Mag-log inAlba siempre había sabido que Adrian podía ser frío.Durante su matrimonio había aprendido a no esperar que él notara los pequeños detalles: las comidas que preparaba y que quedaban intactas porque él trabajaba hasta tarde, las noches que pasaba esperando a que volviera a casa, o las conversaciones que terminaban con él excusándose para atender otra llamada de negocios.Había aprendido a convivir con su indiferencia.Lo que jamás habría imaginado era que se convertiría en la razón por la que perdería algo que tanto le había costado crear.Salvatierra Technologies le había robado su propuesta de investigación.Y el nombre de Adrian figuraba en ella.Alba estaba sentada en el sofá, con la mirada fija en los documentos esparcidos sobre la mesa de centro. Ya había leído el informe varias veces, comparando la propuesta publicada con los archivos originales que había logrado recuperar. Las similitudes eran innegables. Incluso las explicaciones técnicas que había pasado semanas puliendo apar
—Dijo que Alba se estaba convirtiendo en un problema. Que su presencia en la empresa complicaba las cosas y que tú necesitabas seguir adelante sin depender de ella.Algo dentro de Adrian se quedó inmóvil.Su madre no había querido simplemente salvar la empresa.Había querido apartar a Alba de la ecuación.Y Mireia había estado dispuesta a ayudarla.—Increíble —murmuró.—Adrian, por favor. —Mireia lo tomó del brazo cuando él recogió su abrigo del respaldo del sofá—. No puedes irte así como así. Tenemos que hablar de lo que pasará ahora. Si acudes a los inversores en este momento, podrías destruir todo por lo que has trabajado.Él apartó el brazo.—Lo que pase ahora ya no es algo que tú puedas decidir por mí.—¡Pero estoy intentando protegerte!—Entonces deberías haber empezado por decirme la verdad.Se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta principal, con pasos duros sobre el suelo pulido.Mireia corrió tras él.—¡Adrian, espera! Piénsalo bien antes de hacer algo que no tenga vuelt
Adrian miró a Mireia fijamente, como si jamás la hubiera visto.Durante varios segundos no fue capaz de articular palabra. Su confesión flotaba entre ambos y llenaba el elegante salón de un silencio tan denso que hasta el tic-tac del reloj de la pared resultaba insoportable.Su madre.Doña Reyes lo había orquestado todo.La mujer que lo había criado, que le había enseñado la importancia de proteger el apellido Salvatierra, había decidido al parecer que robar el trabajo de otra persona era un precio aceptable por preservar la reputación de su hijo.Los dedos de Adrian se cerraron en puños.—Cuéntame exactamente qué ocurrió —exigió—. Y no omitas nada.Mireia tragó saliva. Parecía haber comprendido que la compasión que esperaba recibir de él se había esfumado en el instante en que mencionó a su madre.—Tu madre me llamó a su villa hace unas semanas —empezó—. Dijo que se había enterado de las dificultades que tenía tu empresa con los inversores europeos. Al parecer, la propuesta original
Adrian se vistió esa mañana con la rabia metida bajo la piel.No recordaba haber elegido la camisa ni haberse anudado la corbata. Sus manos lo hicieron todo solas, mientras su mente repetía la misma imagen una y otra vez: Alba, de pie junto a una ventana, mirándolo con aquellos ojos serenos que nunca pedían nada, y pensando lo que cualquiera pensaría.*Es un ladrón.*La palabra le dejó un sabor metálico en la boca. Había firmado un contrato con los inversores y había puesto el nombre de la empresa en juego por aquel proyecto. Si todo se derrumbaba, perdería dinero, prestigio y, quizá, la confianza de medio consejo. Y, sin embargo, descubrió con sorpresa que no le importaba. El contrato podía arder en ese mismo instante, y él no movería un dedo para salvarlo.Lo único que no podía soportar era construir sobre un cimiento robado.Condujo bajo una llovizna fina, con las hojas secas pegadas al parabrisas, hasta la casa de Mireia. Subió los escalones de dos en dos y llamó con los nudillos,
Adrian llevaba tres días sin dormir bien, y el champán de la víspera no había ayudado.Las copas ya estaban recogidas, los globos corporativos habían desaparecido del vestíbulo y el edificio entero respiraba la satisfacción tranquila de una empresa que acaba de ganar. Él, en cambio, miraba por el ventanal de su despacho sin ver nada. La lluvia de otoño resbalaba por el cristal en líneas torcidas.Mateo entró sin llamar, como hacía siempre, con dos cafés en la mano.—Tienes cara de funeral —dijo, y dejó uno sobre el escritorio—. Anoche brindaron por ti durante veinte minutos y tú mirabas la puerta.—No es por el brindis.—Entonces dime qué es.Adrian tardó en responder. Se pasó una mano por la nuca, un gesto que repetía cuando algo no encajaba y se negaba a ser ignorado.—Es la propuesta. Hay algo que no me cuadra.Mateo se sentó frente a él y lo observó con atención.—Ya hablamos de esto. Está aprobada, financiada y anunciada. Los inversores están encantados.—Lo sé. Pero te conté que
Alba Montoro leyó el comunicado tres veces antes de permitirse respirar.Era una nota de prensa breve. Dos párrafos, una fotografía corporativa y una cita de Adrian Salvatierra sobre «una nueva era de inteligencia responsable».*Salvatierra Technologies obtiene el respaldo total de los inversores para su innovadora iniciativa de investigación.*Conocía cada línea del proyecto que describía. Lo conocía como conocía su propia letra.Dejó la tableta sobre la mesa de la cocina y se presionó los ojos con las palmas de las manos. El apartamento estaba en silencio. El agua que había puesto a hervir veinte minutos antes se había enfriado hacía rato, y ella ni siquiera lo había notado.Cinco meses. Ese era el tiempo que había dedicado a aquella propuesta. Cinco meses de noches después del trabajo, de café frío y modelos fallidos, de reescribir la misma sección una y otra vez hasta que por fin la lógica se sostuvo.La había empezado cuando el calor del verano era más sofocante. Ahora las primer







