تسجيل الدخولGinevra
Abrí los ojos con una pesadez insoportable, sintiendo que si los cerraba otra vez volvería a perderme en aquella oscuridad interminable. Todo a mi alrededor era frío, un hielo glacial que se me metía hasta los huesos.
Escuché el suave roce de la puerta, y el sonido de un monitor. Parpadeó varias veces, pero no fui capaz de reconocer el lugar. Las paredes eran oscuras y el techo apenas alcanzaba a distinguirlo en la penumbra. No parecía un cuarto de hospital.
—¿Dónde... estoy...? —pregunté.
Mi voz salió ronca, quebrada y tan débil que apenas pude escucharme a mí misma. Tenía la garganta seca, áspera, dominada por una sed insoportable.
El sonido volvió a repetirse, eran pasos. Alguien acababa de entrar. Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas. ¿Estoy muerta? ¿Este es el infierno? Recordaba el fuego, el dolor lacerante, la gasolina que me lanzó y mi piel quemándose. Recordaba con horror que me habían matado. Entonces, ¿por qué seguía sintiendo?
Una figura masculina emergió entre la oscuridad. Era un hombre moreno, alto y de rasgos imponentes. Sus ojos tenían un tono extraño, semejante al cielo gris justo cuando una tormenta está a punto de estallar. Lo observé sin poder apartar la mirada.
—¿Eres... un ángel...? —susurré.
Él sonrió apenas, manteniendo la calma.
—¿Puedes escucharme? Si puedes hacerlo, levanta la mano.
Con un esfuerzo despegué la mano derecha de la sábana y asentí lentamente.
—Sí... puedo escucharte.
Su expresión parecía relajarse un poco.
—Muy bien. No te esfuerces demasiado.
—¿Dónde estoy? ¿Estoy muerta? Eres un ángel o el diablo—insistí, confundida.
Él negó con la cabeza.
—No. Soy un hombre de carne y hueso, y tú no estás muerta. Me pediste ayuda... ¿lo recuerdas?
Fruncí el ceño y cerré los ojos. Al instante, las imágenes golpearon mi mente como una ráfaga violentisima. Las llamas, mis gritos, mi esposo, la traición imperdonable y el fuego consumiéndome viva. Llevé una mano a la cabeza y un gemido de pura agonía escapó de mis labios.
—¡No...!
El hombre sujetó mi brazo con delicadeza pero con firmeza.
—Tranquila. No te alteres. —Presionó varios botones en el monitor que estaba a mi lado—. Debes mantener la calma.
—Ellos quieren verme muerta... Lo sé —supliqué desesperada, negando con la cabeza—. No dejes que me encuentren. Si vienen por mí... diles que no estoy aquí, por favor... miente.
—Nadie va a encontrarte —aseguró. Su voz transmitía una serenidad que, por alguna razón, consiguió aplacar mi pánico. Acercó una silla y se sentó junto a la cama—. ¿Cómo te sientes?
Tragué saliva con dificultad.
—Me duele todo... La boca, la cabeza, el cuerpo... siento que peso toneladas.
—Es normal —asintió antes de encender la luz central.
Mis ojos ardieron por la intensidad de la claridad y tuve que apretarlos unos segundos. Cuando logré acostumbrarme, observé mejor el entorno: era un espacio enorme, moderno y pulcro. Definitivamente no parecía un hospital.
—¿Por qué me siento tan débil?
Su mirada se volvió sumamente seria.
—Porque estuviste más de un año en coma.
Los ojos se me abrieron abruptamente.
—¿Qué...?
—Escuchaste bien. En realidad... casi dos años.
Abrí la boca, incapaz de procesar la magnitud de sus palabras.
—¿Qué pasó con ellos? ¿Dónde estoy?
—Estás fuera de Italia. Yo te traje.
—¿No estoy en un hospital?
—No.
Mi garganta volvió a arder, recordándome la deshidratación.
—Tengo mucha sed…
Él presionó otro botón del intercomunicador.
—Traigan agua y una sopa ligera.
A los pocos segundos, una mujer entró sosteniendo una bandeja.
—Doctor, aquí tiene.
—Bien.— Tomó el vaso y me ayudó a incorporarme lentamente —Retírate.
La mujer asintió no sin antes mirarme.
Mi cuerpo apenas respondió; sentía cada músculo completamente adormecido. Al bajar la cabeza, una larga cortina de cabello oscuro cayó sobre mi pecho. Lo miré desconcertada.
