LOGINAl poco rato llegó Saúl. Cuando abrió la puerta, seguía sonriendo con calidez. Tamara salió a recibirlo con una sonrisa seductora, aunque lo recorrió de arriba a abajo con una mirada de serpiente.—¿Así que tú eres el amigo? Ya veo que no eres como los demás. —Se lanzó a sus brazos.Iba casi desnuda, y al pegarse así quedaron piel contra piel. A Saúl le brillaron los ojos, pero me miró nervioso. En ese momento debía de tener la misma cara que Iván; los dos teníamos esa expresión de “anda, móntatela de una vez”.Saúl rio incómodo y quiso apartarla, pero dudó.—Pero... esto no está bien. Eres la mujer de mi amigo. ¿Cómo voy a acercarme así?Tamara volteó a verme.—Amor, ¿te molesta si me pongo cariñosa con él?Negué enseguida.—Para nada, estamos en confianza. Diviértanse, con eso basta.Tamara sonrió satisfecha y le pasó las yemas de los dedos por el pecho.Saúl respiraba agitado, con los ojos muy abiertos y la nuez subiéndole y bajándole sin parar; se notaba que la insinuación lo había
En cuanto dijo eso, lo entendí todo. Le pregunté con cautela.—Entonces, ¿yo también fui una presa que ustedes eligieron con cuidado?Tamara asintió.—¿Pues qué creías? Te hicimos señas en la carretera para llamar tu atención. Los camioneros son los más fáciles de engañar.Me quedé paralizado, como si me hubiera caído un rayo en pleno día.Con razón a Iván no le importaba nada; con razón aceptaba todo sin chistar. Resulta que solo me quería para que yo fuera la siguiente presa y lo reemplazara.Tamara ya tenía prácticamente controlada mi libertad. Ella dominaba mi vida social, mis movimientos e incluso mis pensamientos; todos los días tenía que reportarme a la hora exacta, y a la menor vacilación me caía un interrogatorio. Era como estar atrapado en una jaula invisible, sin poder resistirme.Al principio podía salir a trabajar de día y respirar un rato. De noche, para evitarla, volvía muy tarde. Pero ella se fue molestando cada vez más, hasta que terminó prohibiéndome ir a trabajar.Le
—Abel, ¿ya te da asco estar conmigo? ¿Qué tiene de malo esto? ¿Te atreves a hacerlo, pero no das la cara?Me dio tanto coraje que ni siquiera pude hablar. No tuve más remedio que pedirle permiso a mi jefe para irme y llevarme a Tamara.Durante todo el camino, Tamara iba de mal humor y no paró de reclamarme.—¿Tanto miedo te da que te vean conmigo? ¿Te da vergüenza estar conmigo o qué?La miré, ya sin paciencia.—¿No tienes novio? Lo nuestro, si acaso, es de amigos con derechos.Pero Tamara me respondió.—Iván ya se fue. Ahora vas a ser mi novio.Me quedé helado y pregunté:—¿Cuándo se fue?—Esta mañana. Ya te tengo a ti, ¿para qué iba a necesitarlo?Se me revolvió el estómago. No sentí ni un poco de alegría. Después de tantos días con ella, ya me había dado cuenta de que Tamara no era normal. Era demasiado rara y siempre necesitaba controlar a los demás. Al verme la cara, Tamara dijo:—¿No quieres ser mi novio?La miré y suspiré.—No es que no quiera. El problema es que estoy casado; e
Cuando estaba a apenas medio centímetro de entrar, escuché un bocinazo insistente detrás de nosotros.¡Pip, pip…!Los tres pegamos un brinco al mismo tiempo; creímos que alguien nos había descubierto.Miré por el retrovisor. Mi tráiler estaba parado en medio de la carretera y les bloqueaba el paso a los autos que venían atrás.—Tamara, hazte a un lado un momento, que voy a mover el tráiler.Tamara se apartó de mí a regañadientes; recién entonces metí el cambio, arranqué y orillé el tráiler para dejar pasar a los autos de atrás.Aquel chofer, al vernos detenidos a medio camino, hasta se asomó para mirar adentro. Luego se fue riéndose. En ese momento a Tamara también le pudo la calentura y, tomándome de la mano, quiso montarse encima de mí.Alcé la cadera y por fin volví a sentir algo que tenía casi olvidado. Manejar tantas horas el tráiler era asfixiante; ahora al fin podía desahogarme a gusto.Tamara me apretaba más que Lucía, y yo sentía con más intensidad cómo me envolvía. Sentía que
Apenas lo dijo, me bajó el cierre y metió la mano. Ya no la detuve. Que midiera si quería; hacía un momento también la había tocado. Tamara me sacó aquello mío. Pensé que solo iba a echarle un vistazo.Pero, para mi sorpresa, de pronto ya lo tenía en la mano. Sentí una descarga en todo el cuerpo; esa comezón me volvió loco. Frené y me apuré a orillar el tráiler para no causar un accidente.Tamara lo miró asombrada y me elogió.—Lo suyo sí que es impresionante. No me cabe ni en una mano y todavía sobra un buen pedazo. Mucho más grande que el de mi novio. Cuando se lo agarro a él, ni asoma.Llevaba manejando tráileres un montón de tiempo y era la primera vez que alguien me lo agarraba en la cabina. Y más una mujer tan delicada, con esas manos suaves y perfumadas, que me dejaban temblando al tocarme. Al verme así, Tamara sonrió con picardía.—Qué reacción tan fuerte. Se nota que tiene ganas.Jamás me imaginé que fuera tan lanzada. Pero su novio seguía ahí al lado, mirando, y lo que hacíam
Después de tantos días al volante, ya venía muerto de ganas. Y ahora, con la escena delante de mis ojos, la calentura me tenía bien prendido. Los jóvenes de hoy sí que no se miden; ni siquiera con un desconocido enfrente se aguantaban las ganas.Iván le palpaba los pechos de un lado a otro, confundido.—¿Eh? Como que no son del mismo tamaño, eh. Se me hace que la izquierda es más chica.Tamara se llevó ambas manos a los pechos y se los tanteó.—No digas estupideces. Las dos son igualitas.—La izquierda es más chica.—¡Mentira! Son iguales.Así, de tanto discutir, los dos terminaron peleándose. Yo no tenía por qué meterme, así que mejor me concentré en manejar. Entonces Tamara me dio un codazo y dijo:—Tóquelas, a ver si las dos son del mismo tamaño.Me quedé tieso al escucharla; no podía creerlo y le pregunté con la voz temblorosa:—¿Que... que me deja tocarlas?Tamara me miró como si fuera algo normal.—Claro. Iván dice que la izquierda es más chica; sienta a ver si es cierto.Iván, d







