LOGIN«Ahora me perteneces». La vida de Isabella se desmorona la noche en que su padre la entrega para saldar una deuda mortal. ¿El comprador? Liam Branston. Heredero multimillonario. Intocable. Lo suficientemente cruel como para hacer temblar a cualquiera. Para el mundo, es el sucesor perfecto del imperio Branston. A puerta cerrada, es frío, posesivo e imposible de escapar. Isabella se convierte en su castigo. Su posesión. La mujer obligada a llevar su anillo sabiendo que no significa nada para él. «Deberías sentirte afortunada de que me haya casado contigo». Atrapada en un matrimonio basado en el miedo, Isabella aprende a sobrevivir de la única manera posible: guardar silencio, obedecerle y jamás esperar bondad de un hombre como Liam Branston. Pero entonces todo cambia. Una noche, Liam desaparece. Y cuando regresa, ya no es el mismo hombre. El monstruo que una vez la destrozó ahora la observa como si fuera algo precioso. La toca con delicadeza. La protege. La mira con un anhelo que roza peligrosamente el amor. Debería haber sido imposible. La gente no cambia tan fácilmente. Entonces, ¿por qué siente que su marido se ha convertido en otra persona? ¿Por qué siente que no conoce a su marido en absoluto?
View MoreLeon¡Mierda, es la hora de alimentar a Clara!Me incorporé de un salto. Lo primero que noté fue que mi entorno había cambiado. Había pasado tanto tiempo en el salón de Sarah que tenía cada rincón grabado en mi mente. Pero esto... esto era distinto. El color de las paredes era otro; el lugar, diferente.Eché un vistazo rápido y me di cuenta de que estaba en un dormitorio. Antes incluso de preguntarme de quién sería, me llegó un aroma.Olía, sin lugar a dudas, a Isabella.Entonces lo recordé. Esta mañana, al despertar, la vi mirándome fijamente. Había imaginado esa escena tantas veces que, al instante, di por hecho que se trataba de otra alucinación. Pero era real.Isabella estaba arrodillada frente a mí, y yo había pasado a su lado sin darme cuenta. Luego, tomó a Clara en brazos y me dijo que durmiera en su habitación.Miré la cama y, contra todo sentido común, me volví a tumbar. Cogí una de las almohadas, me cubrí el rostro con ella e inhalé profundamente.Mierda.Olía tanto a ella q
IsabellaObservaba a Leon durmiendo en el sofá, con nuestra hija dormida sobre su pecho. Aunque estaba dormido, se le veía agotado; las ojeras bajo sus ojos eran imposibles de ocultar, ni siquiera mientras dormía.Cuando Leon propuso encargarse de Clara por las noches, pensé que solo buscaba una reacción por mi parte; así que acepté, pero lo ignoraba cada vez que estaba con ella. Creí que solo quería una excusa para compartir el mismo espacio conmigo y, sabiendo lo difícil que es cuidar a un recién nacido, di por hecho que se cansaría al cabo de tres o cuatro días.Pero ya han pasado dos meses, y ni una sola vez ha llamado a mi puerta para pedir ayuda.A veces, al oír el llanto de Clara, me despertaba y salía a observarlos. Siempre parecía estar desbordado, yendo de un lado a otro: calentando la leche, cambiándola y volviéndola a dormir. Al principio, me resultaba hasta divertido; esperaba pacientemente el día en que admitiera que ya no podía más.Pero supongo que debería haberlo imag
LeonMe apresuré a preparar la leche, moviéndome rítmicamente para evitar que mi hija siguiera llorando; aun así, sus llantos rasgaban el silencio de la noche, y rogué para que no despertaran a Isabella ni a Sarah. Había prometido encargarme de la bebé todas las noches y, aunque ya había pasado un mes, seguía siendo una tarea difícil a la que me costaba acostumbrarme.Isabella había decidido llamar a nuestra hija Clara. En aquel momento, no conocía el significado; simplemente lo acepté porque fue el nombre que ella eligió. Sin embargo, cuando busqué su significado esa misma noche, me pregunté si lo habría elegido después de enterarse de todo.Clara significa brillante y clara. ¿Quería decir que el nacimiento de nuestra hija le había aportado claridad sobre mi verdadera identidad? ¿O era una señal de que, por fin, se había liberado de mi engaño?Fuera cual fuera su razón, intuía que tenía algo que ver con nosotros, y eso hizo que el nombre me gustara aún más.—Por favor, deja de llorar
IsabellaAbrí los ojos al oír susurros. La luz era demasiado intensa; entrecerré los ojos, intentando adaptarme. Lo primero que sentí fue una mano envolviendo la mía: grande, firme, protectora.Reconocí ese contacto.Mi cuerpo lo supo antes de que mi mente pudiera procesarlo.Leon.Y, de repente, algo en mi interior se ablandó. Mis dedos se relajaron, mi respiración se estabilizó. Porque, en el fondo, lo sabía —con una certeza tan profunda que no requería reflexión—: mientras él estuviera allí, yo estaba a salvo.Fue necesario que mi cuerpo se relajara para que mi mente recordara.Estaba en el hospital.Había dado a luz.Retiré mi mano de la suya de inmediato y, por puro instinto, la llevé a mi vientre. Ya no estaba redondeado, ya no se sentía tenso bajo mi piel. Estaba vacío.Tragué saliva y levanté la mirada.Leon estaba sentado junto a la cama. Sus ojos se veían cansados, pero brillaban de una forma que no lograba definir del todo; como si el agotamiento y el alivio estuvieran libr












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