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Capítulo 3

last update 公開日: 2026-04-10 22:56:35

El despacho de Lorenzo Moretti en la cima de la torre no era un lugar para los sentimientos; era un santuario de precisión quirúrgica. Los muros de cristal de suelo a techo ofrecían una vista panorámica de Milán, pero el interior era una paleta austera de gris antracita, cromo y sombras. Cuando Sofía Duarte cruzó el umbral de esa habitación, el sonido de sus tacones contra el suelo de granito pulido parecía un acto de invasión. Vestía un traje negro impecablemente cortado pero gastado, y mantenía la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse. Lorenzo ya estaba sentado tras el escritorio de ébano, una carpeta de piel abierta frente a él, y dos abogados de rostro impasible flanqueándolo como centinelas.

—Llegas tres minutos temprano —observó Lorenzo sin levantar la vista de los documentos—. La puntualidad es una variable que aprecio. Siéntate, Sofía.

—Solo estoy aquí por negocios, Lorenzo. No necesitamos preámbulos.

Se sentó en la silla de cuero frente a él, rechazando el café que un asistente silencioso intentaba ofrecerle. Sus ojos color café se encontraron con los de él, y por un momento el aire de la habitación pareció vibrar con una electricidad estática invisible. Había una agresividad en la forma en que Lorenzo la observaba, un escrutinio que iba más allá de los términos legales y parecía despojarla de sus capas de defensa.

—Muy bien —dijo Lorenzo, haciendo una señal a los abogados para que comenzaran la lectura—. El contrato de sociedad civil y matrimonial. Cláusula primera: La duración de la unión será de doce meses consecutivos, sin posibilidad de renovación automática. Cláusula segunda: La aportación económica para el Atelier Duarte y la liquidación de las deudas de Alberto Duarte se realizará en dos plazos: el cincuenta por ciento tras la firma de este documento y el resto después de la ceremonia civil.

La voz del abogado era monótona, pero cada palabra golpeaba a Sofía como un latigazo. Escuchó términos como "confidencialidad estricta", "penalizaciones de rescisión astronómicas" y "conducta pública impecable". Era la deshumanización de su vida convertida en párrafos numerados.

—Espera —interrumpió Sofía, su voz firme a pesar de la turbulencia interior—. Quiero que la cláusula de "conducta pública" sea mutua. Si debo ser la esposa perfecta, no se te debe ver con ninguno de tus… escoltas habituales. Mi nombre es lo único que me queda, y no permitiré que lo arrastren por el fango por culpa de tus indiscreciones.

Lorenzo levantó una ceja, un destello de cruel diversión pasó por sus oscuros ojos.

—Justo. Añada la enmienda, doctor Bianchi. Fidelidad pública obligatoria para ambas partes. ¿Más exigencias, o podemos continuar con las restricciones privadas?

—Continúa —respondió ella, entrelazando las manos sobre el regazo para ocultar su temblor.

Lorenzo se inclinó hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. El aroma de su perfume caro, algo que recordaba a bosques fríos y poder absoluto, invadió sus sentidos.

—Cláusula de intimidad —dijo, su voz bajando a un tono que era casi un susurro pero que llevaba el peso de una orden—. El contrato prohíbe estrictamente cualquier tipo de implicación emocional. Somos socios, no amantes. Sin embargo, para el exterior, debemos aparecer como una pareja en armonía. Habrá contacto físico en público: tomarse de la mano, ir del brazo, besos en eventos sociales cuando la situación lo exija. Pero dentro de nuestra residencia, no habrá contacto de naturaleza sexual. Dormiremos en habitaciones separadas.

Sofía sintió un súbito calor ascender por su cuello, pero no era vergüenza; era la reacción instintiva de su cuerpo ante su proximidad. Lorenzo era una fuerza de la naturaleza, una masa de músculo y autoridad bajo el traje a medida, y negar la atracción física que irradiaba sería como negar la gravedad.

