LOGINEl rostro perdido.
Capítulo 004
Roma las recibió con un cielo despejado y una brisa suave que arrastraba el aroma del café recién hecho. Asia caminaba junto a Rita por una de las calles empedradas del centro histórico, observándolo todo con una mezcla de asombro y cautela.
Habían llegado hace una semana y, por primera vez en mucho tiempo, Asia sentía que podía respirar sin mirar constantemente por encima del hombro.
—No puedo creer que de verdad estemos aquí —dijo Rita, girando sobre sí misma para contemplar los edificios antiguos—. Roma es mucho más hermosa de lo que imaginaba.
Asia sonrió levemente.
—Es hermosa… y demasiado grande.
—Eso es precisamente lo que necesitamos. Un lugar donde nadie nos encuentre.
Asia bajó la mirada. No quería mencionar a Lorenzo. No quería pensar en Sicilia, en su mirada, en su voz ni en la forma en que había pronunciado sus órdenes. Sin embargo, cuanto más intentaba olvidarlo, más presente lo sentía.
Rita la observó en silencio.
—¿Estás pensando en él?
—No.
—Asia…
—He dicho que no.
Rita suspiró, pero decidió no insistir. Ambas continuaron caminando hasta llegar a la Piazza Navona. Las fuentes, los músicos callejeros y el bullicio de los turistas llenaban el lugar de vida. Asia se detuvo frente a una de las esculturas, fascinada por los detalles del mármol.
Durante unos minutos, logró olvidar el pasado.
Lo que ninguna de las dos sabía era que, al otro lado de la plaza, alguien las observaba.
Un hombre elegante, vestido con un traje oscuro, hablaba por teléfono mientras mantenía la mirada fija en Asia.
—Sí, señor —dijo en voz baja—. La he encontrado.
Al otro lado de la línea, un silencio pesado precedió a la respuesta.—¿Está seguro?
—Completamente seguro. Es idéntica al retrato.
El hombre volvió a mirar a Asia. La joven se había apartado unos pasos de Rita y contemplaba la fuente con el rostro iluminado por el sol.
—No puede ser una coincidencia —añadió—. Tiene la misma mirada. Los mismos rasgos.
—No te acerque a ella —ordenó la voz—. Envíeme fotos y manténgala vigilada.
—Sí, Don Ferraro.
La llamada terminó.
***
En una de las zonas más exclusivas de Roma, la familia Ferraro se encontraba reunida en el salón principal de su residencia. El lugar estaba protegido por hombres armados y cámaras de seguridad. Nadie entraba ni salía sin autorización.
Al frente de la habitación, de pie junto a una enorme biblioteca, se encontraba Alessandro Ferraro, el don de la Roma Negra, el clan más poderoso de la ciudad.
Su rostro permanecía impasible mientras observaba una serie de retratos colocados frente a una mesa.
En todos aparecía la misma niña.
A los tres años con el cabello oscuro y los ojos grandes.
A los cuatro con una pequeña sonrisa tímida.
A los cinco, con el rostro mas alargado y una mirada cada ves mas intensa.
A los seis, a los siete, a los ocho años.
Los retratos habían sido elaborados por distintos artistas a lo largo del tiempo, basándose en las fotografías y los recuerdos de la familia. Cada año los Ferraro mandaban hacer una nueva imagen de como se vería su hija desaparecida.
Su hija Isabella Ferraro, había desaparecido cuando apenas tenia dos años, victima de un secuestro del clan enemigo.
Desde entonces la familia había movido cielo y tierra para encontrarla. Habían interrogado a cientos de personas, revisado innumerables registros y seguido pistas que siempre terminaban en callejones sin salida.
Pero nunca habían dejado de buscarla. Nunca.
Alessandro tomo el ultimo retrato entre sus manos. Representaba a Isabella con aproximadamente veinticuatro años.
El artista había dibujado una joven de facciones delicadas, cabellos oscuros y ojos profundos, era una imagen construida a partir de recuerdos, fotografías familiares y la descripción que su madre había repetido durante años.
—¿Qué has encontrado? —pregunto Alessandro.
El hombre que había seguido a Asia coloco varias fotos sobre la mesa.
—Una joven llamada Asia Bianchi. Llego hace una semana a Roma acompañada de una mujer llamada Rita. No tiene antecedentes.
Alessandro miro las fotografías.
El salón quedo en silencio.
La joven aparecía caminando por una calle de Roma , con una mano sujetando el bolso y la otra apartando un mechón de cabello de su rostro.
Alessandro palideció.
No era parecida a Isabella.
Era Isabella.
Por unos segundos nadie se atrevió a respirar.
Alessandro permaneció inmóvil frente a las fotografías
Había esperado ese momento durante veintidós años. Había imaginado encontrar a Isabella en manos de desconocidos malvados, enferma, herida o incluso convertida en una prostituta.
Pero nunca había imaginado que la encontraría así.
Viva.
Hermosa.
A pocos kilómetros de su casa.
