LOGINCapítulo 5
Camélia
La puerta se cierra de golpe detrás de mi madre, y me quedo sola en el silencio.
Diez minutos. Me ha dado diez minutos para ponerme la piel de mi hermana, para desaparecer bajo el satén y el encaje, para convertirme en alguien que no soy. Diez minutos para aceptar el veredicto que acaba de pronunciar, para doblegarme a su voluntad como siempre lo he hecho, como siempre lo haré.
Mis manos tiemblan cuando tomo el vestido.
La tela está fría. O quizá es mi piel la que está helada, mi sangre que se ha retirado de mis extremidades para no irrigar más que mi terror. Me levanto, con las piernas temblorosas, y levanto la masa de seda y encaje que yacía sobre el parqué. El vestido es pesado, mucho más pesado de lo que imaginaba, cargado por las perlas, los bordados, las horas de trabajo, el dinero, las expectativas de toda una familia.
El perfume de Lilia impregna la tela.
Sube hacia mí, tenaz, envolvente, ese perfume de tuberosa y vainilla que llevaba aún esta mañana, cuando reía demasiado fuerte y temblaba ante la ventana. Está tan presente, tan vivo, que tengo la impresión de que todavía está aquí, de que va a surgir detrás de mí y arrancarme el vestido de las manos riendo, diciéndome que era una broma, una prueba, un test.
Pero no vendrá. La ventana sigue abierta, las cortinas siguen danzando su vals lento, y el pintalabios sobre el espejo me provoca con sus letras escarlatas. No puedo. Perdónenme. Ella no podía, así que se fue. Y yo, yo debo hacer lo que ella no tuvo el valor de hacer. Ocupar su lugar. Casarme con su prometido. Vivir su vida.
Me quito mi vestido de dama de honor, ese azul ceniciento que es mi color, el color de la sombra, del borrado, del silencio. La tela resbala sobre mi piel y se desploma a mis pies, se une al vestido de Lilia sobre el parqué. Estoy desnuda, vulnerable, expuesta. Tomo el vestido de novia y me lo pongo.
El satén está frío contra mis hombros, contra mis caderas, contra mis muslos. Resbala sobre mi piel con un susurro de río, y siento cada costura, cada pliegue, cada centímetro de esta prenda que no ha sido hecha para mí. Las perlas aún están frías, con un frío de rocío, un frío de lágrima. Se aplastan contra mi pecho, contra mi vientre, y tengo la impresión de llevar una armadura de hielo.
La cremallera sube por mi espalda con un chirrido de metal. La agarro con una mano temblorosa y la tiro, diente por diente, hasta que alcanza mi nuca. Cada diente que se cierra es una cadena que se cierra alrededor de mi caja torácica, un apretón que me impide respirar.
El vestido es de mi talla. Es de la talla de Lilia, que es también la mía, porque somos gemelas, porque tenemos el mismo cuerpo, el mismo rostro, las mismas medidas. Hemos compartido el mismo vientre, la misma sangre, el mismo ADN. Y hoy, debo compartir su vida.
Me giro hacia el espejo. Y no me reconozco.
La mujer que me mira es una extraña. Lleva un vestido de novia suntuoso, una funda de encaje antiguo y satén marfil que abraza sus formas como una segunda piel, que se abre en una cola interminable, un río de tela que serpentea sobre el parqué encerado. El escote se sumerge lo justo para ser elegante, y las mangas de encaje transparente dibujan sus brazos como un tatuaje de flores.
Esta mujer es bella. Es deslumbrante.
Y no soy yo.
Fijo mi reflejo, y quisiera llorar, gritar, vomitar. Mi estómago se contrae, mi garganta se aprieta, y siento la bilis que sube, ácida, ardiente. Lo trago todo. Trago las lágrimas, los gritos, las náuseas. Trago mi identidad, mi nombre, mi existencia entera. Ya no soy Camélia. Soy Lilia Deveraux, la reina, la luz, la prometida de Cassian Saint-Clair.
La puerta se abre. Viviane está ahí, silueta impaciente en el marco, los ojos brillantes de esa satisfacción feroz que me hiela la sangre.
Me mira. Me inspecciona. Gira a mi alrededor como un general pasa revista a sus tropas, ajustando un pliegue, alisando una costura invisible, tirando de la cola para que caiga perfectamente.
Luego toma el velo.
Lo despliega con gestos precisos, casi ceremoniosos, y lo coloca sobre mis cabellos. La muselina de seda cae sobre mi rostro, ligera como un soplo, y el mundo se vuelve borroso, algodonoso, irreal. Los rasgos de mi madre se desdibujan tras la tela blanca. Mi reflejo en el espejo se borra, se disuelve, desaparece. Ya no soy más que una silueta. Una forma anónima. Una novia sin rostro.
Viviane ajusta el velo, tira de los bordes, se asegura de que caiga recto, de que oculte bien mis ojos, mi expresión, mi miedo. Sus dedos se demoran sobre la muselina, y murmura, con una voz baja, intensa, que no tolerará ninguna objeción.
_ No hables demasiado. No sonrías demasiado. Sé ella.
No respondo. Asiento con la cabeza, un movimiento imperceptible bajo el velo. Me toma del brazo y me guía hacia la puerta.
Mis tacones repiquetean sobre el parqué. La cola barre el suelo detrás de mí en un susurro de seda. Franqueo el umbral, y el pasillo me engulle, largo, interminable, bordeado de retratos y de espejos donde no me reconozco. Ya no soy Camélia. Ya no soy nadie.
Soy la sustituta.
