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Eris contuvo la respiración mientras las manos de Gabriel recorrían su espalda, despacio, como si fuera a dejar una marca invisible en su piel. Estaban en su oficina, tras la pesada puerta de roble que resguardaba un mundo que solo ellos compartían. Fuera, el eco de los pasos de los empleados se deslizaba por los pasillos, indiferente a lo que ocurría dentro. Pero en ese instante, nada más importaba para Eris.
Estaba sobre el escritorio, con su vestido ajustado arremangado hasta los muslos y las piernas temblando alrededor de las caderas de Gabriel. Lo miró a los ojos, esos ojos grises que siempre parecían congelados en indiferencia, pero que en momentos como ese, brillaban con algo que ella quería creer que era ternura.
— Eres perfecta — susurró Gabriel, su voz tan baja que parecía romperse al final.
El corazón de Eris dio un vuelco, como lo hacía cada vez que esas palabras salían de él. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la calidez de sus labios se encontraba la curva de su cuello. Era en esos momentos que ella sentía que lo tenía todo. El mundo podía venirse abajo, pero Gabriel estaba ahí, con ella, el hombre al que había entregado su alma sin reservas.
Sin embargo, cada movimiento suyo también le recordaba cuán poco lo tenía en realidad. Él nunca dijo "te amo". Nunca hablaba de ellos fuera de esas paredes, y cuando el sol salía, volvía a ser el hombre implacable que la trataba como una sombra más en su imperio.
Eris abrió los ojos y lo observó. Su rostro estaba tan cerca del suyo que podía contar cada pestaña, cada detalle en su piel.
«Si tan solo pudiera detener el tiempo aquí, en este momento.» pensó.
— ¿Por qué me miras así? — preguntó Gabriel, sin levantar la vista.
Eris se mordió el labio. Podría haberle dicho la verdad: que lo miraba así porque esos momentos eran lo único que le daban fuerzas para seguir adelante. Porque, aunque era consciente de que Gabriel no la amaba como ella lo amaba a él, esos destellos de cercanía la hacían soñar con un futuro juntos.
— Porque eres hermoso — respondió ella en cambio, con una sonrisa tímida.
Él río suavemente, pero no negó sus palabras. En lugar de eso, tomó su rostro entre las manos y la beso con una intensidad que hizo que Eris olvidara por un instante todo lo que los separaba.
Pero la realidad nunca tardaba en volver. Apenas terminaron, Gabriel se apartó y comenzó a ajustarse la camisa, su expresión endureciéndose como si lo que había pasado entre ellos no hubiera ocurrido.
— ¿Te quedarás un rato más? — preguntó Eris, con la esperanza en la voz.
Gabriel le dedicó una mirada rápida antes de girarse hacia su escritorio.
— Tengo una reunión. No te olvides de enviar los documentos que te pedí esta mañana.
Y así, como si no acabara de tenerla en sus brazos, regresó al hombre frío que Eris veía todos los días.
Horas después, Eris seguía en su escritorio, repasando los correos que debía responder. La oficina estaba en silencio, y la luz del sol que entraba por los ventanales comenzaba a teñirse de naranja. A lo lejos, escuchó el eco de unas carcajadas femeninas que le hicieron levantar la vista.
Elena estaba en la sala de juntas.
Eris se quedó inmóvil, mirando a través del cristal mientras la exnovia de Gabriel charlaba animadamente con los socios principales. Su cabello caía en ondas perfectas sobre los hombros, y su sonrisa era tan radiante que parecía iluminar toda la sala.
Cuando Gabriel apareció en la escena, Eris sintió que el aire se le escapaba. Él sonreía, una sonrisa que rara vez había visto en su rostro. Caminó hacia Elena y le tocó el brazo con una familiaridad que hizo que el estómago de Eris se revolviera.
Apretó los puños bajo el escritorio, luchando contra el impulso de entrar allí y reclamar lo que, en el fondo, sabía que nunca había sido suyo.
— Ella es su primer amor — le había dicho un día una de las secretarías, con un tono casi reverencial —. Estuvieron juntos años. Todos pensaban que iban a casarse.
Eris trató de convencerse de que Gabriel no podía estar interesado en alguien que había dejado en el pasado. Pero al verlos juntos, riendo y hablando como si nunca se hubieran separado, esa ilusión comenzó a desmoronarse.
Cuando terminó la reunión, Elena salió primero. Cruzó la oficina de Eris sin apenas mirarla, como si supiera que no merecía su atención. Gabriel salió un momento después, con un brillo en los ojos que Eris no reconoció.
