LOGINEl sonido de las sirenas comenzó a escucharse a lo lejos. Cada segundo se sentía eterno.Podía oír voces mezcladas, pasos apresurados y órdenes que apenas lograba comprender. Todo llegaba hasta mí como si estuviera bajo el agua. Mi respiración era cada vez más débil.
Sentía un frío insoportable, aunque parte de mi cuerpo seguía ardiendo por las quemaduras.
Nunca imaginé que el fuego pudiera dejar tanto hielo dentro de una persona.
—¡Se está desvaneciendo! —gritó una mujer.
Un paramédico se arrodilló a mi lado. Colocó una mascarilla de oxígeno sobre mi rostro mientras otro revisaba mi pulso.
—Presión muy baja.
—Necesitamos moverla ya.
Intentaron colocarse sobre una camilla. El simple movimiento provocó que un grito escapará de mi garganta, era un grito horrible.
Cada hueso parecía estar roto.Cada centímetro de mi piel era una herida abierta. No podía soportarlo.Mientras me levantaban, mis ojos buscaron una última vez a ese diablo.
Ahí estaba. Con el rostro cubierto de lágrimas falsas.Abrazaba a Noemi delante de todos, fingiendo estar destruido.Incluso se golpeaba el pecho como si estuviera sufriendo.
—¡Mi esposa! ¡Dios mío, sálvenla! ¡Por favor!
Qué actor tan perfecto.Si yo no hubiera conocido la verdad.También habría creído en esta actuación. Los vecinos comenzaron a reunirse frente a la mansión. Algunos lloraban.Otros observaban horrorizados.Nadie sospechaba que el asesino estaba llorando justo al lado de mi cuerpo. Antes de que la ambulancia cerrará sus puertas, vi a mi madrina intentando subir.
—¡Soy su familia! ¡Déjenme acompañarla!
Los paramédicos asintieron.Ella tomó mi mano con delicadeza.Su llanto era tan sincero que me rompía el alma.
—Resiste, hija... por favor resiste.
Intenté apretar sus dedos.Quería decirle tantas cosas, quería contarle la verdad y advertirle que no confiara en ellos.Pero mi cuerpo ya no respondía, mi voz era áspera, pesada y dolía hablar.
La ambulancia arrancó a toda velocidad.El techo blanco se movía delante de mis ojos mientras las luces rojas y azules parpadeaban a través de las ventanas.
Escuchaba palabras sueltas.
—Quemaduras de tercer grado. Tiene traumatismo severo y una hemorragia interna. — el médico pauso la voz y continuó —Pulso débil, es posible qué no resista.
Todo sonaba lejano.Entonces un recuerdo apareció en mi mente. El día de mi boda.Enzo sonriendo frente al altar, tomando mi mano, prometiendo amarme para siempre.
Qué fácil fue creer en cada una de sus mentiras. Había dejado mi vida en sus manos, renunciado a tantas cosas por él. Incluso me alejé de personas que me advirtieron que la familia Moretti no eran quienes aparentaban ser.
Nunca quise escuchar, pensaba que solo exageraba. Pero qué equivocada estaba.
Otra imagen reemplazó ese recuerdo, mi padre.
Su enorme sonrisa cada vez que me veía.
—Mi pequeña princesa.
Él siempre decía que ningún hombre merecía mis lágrimas. Y yo terminaba riéndome.Si tan solo pudiera verlo una vez más, si pudiera abrazarloUna lágrima resbaló lentamente por mi mejilla.
—Está llorando —escuché decir a una enfermera.
No era por el dolor. Era por el arrepentimiento, había desperdiciado mi vida entregándoselo a la persona equivocada.
Los monitores comenzaron a emitir sonidos más rápidos.
—Está entrando en paro.
Todo ocurrió de repente.Varias manos comenzaron a moverse sobre mi cuerpo. Mi madrina lloraba.
—Bajemos a la paciente, hemos llegado.
El ardor y el dolor de repente se estaban desvaneciendo, era como si mi cuerpo ya no estuviera conectado a mi alma.
Una descarga eléctrica recorrió mi pecho. Esta vez, mi cuerpo se arqueó y el dolor fue insoportable.Sentía que volvía a quemarme.Los médicos entraron conmigo a toda prisa a la sala de emergencias.El dolor era tan insoportable que apenas podía respirar. Sentía que mi cuerpo entero ardía, como si las llamas siguieran devorándome la piel. Quise hablar, pero ningún sonido salía de mi garganta.
