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Capítulo 2

Author: Mangonel
Después de tantos días al volante, ya venía muerto de ganas. Y ahora, con la escena delante de mis ojos, la calentura me tenía bien prendido. Los jóvenes de hoy sí que no se miden; ni siquiera con un desconocido enfrente se aguantaban las ganas.

Iván le palpaba los pechos de un lado a otro, confundido.

—¿Eh? Como que no son del mismo tamaño, eh. Se me hace que la izquierda es más chica.

Tamara se llevó ambas manos a los pechos y se los tanteó.

—No digas estupideces. Las dos son igualitas.

—La izquierda es más chica.

—¡Mentira! Son iguales.

Así, de tanto discutir, los dos terminaron peleándose. Yo no tenía por qué meterme, así que mejor me concentré en manejar. Entonces Tamara me dio un codazo y dijo:

—Tóquelas, a ver si las dos son del mismo tamaño.

Me quedé tieso al escucharla; no podía creerlo y le pregunté con la voz temblorosa:

—¿Que... que me deja tocarlas?

Tamara me miró como si fuera algo normal.

—Claro. Iván dice que la izquierda es más chica; sienta a ver si es cierto.

Iván, desde el asiento de al lado, también le echaba leña al fuego.

—Tóquelas y dígame, ¿no es cierto que la izquierda es más chica?

Hasta su novio me pedía que las tocara. La mente se me quedó en blanco y el cuerpo me ardía por todos lados.

—Pero... pero no está bien…

—¿Por qué no? —Tamara se levantó la blusa negra y dejó al aire sus pechos blancos y rebosantes. Ya no pude contenerme.

—Tóquelas, no pasa nada.

Con semejante tentación delante, ¿cómo iba a aguantarme? Estiré la mano y las acaricié.

La palma se me llenó de una suavidad tersa y firme, y una descarga eléctrica me sacudió de pies a cabeza.

Se sentían tan bien que enseguida se me marcó un bulto en la entrepierna. Después de tocarle los dos pechos, retiré la mano aunque no quería apartarla. Tamara me miraba expectante.

—¿Las dos son del mismo tamaño?

Un momento antes, el placer me había nublado la mente y se me había olvidado cuál era más grande. Solo atiné a decir:

—Las dos... parecen del mismo tamaño.

Apenas lo dije, Tamara se volvió hacia Iván, triunfante.

—Te dije que eran iguales, pero tú dale y dale con que la izquierda era más chica.

Iván hizo un puchero y volteó la cara. Me ardía todo el cuerpo, como si tuviera hormigas bajo la piel. Aguantaba la calentura como podía y seguía manejando a pura fuerza de voluntad.

Pero en eso, Tamara alcanzó a verme el bulto marcado. Gritó:

—¡Por Dios, ya reaccionó! ¿Tan grande lo tiene?

Apenas entonces me di cuenta del ridículo que estaba haciendo y, de pura pena, se me agarrotaron hasta los dedos de los pies.

Me apuré a acomodármelo con la mano, pero por más que intentaba no había manera de que se bajara. Me puse rojo hasta las orejas de la desesperación. Tamara se rio bajito y se recostó sobre mí; sus pechos quedaron apretados contra mi hombro.

—Mire nada más, todavía le da pena. Déjeme tocarlo para ver quién lo tiene más grande, usted o Iván.

En cuanto dijo eso, la emoción se me volvió insoportable, con la calentura a punto de desbordarse. Iván también se asomó para ver. Tamara, sin esperar mi permiso, estiró la mano para abrirme el cierre.

Me apuré a sujetarle la mano y, ardiendo por dentro, dije:

—No, no, esto no se toca así porque sí. Soy un hombre casado, no soy como ustedes.

Aunque me moría de ganas, aquello era demasiado íntimo; entre tocar y hacerlo, ¿qué diferencia había? Pero a Tamara le pudo más la curiosidad y se empeñó en averiguarlo.

—Nada más se lo mido con la mano. No va a pasar nada.

—Además, su esposa no está aquí, ¿cómo se va a enterar?

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