تسجيل الدخولEl día siguiente llegó con una pesadez que Eris no pudo sacudirse. Al entrar a la oficina, la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pero ella solo sentía la sombra de la confrontación de la tarde anterior. Sin perder tiempo, se dirigió a su escritorio y comenzó a trabajar, enfocándose en los informes y las tareas que necesitaban su atención. Cada golpe de sus dedos sobre el teclado era un intento de ahogar los recuerdos de Gabriel y de su tórrido juego de poder.
Sin embargo, el sonido del ascensor llenó el piso, rompiendo su concentración. Las puertas se abrieron, y ahí estaban Gabriel y Elena, la prometida de él, que entraba con una gracia deslumbrante. Eris sintió una punzada de incomodidad al verlos juntos. Gabriel le lanzó una mirada desafiante, su expresión era un cóctel de arrogancia y deseo, mientras se acercaba a ella.
— Eris, sígueme a mi oficina — dijo con voz grave, sin espacio para la negación.
Su corazón se aceleró al instante. Sabía que, como asistente, su deber era dictar los horarios de Gabriel, pero no imaginaba lo que iba a suceder allí.
Con su tableta en mano, Eris entró en la oficina de Gabriel, manteniendo la profesionalidad intacta. Comenzó a dictarle los horarios, pero cada vez que levantaba la mirada, se encontraba con los ojos lujuriosos de él. No había en su mirada el respeto habitual que solía tener, especialmente frente a su prometida. Eris trató de ignorarlo, pero la tensión en el ambiente aumentaba con cada segundo que pasaba.
Elena, que había estado observando desde la puerta, se acercó de repente. Con un movimiento brusco, tomó a Eris del cabello y la obligó a mirarla.
— ¿Quieres robarme a mi prometido? — preguntó, su voz era una mezcla de furia y celos. Sin darle tiempo a responder, le propinó una cachetada que resonó en la oficina y la lanzó al suelo.
Eris la miró en shock, aturdida por la violencia repentina. Era demasiado temprano para arruinar su mañana.
— ¿Qué te pasa? — gritó, levantándose mientras intentaba recuperar la compostura —. No tengo ninguna relación con el señor Gabriel, aparte de lo profesional. ¡Gabriel no me interesa en lo absoluto!
Su voz resonó con fuerza, pero ese comentario hizo que Gabriel se pusiera de pie, su enojo palpable.
— Elena, retírate de la oficina. No me gustan las escenas — dijo, su tono firme y decidido.
Eris se dio la vuelta, lista para salir, pero Gabriel la detuvo.
— Quédese. Necesitamos arreglar algunos asuntos — dijo, con los ojos cargados de ira y un brillo intenso que la inquietó.
Elena, sintiendo la tensión, refutó.
— No te dejaré solo con esta cualquiera.
Sin embargo, la mirada de Gabriel la hizo vacilar. Aun con la rabia palpitante, ella bajó la cabeza y salió, dejándolos a solas. Eris, todavía en estado de shock, se sintió atrapada en la oficina con él, la tensión palpable.
— Yo debería irme — murmuró, su voz un susurro tembloroso —. No quiero estar aquí.
Gabriel se acercó a ella, su voz ahora amenazante.
— Tus palabras han lastimado mi ego. Deberías haber elegido mejor lo que dices, porque ahora tengo una necesidad loca de recordarte quién es tu dueño.
Eris retrocedió, sintiendo cómo el miedo la envolvía. Sus ojos brillaban con un dorado intenso, un fuego que la hizo temblar.
— Tus ojos… — susurró, horrorizada.
Pero Gabriel estaba en otra dimensión, furioso por el rechazo que había recibido. Su mente estaba llena de pensamientos oscuros. Eris debía entender que era suya, que no había otra opción.
— Me perteneces. Pensé que ya lo habías entendido — masculló.
— ¡No soy tu puta de turno! — exclamó, la rabia brotando de su pecho —. ¡Déjame en paz!
Las palabras de Eris fueron como balas, hiriéndolo profundamente. No podía aceptar ese rechazo. La apretó contra la pared, levantando su falda con un movimiento brusco.
