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Capítulo 2

Author: Bella y Frágil
Dante se quedó tieso. Luego me arrebató el teléfono con un movimiento brusco.

—¡Te juro que no es lo que estás pensando!

Apretó la mandíbula. Detrás de esos profundos ojos azules, que fueron mi perdición, casi podía ver los engranajes de su mente funcionando a toda máquina. Ya estaba fabricando su próxima mentira.

—Ella es la heredera de los Romano. —Dejó mi teléfono sobre la cama, despacio, como si fuera una bomba a punto de estallar—. Los Romano quieren comprar un puerto nuevo —se justificó—. Si ella nos pasa los derechos, el poder de mi familia alcanzará la cima. Triplicaremos nuestra influencia, Chiara. Tengo que seguirle el juego. Son solo negocios.

Me quedé callada. Solo le sostuve la mirada y dejé que los nervios lo consumieran. El sudor se le notaba en el cuello de su camisa de alta costura.

Soltó un suspiro pesado y suavizó la voz. Usó ese tono que siempre lograba derretirme.

—De acuerdo, admito que Alessia y yo crecimos juntos. Pero éramos unos niños apenas. Han pasado siete años. Ni siquiera nos hemos mandado un mísero mensaje en todo este tiempo. —Dio un paso hacia mí, reduciendo el espacio entre los dos—. Cara, te juro que, en cuanto firme ese contrato, gritaré que eres mía a todo el mundo. Eres la única para mí. Mi único amor.

¿Ni un mísero mensaje? Todavía tenía grabada en la cabeza esa confesión de Alessia sobre su encuentro en aquel probador hace tres meses.

Qué palabras tan bonitas... y tan malditas y vacías usaba ese desgraciado. Antes vivía de ellas. Durante siete largos años me conformé con esas migajas de amor.

Se me escapó una sonrisa rota. No pude evitar expresar mi ironía.

—A ver si entiendo. ¿Me estás pidiendo que, mientras juegas a ser el novio de otra para cerrar un trato, yo me quede en las sombras siendo tu amante otra vez? ¿O qué etiqueta prefieres que use? ¿Exnovia te suena mejor?

Se quedó helado. Su desconcierto era tan real que casi me dio risa. El gran Dante Castellano nunca, ni en sus sueños más locos, imaginó que yo rechazaría su estupidez.

Tiró de mí, envolviéndome en sus brazos y apretándome contra su pecho tan fuerte que me robó el aliento.

—¡¿Cómo carajo voy a soportar que seas solo mi amante o mi exnovia?! —gruñó cerca de mi oído—. ¡Y ni se te ocurra pensar que voy a terminar contigo! Dame siete días, es todo lo que te pido. Firmo ese contrato y se acabó el show. Cara, siempre has sido tan buena, tan paciente. ¿No puedes aguantar un poquito más? ¿Por nosotros?

Ese «por nosotros» sonaba a una broma de mal gusto.

La lógica decía que, si ya me había tragado siete años de espera, siete días no eran nada. El pequeño detalle era que ya estaba harta. Ya no quería darle ni un maldito segundo de mi vida.

Así que sonreí. Una sonrisa dulce, sumisa, tal como a él le gustaba.

—Lo entiendo —murmuré.

Suspiró de alivio, me dio un beso en la frente y me abrochó el estúpido collar de diamantes en el cuello.

—Sabía que lo entenderías —susurró contra mi piel—. Te juro que, el día de nuestra boda, te pondré el collar más caro y exclusivo del planeta.

¿Nuestra boda?

Guardé silencio. Iba a soltarme otra de sus promesas de cartón cuando su celular empezó a sonar sin control. Contestó sin mirar la pantalla. Típico en él. Siempre al pie del cañón, siempre a la disposición de todos, menos para mí.

—¿Dante? —La voz de Alessia sonó por el auricular. Se notaba entrecortada, al borde del llanto—. ¡Alguien me robó la cartera! Me voy a quedar sin batería y tengo mucho miedo. ¿Puedes venir por mí? Por favor...

La actitud de Dante cambió al instante. Vi cómo se le tensaban los hombros, como si hubiera escuchado una ráfaga de disparos.

—¡¿Estás bien?! ¡¿Dónde estás?! ¡Voy para allá! —ordenó, ya en su rol protector.

Se levantó de un salto. Y ahí, justo cuando estaba por cruzar la puerta, pareció recordar que yo seguía respirando en la habitación. Se giró a medias, sacó una tarjeta negra de su billetera, me la dejó en las manos y me dio un beso rápido en la mejilla.

—Cómprate lo que se te antoje, cara. No puedo dejarla sola, no ahora. Tengo que ir a asegurarme de que está bien. Vengo por ti cuando te den el alta —prometió.

Y sin esperar a que abriera la boca, salió volando del hospital.

Cualquiera pensaría que me iba a poner a gritar como loca o a romper cosas. Pero no. Me quedé sentada, más fría que el hielo.

Me desabroché el collar de un tirón y lo arrojé al bote de basura junto con sus estúpidas rosas. No lo pensé ni medio segundo.

—Dante, tú jamás te vas a casar conmigo —le susurré a la nada—. Ni hoy, ni en tu maldita vida.

Pedí el alta voluntaria. Mandé al diablo los consejos del médico y, de paso, mandé al diablo a esa versión estúpida y sumisa de mí misma que estuvo encadenada a él por siete años. Ese accidente me había arrebatado a mi bebé y, con él, había matado cualquier rastro de amor que sentía por Dante Castellano.

Volví a la villa que había sido mi jaula de oro. Siete años de recuerdos estaban incrustados en cada pared, en cada rincón, en cada pútrida sábana manchada con nuestro sudor.

Cuando lo conocí, él ni siquiera soñaba con ser un Don de la mafia. Apenas había tomado las riendas de los Castellano cuando su familia estaba en la ruina, acorralada por enemigos. Dante no tenía nada más que su ambición pura y dura.

Y yo me quedé a su lado. Soporté secuestros, balaceras y atentados. Yo tenía un talento innato para los negocios. Podría haber construido mi propio imperio. Pero no. Tomé a esa mujer brillante, la enterré bajo tierra, y me convertí en la sombra de un hombre que no valía la pena.

Pensé que todo el sacrificio acabaría con un anillo. ¿A cambio de qué? Lo único que obtuve fue un collar pudriéndose en la basura.

Tiré una maleta sobre la cama y empecé a empacar mis cosas.

El mayordomo escuchó el alboroto y se asomó por la puerta, con expresión de desconcierto.

—Signorina, ¿a dónde va? —preguntó.

—Me quiero ir a casa un tiempo —le respondí, fingiendo calma.

El pobre hombre parpadeó, perplejo.

—Pero... ¿no es esta su casa?

Una sonrisa rota se me formó en los labios.

No. Ese lugar dejó de ser mi hogar hace mucho tiempo.

De pronto, el sonido de unos pasos retumbó en el pasillo. Era Dante. Sus ojos barrieron la habitación, se clavaron en mi maleta a medio hacer, y cualquier rastro de ternura desapareció de su rostro en un segundo.

—¿A casa? —Su voz sonó amenazante—. ¿A qué casa?

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