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Capítulo 005

Author: Agatha
last update publish date: 2026-09-13 09:27:30

Te encontré, pequeña.

Capítulo 005

El automóvil negro se detuvo frente a un restaurante privado en el centro de la ciudad . Lorenzo bajó sín prisa, acompañado por Matteo y dos hombres de confianza.

Había llegado a Roma hace dos horas.

Bajo hasta el sótano del lujoso restaurante.

El primer hombre cayo al suelo antes de comprender que Lorenzo había cruzado la habitación.

—Dos semanas dijo Lorenzo, quitándose lentamente los guantes—. Dos semanas en Roma y todavía no saben dónde esta.

El hombre se llevó una mano a la mandíbula.

—Don Lorenzo, tenemos vigiladas las zonas cercanas a la universidad.  la señorita Asia comenzara sus estudios dentro de diez días. Creemos que aparecerá entonces.

—¿Creen?

La palabra salió tan fría que nadie respiró.

Lorenzo recorrió con la mirada el sótano donde sus hombres habían instalado su centro de operaciones. Había mapas de Roma pegados en las paredes, Fotografías, direcciones, horarios. Pero Asia no aparecía en ninguna parte.

Eso lo enfurecía.

No porque ella hubiera escapado. No únicamente por eso.

Lo enfurecía que su ausencia se hubiera convertido en una presencia constante.

La veía al despertar.

La veía en cada mujer que cruzaba una calle.

La veía en sus sueños.

Y, al abrir los ojos, la ausencia le recordaba que no estaba allí.

—Dijiste que la encontrarías —murmuró Lorenzo.

—La encontraremos señor.

—No. La encontraré yo. Malditos inútiles.

El silencio se volvió más pesado.

Matteo, que estaba junto a la ventana, observó a su jefe con cautela. Conocía su carácter. Lorenzo podía ser cruel, calculador y impaciente, pero aquel viaje no obedecía únicamente a un capricho.

Había algo más.

—No era necesario que viniera personalmente, don —dijo Matteo —. Confió en que nuestros hombres la hallaran señor.

Lorenzo giró la cabeza.

—¿Eso piensas?

—Pienso que tenemos hombres suficientes en Roma buscando a la señorita Asia.

—Entonces explícame por qué sigo sin tenerla en Sicilia.

Matteo no respondió.

Lorenzo caminó hasta una de las fotografías. Asia aparecía de perfil, con el cabello movido por el viento y una expresión distraída.

—Ella me desobedeció —dijo, como si hablara consigo mismo.

Sus hombres permanecieron en silencio.

— Huyó sin mi permiso. Me dejo en ridículo.

—La encontraremos, don Lorenzo—respondió uno de ellos.

Lorenzo no aparto los ojos de la fotografía.

—Mi juguete sexual —añadió, con una frialdad ensayada —. Nada mas.

Nadie se movió.

Él apretó la mandíbula. La mentira le dejo un sabor amargo.

Pero las palabras sonaron falsas incluso para él.

No extrañaba únicamente su cuerpo. Extrañaba su manera de quedarse dormida con la cabeza apoyada en su pecho. La timidez con la que apartaba la mirada cuando él la observaba. Su olor. Su piel. La forma en que lo comprendía sin exigirle explicaciones.

Extrañaba hasta su silencio.

Y ese era el problema. Porque lo que sentía no se parecía a la posesión. Se parecía demasiado a la perdida.

—Encuéntrenla antes de que  de que comiencen las clases —dijo, con voz amenazante.

—Si señor.

***

Asia despertó temprano esa mañana en Roma, pero por primera vez  en semanas, no sintió el peso de la ansiedad aplastándola. la luz del sol que entraba  por la ventana parecía prometer algo distinto. Respiro profundo, tratando de despejar el miedo que Lorenzo aun sembraba en su mente.

Rita ya estaba en la cocina, preparando el desayuno con música suave de fondo. Asia se sentó en el sofá, con las manos apretadas en el regazo.

El teléfono de Rita vibro sobre la mesa.

Se miraron, tensas,. Rita contesto, con una voz temblorosa.

—¿Bueno? ¿Quién habla?

Su rostro se congelo al escuchar.

Asia lo supo inmediatamente: Lorenzo la había encontrado.

Tomo el teléfono con la mano temblorosa. Hacia semanas que no escuchaba su voz; que no sentía sus humillaciones ni amenazas.

—¿Qué quieres? —susurró, la garganta apretada.

—Tienes cinco minuto para salir del edificio y caminar dos cuadras. Te espero ahí.

—No iré contigo, Lorenzo. Déjame en paz.

—Maldita sea, te di una orden —gruño, la voz cortante —. Te quedan dos minutos.

Como siempre, él arruinando todo.

—No vayas, Asia—suplicó Rita, temblando—. Escapemos. Por favor—le agarró del brazo—. Vámonos.

Pero Asia negó con la cabeza.

—No voy a poner en peligro a mi mejor amiga. Quédate en Roma, vive tu vida. Se feliz. Te quiero.

—¿Estás loca? No te dejaré sola con ese monstruo.

— No iras conmigo —la miro fijamente

Y salió hacia la puerta.

—Iré contigo —dijo con decisión —. No te dejaré sola, nunca.

Entonces dos golpes secos resonaron en la puerta y ambas se abrazaron, aterradas.

Un tercer golpe hizo vibrar el marco.

—Quédate detrás de mí —dijo Asia.

—No pienso dejar que te enfrentes sola a Lorenzo.

—Por primera vez hazme caso, Rita.

Asia contuvo el aliento. Desde que había descubierto que la seguían, cada ruido en el pasillo se había convertido en una amenaza

—¡No abras! —susurró Rita.

Sin pensarlo, Asia abrió apenas unos centímetros.

El hombre del pasillo levantó las manos, mostrando que no llevaba armas. Era alto, de cabellos oscuros y rostro sereno. Aun así Asia desconfiaba.

Rita alzo el palo de escoba y lanzó un golpe. El hombre se aparto justo a tiempo; la escoba choco contra la pared.

—¡Retroceda! —gritó Rita —. ¡O juro que le rompo la cabeza!

—Señorita, por favor. No he venido a hacerles daño.

—Entonces váyase.

—Soy Piero Lombardi. Vengo de parte del señor Alessandro Ferraro y su esposa Elena. Me han enviado para invitarlas a almorzar en la villa Ferraro.

El desconcierto p***o el rostro de Asia.

—¿Quienes son los Ferraro? —confundida—¿Usted no viene a secuestrarnos? —preguntó con miedo.

El hombre la miro sorprendido.

—No, solo he venido ha entregar un mensaje de mi jefe.

—No es verdad, Asia. Esto es un truco de ese desgraciado—dijo, Rita, furiosa.

De repente se escucharon una lluvia de disparos en la calle. Por el radio atado al cinturón del hombre. Llegó el aviso: unas camionetas negras intentaban acercarse al edificio.

Asia reacciono de inmediato, tomando el abrigo de Rita y el suyo.

—Iremos con usted —dijo, temblando, pero decidida.

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