— Todo bien? — le preguntó ella, tratando de sonar despreocupada.
Gabriel asintió, pero no se detuvo.
— Voy a acompañar a Elena. Asegúrate de cerrar la oficina.
Y antes de que Eris pudiera responder, él ya se había ido.
Esa noche, Eris no pudo dormir. La imagen de Gabriel y Elena juntos seguía repitiéndose en su mente, una y otra vez, hasta que se sintió al borde de las lágrimas.
No entendía por qué seguía soportando todo aquello. ¿Por qué, después de todo lo que había dado por Gabriel, él seguía tratándola como si fuera descartable?
La respuesta era sencilla, aunque no quería admitirla; porque lo amaba. Porque, en el fondo, todavía creía que él podía cambiar, que algún día vería en ella lo que veía en Elena.
Pero, ¿y si no lo hacía?
Una parte de ella quería marcharse. Quería olvidarlo y empezar de nuevo, lejos de las miradas frías y las promesas rotas. Pero otra parte — la más terca y vulnerable — quería quedarse y luchar por él.
Fue entonces cuando recordó los ojos de Gabriel mientras estaban juntos esa mañana. Por un instante, le había parecido que la miraba con algo más que deseo. ¿Había sido real, o solo su imaginación?
Con un suspiro, se prometió que al día siguiente intentaría hablar con él. No podía vivir en aquella incertidumbre.
Cuando llegó a la oficina a la mañana siguiente, el ambiente era extraño. Las miradas de los empleados eran más nerviosas de lo habitual, y había un murmullo constante que parecía recorrer los pasillos como un secreto.
Eris no tardó en enterarse de la razón. Un nuevo socio estaba en la empresa; Caleb Sinclair, el enigmático magnate que había revolucionado la industria en los últimos años.
— Dicen que es más imponente que Gabriel — susurró una de las secretarías.
Eris sonoro para sí misma. Dudaba mucho que alguien pudiera superar la presencia intimidante de su jefe. Pero cuando Caleb entró a la sala de juntas por primera vez, supo que estaba equivocada.
Su figura era alta y poderosa, con hombros anchos y un porte que exudaba confianza. Sus ojos, de un color miel intenso, recorrieron la sala con una mirada que parecía atravesar a todos los presentes.
Cuando su mirada se posó en Eris, algo en su interior se agitó. Caleb la observará durante un segundo más de lo necesario, como si intentara resolver un misterio. Su cuerpo tenso y atrayente.
«¿Por qué me mira así?» pensó mientras Caleb se alejaba.
Pero entonces, Gabriel entró en la sala de juntas, y no lo hizo solo, sino tomado de la mano con Elena. El corazón de Eris parecía romperse en ese momento, la agitación en su pecho quería hacerla llorar como a una pequeña niña lastimada, pero, aunque quisiera hacerlo, no podía. Ella era una profesional, y nadie dentro de esa oficina, debía pagar por su corazón roto.
Si creía que eso era doloroso, lo fue más cuando Gabriel habló.
— Caballeros, disculpen la demora. Estuve ocupado con mi prometida — habló con una seguridad.
Todos los socios comenzaron a felicitarlos, menos Caleb. Entonces Eris lo miró y vio que ese misterioso hombre tenía los ojos puestos en ella. Le sonrió de lado, para después enfocarse en los papeles que ella misma dejó frente a él.
