LOGINEl tiempo pasó volando y, a pesar de las circunstancias, Bianca y Eric estaban muy emocionados por los cambios en su vida. La idea de vivir juntos los llenaba de una felicidad que no se podía medir. Se sentían listos para empezar de nuevo y planificar un futuro en familia. Eric, con el corazón lleno de esperanzas, había escogido un nuevo lugar para ellos. Un lugar para empezar desde cero, lejos de lo que una vez habían dejado a medias. Los mellizos, Olivia y Henry, eran los más emocionados. Ambos miraban a sus padres con los ojos brillantes. —¿El lugar a donde vamos tiene un patio enorme para jugar? —preguntaron. Eric y Bianca se miraron con una sonrisa. Les explicaron que había mucho espacio, que podrían correr y hacer muchas cosas en su nuevo hogar. Bianca también estaba ansiosa por conocer el sitio. Ese día, Eric manejó alrededor de una hora y media hasta que llegaron a una propiedad grande. Los portones se abrieron y, cuando ingresaron, Bianca no podía creer lo que estaba viendo
Días después, Eric estaba en su oficina, absorto en los planos de su nuevo proyecto. El diseño del complejo de edificios se desplegaba en su pantalla, un rompecabezas de líneas y ángulos que lo absorbía por completo. Era su forma de canalizar la ansiedad y el dolor en algo productivo, construyendo un futuro que se sentía tan sólido como el cemento. La puerta se abrió de repente y apareció su secretaria, Daniela Montero. Parecía preocupada, su rostro pálido y sus hombros tensos. —Señor Harrington —dijo, su voz era apenas un susurro—, lo están solicitando al teléfono. La formalidad en su tono, que solía ser tan alegre, le indicó a Eric que algo no andaba bien. Dejó el lápiz sobre el escritorio y tomó el teléfono que ella le ofrecía. —Soy el detective Smith —dijo una voz grave al otro lado de la línea—. Lo llamo para informarle que, con las pruebas que usted nos proporcionó y la confesión de los hombres que secuestraron a la señorita Bianca, hace cinco años y medio, hemos logrado re
Los días en el hospital habían sido los más largos en la vida de Bianca. Sentía que el tiempo se había detenido, cada minuto una eternidad lejos de sus hijos. Pero ahora, finalmente, el momento de la partida había llegado. Eric empujaba la silla de ruedas en la que ella estaba sentada, un gesto de amor y protección. El aire fresco del exterior le dio la bienvenida. La luz del sol se sintió como un bálsamo en su piel. El aroma a libertad, a vida, le llenó los pulmonos.Sin embargo, el rostro de Eric cambió drásticamente cuando vio a dos mujeres en su camino. Allí, a la par de su jefa Elara, se encontraba Clara. Eric saludó a Elara, quien, por cierto, ya estaba al tanto de su relación con Bianca. La mujer todavía se quedaba sorprendida, más aún al saber que tenían hijos en común. Por otro lado, Clara tenía los ojos llenos de lágrimas. Sostenía un ramo de flores, que extendió a Bianca.—Me alegra tanto verte recuperada —dijo Clara, con la voz ahogada por la emoción—. Estoy tan contenta
Tatiana se sentó en la silla de metal, la luz de la lámpara de techo rebotando en la mesa de acero. La habitación, con sus paredes grises y el aire frío, era un mundo alejado del lujo y la comodidad a los que estaba acostumbrada. Frente a ella, dos detectives la observaban, sus rostros serios y sus ojos evaluadores.—Señorita Tatiana Russo, la hemos arrestado bajo sospecha de secuestro, agresión y intento de asesinato. Los hombres que la ayudaron ya han confesado. Es mejor para usted que coopere —soltó el detective, su voz era tranquila, casi monótona.Tatiana soltó una risa seca, un sonido tan frío como la habitación.—No sé de qué me habla. No conozco a esos hombres. Yo no he hecho nada. Esto debe ser un error.El otro detective, se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa. Su voz era más dura.—Deje el show. Sabemos que usted ordenó que se llevaran a la señorita Bianca. Que les dio la orden de torturarla y que luego la dejaran ahí para que muriera.Tatiana, sin inmutarse
Capítulo 156Eric arrastró una silla y la colocó cerca de la cama, un ruido sordo que no le importó. Se desplomó sobre ella, sin importarle la hora, que ya era de madrugada, ni el cansancio que sentía. El pasillo del hospital, con su luz fría y su silencio opresivo, era un mundo lejano. Aquí, en la penumbra de la habitación, solo existía ella. El dolor físico que lo había consumido al pelear se sentía insignificante al lado del dolor emocional que le carcomía el alma.Tomó la mano de Bianca, sintiendo su piel fría y frágil. Solo ese contacto le daba la fuerza para seguir. Se sentía un fracaso. Había llegado a tiempo para salvarla, sí, pero no para evitar que la hirieran. Y mucho menos para salvar a su hijo, un hijo que no supo que existía hasta que se había ido para siempre. Las lágrimas, que había contenido desde que el doctor le dio la noticia, rodaron por sus mejillas.—Lo siento mucho, Bianca —susurró, con la voz ahogada por la emoción—. Debí protegerte, debí hacerlo mejor.Besó e
Una hora antes...Sacó su teléfono y, con manos firmes, marcó el número de la policía.—Necesito que envíen una patrulla y una ambulancia a la calle... Creo que hay un secuestro en un almacén abandonado. Dio su nombre y colgó. Solo entonces se bajó del auto. Abrió el compartimento del auto y sacó su arma de defensa personal. Su mente estaba clara. La puerta del almacén estaba entreabierta. Una voz grave y un grito amortiguado se filtraron. Era ella.La puerta se abrió de golpe bajo su empujón. El aire rancio del interior, cargado de polvo y humedad, lo golpeó en el rostro. Su mirada se fijó de inmediato en dos figuras corpulentas que se cernían sobre Bianca, tendida en el suelo. Un miedo frío y paralizante lo atravesó.—¡Aléjense de ella! —gritó, su voz era un trueno de pura ira.Los hombres se voltearon, sorprendidos. Uno de ellos soltó una risa burlona.—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí. El novio de la señorita —dijo, la burla en su voz era palpable.Eric no respondió. No iba