Antes de que las puertas se cerraran, alcancé a verlos.
Mi supuesto esposo y mi hermanastra, montando un show de telenovela, fingiendo preocupación.
Los médicos cerraron las puertas y comenzaron a cortar la ropa chamuscada que aún cubría mi cuerpo. El simple roce hizo que el dolor regresará con más fuerza, arrancándome un gemido ronco y desgarrador.
—Necesitamos estabilizarla. ¡Se está muriendo! —gritó uno de los médicos.
Otro se acercó y alumbró mis ojos con una pequeña linterna.
—¿Puede escucharme? Míreme... no cierre los ojos.
A mi alrededor solo escuchaba voces apresuradas.Una mujer lloraba desconsoladamente mientras intentaba acercarse, pero el personal médico la sacó de la sala fría.
—¿Cómo ocurrió todo? —preguntó el médico a los paramédicos.
—Cuando llegamos, la encontramos en el suelo. Había caído desde un balcón y presentaba quemaduras graves en gran parte del cuerpo.
La vista comenzó a nublarse.El médico apretó la mandíbula y volvió a inclinarse sobre mí.
—Escúcheme, por favor. No se duerma. —Intenté responder, pero apenas pude mover los labios. —Debemos hablar con los familiares. Necesita una cirugía de emergencia.
Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y sujeté con mi mano ensangrentada la bata del médico.
—Ay... ú... deme... —susurré. —Él se quedó inmóvil, sorprendido.Negué lentamente con la cabeza. —No... les... diga... nada...
Sus ojos se clavaron en los míos, como si hubiera comprendido el verdadero significado de mi súplica.
—Preparen el quirófano. ¡Ahora! —ordenó con firmeza.
—Doctor, no resistirá...
—¡He dicho que preparen todo!
No solté su bata. Con el último aliento que me quedaba, pronuncié las palabras que decidirán mi destino.
—Há...gan...los... creer... que... estoy... muerta...
El médico permaneció en silencio durante un segundo eterno.Después asintió casi de forma imperceptible.La oscuridad comenzó a envolverme.El pitido del monitor se volvió cada vez más lejano, hasta desaparecer.Justo antes de perder el conocimiento por completo, escuché un susurro muy cerca de mi oído.
—No se preocupe. Yo la ayudaré, y le prometo que la salvaré.
ThiagoLa madrugada se sentía demasiado fría sobre la carretera. Al notar a Ginevra encogida, la tapé con mi abrigo. Tenía la mirada perdida, devorada por un nerviosismo comprensible. Ir a un lugar desconocido, y para colmo, al lado de un mafioso. Solo que yo no era un mafioso cualquiera. Yo no toco a inocentes ni le hago daño a la gente buena; me encargo de las escorias sucias, de esas serpientes que se arrastran movidas por la ambición. A esos sí los destruyó, cueste lo que cueste.—¿Crees que todo estará bien en la casa de tu familia? —preguntó Ginevra, sacándome de mis pensamientos.Coloqué suavemente mi mano en su mejilla para obligarla a mirarme.—Mientras seas mi donna, nadie tendrá derecho a hacerte nada. Despreocúpate por eso. No quiero que nada te pase ni que pienses cosas raras.—Tengo miedo... Tengo miedo de no poder hacer nada. ¿Qué dirá tu familia al verme así?—No importa lo que diga mi familia. Diremos que sufriste un accidente, pero que ya estás mejor. Además, estarás
GinevraSi alguien me hubiera dicho tiempo atrás que terminaría unida a un hombre que al principio parecía un simple médico o científico dedicado a salvarme la vida, jamás lo habría creído. Pero ahora la máscara había caído: resulta que también es un hombre de la mafia, un líder con un clan detrás. Y para poder salir de este encierro e irme con él, no había otra opción que convertirme en su esposa, en su donna. Es una locura absoluta. Sin embargo, no tengo espacio para dudar; debo cumplir con mi parte, recuperar la salud como sea y trazar a sangre fría la estrategia para mi venganza.—¿Estás bien? —preguntó Thiago, acercándose a mí mientras yo observaba en silencio el inmenso jardín qué en estas semanas sentí absoluta paz.Asentí despacio. Él se puso en cuclillas para quedar a mi altura, eliminando la distancia con calma.—No te preocupes por nada. Estaremos bien.—¿Tú crees que estaremos bien? —murmuré, clavando mis ojos en los suyos—. ¿No tendrás problemas con ninguna novia?Thiago
