เข้าสู่ระบบLa tensión en la sala de juntas era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Eris estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo una carpeta con los informes que Gabriel le había pedido preparar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sentía cómo su estómago se retorcía.
Elena estaba allí, sentada junto a Gabriel, con una confianza arrolladora. Llevaba un vestido impecable y ajustado que resaltaba cada curva, como si su sola presencia fuera un desafío para cualquier otra mujer en la sala.
— Y ella ¿qué hace aquí? — preguntó Elena de repente, señalando a Eris con un gesto despectivo.
Eris sintió las miradas de todos posarse sobre ella, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría la crueldad de Elena.
— Es mi asistente — respondió Gabriel, con un tono seco.
Elena soltó una carcajada sarcástica.
— Ah, claro. ¿Tu "asistente"? Qué conveniente.
El calor subió a las mejillas de Eris, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Gabriel, esperando que dijera algo para defenderla. Sin embargo, él permaneció en silencio, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en la pantalla frente a él.
Fue Caleb quien rompió el incómodo silencio.
— No veo cómo su presencia aquí afecta la reunión — dijo con voz firme, sus ojos miel clavados en Elena.
Elena arqueó una ceja, claramente sorprendida por la intervención de Caleb.
— Oh, vamos, Señor Sinclair. No pretenderás que una simple asistente tenga algo valioso que aportar aquí, ¿o sí?
— Depende — respondió él con calma, aunque sus ojos parecían encenderse con un destello de advertencia —. A veces, los que menos subestimamos son los que más nos sorprenden. ¿Tu repartirás el resto de los informes?
— ¿Qué?
— Perfecto. Deja que la hermosa mujer haga su trabajo — sentenció entonces.
Elena entrecerró los ojos, pero no respondió. Su expresión era una mezcla de irritación y desconcierto, como si no estuviera acostumbrada a que alguien la desafiara.
Eris, por su parte, sintió una punzada de agradecimiento hacia Caleb. Aunque no lo conocía bien, su defensa inesperada le dio fuerzas para mantenerse firme, aunque en ese momento, solo quería llorar.
La reunión continuó, pero Eris apenas podía concentrarse. Sus ojos volvieron una y otra vez hacia Caleb, quien estaba sentado al otro extremo de la mesa. Había algo en él que la desconcertaba, algo más allá de su presencia imponente o su voz profunda.
Por momentos, lo sorprendía mirándola, y cuando sus miradas se encontraban, sentía una extraña conexión que no podía explicar.
Dentro de la mente de Caleb, la batalla era otra.
— Ella huele a ese hombre — gruñó su lobo, con una voz baja y amenazante.
— Cálmate. No sabemos nada todavía — respondió Caleb, apretando los puños bajo la mesa.
—Es nuestra compañera. Lo sabes tan bien como yo. ¿Qué hace ella aquí? ¿Por qué huele a otro hombre?
Caleb cerró los ojos por un instante, intentando controlar la rabia que comenzaba a bullir en su interior.
— No ahora. No aquí. Necesito respuestas antes de actuar.
Su lobo dejó escapar un rugido bajo, pero finalmente se calmó. Sin embargo, la conexión con Eris seguía tensando cada fibra del cuerpo de Caleb.
Cuando terminó la reunión, Elena fue la primera en levantarse. Se acercó a Eris, con una sonrisa que era todo menos amable.
— Escucha, querida — comenzó, colocando una mano sobre su brazo como si fueran amigas —. Sé que estás aquí porque Gabriel tiene un lado… ¿cómo decirlo? Generoso. Pero si quieres un consejo, tal vez deberías considerar buscar un trabajo más adecuado para alguien como tú. Conozco gente que se dedica a dar trabajo a chicas como tú.
— ¿En serio? No sabía que te dedicabas a ayudar proxenetas, Elena. Al parecer no eres tan buena como tu cara lo aparenta — intervino Caleb.
Eris sintió cómo el calor subía a su rostro, pero mantenía la compostura.
— Gracias por el consejo, señora, pero estoy muy bien donde estoy.
Elena soltó una risa baja y condescendiente.
— Ay, cariño. No estoy seguro de que "bien" sea la palabra que describe tu situación, pero si a ti te parece suficiente, quién soy yo para discutirlo.
