LOGINIsabella
Al día siguiente amaneció un silencio más pesado que el de la noche anterior, pues al menos aquella había estado llena de voces, reacciones y ese tipo de caos externo que le daba a la mente un refugio. Pero ahora solo reinaba la quietud, y en ella todo lo que había oído en aquella habitación, todo lo que había visto y todo lo que había intentado no comprender seguía volviendo a mi mente.
Sobre todo la voz de Liam, que lo decía con tanta calma delante de sus padres, como si toda mi existencia pudiera expresarse con palabras sin mi consentimiento, y la expresión de su madre después, cortante y disgustada, como si yo fuera algo a lo que, por error, le hubieran permitido entrar en su espacio.
Juguete, me había llamado. Y para su madre, yo no era más que basura, indigna de pertenecer a su familia o de responder a su nombre.
Cuando llegué al edificio de oficinas de Liam, ya era consciente de que mi cuerpo me había traído hasta allí antes de que mis pensamientos lo asimilaran del todo, porque así era siempre con Liam. Como si resistirme a él existiera solo en teoría, nunca en la práctica.
El vestíbulo se sentía más frío de lo habitual, no por la temperatura, sino por la atención, por la forma en que las miradas de la gente se apartaban rápidamente de mí antes de que pudiera mirarlos, como si ya supieran lo que yo era o en lo que me estaba convirtiendo en relación con él.
El viaje en ascensor fue demasiado silencioso, demasiado claustrofóbico, y me encontré mirando mi reflejo en la superficie espejada sin reconocerlo ya, porque había una versión de mí que solía entrar en un lugar, creyendo que aún podía dar marcha atrás si quería, y que esa versión ahora parecía distante, reemplazada por algo que avanzaba sin pedir permiso a la parte de mí que todavía intentaba pensar.Cuando se abrieron las puertas, el pasillo se extendía ante mí exactamente como siempre, largo, caro y controlado de una manera que nunca se sentía pacífica. Solo deliberada. Y me quedé parada frente a su puerta más tiempo del debido, porque aunque había venido por orden suya, con la esperanza de obtener respuestas, no sabía qué tipo de respuestas estaba dispuesta a escuchar, ni si alguna vez podría resistirme a algo que dijera.
Finalmente llamé.No hubo respuesta inmediata, pero abrí la puerta de todos modos.
Ya estaba allí. Sentado detrás de su escritorio, como si hubiera sabido de mi llegada mucho antes de que entrara. Sin sorpresa. Sin distracción. Simplemente esperando. Solo eso me tensó el cuerpo, porque Liam nunca parecía alguien a quien se pudiera interrumpir, como si mi presencia ya estuviera contemplada en el mundo en el que viviera. —Cierra la puerta —dijo. Su voz era tranquila, no cortante, no alzada, sino definitiva, sin dejar lugar a dudas, y lo hice, aunque odiaba la naturalidad con la que mi cuerpo seguía obedeciéndole incluso cuando mi mente se resistía. Cuando me giré, su mirada ya estaba fija en mí.Y allí se quedó.
Sin moverse.Sin ceder.
Solo observaba, como si estuviera midiendo algo que yo no podía ver.
“Permítame preguntarle algo”, dije, esforzándome por mantener la voz firme, aunque no lo estaba. Sabía que si no le hacía esta pregunta antes de que me tocara, no podría.
Ya sabía por qué me había llamado. Solo podía sacarme esto de la cabeza antes de rendirme a él. Mi dueño y futuro esposo.
“Pregunta”, respondió de inmediato, reclinándose ligeramente en su silla como si ya supiera lo que iba a decir.
La sencillez de sus palabras me inquietó más que cualquier negativa.
“¿Por qué lo hiciste?”, pregunté. Apreté los dedos a mis costados. “¿Por qué dijiste eso delante de ellos? ¿Por qué me presentaste así si ni siquiera participé en esa decisión?”
Por un momento, no respondió. No porque estuviera confundido, sino porque no me tenía en cuenta, ni a mis sentimientos. Eso fue peor.
—Sigues pensando en eso —dijo, como si fuera una observación más que una pregunta.
Sentí un nudo en el estómago. —Claro que sí.
—No deberías.
Sus palabras sonaron demasiado fáciles. Demasiado controladas. Como si mi reacción misma fuera innecesaria.
—No te corresponde a ti decidir —dije, aunque mi voz salió más baja de lo que pretendía.
Eso finalmente lo hizo levantarse.
Lentamente.
Sin prisa.
El simple movimiento cambió la atmósfera de la habitación, no drásticamente, pero de una manera que hizo que todo se sintiera más cercano, más apretado, como si el espacio mismo se estuviera adaptando a él.
—Ya tomé la decisión —dijo.
Negué con la cabeza de inmediato, retrocediendo un poco sin darme cuenta. —No puedes simplemente decidir cosas así sobre mí.
Su mirada siguió el movimiento sin reaccionar.