—Mi... Cabello…
—Ha pasado mucho tiempo —sonrió con sutileza mientras me acercaba el agua.
Bebí un pequeño sorbo, pero la garganta me traicionó y comencé a toser impulsivamente.
—Despacio. Respira.
Hice lo que me pedía hasta sentir que el aire volvía a circular por mis pulmones. Luego, levanté la vista, recordando lo que implícitamente significaba estar viva.
—Hace un momento dijiste que sobreviví... pero mis quemaduras…
Él permaneció en silencio unos segundos. Abrió un cajón de la mesa auxiliar, sacó un espejo de mano y me lo extendió.
—Mírate.
Lo sostuve con dedos temblorosos. Al alzar el cristal y fijar la vista en el reflejo, las manos me fallaron y el espejo cayó sobre mis piernas. Esa mujer no era yo. No era Bianca De Luca.
Llevé ambas manos a mi rostro, recorriéndolo con incredulidad y espanto, las mejillas, los labios, la nariz, los ojos. Todo era distinto.
—¿Quién soy...? —Mi voz se quebró por completo.
Él respondió con absoluta templanza:
—Ahora eres Ginevra Vitale. Tu cuerpo sufrió quemaduras gravísimas y tus manos no tanto. Tu rostro fue la zona menos afectada, pero aun así tuve que realizar múltiples cirugías reconstructivas. Cambié parte de tu piel mediante injertos y diseño estético. Lo hice sin pedirte permiso, pero era la única manera de salvarte.
Volví a tomar el espejo. Al mirar con detenimiento, descubrí una fina cicatriz que atravesaba el lado izquierdo de mi rostro. La acaricié con la yema de los dedos. No lloré; en su lugar, una sonrisa triste y amarga se dibujó en mis labios.
—Gracias... —susurré—. Gracias por no dejar que muriera, por ocultarme y por salvarme. Si ellos hubieran sabido que seguía viva, habrían terminado el trabajo. Estoy endeudada con usted.
Él negó suavemente.
—Las deudas se pagan después —dijo, posando una mano sobre mi cabeza con un gesto firme que me transmitió una extraña paz—. Aquí nadie volverá a hacerte daño. Vas a aprender a ser una mujer fuerte
Sonríe levemente.
—Gracias ¿Sabes qué pasó con ellos? —pregunté.
Su expresión se endureció.
—Sí. Están viviendo tranquilamente. Celebran tu muerte y creen que ya no existes.
Mis labios se curvaron despacio, pero no era una mueca de fragilidad; era odio puro.
—Entonces... voy a vengarme.
Él sostuvo mi mirada sin pestañear.
—Y lo harás. Tuviste una segunda oportunidad, Ginevra. No la desperdicies.
Me acercó el plato de sopa y comencé a comer con enorme dificultad. Las manos me temblaban tanto que la cuchara apenas llegaba a mi boca. Sin decir una palabra, él tomó una servilleta y limpió con delicadeza la comisura de mis labios.
—Lo siento... —musité avergonzada.
—Durante un año y ocho meses cuidé de ti —sonrió apenas—. Conozco perfectamente tu anatomía, no tienes nada de qué avergonzarte.
Sintiendo que las mejillas me ardían, bajé la vista.
—Yo... ni siquiera conozco tu nombre.
Él soltó una leve risa.
—Ya habrá tiempo para eso. Ahora recupera fuerzas.
Cuando terminé, varios hombres con uniforme médico entraron llevando una camilla de traslado. El doctor me tomó en brazos con una facilidad pasmosa. Me sentí tan ligera, tan indefensa, que instintivamente apoyé la cabeza sobre su pecho, escuchando el latido firme de su corazón.
Salimos de esa extraña habitación estéril. El aire fresco acarició mi rostro y el aroma a pino y tierra húmeda llenó mis pulmones. Contemplé un jardín inmenso, un paraje verde y majestuoso que parecía aislado del resto del planeta. Esto realmente indicaba qué estaba viva.
—¿Dónde estamos?
—En el paraíso —respondió sin detener el paso—. El paraíso donde vivirás hasta que vuelvas a levantarte.
No tuve energía para replicar. Cerré los ojos mientras me llevaba hacia una nueva ala de la propiedad. Entramos en una habitación amplia, donde me recostó con cuidado sobre una cama acomodada. Minutos después, los asistentes instalaron monitores y equipos de soporte. Uno de los hombres se giró hacia mí con respeto.