Gabriel, que había estado revisando unos papeles, levantó la vista, pero no dijo nada. Su indiferencia era un golpe más que Eris no podía ignorar.
Fue Caleb quien dio un paso adelante, sus ojos miel fijos en Elena.
— ¿Terminaste de molestar? — preguntó, su voz tranquila pero cargada de un tono que no admitía discusión.
Elena se giró hacia él, sorprendida por la interrupción.
— ¿Perdón?
— Dije que terminaron. Me parece que Eris tiene más dignidad en su pequeño dedo que muchos de los que están aquí. Tal vez deberías considerar eso antes de hablar.
El silencio en la sala fue sepulcral. Elena lo miró boquiabierta, incapaz de responder. ¿Por qué la defendía tanto? ¿Qué carajos le importaba lo que ella le dijera?
No era la primera interrupción que él hacia ese hombre, pero era suficiente.
Eris, por su parte, apenas podía creer lo que estaba escuchando. Miró a Caleb, sus ojos buscando algún indicio de burla, pero lo único que encontró fue una determinación feroz.
Elena finalmente se recompuso, aunque su rostro estaba rojo de ira.
— No tienes idea de con quién estás hablando, Caleb.
— Y tú no tienes idea de cuánto me importa — respondió él con una leve sonrisa que no llegó a sus ojos.
Sin esperar respuesta, Caleb se giró hacia Eris.
— ¿Me acompañas un momento? Necesito discutir algo contigo.
Eris asintió, todavía aturdida, y lo siguió fuera de la sala.
Cuando llegaron a un pasillo desierto, Caleb se detuvo y se volvió hacia ella.
— ¿Estás bien?
Eris parpadeó, sorprendida por su tono de preocupación.
— Sí, estoy bien. Gracias por… lo que hiciste allí, aunque ciertamente no está bien.
Caleb la miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando algo. Finalmente, ascendió.
— No deberías permitir que nadie te trate de esa manera.
— No es tan fácil como parece — respondió Eris, con un susurro.
Caleb se inclinó ligeramente hacia ella, sus ojos brillando con una intensidad que la dejó sin aliento.
— Tal vez no, pero eso no significa que debas aceptarlo.
Eris sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Había algo en Caleb, algo que no podía identificar, pero que la hacía sentir… protegida. El hombre buscó algo en el bolsillo de su saco y se lo entregó.
— Llámame si necesitas algo — aconsejó.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, en ese momento, Gabriel los estaba observando desde la distancia, su mandíbula apretada y sus ojos oscuros llenos de algo que podría ser celos.
Y la batalla apenas estaba comenzando.
Eris sentía un peso aplastante sobre el pecho mientras reunía sus pertenencias. Su escritorio, testigo de incontables días de trabajo, ahora parecía vacío, desprovisto de significado. Lo había decidido: renunciaría. No podía seguir en aquel lugar donde los secretos y las mentiras la envolvían como una red inescapable.«¿Dónde estaba su retrato?» Allí estaba la única foto con su hermana. No podía perderlo.«Seguro lo dejo en su casa.»Justo cuando guardaba la última carpeta, la puerta de la oficina de Gabriel se abrió de golpe, y una figura apareció en su campo de visión. Elena.— Así que finalmente te vas — dijo con una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.Eris no respondió. No valía la pena.— ¿Por qué tan callada? Oh, claro… Imagino que después de haber estado con mi prometido durante cinco años, es difícil aceptarlo cuando él me elige a mí. Pero tranquila, a veces las mujeres como tú olvidan su lugar — Elena avanzó un paso —. Y me alegra que lo recuerdes.Eris respiró hondo, sint
Caleb salió de la oficina de Gabriel con los músculos aún tensos por el enfrentamiento que apenas había logrado contener. Cada paso que daba por el pasillo resonaba con la furia contenida que todavía ardía en su interior. Su mirada se posó sobre el escritorio de Eris al pasar por su lado, y algo le llamó la atención.Un retrato.En la foto, Eris sonreía junto a otra chica, ambas felices, sin rastros del miedo y la tristeza que ahora se reflejaban en su rostro. Caleb frunció el ceño y tomó el marco entre sus manos. Su mirada se endureció aún más cuando notó una liga de cabello justo al lado de la foto. Sin pensarlo dos veces, la tomó también y salió de allí.Su amigo lo siguió en silencio, su rostro serio, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de Caleb.— ¿Pudiste rastrearla? — preguntó Caleb sin detenerse, su voz era un gruñido contenido.— Sí — respondió su amigo —. Dos de nuestros hombres la siguen de cerca. Ahora mismo está en el puente de la central.Caleb as