—Yo sí puedo —dijo simplemente.
La seguridad en su voz me hizo cerrar la garganta.
—No —repetí, con más firmeza esta vez, aunque no lo sentía—. No acepté nada. No puedes anunciar algo así y esperar que se haga realidad.Liam se detuvo a unos pasos de mí, lo suficientemente cerca como para que tuviera que inclinar ligeramente la cabeza para mantener el contacto visual.
Y cuando volvió a hablar, su voz era más baja, más silenciosa, pero más pesada.
«Sigues distanciándote de ello», dijo.
No dije nada, no pude hablar por la mirada en sus ojos, porque sabía que no tenía otra opción. Ya me había comprado.Luego añadió, fríamente, autoritariamente: «No deberías».
Sentí una opresión dolorosa en el pecho.
«Así no funcionan las cosas», susurré.
Liam me agarró del cuello, obligándome a mirarlo, recordándome lo peligroso que puede ser y lo fácil que puede golpearme si lo molesto lo suficiente. No sería la primera vez, y el miedo me ahogó cualquier protesta.
Este es él. Este es el monstruo que me compró. ¿Cómo pude olvidarlo?
«Me perteneces, Bella. Te pagué por completo».
Esta vez, no había emoción alguna en su voz. Sus dedos se apretaron en mi cuello, asfixiándome.
Me aferré a su mano, intentando que me soltara. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero él ni se inmutó. En cambio, se inclinó y las lamió.
“Bien. Así es exactamente como debes comportarte delante de mí. ¿Crees que puedes desafiarme solo porque te permití hacer tu pregunta?”
Negué con la cabeza con miedo, el corazón me latía con fuerza en el pecho y sentía que me faltaba el aire.
“Por favor…” susurré. “Lo siento.”
“¿Ves? ¿Fue demasiado duro, Bella?” Entonces me soltó y jadeé de dolor, intentando respirar.
“El día que tu padre se llevó ese dinero fue el día que perdiste el derecho a hablar. Creí que te lo había hecho entender durante el último mes. Pero quizás, porque te llamé mi prometida, ¿crees que de repente has ganado algún estatus?”
Miré a Liam con miedo, y parecía disfrutar de lo que me había hecho. Sé que si me casara con este hombre, me convertiría en una versión vacía de mí misma, y que disfrutaría destrozándome más que nada. ¿Pero podré escapar de él?“Eres un juguete. Una posesión que adquirí, y cuando me canse de ti, te desecharé. Así que, tanto si te convierto en mi esposa como si te doy mi apellido, no cambia quién eres”.
Cerré los ojos, dejando que las palabras calaran hondo. Había dicho algo parecido a sus padres sobre mí, con el mismo tono frío. Y por fin me había despertado de mi engaño, haciéndome creer que importaba, por eso quería casarse conmigo.
Liam me rasgó la camisa, arruinándola al instante y dejando mi cuerpo al descubierto. Me agarré el pecho, pero me apartó la mano bruscamente, me desnudó con rudeza y, como le gustaba, me empujó contra su escritorio y me penetró.
El dolor me atravesó como agujas, y apreté el escritorio con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Con cada embestida, el dolor me quemaba, y solo podía llorar en silencio mientras él seguía conmigo.Cuando terminó, se retiró de mí y me desplomé en el suelo. Se quedó de pie, mirándome, y dijo fríamente: «Deberías alegrarte de que quiera casarme contigo». Luego se marchó, dejándome allí hecha un mar de lágrimas.
Leon¡Mierda, es la hora de alimentar a Clara!Me incorporé de un salto. Lo primero que noté fue que mi entorno había cambiado. Había pasado tanto tiempo en el salón de Sarah que tenía cada rincón grabado en mi mente. Pero esto... esto era distinto. El color de las paredes era otro; el lugar, diferente.Eché un vistazo rápido y me di cuenta de que estaba en un dormitorio. Antes incluso de preguntarme de quién sería, me llegó un aroma.Olía, sin lugar a dudas, a Isabella.Entonces lo recordé. Esta mañana, al despertar, la vi mirándome fijamente. Había imaginado esa escena tantas veces que, al instante, di por hecho que se trataba de otra alucinación. Pero era real.Isabella estaba arrodillada frente a mí, y yo había pasado a su lado sin darme cuenta. Luego, tomó a Clara en brazos y me dijo que durmiera en su habitación.Miré la cama y, contra todo sentido común, me volví a tumbar. Cogí una de las almohadas, me cubrí el rostro con ella e inhalé profundamente.Mierda.Olía tanto a ella q
