ログインLa tormenta que había amenazado toda la noche llegó con fuerza pasada la medianoche, golpeando los ventanales de la mansión con un viento que hacía temblar los cristales y arrancaba hojas secas de los árboles del jardín.
Valeria no podía dormir, otra vez. Se quedó en su habitación, con la lámpara encendida, repasando las carpetas de Inversiones Alba que había llevado a casa esa semana, buscando distracción en los números cuando los sentimientos se negaban a ordenarse.La primera audiencia contra Leandro Vidal se celebró un martes de lluvia constante. Casares condujo hasta los juzgados con los limpiaparabrisas trabajando sin descanso.El abogado defensor, un hombre delgado de voz pausada, traje impecable y gafas de montura dorada, dedicó la primera hora a desacreditar a Felipe Durán. Señaló contradicciones menores entre su primera declaración y la segunda. No necesitaba convencer a nadie. Le bastaba con sembrar duda.—Mi cliente desconocía por completo el origen de los fondos —dijo, paseándose frente al estrado—. El señor Durán, por su propia admisión, gestionaba directamente los movimientos.Inés Robledo, sentada junto a Valeria en la galería, negó con la cabeza.—Es la estrategia esperada —susurró—. Convierten a Durán en el único culpable y a Vidal en una víctima de su empleado.—¿Puede funcionar?—Con un juez distraído, tal vez. Con Ordóñez presionando, lo dudo.El fiscal respondió con una exposición metódica de fech
El sábado, Valeria tuvo que viajar a la capital de la provincia vecina para una reunión urgente con los auditores externos. Saldría temprano y volvería de noche. Salió con el pelo todavía húmedo y un café para llevar que Tomás le entregó en la puerta. —Que le vaya bien, señora. —Gracias, Tomás. Cuídalos mientras no estoy. Durante el desayuno, Damián untaba mermelada en una tostada sin prestar demasiada atención. —¿Puedes quedarte con Lía esta tarde? —le preguntó a Regina—. Rosa tiene el día libre y mi madre tiene su cita médica. —Claro. Le prometí que jugaríamos a las princesas otra vez. En la capital, los auditores le mostraron los registros de Alba, línea por línea. Todo cuadraba. —Demasiado bien —dijo Valeria, mientras pasaba las hojas—. Cuando todo cuadra demasiado bien, alguien ha limpiado. Los auditores se miraron entre ellos, y ella tomó nota de eso también. Mientras tanto, en la mansión
Efrén llegó a Torre Ferrer a las diez, con la gabardina mojada y una carpeta que no soltó ni para saludar. Se sentó sin quitarse las gafas empañadas. —Encontré una dirección —dijo, sin el entusiasmo de otras veces—. Un apartamento alquilado a nombre de Marcos Tejeda, en un barrio del norte. Valeria se inclinó sobre la mesa de la sala de reuniones. Damián, a su lado, dejó el bolígrafo. —¿Está ahí? —preguntó ella. —No. El casero dice que se mudó hace dos semanas, de un día para otro. Pagó el mes y no dejó dirección nueva. —Entonces no tenemos nada. —Tenemos dos cosas. —Efrén abrió la carpeta y deslizó una fotografía sobre la mesa—. Esta es la entrada del apartamento. Fíjense en el suelo. Valeria miró la imagen. Una puerta, un perchero y, junto a la pared, unas botas de trabajo con barro seco. —Son de Marcos —dijo Efrén—. El casero no las tocó. —Nadie se va de su casa sin sus botas —murmuró Damián
Valeria abrió el balcón del hotel y el olor a sal le llenó el pecho.Abajo, el mar golpeaba la arena con un ruido ancho y tranquilo. Hacía meses que no oía un sonido que no fuera una alarma, una sirena o una carpeta cerrándose.El teléfono vibró. Era una videollamada de la mansión. En la pantalla apareció Lía, con Nube en la cabeza y la boca llena de palomitas.—¡Mamá Valeria! La abuela me deja comer palomitas en la cama.—¿En la cama?—En la cama. Y Nube también.—¿Y Doña Consuelo qué dice?—Que no se lo cuente a nadie.—Pórtate bien. Vuelvo en dos días.—¡Dile a papá que no se olvide de mí!Valeria rio. Detrás de ella, Damián salió de la ducha con una toalla al cuello y se asomó a la pantalla.—Nunca me olvido de ti, princesa.Lía le tiró un beso y colgó. Valeria se quedó con el teléfono en la mano, con un nudo suave en la garganta. Era la primera vez que dormía lejos de la niña.—¿Todo bien? —preguntó Damián.—Todo bien. Sol
Valeria despertó con el ruido del mar entrando por el balcón y el brazo de Damián pesado sobre su cintura.La luz del amanecer pintaba de naranja las cortinas. Las sábanas olían a sal.—Buenos días —murmuró él, sin abrir los ojos.—Buenos días.—¿Te arrepientes de algo?Lo preguntó con una voz baja y casi tímida, que Valeria no le conocía.—De nada. —Se giró para mirarlo—. De haber tardado tanto, quizá.—Yo también.—¿Sabes qué es lo peor? Que ahora no sé cómo volver a comportarme con normalidad.—No lo hagas. Me gusta así.Valeria le recorrió el pecho con un dedo.—Anoche, en la terraza, parecía que ibas a decirme algo más.Él abrió los ojos. Tardó un instante en contestar.—Solo que te quiero.—Eso ya lo dijiste dos veces.—Entonces, tres.La besó en la frente. Valeria sonrió, y no insistió. Pero guardó la pausa, igual que se guarda una cifra que no encaja.Pidieron el desayuno al cuarto y lo comieron en la terraz
Diciembre llegó con la ciudad entera decorada para las fiestas, luces colgadas entre los edificios del centro y un frío seco que, por primera vez en meses, no traía ninguna amenaza.Valeria contaba las semanas desde la convención sin darse cuenta de que lo hacía. Saboreaba una paz que se sentía frágil.La mansión se preparó para su primera Navidad con la familia completa. Lía insistió en decorar el árbol ella misma, subida a una escalera que Tomás sostenía con las manos listas para atraparla al primer resbalón. Doña Consuelo supervisaba desde el sillón.—Ese lo compró Héctor en su primer viaje a Europa —dijo, señalando una esfera dorada descolorida por el tiempo—. Cuélgalo donde se vea, no escondido atrás. Y ese otro, el azul desportillado, lo hizo Damián en la escuela cuando tenía ocho años. No se te ocurra tirarlo, Valeria, aunque parezca basura.Valeria colgaba luces junto a Camila, las dos riéndose de lo mal que se les daba mantener las filas derechas, cuando Reg







