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La Sustituta
La Sustituta
作者: Histoire

Capítulo 1

作者: Histoire
last update publish date: 2026-09-14 14:48:47

Capítulo 1

Camélia

Sostengo el velo entre los dedos y dejo de respirar.

La tela es de una ligereza imposible, de muselina de seda bordada con diminutas perlas de nácar que atrapan la luz de la mañana y la devuelven en destellos temblorosos sobre las paredes de la suite. Mis manos no están hechas para tocar algo tan precioso. Mis manos están manchadas de pintura, de carboncillo, de esos pigmentos que se incrustan bajo las uñas y nunca se van del todo. Debería estar comprobando las flores, asegurándome de que el champán está a la temperatura adecuada, desapareciendo en el decorado como siempre lo he hecho. Pero Lilia me tendió el velo hace diez minutos diciéndome que sería la guardiana oficial de este objeto sagrado hasta la ceremonia, y no supe decir que no.

Nunca sé decir que no a mi hermana.

El dominio vitícola se extiende detrás de las inmensas ventanas de la suite, un océano de viñedos que ondula bajo la brisa de junio, de un verde tan profundo que casi parece negro en algunos lugares. Los cipreses montan guardia a lo largo de los caminos de grava blanca, erguidos y sombríos como centinelas. El cielo es de ese azul tenso que solo se ve en Provenza, un azul que lo aplasta todo, que lo hace todo demasiado hermoso, demasiado perfecto, demasiado abrumador. Las fachadas de piedra dorada del castillo absorben la luz y la devuelven en un calor suave, y los rosales trepadores que recorren los muros están en plena explosión, cascadas de rosas pálidas y rosas púrpuras que perfuman el aire hasta el mareo.

Todo es suntuoso. Todo está pensado para ser fotografiado, admirado, envidiado. Es la boda Deveraux / Saint-Clair, la alianza de dos dinastías, el acontecimiento social del año. Las revistas del corazón ya acampan ante las verjas. Los camareros con guantes blancos terminan de montar las mesas bajo el gran chapiteau de cristal. El champán espera en cubos de plata, las orquestas afinan sus instrumentos, los floristas colocan las últimas rosas en las composiciones monumentales. Y yo, sostengo el velo, de pie en un rincón de la suite, invisible en medio de todo este esplendor.

Lilia está de pie ante el espejo de cuerpo entero, y está deslumbrante.

El vestido es una creación a medida, una funda de encaje antiguo y satén marfil que abraza su cuerpo como una segunda piel antes de abrirse en una cola interminable, un río de tela que serpentea sobre el parqué encerado. El escote se sumerge lo justo para ser elegante, no lo suficiente para ser vulgar, y las mangas largas de encaje transparente dibujan sus brazos como un tatuaje de flores. Aún no se ha puesto el velo, y su cabello rubio, de un rubio de miel que yo nunca he tenido, cae en ondas suaves sobre sus hombros desnudos. Está maquillada con una perfección que borra toda imperfección, pero sus ojos brillan con un resplandor que el maquillaje no puede crear. Un resplandor que no le conozco.

Está demasiado alegre. Está demasiado eléctrica.

Conozco a mi hermana desde siempre. Desde antes de nuestro nacimiento, desde ese vientre compartido donde nuestros corazones latían a pocos centímetros el uno del otro. Conozco cada matiz de su voz, cada inflexión de su risa, cada sombra que cruza su mirada. Y esta mañana, hay algo que no va bien. Algo que vibra en ella como una cuerda demasiado tensa, una frecuencia que nadie más percibe pero que me taladra las sienes. Ríe demasiado fuerte ante las bromas de la peluquera. Se mueve demasiado rápido, como si hubiera bebido demasiado café, como si quisiera agotar su cuerpo para no tener que pensar. No ha cruzado mi mirada ni una sola vez desde que entré en esta habitación.

— Camélia, pásame el velo.

Su voz es clara, imperiosa, la que usa desde la infancia para darme órdenes. Me acerco, la tela preciosa entre mis manos, y se la tiendo sin decir palabra. Nuestros dedos se rozan. Los suyos están helados. En pleno mes de junio, en esta habitación caldeada por el sol que entra a raudales, sus dedos están helados.

— ¿Tienes frío? —pregunto suavemente.

No responde. Fija el velo, luego el espejo, luego su reflejo en el espejo. Su rostro es una máscara de perfección que se resquebraja imperceptiblemente, un esmalte de porcelana que se agrieta en los bordes. Sus pómulos, demasiado rosados bajo el maquillaje. Sus pupilas, demasiado dilatadas a pesar de la claridad deslumbrante que baña la habitación. Sus manos que alisan la tela de su vestido en un gesto nervioso, incesante, compulsivo.

— Es el nerviosismo —dice finalmente—. El nerviosismo normal de un día de boda.

Su voz es demasiado aguda, demasiado rápida. Las palabras se atropellan como si quisiera despacharlas antes de que la traicionen. Quisiera creerla. Quisiera poder convencerme de que estoy proyectando, de que estoy nerviosa por ella, de que mi ansiedad crónica transforma una alegría legítima en amenaza invisible. Pero conozco a mi hermana. Lilia nunca tiene nervios. Lilia entra en una habitación como una reina sube a un trono, con la certeza de que todo le es debido. Lilia no tiembla. Lilia no mira por la ventana cada treinta segundos.

Y yo, sostengo el velo, y no digo nada, porque nunca he sabido decir lo que veía.

La doncella se afana alrededor de la cola, ajustando los pliegues, alisando las plumas invisibles. La peluquera ordena sus peines y sus frascos con gestos lentos y precisos. El reloj sobre la chimenea devora los minutos con una lentitud de tortura, su tic-tac regular que martillea el silencio como un corazón mecánico. El olor del perfume de Lilia llena la habitación, un perfume capitoso de tuberosa y vainilla, su perfume de conquista, el que lleva los días en que quiere que el mundo entero se gire a su paso. Es demasiado fuerte. Pica los ojos. Enmascara otra cosa, quizá, un olor a transpiración, a miedo, a huida ya iniciada.

Me quedo ahí, de pie, el velo entre las manos, y la miro.

Gira por la habitación como un felino enjaulado. La cola de su vestido barre el parqué en un susurro de seda, y sus pies descalzos dejan huellas invisibles sobre la madera encerada. Se detiene ante la ventana, apoya una mano sobre el cristal, y sus dedos se abren contra el vidrio como una estrella de mar varada. Mira los viñedos, las colinas, el cielo demasiado azul, y su reflejo en el cristal es el de una mujer que ya está en otra parte, ya ida, ya evaporada en la luz.

No sé que estoy mirando a mi hermana por última vez. No sé nada. Soy Camélia. La gemela de la sombra. La que sostiene el velo, la que espera, la que nunca ve venir nada.

Afuera, las campanas de la capilla aún no suenan. Los invitados aún no están sentados. Cassian aún no está al final del pasillo. El mundo sigue girando, despreocupado, magnífico, y yo sigo aquí, en medio de esta habitación demasiado hermosa, mirando la espalda de mi hermana que mira por la ventana como si ya buscara el camino de su huida.

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