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No podía creer lo que estaba viendo.
Noemi caminó hacia mí con una tranquilidad escalofriante. En sus manos sostenía un pequeño recipiente de vidrio.
—¿Qué... qué estás haciendo? —pregunté, retrocediendo un paso.
Ella sonrió con crueldad. Sin responder, comenzó a rociarme un líquido sobre la ropa y el cabello. El fuerte olor penetró en mis fosas nasales de inmediato.
¡Es gasolina! Mi corazón dio un vuelco.
Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la baranda del balcón. Miré hacia abajo y el vértigo me golpeó con fuerza. Estábamos a varios metros del suelo.
No tenía salida. Levanté la vista y encontré a mi esposo Enzo observándome sin ninguna pizca de pudor.
El hombre al que había amado con toda mi alma.
Sonreía, pero no era una sonrisa de nervios si no una siniestra.
Era una sonrisa que jamás le había visto.
—Ya no es necesario que sigas con vida, querida — atacó Noemi con absoluta calma—. Tu esposo y yo debemos estar juntos, pero tú eres un estorbo.
Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista.
—No... esto no puede estar pasando. Estas loca.
Miré a Enzo esperando que dijera que todo era una broma de mal gusto.
—¿Por qué? —pregunté entre sollozos—. ¿Por qué me haces esto? ¡ Ayúdenme !
Él bajó la mirada durante unos segundos. Creí que se arrepentiría. Pero cuando volvió a levantar la cabeza, sus ojos estaban llenos de desprecio.
—Porque ya no siento nada por ti. Nunca te amé. Casarme contigo solo fue conveniente. Tu muerte es lo mejor para todos, viviremos felices. Viste demasiadas cosas aquí.
Sentí que mi corazón se hacía pedazos.
—No... son unos malditos.
Él sonrió con frialdad.
—Cuando veas a tu padre, dale las gracias por todo. Nos veremos en el más allá.
Abri los ojos sorprendida. Noemi sacó un encendedor de su bolsillo. Mis piernas comenzaron a temblar.
—¡No! ¡Por favor, no lo hagan! —grité del pánico.
Ellos no escuchaban. Con un simple movimiento, ella encendió la llama y la lanzó contra mí.
En cuestión de segundos, el fuego envolvió mi cuerpo.
—¡Aaaaaah!
Los gritos desgarraron mi garganta. Las llamas devoraban mi piel mientras intentaba apagar el fuego con las manos. El dolor era insoportable.
Nunca imaginé que un ser humano pudiera sentir tanto sufrimiento. Desesperada, traté de acercarme a Enzo. Necesitaba que me ayudara y creer que aún quedaba algo de humanidad dentro de él.
Pero, en lugar de salvarme, me empujó.
Sentí cómo mi cuerpo perdía el equilibrio. Todo ocurrió demasiado rápido.
Caí al vacío mientras las llamas seguían consumiéndome. El impacto contra el suelo quebró cada hueso de mi cuerpo, un crujido estremecedor resonó en mis oídos antes de que un sabor metálico inundara mi boca.
Escupí sangre, no podía moverme, ni podía respirar.
Desde el suelo alcé la mirada.
Aún podía verlos, seguían en el balcón. Sonriendo, como si mi agonía fuera el mejor espectáculo de sus vidas. Un segundo después, Enzo corriendo hacia el interior de la mansión.
—¡Ayuda! ¡ Alguien ayude a mi esposa! ¡No sé qué pasó! ¡Estaba fumando y cayó!
Las puertas de la mansión se abrieron de golpe. Los empleados corrieron hacia mí.
—¡Señora! ¡Señora!
—¡Llamen a una ambulancia!
Varios empleados intentaban detener la sangre que salía de mi boca. Yo quería hablar. Quería decirles que ellos me habían asesinado, pero mis labios apenas podían moverse.
Entonces apareció mi suegra. Quise pedirle ayuda, se arrodilló junto a mí con una expresión de falsa preocupación, levanté la mano con las pocas fuerzas que me quedaban.
Ella acercó su rostro al mío.
—Querida, ¿estás bien? ¿Cómo ocurrió esto?
