Asia contemplo las primeras luces de Roma, extendiéndose sobre la ciudad como una promesa.
Sin embargo a cientos de kilómetros de allí, Lorenzo Costello observaba el reloj de su despacho.
Las once y cincuenta y siete.
Asia siempre llegaba antes de la media noche. Nunca se retrasaba, nunca lo hacia esperar.
A las doce en punto, el silencio de la habitación se volvió insoportable.
Lorenzo dejó el vaso sobre el escritorio con un golpe seco.
—¿Dónde está? —preguntó.
Su hombre de confianza, Matteo, permanecía de pie frente a él, rígido.
—No lo sabemos, don. Su apartamento está vacío.
Los ojos verdes de Lorenzo se endurecieron.
—¿Vacío?
—Se llevó sus pertenencias. También retiró el dinero de sus cuentas y canceló el contrato del casino.
Por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la sorpresa atravesó el rostro de Lorenzo. Fue apenas un destello, rápidamente reemplazado por una furia fría.
—¿Y nadie la vio salir?
—Tomó un taxi hacia el aeropuerto. Tenemos confirmado que abordó un vuelo a Roma.
El silencio cayó entre ambos.
Lorenzo se levantó despacio. La silla retrocedió sobre el suelo de mármol mientras él caminaba hacia el ventanal. Desde allí, Sicilia parecía un reino bajo su dominio: las luces del puerto, las mansiones, los casinos y las calles donde todos conocían su nombre.
Asia se había ido.
Sin pedir permiso.
Sin despedirse.
Sin siquiera dejarle la oportunidad de recordarle que le pertenecía.
Su mandíbula se tensó.
—Encuéntrala.
—¿Quiere que la traigamos de regreso?
Lorenzo no respondió de inmediato. En su mente apareció el rostro de Asia, sus ojos oscuros llenos de miedo y orgullo. Recordó la forma en la que había pronunciado que ese era su último día. Recordó también la expresión herida que intentó ocultar cuando él le habló de su esposa.
Había creído que se marcharía llorando y volvería al día siguiente.
Había creído que no tenía otra opción.
—No —dijo finalmente—. Solo quiero saber dónde está.
Matteo lo observó con cautela.
—Don, si me permite decirlo… ella parece no querer regresar.
Lorenzo giró la cabeza.
—No te permito decir nada.
—Sí, señor. Disculpe mi atrevimiento.
Lorenzo tomó el teléfono y marcó un número.
—Quiero todos los movimientos de Asia Bianchi desde que salió del edificio. Sus cuentas, sus contactos, su universidad, sus amigos, su familia. Todo.
—¿Y si intenta ocultarse? —preguntó Matteo.
Una sonrisa peligrosa curvó sus labios.
—Entonces será más interesante encontrarla.
En Roma, Asia no sabía que su huida había despertado algo mucho más peligroso que la ira de Lorenzo.
Había herido su orgullo.
Y, para un hombre como el Escorpión, eso era una declaración de guerra.
Capítulo 047Carretera sangrienta.Los días en la casa de los acantilados habían sido un paréntesis de paz que ninguno de los dos sabía que necesitaba.Las camionetas blindadas avanzaban por las carreteras costeras de regreso a la villa.En la parte trasera, abrazados, se encontraban los esposos. Asia tenía la cabeza recostada en el hombro de Vicenzo, jugueteando con los dedos de él, mientras Vicenzo le acariciaba la oreja con el pulgar.—Si fuéramos una pareja normal, estaríamos pensando en comprarnos una casa en el campo —murmuró ella con los ojos cerrados.—Si fuéramos normales, estaríamos bebiendo vino en la Toscana —contestó él—. Pero si quieres, podemos mirar casas de campo.—¿De verdad? —preguntó Asia emocionada, aferrándose con más fuerza al torso de su esposo.—Mi amor, te compraré las estrellas si eso te hace feliz.Vicenzo le tomó la barbilla con delicadeza y plantó un beso tierno en su frente.—Te amo, piccola.Un destello metálico cruzó el parabrisas a toda velocidad.El
Capítulo 046La sombra del Diablo.El trayecto hacia la costa de la Campania se realizó entre diez camionetas blindadas y lanchas patrullando por el mar.La casa de la playa era una mansión imponente de color blanco sobre los acantilados, con el sonido de las olas rompiendo abajo.En el perímetro exterior, escondidos estratégicamente entre las rocas, los hombres de Gael establecieron el cerco de protección del Don y su esposa.Asia observaba desde la terraza la belleza del paisaje en absoluto silencio; solo se escuchaba el murmullo de las olas rompiendo contra el acantilado.—¿Te gusta?Los brazos de Vicenzo la rodearon por la espalda, acariciando su cintura mientras besaba su cuello.—Es hermoso… —admitió Asia con un hilo de voz, contemplando la inmensidad del mar—. Parece un paraíso, muy distinto a nuestro mundo.—Lo es —repuso él, subiendo el beso hasta el lóbulo de la oreja, donde dio un leve mordisco—. Y por los próximos días será nuestro paraíso, un mundo donde solo existiremos
