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Capítulo 3

Author: Bella y Frágil
—Me quedaré con una amiga un tiempo —respondí con voz seca.

No me atreví a mirarlo. Desvié la atención hacia la cremallera de la maleta, hacia las baldosas del suelo... a cualquier cosa menos a su rostro.

Dante frunció el ceño. La preocupación le deformó las facciones.

—¿Por qué firmaste el alta sin esperarme? Tu cuerpo aún necesita... —exigió saber.

—Tesoro, quiero esta habitación. ¿Me la das? —interrumpió una voz melosa.

Apreté los dedos alrededor del asa de la maleta hasta blanquearme los nudillos. Alessia ya estaba a su lado, aferrada a su brazo como si le perteneciera.

Los anillos de compromiso en sus manos destellaron bajo la luz. Era una burla silenciosa, como si me gritaran en la cara: «Mírame. Mira lo que nunca tendrás».

—Tú debes ser la signorina Chiara Marchesi —saludó Alessia con una sonrisa empalagosa, aunque sus ojos delataban un profundo cinismo—. Escuché que eres la criada de mayor confianza de Dante. Después de servirle durante siete largos años, debes estar agotada.

¿Criada?

La palabra se me clavó en el pecho como un puñal.

Alcé la vista hacia Dante, a la espera de que la desmintiera. Necesitaba que aclarara que yo era la mujer que le había entregado siete años de su vida.

Pero él solo entrecerró los ojos. Eso fue todo.

—Por supuesto —concedió el capo con un tono imperturbable—. Si te gusta esta habitación, es toda tuya. Angelo, Alessia es mi prometida. Asegúrate de que reciba el trato que merece.

El mayordomo, Angelo Moretti, me lanzó una mirada fugaz antes de apartar los ojos. Murmuró una confirmación y salió de la habitación.

En ese instante, el corazón se me hizo añicos. Hasta me dolía respirar.

¡Siete malditos años! Cuando él llegaba herido y se ahogaba en gritos de dolor, yo era quien le cosía las heridas en la madrugada. Cuando se retorcía en la cama, sumergido en pesadillas sangrientas, yo era quien sostenía su cabeza en mi regazo.

Y, aun así, para el resto del mundo yo no era más que una triste criada.

—Gracias, tesoro —ronroneó ella, plantándole un beso en la mejilla antes de girarse hacia mí con esa misma sonrisa ensayada—. Signorina Marchesi, ¿le importaría limpiar la habitación para mí?

Dante tensó el cuerpo como un acto reflejo. La culpa asomó en su mirada.

—Ayer sufrió un accidente de auto. Necesita descansar. Pídele a otro empleado de la casa que te ayude —ordenó.

Alessia abrió los ojos de par en par, fingiendo sorpresa.

—¡Oh, no lo sabía! Claro, claro... Entonces no molestaré a la signorina Marchesi —se excusó.

Dante volvió a mirarme. Su voz bajó a ese tono protector pero autoritario.

—Pídele a Angelo que te asigne otro cuarto. Descansa y cuídate. Y no te vayas a ningún lado.

Era obvio que no tomó en serio mi amenaza de abandonar la casa.

Fruncí el ceño, a punto de soltarle una réplica, pero él ya me había dado la espalda para marcharse del brazo de Alessia. Creía que yo seguiría siendo la misma mascota sumisa de siempre.

Negué con la cabeza y me apresuré a terminar de llenar la maleta. Las joyas caras se quedaron en los cajones. No me pertenecían. A estas alturas, no eran más que el pago por mis servicios.

Lo único que no pude empacar ni llevarme conmigo fueron los recuerdos.

Arrastré la maleta hacia el pasillo, pasando frente al despacho de Dante. La puerta estaba entreabierta y la voz del mayordomo se filtró por la rendija de madera.

—Don —comenzó Angelo, con un hilo de nerviosismo tensándole la voz—. Trajo a la signorina Romano a la villa bajo el título de prometida. La signorina Marchesi va a quedar destrozada. Ella ya me advirtió que quiere abandonar la casa.

—A mí tampoco me hace gracia romperle el corazón —replicó Dante con un tono neutro, aunque arrastraba una tensión apenas perceptible.

El pecho me dio un vuelco. Mis pies se clavaron en el suelo.

El mafioso hizo una pausa antes de sentenciar con una seguridad perturbadora:

—Pero la conozco a la perfección. No es de las que montan escándalos. Siempre ha sido una mujer obediente. Yo soy su mundo entero. ¿Y toda esa basura de irse de la casa? Es solo un berrinche. Solo busca llamar mi atención, eso es todo. Además, no tiene a dónde ir. Sin mí, ella no es nada.

Al otro lado de la puerta, la sangre se me congeló en las venas. Los dedos me temblaron sin control.

Así que, para su mente retorcida, mi corazón hecho pedazos no era más que teatro barato, y mi huida, una rabieta de niña. Mis siete años de lealtad eran simples fichas de casino en una mesa donde él ya se había coronado campeón.

Yo ni siquiera sabía que era parte de su maldita apuesta, pero él ya estaba cobrando el premio de su victoria.

El temblor desapareció de mi cuerpo. Agarré el asa de la maleta y crucé la puerta principal sin molestarme en mirar atrás.

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