Durante un instante pensé que realmente estaba preocupada. Hasta que sus labios rozaron mi oído.
—Espero que te mueras de una vez.
Mi corazón se detuvo por un segundo. Ella se apartó fingiendo llorar, detrás de ella aparecieron mi suegro y mis cuñadas.
Todos tenían el mismo gesto de preocupación. Pero en sus ojos solo había satisfacción.
—¡Apresúrense! ¡Traigan la ambulancia! —gritaban para aparentar desesperación.
Mientras tanto, sus murmullos llegaban hasta mí como puñales.
—Sufre...
—Muere igual que tus padres.
Mi mente dejó de entender lo que ocurría. Toda esa familia era una farza. Habían esperado este momento.
De pronto vi acercarse a Noemi.
Se arrodilló a mi lado con los ojos llenos de falsas lágrimas.
—Ay, hermana... no puedo creer que te haya pasado esto. Pobrecita.
Quise escupirle la verdad en la cara.
Pero solo brotó más sangre.
Entre todas aquellas víboras, escuché una voz diferente, llena de desesperación.
—¡¿Qué están haciendo?! ¡Ayúdenla!
Era mi madrina. Corría hacia mí llorando sin importarle nada y unos pasos detrás de ella apareció Graciela, mi confidente y una de las mejores empleadas que han estado para mí.
Tenía las manos cubriendo su boca mientras las lágrimas corrían por su rostro.
Ellas eran las únicas personas que realmente sufrían por mí. Mis párpados comenzaron a cerrarse, el dolor consumía todo mi cuerpo.
Si el destino me concediera una segunda oportunidad...
Lo juro, los haría pagar, uno por uno, lastimosamente estoy por morir y no podre vengarme jamas.
ThiagoLa madrugada se sentía demasiado fría sobre la carretera. Al notar a Ginevra encogida, la tapé con mi abrigo. Tenía la mirada perdida, devorada por un nerviosismo comprensible. Ir a un lugar desconocido, y para colmo, al lado de un mafioso. Solo que yo no era un mafioso cualquiera. Yo no toco a inocentes ni le hago daño a la gente buena; me encargo de las escorias sucias, de esas serpientes que se arrastran movidas por la ambición. A esos sí los destruyó, cueste lo que cueste.—¿Crees que todo estará bien en la casa de tu familia? —preguntó Ginevra, sacándome de mis pensamientos.Coloqué suavemente mi mano en su mejilla para obligarla a mirarme.—Mientras seas mi donna, nadie tendrá derecho a hacerte nada. Despreocúpate por eso. No quiero que nada te pase ni que pienses cosas raras.—Tengo miedo... Tengo miedo de no poder hacer nada. ¿Qué dirá tu familia al verme así?—No importa lo que diga mi familia. Diremos que sufriste un accidente, pero que ya estás mejor. Además, estarás
GinevraSi alguien me hubiera dicho tiempo atrás que terminaría unida a un hombre que al principio parecía un simple médico o científico dedicado a salvarme la vida, jamás lo habría creído. Pero ahora la máscara había caído: resulta que también es un hombre de la mafia, un líder con un clan detrás. Y para poder salir de este encierro e irme con él, no había otra opción que convertirme en su esposa, en su donna. Es una locura absoluta. Sin embargo, no tengo espacio para dudar; debo cumplir con mi parte, recuperar la salud como sea y trazar a sangre fría la estrategia para mi venganza.—¿Estás bien? —preguntó Thiago, acercándose a mí mientras yo observaba en silencio el inmenso jardín qué en estas semanas sentí absoluta paz.Asentí despacio. Él se puso en cuclillas para quedar a mi altura, eliminando la distancia con calma.—No te preocupes por nada. Estaremos bien.—¿Tú crees que estaremos bien? —murmuré, clavando mis ojos en los suyos—. ¿No tendrás problemas con ninguna novia?Thiago