—¿Estas seguro? —pregunto su esposa, Elena, acercándose lentamente a la mesa.
El investigador asintió.
—La observe durante tres días. Vive en un pequeño apartamento cerca de Trastévere. Trabaja en una cafetería y sale siempre acompañada de su mejor amiga.
Elena tomo una de las fotografías sus dedos empezaron a temblar.
—Es ella.
La voz se le quebró.
—Elena —dijo Alessandro con suavidad—, todavía no lo sabemos.
—¿Cómo puedes decir eso? —respondió ella, levantando la mirada—. ¿No ves sus ojos? ¿No ves la forma de su boca? Es nuestra hija.
Alessandro apartó la vista.
Él también lo sabía.
Pero había aprendido, después de tantos años, que la esperanza podía ser más peligrosa que el dolor.
—Necesitamos una prueba —dijo.
—Es Isabella.
—Necesitamos una prueba —repitió, esta vez con mayor firmeza—. No vamos a acercarnos a ella, decirle quién es, sin estar completamente seguros.
Elena apretó la fotografía contra su pecho.
—Han pasado veintidós años. Si ella es nuestra hija, ya le hemos robado demasiado tiempo.
Alessandro cerró los ojos durante un instante.
Esa frase le atravesó el pecho.
***
En el apartamento, Asia dejó las bolsas de compras sobre la mesa y se quitó los zapatos.
—Estoy agotada —murmuró.
Rita entró detrás de ella y cerró la puerta con llave.
Luego colocó la cadena de seguridad.
Asia la observó.
—¿Por qué haces eso?
—Por costumbre.
—No. Lo haces porque estás nerviosa.
Rita dejó el bolso sobre una silla.
—Solo quiero que estemos tranquilas.
—¿Tranquilas? —Asia soltó una risa amarga—. Desde que llegamos no dejas de mirar por la ventana, revisas dos veces cada cerradura y te sobresaltas cuando suena el teléfono.
Rita se quedó en silencio.
Asia cruzó los brazos.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—Rita, eres la única persona en quien confío. Si algo pasa, necesito saberlo.
—Alguien nos está siguiendo —confesó finalmente.
Asia se quedó pálida.
—¿Qué?
—No estoy segura.
—Acabas de decir que sí.
—He visto al mismo hombre varias veces. En la plaza, frente a la cafetería y esta mañana cerca del edificio.
Asia caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.
En la calle había varios peatones, un taxi detenido y una pareja discutiendo junto a una tienda. Nada parecía fuera de lo normal.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Cuando lo miré directamente, desapareció.Asia respiró con dificultad.
—¿Crees que es Lorenzo?
Rita sintió que el corazón se le detenía.
—No lo se. Pero no creo.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque Lorenzo no necesita esconderse para encontrarte.
El nombre quedó flotando entre ambas.
Asia volvió a sentir aquella presión en el pecho. Lorenzo había quedado atrás, en Sicilia, pero su recuerdo seguía persiguiéndola.
—Él dijo que no iba a dejarme escapar —susurró.
—Lorenzo habla mucho.
—No cuando está enfadado.
Rita se acercó a ella y le tomó las manos.
—No volverás con él.
—¿Y si ya sabe dónde estoy?
—No lo sabe. Estoy casi segura —mintió, para tranquilizarla.
—¿Y si sí? —pregunto aterrorizada.
Rita no respondió.
La verdad era que Lorenzo sí sabía donde ella estaba.
Y, en ese mismo instante, se encontraba en Roma.
El encuentro y la verdad006. La camioneta atravesaba Roma a toda velocidad. Las ruedas golpeaban los adoquines y el motor rugía. Cada curva lanzaba a Asia contra el respaldo. Asia permanecía pegada al cristal trasero.—¿Quiénes son los Ferraro? —preguntó con temor.El hombre no aparto la vista de la carretera.—En cuanto lleguemos a la villa, el Don Ferraro se lo explicara.—¿A dónde me llevan?—A un lugar seguro —dijo el hombre, mirándola a través de retrovisor —. ¿De quien huyen?—¿Qué te importa? —respondió Rita enfurecida.—Usted no me importa en lo absoluto, pero la señorita Asia si.Asia miraba a través de la ventanilla trasera. La belleza de Roma se deslizaba por el cristal. Intentaba respirar con normalidad, pero tenia el pecho oprimido, llena de miedo.Entonces, al doblar la camioneta, en una esquina lo vio.La figura de Lorenzo Costello, permanecía inmóvil al otro lado de la calle, con pistola en mano.Asia dejo de respirar.Su cuerpo firme la expresión endurecida y aquel