IsabellaObservaba a Leon durmiendo en el sofá, con nuestra hija dormida sobre su pecho. Aunque estaba dormido, se le veía agotado; las ojeras bajo sus ojos eran imposibles de ocultar, ni siquiera mientras dormía.Cuando Leon propuso encargarse de Clara por las noches, pensé que solo buscaba una reacción por mi parte; así que acepté, pero lo ignoraba cada vez que estaba con ella. Creí que solo quería una excusa para compartir el mismo espacio conmigo y, sabiendo lo difícil que es cuidar a un recién nacido, di por hecho que se cansaría al cabo de tres o cuatro días.Pero ya han pasado dos meses, y ni una sola vez ha llamado a mi puerta para pedir ayuda.A veces, al oír el llanto de Clara, me despertaba y salía a observarlos. Siempre parecía estar desbordado, yendo de un lado a otro: calentando la leche, cambiándola y volviéndola a dormir. Al principio, me resultaba hasta divertido; esperaba pacientemente el día en que admitiera que ya no podía más.Pero supongo que debería haberlo imag
LeonMe apresuré a preparar la leche, moviéndome rítmicamente para evitar que mi hija siguiera llorando; aun así, sus llantos rasgaban el silencio de la noche, y rogué para que no despertaran a Isabella ni a Sarah. Había prometido encargarme de la bebé todas las noches y, aunque ya había pasado un mes, seguía siendo una tarea difícil a la que me costaba acostumbrarme.Isabella había decidido llamar a nuestra hija Clara. En aquel momento, no conocía el significado; simplemente lo acepté porque fue el nombre que ella eligió. Sin embargo, cuando busqué su significado esa misma noche, me pregunté si lo habría elegido después de enterarse de todo.Clara significa brillante y clara. ¿Quería decir que el nacimiento de nuestra hija le había aportado claridad sobre mi verdadera identidad? ¿O era una señal de que, por fin, se había liberado de mi engaño?Fuera cual fuera su razón, intuía que tenía algo que ver con nosotros, y eso hizo que el nombre me gustara aún más.—Por favor, deja de llorar
IsabellaAbrí los ojos al oír susurros. La luz era demasiado intensa; entrecerré los ojos, intentando adaptarme. Lo primero que sentí fue una mano envolviendo la mía: grande, firme, protectora.Reconocí ese contacto.Mi cuerpo lo supo antes de que mi mente pudiera procesarlo.Leon.Y, de repente, algo en mi interior se ablandó. Mis dedos se relajaron, mi respiración se estabilizó. Porque, en el fondo, lo sabía —con una certeza tan profunda que no requería reflexión—: mientras él estuviera allí, yo estaba a salvo.Fue necesario que mi cuerpo se relajara para que mi mente recordara.Estaba en el hospital.Había dado a luz.Retiré mi mano de la suya de inmediato y, por puro instinto, la llevé a mi vientre. Ya no estaba redondeado, ya no se sentía tenso bajo mi piel. Estaba vacío.Tragué saliva y levanté la mirada.Leon estaba sentado junto a la cama. Sus ojos se veían cansados, pero brillaban de una forma que no lograba definir del todo; como si el agotamiento y el alivio estuvieran libr
LeonFrené en seco, con el corazón latiéndome con violencia en el pecho. Ni siquiera me molesté en apagar el motor; salté fuera del coche y salí corriendo hacia el edificio que tenía delante.La gente que estaba en la recepción se quedó mirándome, pero no me importó. No aminoré el paso. Ni intenté recuperar la compostura.Isabella me había llamado.Era la primera vez en cuatro meses que me pedía que fuera a verla.No sabía por qué me había llamado, solo que en su mensaje decía que fuera lo más rápido posible.Y eso hice: vine tan rápido como pude.Presioné el botón del ascensor una y otra vez. Cuando por fin llegó, me metí de un salto y marqué el piso de Sarah.El mensaje de Isabella no parecía urgente, pero ya estaba en su noveno mes de embarazo. ¿Y si algo iba mal? ¿Y si estaba de parto y solo había tenido tiempo de escribir una frase?No podía permitirme perder ni un segundo.No podía permitirme ni siquiera pensar.Observaba los números mientras el ascensor subía. Ojalá fuera más r
IsabellaEl coche se detuvo frente al hospital e inmediatamente distinguí la figura familiar que aguardaba fuera.Siempre, siempre llegaba antes que nosotros.A veces me preguntaba si pasaba la noche en el hospital antes de mis citas.—Oh, está esperando otra vez —dijo Sarah.—Mmm —respondí, apartando la vista de él aunque quería seguir mirándolo un poco más.Habían pasado dos semanas desde la última vez que lo vi, y su presencia era un alivio para mis ojos cansados. Sin embargo, no debía dejar que eso se notara. Al fin y al cabo, que lo extrañe no significa que lo haya perdonado.—¿Estás segura de que debía venir? No te habrías quedado sola —dijo Sarah mientras Mateo salía del coche y se acercaba a León, que esperaba allí, inclinándose levemente.Me volví hacia ella, frunciendo el ceño.—¿De verdad quieres que volvamos a hablar de esto?—Bueno, perdóname por no entenderlo, Bella. Porque, en serio, ¿cómo puedes extrañar tanto a alguien y, aun así, negarte a estar con él?Suspiré y cer