ThiagoLa miré fijamente mientras ella continuaba ida en la silla de ruedas, procesando el remolino de información que acababa de soltarle. Sabía que la estaba acorralada, pero en este juego, la duda es un lujo que ni ella ni yo nos podíamos permitir. Me acerqué con pasos lentos, saqué mi teléfono del bolsillo y busqué aquel archivo guardado bajo llave.—Quería mostrarte esto desde que despertaste —rompí el silencio, extendiéndole la pantalla.Ginevra pestañeo, regresando de sus pensamientos, y fijó su mirada azul en el aparato.—¿Qué es? —preguntó con la voz apenas inteligible.—El día en que esos miserables estaban en el cementerio... según ellos, sufriendo por tu muerte.Ella alzó la vista hacia mí, con una mezcla de escepticismo y un dolor punzante reflejado en el rostro.—¿Entonces... ¿Hay una tumba con mi nombre real? —murmuró.—Así mismo es. Hay una tumba¿Quieres verlo?Ginevra asintió despacio. Le reproduje el video. En la pantalla se veía el despliegue del falso funeral: traj
GinevraLos siguientes días transcurrieron entre terapias intensas. Mi cuerpo estaba exhausto; incluso hacer el más mínimo movimiento me sacaba un quejido del pecho. Pero no podía detenerme, no debía hacerlo. Lo único que tenía en mente era movilizarme para estar lista. A veces sentía que no soportaba más el dolor, pero el deseo de venganza permanecía intacto en mi cuerpo y en mi mente.Llevaba apenas una semana despierta. Había momentos en los que caía rendida por el cansancio, pero lo más extraño era ver a ese hombre moreno de ojos grises tan cerca de mí. Me hacía sentir extrañamente cómoda, no con una sensación incómoda o mala, sino con la certeza de que me estaba protegiendo. Sé que suena a locura, pero... ¿será que le gusto? Lo dudaba. Me había visto desfigurada; mi rostro y mi cuerpo habían estado casi calcinados. Quizás solo era lástima, y se lo agradecia, porque gracias a él lograría mi objetivo.Lo único que quería era permanecer despierta. Tras casi dos años postrada en una
GinevraAbrí los ojos con una pesadez insoportable, sintiendo que si los cerraba otra vez volvería a perderme en aquella oscuridad interminable. Todo a mi alrededor era frío, un hielo glacial que se me metía hasta los huesos.Escuché el suave roce de la puerta, y el sonido de un monitor. Parpadeó varias veces, pero no fui capaz de reconocer el lugar. Las paredes eran oscuras y el techo apenas alcanzaba a distinguirlo en la penumbra. No parecía un cuarto de hospital.—¿Dónde... estoy...? —pregunté.Mi voz salió ronca, quebrada y tan débil que apenas pude escucharme a mí misma. Tenía la garganta seca, áspera, dominada por una sed insoportable.El sonido volvió a repetirse, eran pasos. Alguien acababa de entrar. Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas. ¿Estoy muerta? ¿Este es el infierno? Recordaba el fuego, el dolor lacerante, la gasolina que me lanzó y mi piel quemándose. Recordaba con horror que me habían matado. Entonces, ¿por qué seguía sintiendo?Una figura mascu
ThiagoJamás imaginé que volvería a presenciar una atrocidad semejante.Frente a mí yacía el cuerpo de una mujer completamente cubierto de vendas. Las quemaduras ocultaban casi toda su piel, eran tan brutales que apenas podía reconocer sus facciones.Uno de los médicos se acercó con expresión seria.—Ya informé a la familia. Lamentablemente, la paciente falleció. Las lesiones provocadas por la caída y las quemaduras fueron demasiado graves. Su familia ha solicitado que el cuerpo sea cremado.Asentí con calma.—Bien. Yo daré la orden al forense.—Sí, doctor.Cuando el doctor Salazar salió de la sala, dejé escapar un largo suspiro.Los Moretti…Esos malditos eran capaces de cualquier cosa.Si esta mujer me había pedido ayuda antes de perder el conocimiento, era porque alguien había intentado asesinarla.Nadie se incendia y después cae desde un balcón por accidente.¿Qué hacía ella ahí? ¿ Porqué nadie vio nada?Cerré los ojos unos segundos antes de escuchar la puerta abrirse nuevamente. D







