LOGINCapítulo 4
Viviane
Cierro la puerta detrás de mí, y el pestillo se cierra con un chasquido seco que resuena en el silencio repentino de la suite.
La doncella ha sido despedida con un gesto, los domésticos apartados, las preguntas ahogadas antes incluso de haber sido formuladas. Ya no quedamos más que nosotras dos en este sepulcro de lujo, mi hija y yo, y este vestido abandonado sobre el parqué como una muda de seda. La luz de la mañana sigue fluyendo por la ventana abierta, indiferente a la catástrofe que acaba de abatirse sobre treinta años de trabajo, de estrategia y de sacrificios.
No grito. No lloro. No tengo tiempo. Las lágrimas son un lujo que nunca me he concedido, y el pánico es una debilidad que erradiqué de mi vocabulario mucho antes del nacimiento de mis hijas. Lo que acaba de ocurrir es un desastre, sí, pero un desastre no es más que un problema que aún no ha encontrado su solución. Y yo siempre he sabido encontrar soluciones.
Doy la vuelta a la habitación, lentamente, midiendo cada detalle. El vestido yace sobre el parqué, las mangas extendidas, la cola derramada en un lago de satén arrugado. El velo está doblado al lado, cuidadosamente, casi tiernamente. Este detalle me golpea más que el resto. Lilia se tomó el tiempo de doblar el velo. No estaba en estado de pánico. Estaba lúcida. Determinada. Eligió huir, y lo hizo con la misma maestría que ponía en todo lo que emprendía.
El mensaje con pintalabios surca el espejo como una cicatriz escarlata. No puedo. Perdónenme. Leo las palabras dos veces, y no experimento nada. Ni cólera, ni pena, ni traición. Lilia me ha decepcionado, sí, pero la decepción es un sentimiento que conozco demasiado bien como para que me paralice. Mi hija mayor, mi reina, mi obra maestra, acaba de tirar por la ventana veinticinco años de educación por una crisis existencial el día de su boda. Pagará. Más tarde. Por ahora, debo salvar lo que pueda salvarse.
La ceremonia comienza en cuarenta minutos. Los Saint-Clair ya están en la capilla. El patriarca, enfermo, ha hecho el desplazamiento desde París. Los accionistas, los ministros, los periodistas, toda la élite europea está reunida detrás de estos muros, y si la boda no tiene lugar, si la verdad estalla, los Deveraux quedarán borrados del mapa en una mañana. La alianza que tardé tres años en construir, los contratos, las participaciones cruzadas, las promesas de fusión, todo eso se derrumbará como un castillo de naipes. No lo permitiré.
Me detengo ante el espejo, rozo el pintalabios con la yema del dedo, y la pasta grasa se transfiere a mi piel. Miro esa mancha escarlata en mi índice, y pienso en mi madre, en su madre antes que ella, en todas las mujeres de esta familia que tuvieron que luchar para sobrevivir mientras los hombres hacían la guerra o dilapidaban las fortunas. Pienso en mi marido, ausente como siempre, probablemente bebiendo su tercer whisky en un rincón del dominio evitando cuidadosamente toda responsabilidad. Pienso en todo lo que he sacrificado para llegar hasta aquí, y me niego, me niego absolutamente, a que todo se detenga por un arrebato.
Mi mirada se posa en Camélia.
Está arrodillada junto al vestido, las manos crispadas sobre la tela, el rostro lívido, los ojos desorbitados. Tiembla. Tiembla de todo su cuerpo, como un animal atrapado en una trampa, y veo en sus rasgos esa expresión de terror mudo que siempre le he conocido. Camélia, la segunda. Camélia, la gemela de la sombra. La que nació por accidente, la que nunca debería haber sobrevivido, la que ha pasado su vida disculpándose por existir. Es todo lo contrario de su hermana. Donde Lilia es flamígera, Camélia se borra. Donde Lilia conquista, Camélia se esconde. Donde Lilia brilla, Camélia se apaga.
Pero hoy, en esta habitación, con este vestido vacío entre nosotras, la miro de otra manera. La miro como nunca me he tomado el tiempo de mirarla. Y lo que veo me golpea con una evidencia que me corta la respiración.
Se parece a Lilia.
No de ese parecido vago que todos los gemelos comparten. Un parecido absoluto, sobrecogedor, que aplasta todo lo demás. Los mismos pómulos altos, el mismo óvalo del rostro, la misma curva de los labios. Los mismos ojos, ese azul profundo que viene de mí. Las mismas manos, largas y finas, manos de pianista o de pintora. La única diferencia es la actitud. Lilia se mantiene erguida, soberana, el mentón levantado hacia el mundo. Camélia se encoge, se disculpa, se borra. Pero bajo el maquillaje, bajo el velo, bajo el vestido, ¿quién podría notar la diferencia?
Nadie.