—Bienvenida, señorita Ginevra.
—Gracias... —le devolví una débil sonrisa.
—Él es Joseph —intervino el doctor—. Será uno de tus guardianes.
El hombre hizo una inclinación con la cabeza.
—Desde hoy estaré a su entera disposición para lo que necesite.
Cuando el personal se retiró, el doctor dio un paso al frente y extendió su mano hacia mí.
—Aún no me he presentado formalmente. Soy Thiago Vitale. Te traje hasta aquí porque me pediste ayuda la noche en la qué quisieron matarte. Investigamos todo sobre ti y sobre la familia Moretti. El día de tu supuesto funeral lloraron frente a tu tumba vacía, representaron el papel de sus vidas. Pero mientras fingían su duelo, tu esposo tomó el control absoluto de todas tus empresas.
Apreté los puños con rabia contenida.
—Él no era mi esposo... era mi verdugo. Y mi hermanastra también va a pagar.
—Lo hará —afirmó Thiago con rotundidad—. Pero antes debes sanar. Necesitas recuperar la movilidad y te esperan meses de intensa terapia física.
Miré mis piernas inertes bajo las cobijas.
—¿Crees que volveré a ser la misma?
Thiago se acercó y acarició con la yema del pulgar la cicatriz de mi mejilla.
—No —respondió con firmeza—. Y eso es lo mejor que puede pasarte. No volverás a ser la mujer ingenua a la que traicionaron; serás alguien mucho más fuerte. Aún sigo trabajando en tu rostro, cuando esté lista, no se notara qué hayas sufrido quemaduras.
Giré la cara hacia mis manos: no había rastro de las severas quemaduras, solo marcas finísimas casi invisibles. Luego pasé los dedos por la marca de mi rostro.
—No quiero que borres esta cicatriz.
Thiago frunció levemente el ceño.
—¿Estás segura?
—Completamente —asentí con la mirada encendida—. Será el recordatorio de todo lo que me hicieron. Cada vez que me mire al espejo, recordaré por qué tengo que levantarme de esta cama.
Él tomó mi mano y la apretó con fuerza.
—Bienvenida de nuevo a la vida, Ginevra.
Le devolví el apretón. En ese instante, me hice una promesa solemne. No importaba si me tomaba meses o años, los iré a cazar y, uno a uno, pagarían por haber intentado destruirme.
ThiagoLa madrugada se sentía demasiado fría sobre la carretera. Al notar a Ginevra encogida, la tapé con mi abrigo. Tenía la mirada perdida, devorada por un nerviosismo comprensible. Ir a un lugar desconocido, y para colmo, al lado de un mafioso. Solo que yo no era un mafioso cualquiera. Yo no toco a inocentes ni le hago daño a la gente buena; me encargo de las escorias sucias, de esas serpientes que se arrastran movidas por la ambición. A esos sí los destruyó, cueste lo que cueste.—¿Crees que todo estará bien en la casa de tu familia? —preguntó Ginevra, sacándome de mis pensamientos.Coloqué suavemente mi mano en su mejilla para obligarla a mirarme.—Mientras seas mi donna, nadie tendrá derecho a hacerte nada. Despreocúpate por eso. No quiero que nada te pase ni que pienses cosas raras.—Tengo miedo... Tengo miedo de no poder hacer nada. ¿Qué dirá tu familia al verme así?—No importa lo que diga mi familia. Diremos que sufriste un accidente, pero que ya estás mejor. Además, estarás
GinevraSi alguien me hubiera dicho tiempo atrás que terminaría unida a un hombre que al principio parecía un simple médico o científico dedicado a salvarme la vida, jamás lo habría creído. Pero ahora la máscara había caído: resulta que también es un hombre de la mafia, un líder con un clan detrás. Y para poder salir de este encierro e irme con él, no había otra opción que convertirme en su esposa, en su donna. Es una locura absoluta. Sin embargo, no tengo espacio para dudar; debo cumplir con mi parte, recuperar la salud como sea y trazar a sangre fría la estrategia para mi venganza.—¿Estás bien? —preguntó Thiago, acercándose a mí mientras yo observaba en silencio el inmenso jardín qué en estas semanas sentí absoluta paz.Asentí despacio. Él se puso en cuclillas para quedar a mi altura, eliminando la distancia con calma.—No te preocupes por nada. Estaremos bien.—¿Tú crees que estaremos bien? —murmuré, clavando mis ojos en los suyos—. ¿No tendrás problemas con ninguna novia?Thiago
