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Capítulo3

Author: Histoire
last update publish date: 2026-09-14 15:01:41

Capítulo 3

Camélia

Viviane aparece en el marco de la puerta.

Es una silueta imperial en su vestido de ceremonia azul noche, enjoyada con zafiros y diamantes que brillan como estrellas frías sobre el terciopelo oscuro de la tela. Se inmoviliza en el umbral, y su mirada recorre la escena con una lentitud metódica, quirúrgica. El vestido de Lilia desplomado sobre el parqué. El velo doblado, cuidadosamente, como un sudario. El mensaje con pintalabios sobre el espejo. La ventana abierta de par en par sobre los viñedos y el cielo. Y yo, arrodillada en medio de este desastre, las manos aún crispadas sobre la tela.

El silencio se dilata. Se estira. Se convierte en una cosa física, palpable, que llena la habitación y comprime el aire a nuestro alrededor. No me atrevo a respirar. No me atrevo a moverme. Los segundos se suceden con una lentitud de tortura, y mi madre no dice nada.

Fija el vestido.

Fija el mensaje.

Fija la ventana abierta.

Luego su mirada se desliza hacia mí. Aterriza en mí como un ave de presa que localiza a su objetivo. Y veo sus ojos, sus ojos tan parecidos a los míos y tan radicalmente diferentes, sus ojos que no contienen ni pánico, ni dolor, ni espanto. Sus ojos que contienen otra cosa. Algo que no quiero nombrar. Algo que me hiela la sangre con más seguridad que el alarido de la doncella.

Me mira. Lentamente. Calculando. Como se evalúa una pieza sobre un tablero de ajedrez. Como se estima el valor de un objeto que se dispone a utilizar.

Y comprendo.

Comprendo antes de que abra la boca. Comprendo por la forma en que sus pupilas pasan del vestido a mi rostro, de mi rostro al vestido, en un vaivén silencioso que no tiene nada de accidental. Superpone nuestras imágenes en su mente. Compara. Mide. Calcula el parecido que nos une, a Lilia y a mí, esa gemelidad que siempre ha sabido explotar, que siempre ha exhibido como una curiosidad mundana, y que se convierte de repente, en su cerebro de estratega, en la solución a todos sus problemas.

_ No —murmuro.

Mi voz es tan débil que no estoy segura de haberla pronunciado en voz alta. Pero mi madre la oye. Mi madre lo oye todo. Sus ojos se entrecierran imperceptiblemente, y la sombra de una sonrisa flota en sus labios, una sonrisa que no tiene nada de maternal, nada de tierno, nada de tranquilizador.

_ No —repito, más fuerte esta vez—. No, mamá. Eso no.

No responde. Franquea el umbral de la habitación, y sus tacones repiquetean sobre el parqué con una lentitud deliberada, cada paso es una sentencia que se acerca. Se detiene ante el espejo, lee el mensaje, roza el pintalabios con la yema del índice, y la huella escarlata se transfiere a su piel como una mancha de culpabilidad. Mira su dedo. Mira el espejo. Mira la ventana abierta, los viñedos, las colinas, el cielo demasiado azul.

Luego se gira hacia mí.

Y en sus ojos, ya no hay cálculo. Ya no hay vacilación. Hay una decisión, ya tomada, ya sellada, ya irrevocable. Una decisión que me concierne, que va a engullirme, que va a hacer de mí lo que nunca he querido ser.

Sigo de rodillas. Sigo sosteniendo el vestido. El perfume de Lilia sube desde la tela como un último llamamiento, una última advertencia. Afuera, las campanas de la capilla empiezan a sonar. Su canto grave se extiende por el dominio, llamando a los invitados a tomar asiento, y cada campanada es un tañido que marca el fin de mi vida tal como la conocía.

Mi madre sonríe. Una sonrisa fría, determinada, aterradora.

Y sé, lo sé con una certeza que me revuelve el estómago, que ya nada volverá a ser como antes.

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