— Eres mía — gruñó, un sonido aterrador que reverberó en la habitación. Era como un animal o como el diablo mismo tomando el control del cuerpo de Gabriel —. Mi compañera. Tu rechazo es denegado.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Eris, y ella suplicó:
— ¡Suéltame! — dijo, mientras un llanto incontenible brotaba —. No quiero esto… ¡Suéltame!
Golpeando su pecho con desesperación, pero Gabriel estaba ciego y sordo a su dolor. La razón se desvanecía, y la necesidad de poseerla lo consumía.
— ¡Auxilio! — gritó, su voz desgarrándose en el aire —. ¡Por favor, auxilio!
Gabriel, sin embargo, sólo pudo murmurar:
— Eres mía, mi compañera destinada. Te marcaré para que nadie más te tenga.
Las palabras la confundieron aún más. ¿Qué demonios era esto? La realidad se distorsionaba mientras comenzaba a notar algo extraño en Gabriel. Sus colmillos empezaron a asomarse entre sus labios, y un grito aterrador brotó desde el fondo de su garganta.
— ¿Qué es esto? ¿Qué eres, Gabriel? — su mente estaba en caos, luchando por entender lo que estaba sucediendo.
Justo entonces, un estruendo resonó en la entrada. El cuerpo de Gabriel salió disparado por los aires, impactando contra la pared. Era Caleb, quien había irrumpido en la oficina como un torbellino. Miró a Eris, que estaba llorando, con la ropa desgarrada, y su rabia se incrementó.
— Sal ahora — susurró en un tono grueso y amenazante, completamente transformado a otro hombre. Sus ojos también brillaban, pero diferente.
Eris no se quedó a ver qué pasaba. Tomó su bolso y salió corriendo, sin mirar atrás, huyendo de ese maldito lugar, con un trauma que la seguiría por mucho tiempo.
Caleb, sin embargo, se acercó a Gabriel, que respiraba de forma pesada en el suelo.
— No te interpongas — le exigió Gabriel, su voz llena de furia —. Ella es mi compañera destinada.
Caleb lo miró, la decepción en sus ojos.
— Aléjate de ella y respeta su rechazo. Hasta aquí se huele su rechazo, Gabriel. Mantén tus colmillos y garras lejos de ella.
— ¿O sino qué? — gritó Gabriel, su voz retumbando en la habitación—. ¿Me matarás?
— Sí. ¡Te mato!
La tensión entre ellos era palpable, y la lucha por el control se había vuelto personal. Eris, aún en la puerta, sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar las palabras de ambos hombres. Sabía que había cruzado una línea peligrosa, y que su vida jamás volvería a ser la misma. La oscuridad había llegado a su vida, y no podía escapar de ella.
Eris sentía un peso aplastante sobre el pecho mientras reunía sus pertenencias. Su escritorio, testigo de incontables días de trabajo, ahora parecía vacío, desprovisto de significado. Lo había decidido: renunciaría. No podía seguir en aquel lugar donde los secretos y las mentiras la envolvían como una red inescapable.«¿Dónde estaba su retrato?» Allí estaba la única foto con su hermana. No podía perderlo.«Seguro lo dejo en su casa.»Justo cuando guardaba la última carpeta, la puerta de la oficina de Gabriel se abrió de golpe, y una figura apareció en su campo de visión. Elena.— Así que finalmente te vas — dijo con una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.Eris no respondió. No valía la pena.— ¿Por qué tan callada? Oh, claro… Imagino que después de haber estado con mi prometido durante cinco años, es difícil aceptarlo cuando él me elige a mí. Pero tranquila, a veces las mujeres como tú olvidan su lugar — Elena avanzó un paso —. Y me alegra que lo recuerdes.Eris respiró hondo, sint
Caleb salió de la oficina de Gabriel con los músculos aún tensos por el enfrentamiento que apenas había logrado contener. Cada paso que daba por el pasillo resonaba con la furia contenida que todavía ardía en su interior. Su mirada se posó sobre el escritorio de Eris al pasar por su lado, y algo le llamó la atención.Un retrato.En la foto, Eris sonreía junto a otra chica, ambas felices, sin rastros del miedo y la tristeza que ahora se reflejaban en su rostro. Caleb frunció el ceño y tomó el marco entre sus manos. Su mirada se endureció aún más cuando notó una liga de cabello justo al lado de la foto. Sin pensarlo dos veces, la tomó también y salió de allí.Su amigo lo siguió en silencio, su rostro serio, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de Caleb.— ¿Pudiste rastrearla? — preguntó Caleb sin detenerse, su voz era un gruñido contenido.— Sí — respondió su amigo —. Dos de nuestros hombres la siguen de cerca. Ahora mismo está en el puente de la central.Caleb as