Ni siquiera Cassian Saint-Clair, que nunca ha mirado a su prometida más tiempo del que exigía la cortesía. Ni siquiera los domésticos, que no ven más que lo que se les dice que vean. Ni siquiera los fotógrafos, los periodistas, los invitados, todas esas personas que no conocen a Lilia más que a través de las fotos oficiales y las veladas mundanas. Si pongo a Camélia en este vestido, si coloco este velo sobre su rostro, si le ordeno caminar hasta el altar, nadie verá la diferencia. Nadie lo sabrá jamás.
La idea toma forma en mi mente con la rapidez de un incendio. Es audaz. Es arriesgada. Es perfecta.
Me giro hacia Camélia, y veo que ha comprendido. Sus ojos se agrandan aún más, si cabe, y niega con la cabeza, un movimiento débil, desesperado, que no hace más que confirmar lo que ya sé. Va a obedecer. Siempre ha obedecido. Es su naturaleza, su maldición, su única utilidad en esta familia.
_ No —murmura—. No, mamá. Eso no.
Su voz es un hilo tembloroso, apenas audible. Casi podría sentir lástima por ella. Casi. Pero la lástima es un lujo, y no tengo tiempo. Cruzo la habitación, mis tacones repiquetean sobre el parqué, y me detengo ante ella, dominándola con toda mi altura.
_ Tu hermana sostiene a esta familia desde su nacimiento.
Mi voz es calmada, posada, la misma que uso en los consejos de administración cuando se trata de aplastar a un adversario. Cada palabra es una hoja, y las clavo una a una en su carne tierna.
_ Ella ha atraído a Cassian Saint-Clair a nuestras redes. Ella ha hecho posible esta alianza. Ella ha llevado el apellido Deveraux sobre sus hombros mientras tú, tú embadurnabas lienzos en un taller miserable complaciéndote en tu melancolía. Nunca has hecho nada por esta familia. Has sido un peso desde el día de tu nacimiento. Una carga. Una boca que alimentar que nunca ha aportado nada.
Camélia tiembla más aún. Sus dedos se crispan sobre la tela del vestido, y veo sus nudillos blanquear. No responde. No puede responder. Sabe que tengo razón. Lo veo en sus ojos, en la forma en que baja la cabeza, en esa sumisión patética que me dan ganas de abofetearla.
_ Hoy, por una vez en tu vida, vas a ser útil. Vas a ponerte este vestido. Vas a caminar hasta el altar. Vas a casarte con Cassian Saint-Clair. Y nadie sabrá jamás que no eres tu hermana.
El silencio cae de nuevo, pesado, aplastante. La miro, arrodillada a mis pies, y espero. No llora. Ya es algo. Las lágrimas habrían estropeado el maquillaje.
_ ¿Y si me niego?
Su voz es apenas un murmullo, un soplo que se escapa de sus labios blancos. Sonrío. Una sonrisa fría, quirúrgica, la que reservo para las negociaciones difíciles.
_ Si te niegas, no tendrás más familia. Ni apellido. Ni herencia. Te cortaré de todo. Volverás a ser lo que eras antes de que yo te diera una oportunidad: nada. Menos que nada. Una artista fracasada que se muere de hambre en un estudio insalubre. ¿Es eso lo que quieres?
No responde. Baja la cabeza, y sus cabellos castaños, ese castaño apagado que nunca ha sabido valorizar, caen sobre su rostro. Está vencida. Siempre lo ha estado.
_ Tienes diez minutos para prepararte. La ceremonia comienza en cuarenta minutos. No me hagas arrepentirme de haberte elegido.
Me enderezo, aliso mi vestido con un gesto mecánico, y me dirijo hacia la puerta. Antes de salir, lanzo una última mirada a esta habitación, a este vestido vacío, a este mensaje sobre el espejo. Lilia ha huido, pero le haré pagar. Más tarde. Por ahora, tengo una boda que salvar.
Mis tacones repiquetean en el pasillo. Afuera, las campanas suenan, y sonrío al pensar en la cara de Cassian Saint-Clair cuando descubra, tarde o temprano, que no se ha casado con la hermana correcta. Pero ese día, será demasiado tarde. Los contratos estarán firmados. La alianza estará sellada. Y Camélia llevará el apellido Saint-Clair, le pese o no.
