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Capítulo 20: Confrontación y Ausencia

Author: Lizzy Verdejo
last update publish date: 2026-09-29 15:00:17

El viento glacial que azotaba desde afuera era el único ruido vivo en la soledad de la cabaña alpina.

En la penumbra del cuarto, Tiziano Rinaldi vigilaba la respiración pausada de Bianca, quien yacía recostada sobre la cama, sumida en una inconsciencia profunda por el golpe en la sien y el dolor de sus costillas magulladas. El exsoldado le acomodó entre las sábanas limpia y mantas de lana hasta el cuello con una mano firme y cuidadosa, mientras

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    El viento glacial que azotaba desde afuera era el único ruido vivo en la soledad de la cabaña alpina.En la penumbra del cuarto, Tiziano Rinaldi vigilaba la respiración pausada de Bianca, quien yacía recostada sobre la cama, sumida en una inconsciencia profunda por el golpe en la sien y el dolor de sus costillas magulladas. El exsoldado le acomodó entre las sábanas limpia y mantas de lana hasta el cuello con una mano firme y cuidadosa, mientras con la otra sostenía el paño con antiséptico.De pronto, la vibración de su teléfono satelital rompió el silencio.La pantalla monocromática parpadeaba con el identificador cifrado de Alessandro Moretti.Tiziano clavó los ojos en el rostro sereno y pálido de Bianca. Se apartó de la cama con pasos suaves hacia el pequeño pórtico exterior para que la estática de la llamada no la perturb

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    El rugido del motor diésel y la fricción de los neumáticos sobre el pavimento empapado eran los únicos sonidos que llenaban el habitáculo. Bianca mantenía las muñecas rígidas sobre el volante, con los codos pegados a sus costados y la espalda firmemente adherida al respaldo, tal como la voz distorsionada de aquel hombre le había exigido segundos antes a través de la radio.Por el retrovisor interior, vio los dos todoterrenos oscuros de los Vitale continuaban acosándola en formación escalonada, pegados a menos de diez metros de su parachoques. No le daban respiro; si ella aflojaba un ápice el pedal, el vehículo más cercano amagaba con embestirla para impedir que tomara cualquier margen sobre el arcén.A trescientos metros por encima del desfiladero, sobre un promontorio de roca caliza que dominaba la curva del kilómetro doce, Tiziano Rinaldi no pestañeaba. Había desplegado su posición de tirador con una frialdad matemática. Con el bípode de su fusil táctico asentado sobre un parapeto n

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    Bianca sentía los latidos de su corazón retumbándole en los tímpanos como si fuese un martillo hidráulico. En el espejo retrovisor interior, los dos todoterrenos negros de los Vitale no daban tregua: avanzaban escalonados a menos de diez metros de su parachoques, con la frialdad de dos mastines adiestrados para acorralar a una res contra el despeñadero. Cada vez que ella insinuaba un amago de frenada para buscar un margen de maniobra en los arcenes de gravilla, el vehículo de cabeza aceleraba de golpe, amagando con embestirla por la izquierda para forzarla a mantenerse en el centro de la calzada ascendente.No había escapatoria, el asfalto resbaladizo trepaba implacable hacia el kilómetro doce, hacia los desfiladeros del río Pesa donde el precipicio aguardaba con una caída vertical de sesenta metros sin barandilla.—Maldito seas Alessandro... malditos sean todos —sollozaba Bianca e

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    El motor diésel vibraba en el chasis del todoterreno con una aspereza mecánica que apenas amortiguaba el habitáculo de cuero.Bianca mantenía las dos manos sujetas con fuerza sobre el volante, aferrándose como si fuera el único anclaje que le impedía caer al vacío. El aire helado que se colaba por las toberas de la calefacción aún no lograba disipar el vaho espeso condensado sobre el parabrisas. Delante de su capó, los dos matones calabreses terminaron de empujar las hojas de hierro forjado de la cancela principal. Ambos se apartaron hacia los costados de gravilla con lentitud deliberada. El que fumaba bajó la cabeza un segundo, dejando ver un corte irregular en la oreja y una mirada vacía de escrúpulos. El otro, con la mano derecha hundida en el bolsillo del chaquetón impermeable donde reposaba el transmisor satelital, la siguió con la vista hasta que los neum&aacu

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