El día siguiente llegó con una pesadez que Eris no pudo sacudirse. Al entrar a la oficina, la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pero ella solo sentía la sombra de la confrontación de la tarde anterior. Sin perder tiempo, se dirigió a su escritorio y comenzó a trabajar, enfocándose en los informes y las tareas que necesitaban su atención. Cada golpe de sus dedos sobre el teclado era un intento de ahogar los recuerdos de Gabriel y de su tórrido juego de poder.Sin embargo, el sonido del ascensor llenó el piso, rompiendo su concentración. Las puertas se abrieron, y ahí estaban Gabriel y Elena, la prometida de él, que entraba con una gracia deslumbrante. Eris sintió una punzada de incomodidad al verlos juntos. Gabriel le lanzó una mirada desafiante, su expresión era un cóctel de arrogancia y deseo, mientras se acercaba a ella.— Eris, sígueme a mi oficina — dijo con voz grave, sin espacio para la negación.Su corazón se aceleró al instante. Sabía que, como asistente, su de
Eris se quedó sola en su oficina después de que todas las miradas se apartaron de ella. La presión del ambiente la envolvió como una manta pesada. Caminó lentamente hacia su escritorio, sintiendo cada paso como un eco en el silencio que había dejado atrás. Al llegar, soltó un suspiro profundo, casi como si intentara liberar la tensión que se había acumulado en su pecho. Se sentó, abrió su ordenador y, aunque sabía que debía concentrarse en el trabajo, su mente seguía regresando a la reciente conversación sobre Gabriel.¿Por qué le ofreció ayuda? Esa pregunta resonaba en su mente. Era un gesto que parecía sencillo, pero Eris no podía evitar pensar que había algo más. Tal vez era una señal. Pero se esforzó por ignorar aquellas cuestiones y se sumergió de lleno en sus tareas, tratando de ahogar cualquier pensamiento que pudiera distraerla.A medida que las horas pasaban, el sonido de los teclados y el murmullo lejano de las conversaciones en la oficina se convirtieron en su banda sonora.
La tensión en la sala de juntas era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Eris estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo una carpeta con los informes que Gabriel le había pedido preparar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sentía cómo su estómago se retorcía.Elena estaba allí, sentada junto a Gabriel, con una confianza arrolladora. Llevaba un vestido impecable y ajustado que resaltaba cada curva, como si su sola presencia fuera un desafío para cualquier otra mujer en la sala.— Y ella ¿qué hace aquí? — preguntó Elena de repente, señalando a Eris con un gesto despectivo.Eris sintió las miradas de todos posarse sobre ella, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría la crueldad de Elena.— Es mi asistente — respondió Gabriel, con un tono seco.Elena soltó una carcajada sarcástica.— Ah, claro. ¿Tu "asistente"? Qué conveniente.El calor subió a las mejillas de Eris, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Gabrie
Eris contuvo la respiración mientras las manos de Gabriel recorrían su espalda, despacio, como si fuera a dejar una marca invisible en su piel. Estaban en su oficina, tras la pesada puerta de roble que resguardaba un mundo que solo ellos compartían. Fuera, el eco de los pasos de los empleados se deslizaba por los pasillos, indiferente a lo que ocurría dentro. Pero en ese instante, nada más importaba para Eris.Estaba sobre el escritorio, con su vestido ajustado arremangado hasta los muslos y las piernas temblando alrededor de las caderas de Gabriel. Lo miró a los ojos, esos ojos grises que siempre parecían congelados en indiferencia, pero que en momentos como ese, brillaban con algo que ella quería creer que era ternura.— Eres perfecta — susurró Gabriel, su voz tan baja que parecía romperse al final.El corazón de Eris dio un vuelco, como lo hacía cada vez que esas palabras salían de él. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la calidez de sus labios se enco