—Eso no será un problema —declaró, aunque el pulso en su yugular la delataba—. Lo último que quiero es que me toques de ninguna manera.

—Excelente. Entonces estamos de acuerdo. Porque, aunque tu rostro es… aceptable, no tengo la costumbre de mezclar el placer con transacciones de reestructuración de activos.

La mentira de Lorenzo era tan pulida como el mármol de sus propiedades. Mientras la observaba, notó cómo la luz milanesa resaltaba los reflejos cobrizos de su cabello y cómo sus labios se apretaban en una línea de resistencia obstinada. Sintió un punzada de deseo puramente primitivo, algo que rápidamente etiquetó como una reacción biológica inconveniente. No habría admitido, ni siquiera bajo tortura, que la chispa en los ojos de Sofía le afectaba más que cualquier fusión multimillonaria.

—Hay una última cosa —continuó Lorenzo, tomando una pluma estilográfica de oro—. La vida doméstica. Te mudarás a mi ático mañana. Mi personal se encargará de la mudanza. Tendrás libertad total en las zonas comunes, pero mi despacho privado está prohibido. ¿Alguna pregunta?

—Solo una —Sofía también se inclinó, desafiando su aura de poder—. ¿Qué pasa si uno de nosotros rompe la regla de "no implicación"? ¿Qué ocurre si la actuación se vuelve demasiado real?

Lorenzo soltó una risa oscura, un sonido seco que no llegó a sus ojos.

—Yo no me enamoro, Sofía. Es un defecto de fábrica que no poseo. Y tú eres demasiado inteligente para cometer el error de entregarte a un hombre que ve el mundo como una hoja de cálculo. Si alguien rompe esa regla, será por debilidad. Y yo detesto la debilidad.

Deslizó el documento hacia ella. El papel se sintió frío bajo sus dedos. Sofía leyó su nombre, luego el de él. "Contrato de Unión por Conveniencia". Era un pacto con el diablo, y la tinta del bolígrafo era la sangre que sellaba su entrada en la jaula dorada de Lorenzo. Con un suspiro contenido, firmó.

En el momento en que devolvió el bolígrafo, sus dedos se tocaron. Fue un contacto breve, solo un segundo, pero la descarga de energía fue tan intensa que ambos se retiraron casi imperceptiblemente. Los ojos de Sofía se abrieron de par en par, y vio cómo las pupilas de Lorenzo se dilataban bajo las luces del despacho. Fue un reconocimiento inmediato de un peligro que ninguna cláusula de acero podía contener.

—Bienvenida a la familia Moretti —dijo él, su voz más ronca de lo habitual. Se puso de pie, dando por terminada la reunión abruptamente—. Marco te acompañará a la salida. Estate lista mañana a las seis de la tarde. Tenemos una gala benéfica que atender. Será nuestra primera actuación como pareja. Empieza a practicar tu sonrisa, Sofía. El mundo estará mirando.

Sofía se levantó, aún sintiendo el hormigueo donde su piel había tocado la de él. Salió de la habitación sin mirar atrás, tratando de ignorar la náusea de la ansiedad y la inexplicable corriente de emoción que le recorría la espalda.

Solo en el despacho, Lorenzo miró la firma de ella. Por primera vez en años, sintió que había perdido el control de una variable. Había diseñado el contrato para que fuera inviolable, pero mientras el aroma de Sofía aún flotaba en el aire, se dio cuenta de que las cláusulas más estrictas son las primeras en romperse bajo presión. La tensión entre ellos no era solo estratégica; era un fuego latente, y acababa de invitar a las llamas a vivir bajo su techo. El Rey de Hierro de Milán creía tenerlo todo bajo control, pero mientras el sol se ponía, supo que la noche traería desafíos que ningún abogado podría predecir. El juego había comenzado, y la primera pieza en caer podría ser su propio distanciamiento meticulosamente construido.

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