تسجيل الدخولCaleb salió de la oficina de Gabriel con los músculos aún tensos por el enfrentamiento que apenas había logrado contener. Cada paso que daba por el pasillo resonaba con la furia contenida que todavía ardía en su interior. Su mirada se posó sobre el escritorio de Eris al pasar por su lado, y algo le llamó la atención.
Un retrato.
En la foto, Eris sonreía junto a otra chica, ambas felices, sin rastros del miedo y la tristeza que ahora se reflejaban en su rostro. Caleb frunció el ceño y tomó el marco entre sus manos. Su mirada se endureció aún más cuando notó una liga de cabello justo al lado de la foto. Sin pensarlo dos veces, la tomó también y salió de allí.
Su amigo lo siguió en silencio, su rostro serio, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de Caleb.
— ¿Pudiste rastrearla? — preguntó Caleb sin detenerse, su voz era un gruñido contenido.
— Sí — respondió su amigo —. Dos de nuestros hombres la siguen de cerca. Ahora mismo está en el puente de la central.
Caleb asintió, apretando con más fuerza la liga en su mano. Su amigo desvió la mirada hacia los objetos que sostenía y levantó una ceja.
— ¿Por qué llevas eso? — inquirió con curiosidad.
— Nada — respondió Caleb, su voz baja, pero cargada de una emoción que su amigo no pudo descifrar.
— ¿Por qué te importa tanto esa mujer? — insistió, con la misma seriedad de antes —. Es la compañera de Gabriel. Su aroma está impregnado en ella, pero también se puede oler la tensión y, sobre todo, el rechazo. Su corazón está herido.
Caleb cerró los ojos un momento antes de abrirlos y mirar a su amigo con una expresión intensa.
— Me gusta — confesó.
Su amigo se quedó en silencio por unos segundos antes de soltar un suspiro.
— Se nota. Acabas de enfrentarte al mismísimo Gabriel por ella.
Caleb sonrió de lado, pero su expresión se endureció de inmediato.
— Soy el mismísimo Caleb. No podía quedarme de brazos cruzados mientras abusaba de ella.
Los ojos de su amigo se abrieron con sorpresa.
— Los lobos hijos de puta no cazan así — murmuró con desprecio —. No fuerzan. Gabriel solo es una lobito jugando a ser Alfa.
— ¿Dónde está? — preguntó Caleb, su paciencia agotándose.
— Te lo dije, en el puente de la central.
Caleb no perdió el tiempo y se dirigió hacia allá, dejando a su amigo con una expresión de incredulidad en el rostro.
Eris estaba en el puente, con los ojos inyectados de sangre, llorando en silencio, asustada. Pero entre la multitud disimulaba, no quería que nadie la viera débil. La gente la miraba con lástima, como si asumieran que su sufrimiento era por desamor. En cierta parte lo era, pero el verdadero motivo de su angustia iba más allá. Estaba aterrada, confundida. No entendía qué había visto, qué había experimentado.
Sus ojos habían presenciado lo imposible. Había algo en este mundo que escapaba de su comprensión. Monstruos, bestias, cosas que no deberían existir… pero lo hacían. Lo había visto con sus propios ojos.
Pero, ¿a quién se lo contaba? Si le decía a alguien, la encerrarían en un manicomio. Nadie le creería.
Miró el horizonte con la mente hecha un caos y murmuró para sí misma:
— ¿Qué me está pasando…?
— Te estás adaptando — respondió una voz detrás de ella.
Se giró con rapidez y se encontró con los ojos más profundos que había visto jamás. Marrón oscuro, penetrantes, cargados de una emoción indescifrable.
Caleb.
Eris retrocedió un paso, hasta que su espalda chocó contra el barandal del puente. Los ojos de Caleb reflejaban tristeza y miedo.
— No te haré daño — aseguró con voz calmada —. Acabo de salvarte.
Eris lo miró fijamente, intentando encontrarle sentido a todo.
— Vi lo que hiciste — susurró, con la garganta seca —. Nadie puede lanzar a una persona por los aires más de cuatro metros…
— Para ser precisos, fueron seis metros — corrigió Caleb con un deje de ironía —. Contando con el mueble contra el que rebotó su cuerpo.
Eris tragó saliva.