ThiagoLa miré fijamente mientras ella continuaba ida en la silla de ruedas, procesando el remolino de información que acababa de soltarle. Sabía que la estaba acorralada, pero en este juego, la duda es un lujo que ni ella ni yo nos podíamos permitir. Me acerqué con pasos lentos, saqué mi teléfono del bolsillo y busqué aquel archivo guardado bajo llave.—Quería mostrarte esto desde que despertaste —rompí el silencio, extendiéndole la pantalla.Ginevra pestañeo, regresando de sus pensamientos, y fijó su mirada azul en el aparato.—¿Qué es? —preguntó con la voz apenas inteligible.—El día en que esos miserables estaban en el cementerio... según ellos, sufriendo por tu muerte.Ella alzó la vista hacia mí, con una mezcla de escepticismo y un dolor punzante reflejado en el rostro.—¿Entonces... ¿Hay una tumba con mi nombre real? —murmuró.—Así mismo es. Hay una tumba¿Quieres verlo?Ginevra asintió despacio. Le reproduje el video. En la pantalla se veía el despliegue del falso funeral: traj
GinevraLos siguientes días transcurrieron entre terapias intensas. Mi cuerpo estaba exhausto; incluso hacer el más mínimo movimiento me sacaba un quejido del pecho. Pero no podía detenerme, no debía hacerlo. Lo único que tenía en mente era movilizarme para estar lista. A veces sentía que no soportaba más el dolor, pero el deseo de venganza permanecía intacto en mi cuerpo y en mi mente.Llevaba apenas una semana despierta. Había momentos en los que caía rendida por el cansancio, pero lo más extraño era ver a ese hombre moreno de ojos grises tan cerca de mí. Me hacía sentir extrañamente cómoda, no con una sensación incómoda o mala, sino con la certeza de que me estaba protegiendo. Sé que suena a locura, pero... ¿será que le gusto? Lo dudaba. Me había visto desfigurada; mi rostro y mi cuerpo habían estado casi calcinados. Quizás solo era lástima, y se lo agradecia, porque gracias a él lograría mi objetivo.Lo único que quería era permanecer despierta. Tras casi dos años postrada en una
GinevraAbrí los ojos con una pesadez insoportable, sintiendo que si los cerraba otra vez volvería a perderme en aquella oscuridad interminable. Todo a mi alrededor era frío, un hielo glacial que se me metía hasta los huesos.Escuché el suave roce de la puerta, y el sonido de un monitor. Parpadeó varias veces, pero no fui capaz de reconocer el lugar. Las paredes eran oscuras y el techo apenas alcanzaba a distinguirlo en la penumbra. No parecía un cuarto de hospital.—¿Dónde... estoy...? —pregunté.Mi voz salió ronca, quebrada y tan débil que apenas pude escucharme a mí misma. Tenía la garganta seca, áspera, dominada por una sed insoportable.El sonido volvió a repetirse, eran pasos. Alguien acababa de entrar. Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas. ¿Estoy muerta? ¿Este es el infierno? Recordaba el fuego, el dolor lacerante, la gasolina que me lanzó y mi piel quemándose. Recordaba con horror que me habían matado. Entonces, ¿por qué seguía sintiendo?Una figura mascu
ThiagoJamás imaginé que volvería a presenciar una atrocidad semejante.Frente a mí yacía el cuerpo de una mujer completamente cubierto de vendas. Las quemaduras ocultaban casi toda su piel, eran tan brutales que apenas podía reconocer sus facciones.Uno de los médicos se acercó con expresión seria.—Ya informé a la familia. Lamentablemente, la paciente falleció. Las lesiones provocadas por la caída y las quemaduras fueron demasiado graves. Su familia ha solicitado que el cuerpo sea cremado.Asentí con calma.—Bien. Yo daré la orden al forense.—Sí, doctor.Cuando el doctor Salazar salió de la sala, dejé escapar un largo suspiro.Los Moretti…Esos malditos eran capaces de cualquier cosa.Si esta mujer me había pedido ayuda antes de perder el conocimiento, era porque alguien había intentado asesinarla.Nadie se incendia y después cae desde un balcón por accidente.¿Qué hacía ella ahí? ¿ Porqué nadie vio nada?Cerré los ojos unos segundos antes de escuchar la puerta abrirse nuevamente. D