El día siguiente llegó con una pesadez que Eris no pudo sacudirse. Al entrar a la oficina, la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pero ella solo sentía la sombra de la confrontación de la tarde anterior. Sin perder tiempo, se dirigió a su escritorio y comenzó a trabajar, enfocándose en los informes y las tareas que necesitaban su atención. Cada golpe de sus dedos sobre el teclado era un intento de ahogar los recuerdos de Gabriel y de su tórrido juego de poder.Sin embargo, el sonido del ascensor llenó el piso, rompiendo su concentración. Las puertas se abrieron, y ahí estaban Gabriel y Elena, la prometida de él, que entraba con una gracia deslumbrante. Eris sintió una punzada de incomodidad al verlos juntos. Gabriel le lanzó una mirada desafiante, su expresión era un cóctel de arrogancia y deseo, mientras se acercaba a ella.— Eris, sígueme a mi oficina — dijo con voz grave, sin espacio para la negación.Su corazón se aceleró al instante. Sabía que, como asistente, su de
Eris se quedó sola en su oficina después de que todas las miradas se apartaron de ella. La presión del ambiente la envolvió como una manta pesada. Caminó lentamente hacia su escritorio, sintiendo cada paso como un eco en el silencio que había dejado atrás. Al llegar, soltó un suspiro profundo, casi como si intentara liberar la tensión que se había acumulado en su pecho. Se sentó, abrió su ordenador y, aunque sabía que debía concentrarse en el trabajo, su mente seguía regresando a la reciente conversación sobre Gabriel.¿Por qué le ofreció ayuda? Esa pregunta resonaba en su mente. Era un gesto que parecía sencillo, pero Eris no podía evitar pensar que había algo más. Tal vez era una señal. Pero se esforzó por ignorar aquellas cuestiones y se sumergió de lleno en sus tareas, tratando de ahogar cualquier pensamiento que pudiera distraerla.A medida que las horas pasaban, el sonido de los teclados y el murmullo lejano de las conversaciones en la oficina se convirtieron en su banda sonora.
La tensión en la sala de juntas era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Eris estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo una carpeta con los informes que Gabriel le había pedido preparar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sentía cómo su estómago se retorcía.Elena estaba allí, sentada junto a Gabriel, con una confianza arrolladora. Llevaba un vestido impecable y ajustado que resaltaba cada curva, como si su sola presencia fuera un desafío para cualquier otra mujer en la sala.— Y ella ¿qué hace aquí? — preguntó Elena de repente, señalando a Eris con un gesto despectivo.Eris sintió las miradas de todos posarse sobre ella, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría la crueldad de Elena.— Es mi asistente — respondió Gabriel, con un tono seco.Elena soltó una carcajada sarcástica.— Ah, claro. ¿Tu "asistente"? Qué conveniente.El calor subió a las mejillas de Eris, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Gabrie
Eris contuvo la respiración mientras las manos de Gabriel recorrían su espalda, despacio, como si fuera a dejar una marca invisible en su piel. Estaban en su oficina, tras la pesada puerta de roble que resguardaba un mundo que solo ellos compartían. Fuera, el eco de los pasos de los empleados se deslizaba por los pasillos, indiferente a lo que ocurría dentro. Pero en ese instante, nada más importaba para Eris.Estaba sobre el escritorio, con su vestido ajustado arremangado hasta los muslos y las piernas temblando alrededor de las caderas de Gabriel. Lo miró a los ojos, esos ojos grises que siempre parecían congelados en indiferencia, pero que en momentos como ese, brillaban con algo que ella quería creer que era ternura.— Eres perfecta — susurró Gabriel, su voz tan baja que parecía romperse al final.El corazón de Eris dio un vuelco, como lo hacía cada vez que esas palabras salían de él. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la calidez de sus labios se enco