Capítulo 56CaméliaLa primera confrontación privada tiene lugar esa misma noche, en la habitación conyugal.Estoy sentada en el borde de la cama, las manos cruzadas sobre las rodillas, el corazón pesado como una piedra. Cassian aún no ha subido. Está en su despacho, trabajando, preparando no sé qué estrategia, encerrándose en ese silencio que es su manera de gestionar las crisis. Estoy sola, y es en esta soledad donde Lilia elige golpear.La puerta se abre sin que nadie haya llamado, sin que nadie haya anunciado su llegada. Entra como se entra en casa propia, con paso seguro, la cabeza alta, los hombros rectos. Lleva una bata de seda color marfil, y sus cabellos están sueltos, extendidos sobre sus hombros en olas de miel. Sus pies están descalzos sobre el parqué, y se mueve por esta habitación con una soltura, una familiaridad, una propiedad que me hielan la
Capítulo 55CassianObservo el reencuentro, y no digo nada. Me quedo retirado, apoyado contra la pared del vestíbulo, los brazos cruzados, el rostro cerrado. No quiero interferir, no ahora. Quiero ver. Quiero observar. Quiero analizar cada gesto, cada palabra, cada mirada.Lilia es una actriz excepcional. Ya lo sabía, pero hoy lo compruebo con una claridad nueva. Cruza el vestíbulo casi corriendo, los brazos abiertos, el rostro iluminado por una sonrisa que parece tan espontánea, tan sincera. Toma a Camélia en sus brazos, y la estrecha contra ella con un afecto que conmueve a los domésticos reunidos en la entrada. Oigo los murmullos, los suspiros enternecidos. Pobre señora Deveraux. Cuánto ha debido sufrir. Qué valiente es. Cómo quiere a su hermana.Yo no veo a una hermana amorosa. Veo a un depredador.Conozco a los depredadores. Yo soy uno. He pasado mi vida entera rastre
Capítulo 54CaméliaLa veo antes de que ella me vea.Desde el rellano del primer piso, oculta tras una columna de mármol, observo la entrada de mi hermana en el vestíbulo. El tiempo se ha detenido, suspendido en este instante, en esta silueta que desciende del coche con una gracia que siempre le he envidiado, un andar de reina que pisa el suelo de su reino tras un largo exilio. Los flashes crepitan detrás de ella como una lluvia de relámpagos, y oigo los gritos de los periodistas que atraviesan los gruesos muros del manoir. Ella les ofrece todo eso a la vez, una sonrisa frágil que tiembla en el borde de los labios, una sonrisa de víctima valiente que ha sobrevivido al infierno y que ha vuelto más fuerte.Está resplandeciente. Incluso de lejos, incluso desde lo alto de esta escalera, veo su belleza que estalla como un sol, esa belleza que yo nunca he tenido, que nunca tendré. Sus
Capítulo 53LiliaEl coche franquea las verjas del dominio Saint-Clair, y sonrío.El manoir aparece al girar el camino, fortaleza de vidrio y acero negro suspendida sobre el océano, y lo miro con ojos nuevos, ojos de resucitada, ojos de milagrosa. Sé que las cámaras están apuntando al coche, que los periodistas acampan ante las verjas, que todo el país espera ver el rostro de la mujer que sobrevivió al infierno. Y voy a ofrecerles un espectáculo que no están a punto de olvidar.El coche se detiene ante la escalinata. El chófer baja, da la vuelta, me abre la puerta. Pongo un pie sobre la grava, luego el otro, y me yergo con una lentitud calculada, una lentitud de reina que regresa a sus tierras. Llevo un vestido sobrio, azul marino, que realza mi silueta sin llamar la atención. Mis cabellos están sueltos, mis ojos ligeramente ojerosos, mi maquillaje discreto. Estoy r
Capítulo 52CassianPreparo la llegada de Lilia como se prepara una batalla.La noche ha sido corta, y no he pegado ojo. Camélia tampoco, aunque ha fingido. La he sentido girar y revolverse en la cama, la he oído contener la respiración, la he visto levantarse y acercarse a la ventana, silueta frágil recortada por la luz de la luna. Y no he dicho nada. No he sabido qué decir. Porque yo mismo no sé lo que siento.Lilia está viva. La mujer con la que debía casarme, la mujer que huyó la mañana de la boda, la mujer que conspiró contra mí durante meses, está viva y quiere volver. Y no me creo ni una palabra de su historia. Secuestro. Reclusión. Evasión milagrosa. Es demasiado perfecto, demasiado liso, demasiado bien atado. Lilia siempre ha sido una actriz excepcional, y esta historia es su papel más hermoso. Pero no tengo pruebas. Todaví
Capítulo 51CaméliaNo duermo en toda la noche.El mensaje de Lilia da vueltas en mi cabeza, una y otra vez, como una melodía fúnebre, como un tañido que anuncia el fin de todo lo que he construido desde el día de la boda. Estoy viva. Quiero volver. Decidle a mi hermana que lo siento. Lo repito cien veces, mil veces, tumbada en el lecho conyugal, los ojos fijos en el techo que la luna ilumina con un resplandor blanquecino. Cassian duerme a mi lado, o finge dormir, y no me atrevo a despertarlo. No me atrevo a hablarle. No me atrevo a decirle lo que siento, porque lo que siento es demasiado confuso, demasiado violento, demasiado contradictorio para ser expresado con palabras.Lilia está viva. Viva. Durante semanas, la he creído muerta. Durante semanas, me he preguntado si se había suicidado, si la habían matado, si había desaparecido para siempre en las profundidades de la noche. H