Capítulo 045Luna de MielLa mirada de Vicenzo sobre la pantalla del teléfono estaba inyectada en sangre. Las venas de las sienes palpitaban violentamente mientras repasaba, una a una, las amenazas enviadas por Lorenzo durante los últimos tres meses.—Contéstame, Asia. ¿Cuánto tiempo tiene este malnacido acosándote?El teléfono le temblaba entre la mano, apretándolo con una rabia descomunal.—No te preocupes… son solo correos —respondió ella en un hilo de voz tembloroso, evitando su mirada—. Son solo textos en una pantalla. Por favor… solo quiero estar sola. Necesito dormir un rato.Vicenzo le hizo una seña a Gael para que saliera de la suite.Asia se lanzó sobre la enorme cama y se escondió bajo las sábanas. Encogiéndose en posición fetal, estalló en un llanto desgarrador cargado de miedo y culpa, sollozando mientras maldecía su propia existencia.—Mi amor… —dijo él con el corazón roto de ver a su esposa en esa posición—. Respira profundo —acariciando el cabello de su esposa con una
Capítulo 044La paciencia del DonVicenzo no insistió. Sabía perfectamente que cualquier palabra pronunciada bajo el peso de la culpa sonaría a lástima para su esposa. En lugar de alargar la discusión, se alejó varios pasos de ella, la miró en silencio durante unos segundos eternos y salió de la suite sin armar escándalos que empeoraran su situación.A la mañana siguiente, el ritmo de la villa cambió drásticamente.Cuando Gael entró al centro de mando a primera hora con la carpeta de informes sobre el bloqueo marítimo de Sicilia, encontró la mesa del Don vacía. Vicenzo estaba de pie frente al ventanal con una taza de café en la mano, vistiendo una camisa de lino abierta en el cuello y sin la armadura que normalmente tenía de Don en combate.—Cancélame todas las reuniones presenciales de esta semana —ordenó Vicenzo sin girarse—. La cúpula de la red puede comunicarse contigo. Tú tomarás las decisiones de logística y firmarás los despachos del puerto.Gael frunció el ceño, sorprendido
Capítulo 043Un golpe de hieloVicenzo retrocedió un par de pasos, abrumado por la realidad de ver a su esposa en esas condiciones. Se quedó de pie en medio de la suite principal, con la mirada fija en el suelo y los puños apretados a ambos lados del cuerpo. La culpa, fría e implacable, le oprimía el pecho con la fuerza de un disparo a quemaropa. Su orgullo de Don, esa coraza que había mantenido intacta durante tres largos meses para castigarla por sus palabras, se derrumbó en pedazos.Unos segundos después, el sonido del picaporte anunció la salida de Asia.Ella cruzó la puerta ajustándose la gabardina de terciopelo, intentando proyectar una postura erguida que le exigía un esfuerzo sobrehumano. Tenía el cabello recogido en un moño desenfadado y las mejillas pálidas.Al ver a Vicenzo parado en el centro de la estancia, mirándola con una intensidad desgarradora, Asia frunció levemente el ceño. Adoptó un tono de voz deliberadamente casual, ligero, buscando a toda costa maquillar el m
Capítulo 042El espejoTres meses habían transcurrido desde la noche de la acalorada discusión con su esposo.Asia apenas comía. Una manzana por la mañana, un par de bocados de ensalada al almuerzo que solo mareaba con el tenedor para disimular ante la servidumbre y evitar que alguien hiciera preguntas incómodas. La comida le sabía amarga. Su cuerpo, sometido a un estrés continuo durante el último año, comenzó a facturarle cada golpe, cada susto y cada lágrima derramada.A ese tormento silencioso se sumaban los fantasmas que la acechaban desde la pantalla de su teléfono. Había recibido correos electrónicos anónimos desde direcciones encriptadas. No necesitaba una firma ni una confirmación para saber de quién venían: era Lorenzo desde las colinas de Sicilia.El primero era una sentencia directa, fría y despiadada: «La próxima vez que te tenga de frente, no habrá catedrales, ni señuelos, ni guardias de Nápoles que te salven. Te voy a matar con mis propias manos».El segundo, recibido d