ThiagoLa miré fijamente mientras ella continuaba ida en la silla de ruedas, procesando el remolino de información que acababa de soltarle. Sabía que la estaba acorralada, pero en este juego, la duda es un lujo que ni ella ni yo nos podíamos permitir. Me acerqué con pasos lentos, saqué mi teléfono del bolsillo y busqué aquel archivo guardado bajo llave.—Quería mostrarte esto desde que despertaste —rompí el silencio, extendiéndole la pantalla.Ginevra pestañeo, regresando de sus pensamientos, y fijó su mirada azul en el aparato.—¿Qué es? —preguntó con la voz apenas inteligible.—El día en que esos miserables estaban en el cementerio... según ellos, sufriendo por tu muerte.Ella alzó la vista hacia mí, con una mezcla de escepticismo y un dolor punzante reflejado en el rostro.—¿Entonces... ¿Hay una tumba con mi nombre real? —murmuró.—Así mismo es. Hay una tumba¿Quieres verlo?Ginevra asintió despacio. Le reproduje el video. En la pantalla se veía el despliegue del falso funeral: traj
GinevraLos siguientes días transcurrieron entre terapias intensas. Mi cuerpo estaba exhausto; incluso hacer el más mínimo movimiento me sacaba un quejido del pecho. Pero no podía detenerme, no debía hacerlo. Lo único que tenía en mente era movilizarme para estar lista. A veces sentía que no soportaba más el dolor, pero el deseo de venganza permanecía intacto en mi cuerpo y en mi mente.Llevaba apenas una semana despierta. Había momentos en los que caía rendida por el cansancio, pero lo más extraño era ver a ese hombre moreno de ojos grises tan cerca de mí. Me hacía sentir extrañamente cómoda, no con una sensación incómoda o mala, sino con la certeza de que me estaba protegiendo. Sé que suena a locura, pero... ¿será que le gusto? Lo dudaba. Me había visto desfigurada; mi rostro y mi cuerpo habían estado casi calcinados. Quizás solo era lástima, y se lo agradecia, porque gracias a él lograría mi objetivo.Lo único que quería era permanecer despierta. Tras casi dos años postrada en una
GinevraAbrí los ojos con una pesadez insoportable, sintiendo que si los cerraba otra vez volvería a perderme en aquella oscuridad interminable. Todo a mi alrededor era frío, un hielo glacial que se me metía hasta los huesos.Escuché el suave roce de la puerta, y el sonido de un monitor. Parpadeó varias veces, pero no fui capaz de reconocer el lugar. Las paredes eran oscuras y el techo apenas alcanzaba a distinguirlo en la penumbra. No parecía un cuarto de hospital.—¿Dónde... estoy...? —pregunté.Mi voz salió ronca, quebrada y tan débil que apenas pude escucharme a mí misma. Tenía la garganta seca, áspera, dominada por una sed insoportable.El sonido volvió a repetirse, eran pasos. Alguien acababa de entrar. Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas. ¿Estoy muerta? ¿Este es el infierno? Recordaba el fuego, el dolor lacerante, la gasolina que me lanzó y mi piel quemándose. Recordaba con horror que me habían matado. Entonces, ¿por qué seguía sintiendo?Una figura mascu
ThiagoJamás imaginé que volvería a presenciar una atrocidad semejante.Frente a mí yacía el cuerpo de una mujer completamente cubierto de vendas. Las quemaduras ocultaban casi toda su piel, eran tan brutales que apenas podía reconocer sus facciones.Uno de los médicos se acercó con expresión seria.—Ya informé a la familia. Lamentablemente, la paciente falleció. Las lesiones provocadas por la caída y las quemaduras fueron demasiado graves. Su familia ha solicitado que el cuerpo sea cremado.Asentí con calma.—Bien. Yo daré la orden al forense.—Sí, doctor.Cuando el doctor Salazar salió de la sala, dejé escapar un largo suspiro.Los Moretti…Esos malditos eran capaces de cualquier cosa.Si esta mujer me había pedido ayuda antes de perder el conocimiento, era porque alguien había intentado asesinarla.Nadie se incendia y después cae desde un balcón por accidente.¿Qué hacía ella ahí? ¿ Porqué nadie vio nada?Cerré los ojos unos segundos antes de escuchar la puerta abrirse nuevamente. D