Capítulo 56CaméliaLa primera confrontación privada tiene lugar esa misma noche, en la habitación conyugal.Estoy sentada en el borde de la cama, las manos cruzadas sobre las rodillas, el corazón pesado como una piedra. Cassian aún no ha subido. Está en su despacho, trabajando, preparando no sé qué estrategia, encerrándose en ese silencio que es su manera de gestionar las crisis. Estoy sola, y es en esta soledad donde Lilia elige golpear.La puerta se abre sin que nadie haya llamado, sin que nadie haya anunciado su llegada. Entra como se entra en casa propia, con paso seguro, la cabeza alta, los hombros rectos. Lleva una bata de seda color marfil, y sus cabellos están sueltos, extendidos sobre sus hombros en olas de miel. Sus pies están descalzos sobre el parqué, y se mueve por esta habitación con una soltura, una familiaridad, una propiedad que me hielan la
Capítulo 55CassianObservo el reencuentro, y no digo nada. Me quedo retirado, apoyado contra la pared del vestíbulo, los brazos cruzados, el rostro cerrado. No quiero interferir, no ahora. Quiero ver. Quiero observar. Quiero analizar cada gesto, cada palabra, cada mirada.Lilia es una actriz excepcional. Ya lo sabía, pero hoy lo compruebo con una claridad nueva. Cruza el vestíbulo casi corriendo, los brazos abiertos, el rostro iluminado por una sonrisa que parece tan espontánea, tan sincera. Toma a Camélia en sus brazos, y la estrecha contra ella con un afecto que conmueve a los domésticos reunidos en la entrada. Oigo los murmullos, los suspiros enternecidos. Pobre señora Deveraux. Cuánto ha debido sufrir. Qué valiente es. Cómo quiere a su hermana.Yo no veo a una hermana amorosa. Veo a un depredador.Conozco a los depredadores. Yo soy uno. He pasado mi vida entera rastre
Capítulo 54CaméliaLa veo antes de que ella me vea.Desde el rellano del primer piso, oculta tras una columna de mármol, observo la entrada de mi hermana en el vestíbulo. El tiempo se ha detenido, suspendido en este instante, en esta silueta que desciende del coche con una gracia que siempre le he envidiado, un andar de reina que pisa el suelo de su reino tras un largo exilio. Los flashes crepitan detrás de ella como una lluvia de relámpagos, y oigo los gritos de los periodistas que atraviesan los gruesos muros del manoir. Ella les ofrece todo eso a la vez, una sonrisa frágil que tiembla en el borde de los labios, una sonrisa de víctima valiente que ha sobrevivido al infierno y que ha vuelto más fuerte.Está resplandeciente. Incluso de lejos, incluso desde lo alto de esta escalera, veo su belleza que estalla como un sol, esa belleza que yo nunca he tenido, que nunca tendré. Sus
Capítulo 53LiliaEl coche franquea las verjas del dominio Saint-Clair, y sonrío.El manoir aparece al girar el camino, fortaleza de vidrio y acero negro suspendida sobre el océano, y lo miro con ojos nuevos, ojos de resucitada, ojos de milagrosa. Sé que las cámaras están apuntando al coche, que los periodistas acampan ante las verjas, que todo el país espera ver el rostro de la mujer que sobrevivió al infierno. Y voy a ofrecerles un espectáculo que no están a punto de olvidar.El coche se detiene ante la escalinata. El chófer baja, da la vuelta, me abre la puerta. Pongo un pie sobre la grava, luego el otro, y me yergo con una lentitud calculada, una lentitud de reina que regresa a sus tierras. Llevo un vestido sobrio, azul marino, que realza mi silueta sin llamar la atención. Mis cabellos están sueltos, mis ojos ligeramente ojerosos, mi maquillaje discreto. Estoy r
Capítulo 52CassianPreparo la llegada de Lilia como se prepara una batalla.La noche ha sido corta, y no he pegado ojo. Camélia tampoco, aunque ha fingido. La he sentido girar y revolverse en la cama, la he oído contener la respiración, la he visto levantarse y acercarse a la ventana, silueta frágil recortada por la luz de la luna. Y no he dicho nada. No he sabido qué decir. Porque yo mismo no sé lo que siento.Lilia está viva. La mujer con la que debía casarme, la mujer que huyó la mañana de la boda, la mujer que conspiró contra mí durante meses, está viva y quiere volver. Y no me creo ni una palabra de su historia. Secuestro. Reclusión. Evasión milagrosa. Es demasiado perfecto, demasiado liso, demasiado bien atado. Lilia siempre ha sido una actriz excepcional, y esta historia es su papel más hermoso. Pero no tengo pruebas. Todaví
Capítulo 51CaméliaNo duermo en toda la noche.El mensaje de Lilia da vueltas en mi cabeza, una y otra vez, como una melodía fúnebre, como un tañido que anuncia el fin de todo lo que he construido desde el día de la boda. Estoy viva. Quiero volver. Decidle a mi hermana que lo siento. Lo repito cien veces, mil veces, tumbada en el lecho conyugal, los ojos fijos en el techo que la luna ilumina con un resplandor blanquecino. Cassian duerme a mi lado, o finge dormir, y no me atrevo a despertarlo. No me atrevo a hablarle. No me atrevo a decirle lo que siento, porque lo que siento es demasiado confuso, demasiado violento, demasiado contradictorio para ser expresado con palabras.Lilia está viva. Viva. Durante semanas, la he creído muerta. Durante semanas, me he preguntado si se había suicidado, si la habían matado, si había desaparecido para siempre en las profundidades de la noche. H







