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Capítulo 3

Author: Mangonel
Apenas lo dijo, me bajó el cierre y metió la mano. Ya no la detuve. Que midiera si quería; hacía un momento también la había tocado. Tamara me sacó aquello mío. Pensé que solo iba a echarle un vistazo.

Pero, para mi sorpresa, de pronto ya lo tenía en la mano. Sentí una descarga en todo el cuerpo; esa comezón me volvió loco. Frené y me apuré a orillar el tráiler para no causar un accidente.

Tamara lo miró asombrada y me elogió.

—Lo suyo sí que es impresionante. No me cabe ni en una mano y todavía sobra un buen pedazo. Mucho más grande que el de mi novio. Cuando se lo agarro a él, ni asoma.

Llevaba manejando tráileres un montón de tiempo y era la primera vez que alguien me lo agarraba en la cabina. Y más una mujer tan delicada, con esas manos suaves y perfumadas, que me dejaban temblando al tocarme. Al verme así, Tamara sonrió con picardía.

—Qué reacción tan fuerte. Se nota que tiene ganas.

Jamás me imaginé que fuera tan lanzada. Pero su novio seguía ahí al lado, mirando, y lo que hacíamos era indecente.

—¿No era solo para medírmelo? ¿Por qué me lo agarraste?

Tamara hizo un puchero y dijo con voz melosa:

—Pues si no se lo agarro, ¿cómo se lo mido?

Hasta empezó a movérmelo arriba y abajo con una destreza increíble. Sin darme cuenta, arqueé el cuerpo, apoyé las manos en el asiento y me dejé llevar por aquella caricia intensa.

—Mmm… eres demasiado atrevida. ¿No te da miedo que tu novio se moleste?

—Que se atreva a decir una sola palabra. —Tamara acercó más la cara; su aliento tibio me rozaba.

Iván, en efecto, no se molestó; al contrario, miraba la escena excitado.

—Él es muy generoso; hasta nos hizo el favor de traernos. Tamara, échale una mano.

Entonces Iván empujó a Tamara. La cara de Tamara terminó contra aquello mío y eso me calentó de golpe. Tamara aprovechó, sacó la lengua y la pasó por encima de aquello.

—Ay…

Ese roce suave y resbaladizo me hizo hervir la sangre; casi perdí el control. Me aferré al asiento con las dos manos y me tensé de pies a cabeza. Esa sensación era… demasiado intensa… demasiado.

En toda mi vida, nunca me había costado tanto contenerme; el deseo de tantos días se me concentró en un solo punto.

—Ya no aguanto, te lo suplico, déjame hacerlo aunque sea una vez.

No podía creer que yo hubiera dicho esas palabras, y menos que Tamara fuera a aceptar. Sonrió coqueta, apoyó las manos en mis hombros, abrió las piernas y se subió encima de mí.

—Está sufriendo, ¿no? Se nota que lo desea.

Asentí como loco, le agarré la cintura y sentí lo suave que era su cuerpo. Se puso de pie sobre el asiento y me dejó ver todo lo que llevaba bajo la falda.

—¿Le gusta lo que ve ahí? Seguro que ya tiene mucho tiempo con las ganas.

Me sobresalté. O sea que se había dado cuenta de que llevaba rato espiándola bajo la falda.

—No pasa nada. Si quiere mirar, le dejo ver todo lo que quiera.

Tamara, de pie sobre el asiento, abrió las piernas y me dejó ver todo. Traía medias abiertas en la entrepierna; así era mucho más fácil tocarla. Casi me sangra la nariz de lo prendido; no aguanté y estiré la mano para tocarla.

Las medias sedosas me rozaron la palma y me encendieron. Tamara dijo:

—Mis calzones se quitan fácil; pruébelo, jálelos.

Metí la mano y noté que debajo traía una tanga; la corrí un poco hacia un lado y todo quedó a la vista.

Verla así me dejó aturdido.

—Rápido, rápido, hazlo —se lo rogué casi sin pensar.

Tamara se rio bajito:

—¡Ahí le voy!

Me rodeó el cuello con los brazos, acomodó las caderas sobre mi erección y se dejó caer con fuerza.

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