Te encontré, pequeña.Capítulo 005El automóvil negro se detuvo frente a un restaurante privado en el centro de la ciudad . Lorenzo bajó sín prisa, acompañado por Matteo y dos hombres de confianza.Había llegado a Roma hace dos horas.Bajo hasta el sótano del lujoso restaurante.El primer hombre cayo al suelo antes de comprender que Lorenzo había cruzado la habitación.—Dos semanas dijo Lorenzo, quitándose lentamente los guantes—. Dos semanas en Roma y todavía no saben dónde esta.El hombre se llevó una mano a la mandíbula.—Don Lorenzo, tenemos vigiladas las zonas cercanas a la universidad. la señorita Asia comenzara sus estudios dentro de diez días. Creemos que aparecerá entonces.—¿Creen?La palabra salió tan fría que nadie respiró. Lorenzo recorrió con la mirada el sótano donde sus hombres habían instalado su centro de operaciones. Había mapas de Roma pegados en las paredes, Fotografías, direcciones, horarios. Pero Asia no aparecía en ninguna parte.Eso lo enfurecía. No porque
El rostro perdido.Capítulo 004Roma las recibió con un cielo despejado y una brisa suave que arrastraba el aroma del café recién hecho. Asia caminaba junto a Rita por una de las calles empedradas del centro histórico, observándolo todo con una mezcla de asombro y cautela.Habían llegado hace una semana y, por primera vez en mucho tiempo, Asia sentía que podía respirar sin mirar constantemente por encima del hombro.—No puedo creer que de verdad estemos aquí —dijo Rita, girando sobre sí misma para contemplar los edificios antiguos—. Roma es mucho más hermosa de lo que imaginaba.Asia sonrió levemente.—Es hermosa… y demasiado grande.—Eso es precisamente lo que necesitamos. Un lugar donde nadie nos encuentre.Asia bajó la mirada. No quería mencionar a Lorenzo. No quería pensar en Sicilia, en su mirada, en su voz ni en la forma en que había pronunciado sus órdenes. Sin embargo, cuanto más intentaba olvidarlo, más presente lo sentía.Rita la observó en silencio.—¿Estás pensando en él?
La sorpresa.Capítulo 003A través de la ventanilla del avión Asia observo como Sicilia se convertía poco a poco en una sucesión de sombras y reflejos. Había vivido allí durante años, pero nunca había sentido que aquel lugar le perteneciera. Todos parecía estar bajo el control de Lorenzo: los edificios, los negocios, los hombres que vigilaban cada esquina. Todo le pertenecía a él.Lorenzo Costello tenia una forma de entrar en la vida de los demás sin pedir permiso. Su presencia llenaba cualquier habitación. Su voz podía convertir una orden sencilla en una amenaza. Y sus ojos… sus ojos parecían descubrir todo aquello que ella intentaba ocultar.—¿Estas segura de que no quieres apagar el teléfono? —preguntó Rita, sentada a su lado.Asia observo la pantalla. No había mensajes de Lorenzo. Ni una llamada perdida. Nada.Durante unos segundos se quedo contemplando el fondo oscuro del celular, como si pudiera encontrar una respuesta. Tal ves una señal de que había notado su ausencia. Tal ves
La huidaCapítulo 002Una risa breve y sin humor escapó de sus labios.—¿Quieres conocer la peor parte del escorpión?Asia sintió que el miedo le subía por la espalda.—Ya conozco la peor parte de usted.La expresión de él se volvió letal.—No, solo conoces la parte que te he permitido ver —se inclinó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. Soy cruel, Asia. Muy cruel. Tan letal como el veneno de un Escorpión, Y esto termina cuando yo quiera.Ella sostuvo su mirada, aunque el corazón le golpeaba con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo.¿Más cruel que durante esos dos años?No había mostrado interés por ella. No la había tratado como a una mujer, mucho menos como a alguien importante. Asia había cumplido cada condición del acuerdo. Había soportado sus ausencias, sus humillaciones y aquella relación sin nombre. Hoy era su último día.—No puede obligarme a quedarme.Los ojos de Lorenzo destellaron.—¿Quieres comprobarlo?Asia se quedó sola, con la respiración entre
El pactoCapítulo 001—Ah… De verdad extrañaba esto, Asia —susurró Lorenzo, bombeando con fuerza sobre el cuerpo tembloroso de ella. Cada movimiento era un vaivén poderoso, un latido salvaje que hacía vibrar cada fibra de su piel, mientras un gemido contenido se escapaba de los labios de Asia.La delgada mano de ella se aferraba con desesperación a su espalda, hundiendo los dedos en la piel cálida y sudorosa, percibiendo la tensión de sus músculos firmes, como si fueran cuerdas a punto de romperse.—Dilo —ordenó con voz ronca, sintiendo cómo el cuerpo de Asia se rendía al suyo, envolviéndose en una danza rítmica—. ¡Ah! ¡Maldita sea! Me encanta —jadeó, respirando entrecortado; sus ojos verdes brillaban con un deseo profundo.—Sí, así, señor… Ah… Eres increíble —susurró ella.La piel de Lorenzo, brillante por el sudor como si estuviera cubierta de aceite, se reflejaba bajo la luz tenue del pent-house; cada gota acentuaba la fuerza brutal de sus músculos.El clímax llegó como una ola imp







