로그인Eris sentía un peso aplastante sobre el pecho mientras reunía sus pertenencias. Su escritorio, testigo de incontables días de trabajo, ahora parecía vacío, desprovisto de significado. Lo había decidido: renunciaría. No podía seguir en aquel lugar donde los secretos y las mentiras la envolvían como una red inescapable.«¿Dónde estaba su retrato?» Allí estaba la única foto con su hermana. No podía perderlo.«Seguro lo dejo en su casa.»Justo cuando guardaba la última carpeta, la puerta de la oficina de Gabriel se abrió de golpe, y una figura apareció en su campo de visión. Elena.— Así que finalmente te vas — dijo con una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.Eris no respondió. No valía la pena.— ¿Por qué tan callada? Oh, claro… Imagino que después de haber estado con mi prometido durante cinco años, es difícil aceptarlo cuando él me elige a mí. Pero tranquila, a veces las mujeres como tú olvidan su lugar — Elena avanzó un paso —. Y me alegra que lo recuerdes.Eris respiró hondo, sint
Caleb salió de la oficina de Gabriel con los músculos aún tensos por el enfrentamiento que apenas había logrado contener. Cada paso que daba por el pasillo resonaba con la furia contenida que todavía ardía en su interior. Su mirada se posó sobre el escritorio de Eris al pasar por su lado, y algo le llamó la atención.Un retrato.En la foto, Eris sonreía junto a otra chica, ambas felices, sin rastros del miedo y la tristeza que ahora se reflejaban en su rostro. Caleb frunció el ceño y tomó el marco entre sus manos. Su mirada se endureció aún más cuando notó una liga de cabello justo al lado de la foto. Sin pensarlo dos veces, la tomó también y salió de allí.Su amigo lo siguió en silencio, su rostro serio, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de Caleb.— ¿Pudiste rastrearla? — preguntó Caleb sin detenerse, su voz era un gruñido contenido.— Sí — respondió su amigo —. Dos de nuestros hombres la siguen de cerca. Ahora mismo está en el puente de la central.Caleb as
El día siguiente llegó con una pesadez que Eris no pudo sacudirse. Al entrar a la oficina, la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pero ella solo sentía la sombra de la confrontación de la tarde anterior. Sin perder tiempo, se dirigió a su escritorio y comenzó a trabajar, enfocándose en los informes y las tareas que necesitaban su atención. Cada golpe de sus dedos sobre el teclado era un intento de ahogar los recuerdos de Gabriel y de su tórrido juego de poder.Sin embargo, el sonido del ascensor llenó el piso, rompiendo su concentración. Las puertas se abrieron, y ahí estaban Gabriel y Elena, la prometida de él, que entraba con una gracia deslumbrante. Eris sintió una punzada de incomodidad al verlos juntos. Gabriel le lanzó una mirada desafiante, su expresión era un cóctel de arrogancia y deseo, mientras se acercaba a ella.— Eris, sígueme a mi oficina — dijo con voz grave, sin espacio para la negación.Su corazón se aceleró al instante. Sabía que, como asistente, su de
Eris se quedó sola en su oficina después de que todas las miradas se apartaron de ella. La presión del ambiente la envolvió como una manta pesada. Caminó lentamente hacia su escritorio, sintiendo cada paso como un eco en el silencio que había dejado atrás. Al llegar, soltó un suspiro profundo, casi como si intentara liberar la tensión que se había acumulado en su pecho. Se sentó, abrió su ordenador y, aunque sabía que debía concentrarse en el trabajo, su mente seguía regresando a la reciente conversación sobre Gabriel.¿Por qué le ofreció ayuda? Esa pregunta resonaba en su mente. Era un gesto que parecía sencillo, pero Eris no podía evitar pensar que había algo más. Tal vez era una señal. Pero se esforzó por ignorar aquellas cuestiones y se sumergió de lleno en sus tareas, tratando de ahogar cualquier pensamiento que pudiera distraerla.A medida que las horas pasaban, el sonido de los teclados y el murmullo lejano de las conversaciones en la oficina se convirtieron en su banda sonora.
La tensión en la sala de juntas era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Eris estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo una carpeta con los informes que Gabriel le había pedido preparar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sentía cómo su estómago se retorcía.Elena estaba allí, sentada junto a Gabriel, con una confianza arrolladora. Llevaba un vestido impecable y ajustado que resaltaba cada curva, como si su sola presencia fuera un desafío para cualquier otra mujer en la sala.— Y ella ¿qué hace aquí? — preguntó Elena de repente, señalando a Eris con un gesto despectivo.Eris sintió las miradas de todos posarse sobre ella, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría la crueldad de Elena.— Es mi asistente — respondió Gabriel, con un tono seco.Elena soltó una carcajada sarcástica.— Ah, claro. ¿Tu "asistente"? Qué conveniente.El calor subió a las mejillas de Eris, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Gabrie
Eris contuvo la respiración mientras las manos de Gabriel recorrían su espalda, despacio, como si fuera a dejar una marca invisible en su piel. Estaban en su oficina, tras la pesada puerta de roble que resguardaba un mundo que solo ellos compartían. Fuera, el eco de los pasos de los empleados se deslizaba por los pasillos, indiferente a lo que ocurría dentro. Pero en ese instante, nada más importaba para Eris.Estaba sobre el escritorio, con su vestido ajustado arremangado hasta los muslos y las piernas temblando alrededor de las caderas de Gabriel. Lo miró a los ojos, esos ojos grises que siempre parecían congelados en indiferencia, pero que en momentos como ese, brillaban con algo que ella quería creer que era ternura.— Eres perfecta — susurró Gabriel, su voz tan baja que parecía romperse al final.El corazón de Eris dio un vuelco, como lo hacía cada vez que esas palabras salían de él. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la calidez de sus labios se enco