— Vi sus ojos — continuó con voz temblorosa —. Vi los tuyos. Vi… — Sus ojos se llenaron de lágrimas —. Vi sus dientes.
Caleb suspiró, como si ya esperara que ella llegara a esa conclusión.
— Humana — murmuró con resignación.
Eris soltó un gemido de sorpresa.
— No pongas esa cara — dijo Eris con cierta molestia. ¿Humana? —. Lo que seas… es mejor que te alejes de mí.
— Es más — añadió ella, con un hilo de voz —, quiero estar lejos.
Pero antes de que pudiera moverse, Caleb se acercó y sujetó su barbilla con suavidad, inclinándose para examinar su cuello. Su mirada se endureció y se apartó frustrado.
— ¿Cuánto tiempo? — preguntó, su voz un susurro grave.
Eris lo miró con horror, intentando mantenerse firme.
— Eso no es de tu incumbencia — respondió con dificultad. Ni siquiera sabía a qué se refería la pregunta.
— ¿Cuánto tiempo estuviste con Gabriel? — insistió Caleb, su tono más impaciente.
— Eso… — Eris se detuvo, pero Caleb la interrumpió con dureza.
— Responde.
— Cinco años — admitió ella en voz baja.
Caleb apretó la mandíbula. Eris notó que sus manos temblaban de ira contenida.
— Pero no me juzgues — añadió rápidamente —. Yo no sabía…
— Nunca pude sentirte — susurró Caleb, mirándola fijamente.
Se acercó más, inhalando su aroma. Eris sintió un escalofrío recorrer su espalda.
— Tampoco estás marcada — dijo Caleb con voz grave —. Aunque casi lo estuviste. Si Gabriel te hubiese mordido, le pertenecerías para siempre.
Eris sintió que el pánico la ahogaba.
— No, no, no… — murmuró, negando con la cabeza —. No seré la amante de nadie. Sí, lo fui, porque él estaba soltero. Pero ahora él tiene a Elena y yo… Yo no quiero ser mordida por nadie.
Caleb la observó en silencio, su mirada indescifrable.
— No lo permitiré — afirmó con voz firme.
Eris lo miró, incrédula.
— No tienes que hacerlo — susurró con desesperación —. Solo déjenme en paz…
Pero Caleb no parecía dispuesto a ceder. Eris sintió que su mundo se desmoronaba mientras la realidad se imponía ante ella. Nada volvería a ser igual.
Y lo peor de todo… es que una parte de ella sentía que, en los ojos de Caleb, había encontrado una promesa de protección que nunca antes había conocido.
Eris sentía un peso aplastante sobre el pecho mientras reunía sus pertenencias. Su escritorio, testigo de incontables días de trabajo, ahora parecía vacío, desprovisto de significado. Lo había decidido: renunciaría. No podía seguir en aquel lugar donde los secretos y las mentiras la envolvían como una red inescapable.«¿Dónde estaba su retrato?» Allí estaba la única foto con su hermana. No podía perderlo.«Seguro lo dejo en su casa.»Justo cuando guardaba la última carpeta, la puerta de la oficina de Gabriel se abrió de golpe, y una figura apareció en su campo de visión. Elena.— Así que finalmente te vas — dijo con una sonrisa ladeada, cruzándose de brazos.Eris no respondió. No valía la pena.— ¿Por qué tan callada? Oh, claro… Imagino que después de haber estado con mi prometido durante cinco años, es difícil aceptarlo cuando él me elige a mí. Pero tranquila, a veces las mujeres como tú olvidan su lugar — Elena avanzó un paso —. Y me alegra que lo recuerdes.Eris respiró hondo, sint
Caleb salió de la oficina de Gabriel con los músculos aún tensos por el enfrentamiento que apenas había logrado contener. Cada paso que daba por el pasillo resonaba con la furia contenida que todavía ardía en su interior. Su mirada se posó sobre el escritorio de Eris al pasar por su lado, y algo le llamó la atención.Un retrato.En la foto, Eris sonreía junto a otra chica, ambas felices, sin rastros del miedo y la tristeza que ahora se reflejaban en su rostro. Caleb frunció el ceño y tomó el marco entre sus manos. Su mirada se endureció aún más cuando notó una liga de cabello justo al lado de la foto. Sin pensarlo dos veces, la tomó también y salió de allí.Su amigo lo siguió en silencio, su rostro serio, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de Caleb.— ¿Pudiste rastrearla? — preguntó Caleb sin detenerse, su voz era un gruñido contenido.— Sí — respondió su amigo —. Dos de nuestros hombres la siguen de cerca. Ahora mismo está en el puente de la central.Caleb as