Eris sentía un peso aplastante sobre el pecho mientras reunía sus pertenencias. Su escritorio, testigo de incontables días de trabajo, ahora parecía vacío, desprovisto de significado. Lo había decidido: renunciaría. No podía seguir en aquel lugar donde los secretos y las mentiras la envolvían como una red inescapable.«¿Dónde estaba su retrato?» Allí estaba la única foto con su hermana. No podía perderlo.«Seguro lo dejo en su casa.»Justo cuando guardaba la última carpeta, la puerta de la oficina de Gabriel se abrió de golpe, y una figura apareció en su campo de visión. Elena.— Así que finalmente te vas — dijo con una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.Eris no respondió. No valía la pena.— ¿Por qué tan callada? Oh, claro… Imagino que después de haber estado con mi prometido durante cinco años, es difícil aceptarlo cuando él me elige a mí. Pero tranquila, a veces las mujeres como tú olvidan su lugar — Elena avanzó un paso —. Y me alegra que lo recuerdes.Eris respiró hondo, sint
Caleb salió de la oficina de Gabriel con los músculos aún tensos por el enfrentamiento que apenas había logrado contener. Cada paso que daba por el pasillo resonaba con la furia contenida que todavía ardía en su interior. Su mirada se posó sobre el escritorio de Eris al pasar por su lado, y algo le llamó la atención.Un retrato.En la foto, Eris sonreía junto a otra chica, ambas felices, sin rastros del miedo y la tristeza que ahora se reflejaban en su rostro. Caleb frunció el ceño y tomó el marco entre sus manos. Su mirada se endureció aún más cuando notó una liga de cabello justo al lado de la foto. Sin pensarlo dos veces, la tomó también y salió de allí.Su amigo lo siguió en silencio, su rostro serio, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de Caleb.— ¿Pudiste rastrearla? — preguntó Caleb sin detenerse, su voz era un gruñido contenido.— Sí — respondió su amigo —. Dos de nuestros hombres la siguen de cerca. Ahora mismo está en el puente de la central.Caleb as
El día siguiente llegó con una pesadez que Eris no pudo sacudirse. Al entrar a la oficina, la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pero ella solo sentía la sombra de la confrontación de la tarde anterior. Sin perder tiempo, se dirigió a su escritorio y comenzó a trabajar, enfocándose en los informes y las tareas que necesitaban su atención. Cada golpe de sus dedos sobre el teclado era un intento de ahogar los recuerdos de Gabriel y de su tórrido juego de poder.Sin embargo, el sonido del ascensor llenó el piso, rompiendo su concentración. Las puertas se abrieron, y ahí estaban Gabriel y Elena, la prometida de él, que entraba con una gracia deslumbrante. Eris sintió una punzada de incomodidad al verlos juntos. Gabriel le lanzó una mirada desafiante, su expresión era un cóctel de arrogancia y deseo, mientras se acercaba a ella.— Eris, sígueme a mi oficina — dijo con voz grave, sin espacio para la negación.Su corazón se aceleró al instante. Sabía que, como asistente, su de
Eris se quedó sola en su oficina después de que todas las miradas se apartaron de ella. La presión del ambiente la envolvió como una manta pesada. Caminó lentamente hacia su escritorio, sintiendo cada paso como un eco en el silencio que había dejado atrás. Al llegar, soltó un suspiro profundo, casi como si intentara liberar la tensión que se había acumulado en su pecho. Se sentó, abrió su ordenador y, aunque sabía que debía concentrarse en el trabajo, su mente seguía regresando a la reciente conversación sobre Gabriel.¿Por qué le ofreció ayuda? Esa pregunta resonaba en su mente. Era un gesto que parecía sencillo, pero Eris no podía evitar pensar que había algo más. Tal vez era una señal. Pero se esforzó por ignorar aquellas cuestiones y se sumergió de lleno en sus tareas, tratando de ahogar cualquier pensamiento que pudiera distraerla.A medida que las horas pasaban, el sonido de los teclados y el murmullo lejano de las conversaciones en la oficina se convirtieron en su banda sonora.
La tensión en la sala de juntas era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Eris estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo una carpeta con los informes que Gabriel le había pedido preparar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sentía cómo su estómago se retorcía.Elena estaba allí, sentada junto a Gabriel, con una confianza arrolladora. Llevaba un vestido impecable y ajustado que resaltaba cada curva, como si su sola presencia fuera un desafío para cualquier otra mujer en la sala.— Y ella ¿qué hace aquí? — preguntó Elena de repente, señalando a Eris con un gesto despectivo.Eris sintió las miradas de todos posarse sobre ella, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría la crueldad de Elena.— Es mi asistente — respondió Gabriel, con un tono seco.Elena soltó una carcajada sarcástica.— Ah, claro. ¿Tu "asistente"? Qué conveniente.El calor subió a las mejillas de Eris, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Gabrie
Eris contuvo la respiración mientras las manos de Gabriel recorrían su espalda, despacio, como si fuera a dejar una marca invisible en su piel. Estaban en su oficina, tras la pesada puerta de roble que resguardaba un mundo que solo ellos compartían. Fuera, el eco de los pasos de los empleados se deslizaba por los pasillos, indiferente a lo que ocurría dentro. Pero en ese instante, nada más importaba para Eris.Estaba sobre el escritorio, con su vestido ajustado arremangado hasta los muslos y las piernas temblando alrededor de las caderas de Gabriel. Lo miró a los ojos, esos ojos grises que siempre parecían congelados en indiferencia, pero que en momentos como ese, brillaban con algo que ella quería creer que era ternura.— Eres perfecta — susurró Gabriel, su voz tan baja que parecía romperse al final.El corazón de Eris dio un vuelco, como lo hacía cada vez que esas palabras salían de él. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la calidez de sus labios se enco