El día siguiente llegó con una pesadez que Eris no pudo sacudirse. Al entrar a la oficina, la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, pero ella solo sentía la sombra de la confrontación de la tarde anterior. Sin perder tiempo, se dirigió a su escritorio y comenzó a trabajar, enfocándose en los informes y las tareas que necesitaban su atención. Cada golpe de sus dedos sobre el teclado era un intento de ahogar los recuerdos de Gabriel y de su tórrido juego de poder.Sin embargo, el sonido del ascensor llenó el piso, rompiendo su concentración. Las puertas se abrieron, y ahí estaban Gabriel y Elena, la prometida de él, que entraba con una gracia deslumbrante. Eris sintió una punzada de incomodidad al verlos juntos. Gabriel le lanzó una mirada desafiante, su expresión era un cóctel de arrogancia y deseo, mientras se acercaba a ella.— Eris, sígueme a mi oficina — dijo con voz grave, sin espacio para la negación.Su corazón se aceleró al instante. Sabía que, como asistente, su de
Eris se quedó sola en su oficina después de que todas las miradas se apartaron de ella. La presión del ambiente la envolvió como una manta pesada. Caminó lentamente hacia su escritorio, sintiendo cada paso como un eco en el silencio que había dejado atrás. Al llegar, soltó un suspiro profundo, casi como si intentara liberar la tensión que se había acumulado en su pecho. Se sentó, abrió su ordenador y, aunque sabía que debía concentrarse en el trabajo, su mente seguía regresando a la reciente conversación sobre Gabriel.¿Por qué le ofreció ayuda? Esa pregunta resonaba en su mente. Era un gesto que parecía sencillo, pero Eris no podía evitar pensar que había algo más. Tal vez era una señal. Pero se esforzó por ignorar aquellas cuestiones y se sumergió de lleno en sus tareas, tratando de ahogar cualquier pensamiento que pudiera distraerla.A medida que las horas pasaban, el sonido de los teclados y el murmullo lejano de las conversaciones en la oficina se convirtieron en su banda sonora.
La tensión en la sala de juntas era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Eris estaba de pie junto a la puerta, sosteniendo una carpeta con los informes que Gabriel le había pedido preparar. Su rostro estaba sereno, pero por dentro sentía cómo su estómago se retorcía.Elena estaba allí, sentada junto a Gabriel, con una confianza arrolladora. Llevaba un vestido impecable y ajustado que resaltaba cada curva, como si su sola presencia fuera un desafío para cualquier otra mujer en la sala.— Y ella ¿qué hace aquí? — preguntó Elena de repente, señalando a Eris con un gesto despectivo.Eris sintió las miradas de todos posarse sobre ella, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que cualquier reacción solo alimentaría la crueldad de Elena.— Es mi asistente — respondió Gabriel, con un tono seco.Elena soltó una carcajada sarcástica.— Ah, claro. ¿Tu "asistente"? Qué conveniente.El calor subió a las mejillas de Eris, pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Gabrie
Eris contuvo la respiración mientras las manos de Gabriel recorrían su espalda, despacio, como si fuera a dejar una marca invisible en su piel. Estaban en su oficina, tras la pesada puerta de roble que resguardaba un mundo que solo ellos compartían. Fuera, el eco de los pasos de los empleados se deslizaba por los pasillos, indiferente a lo que ocurría dentro. Pero en ese instante, nada más importaba para Eris.Estaba sobre el escritorio, con su vestido ajustado arremangado hasta los muslos y las piernas temblando alrededor de las caderas de Gabriel. Lo miró a los ojos, esos ojos grises que siempre parecían congelados en indiferencia, pero que en momentos como ese, brillaban con algo que ella quería creer que era ternura.— Eres perfecta — susurró Gabriel, su voz tan baja que parecía romperse al final.El corazón de Eris dio un vuelco, como lo hacía cada vez que esas palabras salían de él. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la calidez de sus labios se enco







